Alemania,  Arte y Letras

Berlín, la luz de lo cotidiano

Das Licht des Alltages. La luz de lo cotidiano. Es el título de este estupendo artículo que recorre un Berlín íntimo, inhóspito, aquel que sólo conocen quienes acostumbran a moverse a través de los tranvías de una ciudad vertiginosa. Esta columna fue originalmente publicada por la revista alemana Desbandada, publicación aliada de Otras Inquisiciones. Su autor es Pablo Cabrera Ferralis, y las fotografías hacen parte de la colección de Guillermo Castro. Disfrutemos de sus luces.

Miro al cielo. No es el cielo, no al menos el que imagino cuando digo la palabra cielo. El cielo de un recinto, la superficie que inmediatamente se encuentra sobre mi cabeza mientras estoy en algún adentro. Miro el cielo y no veo nada, o lo veo todo. La oscuridad más profunda, esa que deja ver a través, y nos sugiere otros mundos. Esa penumbra que se deja contemplar altiva, susurra que será más oscura que nuestras noches más oscuras. ¿Cuál es la altura de este cielo?

Me sigo preguntando en el bar, con la cabeza inclinada hacia atrás, mientras expulso una bocanada de humo que interrumpe mi visión. La oscuridad de los recintos, esos cielos rasos, negros, tamizados de neblinas y puntos anaranjados en el interior de los vasos, son ambientes que al inicio me parecieron curiosos, pero no improbables. Esos bares tienen generalmente un color un poco más oxidado que otros espacios, pero en Berlín el óxido es varios tonos más oscuro. Igual que cuando me senté por primera vez en alguna cocina, de algún amigo, a tomar algo. El ambiente fue el mismo y eso fue inesperado. Esos salones no sólo estaban iluminados con lo mínimo, con pequeñas lámparas o velas; sino que la calidad y la cantidad de luz era distinta a la que yo conocía. Ahora veo que la oscuridad no pertenece exclusivamente al exterior. Ha entrado. O quizás nunca salió, y desde muy adentro, esa oscuridad —die Dunkelheit— vive en el corazón de los hogares. Se encienden las luces solamente para cumplir tareas domésticas, definidas y claras. Tareas donde es necesario el detalle. Pero si el detalle no es indispensable, tampoco lo es la claridad. Para permanecer no es necesario una mayor definición que lograr entender nuestro espacio próximo, o percibir, al menos, suficientes siluetas para saber que no estamos solos.

Cómo iluminan o cómo se dejan iluminar. Porque al asomarse un tímido rayo de sol invernal, la conmoción es inminente. El espesor de ese haz de luz será administrado con astucia matemática por cada peatón que tenga la suerte de presenciarlo. Veo cómo los movimientos rápidos y torpes de esos cuerpos tiesos de frío, paulatinamente ralentizan su temblor, bajan la revolución, como si ese rayo de luz les quitara la capacidad de movimiento, como si el sol los congelara. En cámara lenta los cuerpos buscan una posición de descanso; de pie, con una pierna enganchada y la otra floja, donde el peso del cuerpo se pueda dejar ir, y se detienen, y así comienza el noble acto de permanecer. Ojos cerrados, expresión impávida, mejillas relajadas. Un grupo de desconocidos compartiendo un éxtasis, petrificados en distintos ejercicios aeróbicos, dirigen sus frentes hacia la claridad. Como pausas de placer instantáneo en medio del invierno, regalos que reciben párpados agradecidos y pechos que se dejan entibiar, ya que a veces en estos inviernos, el corazón necesita un poco de amor.

Fotografías: Guillermo Castro./Instagram @g_cb_

Ya hace casi tres años que vivo en esta ciudad, y es recurrente, la luz y el berlinés, el sol y la penumbra en la vida cotidiana, un lugar que aparece y vuelve a desaparecer. La luz de lo cotidiano o das Licht des Alltages. No hay medias tintas, existe amor por la dualidad más profunda y más honesta. Si predomina la noche, asumimos la oscuridad y la abrazamos con entereza. Pero cuando asoma el sol, no sólo abrimos todas las ventanas, abrimos nuestro semblante para que respire un poco de ilusión estival. Estoy convencido de que ese rayo de sol es la droga más cotizada de Berlín.

Hoy rápido se va el otoño y con su partida aumenta la monocromía urbana. No son pocos los desertores invernales que no aguantan la temporada completa, para algunos es demasiado dura. Pero creo que hay que saber aproximarse a esos rincones sin luz, con atención, pero también con goce.

La belleza de la ciudad permanece, sólo que al cambiar la iluminación del escenario, debemos cambiar la manera de actuar. A medida que cambia su condición, debemos cambiar nuestros hábitos luminosos por hábitos más lúgubres, y mimetizarnos con nuestro entorno. Así he encontrado hábitos invernales que traen implícito un concepto que he aprendido a querer, die Gemütlichkeit, que es acogedor, pero también es familiar y privado, placentero, confortable e íntimo. Es un adjetivo positivo, parte fundamental de la cultura alemana, de otra manera sería inconcebible; si es gemütlich te dejará permanecer. En español no tenemos un sustantivo equivalente. Quizás no lo necesitamos, o quizás aún no sabemos lo bueno que es.

Así vuelvo al bar, a mirar de nuevo el cielo y el salón, y ver que este ambiente lúgubre es iluminado por destellos que alumbran sólo lo próximo. Esta iluminación no define el espacio arquitectónico, más bien define el espacio de la intimidad. El momento de la Gemütlichkeit es un espacio privado determinado por el alcance de la luz, y eso lo transforma en hogareño y propio.

Además hay algo especialmente seductor en esta atmósfera, en ella descansan momentos de indefinición. Este espacio lóbrego sugiere y sorprende, ya que la indefinición es también lo blando y lo borroso, lo mezclado, líquido y desdibujado; una invitación a completar, es donde habita la fantasía. El lugar de las dudas es la antípoda del imperio de lo claro, que fomenta el error y el tropiezo, el reflejo primario de tantear hasta entender. Esos momentos son pequeños tesoros en el infierno de la alta definición que nos ahoga diariamente. Lo ultra definido es paternalismo puro, casi no tenemos escape. No deja lugar a dudas, muestra cuáles son los finales de las cosas, sus límites y fronteras. Formas indudables e ideas ya masticadas. Si no podemos proponer, interpretar o intentar adivinar, nos transformamos en meros consumidores y dejamos de intervenir nuestro entorno. Por eso, la idea de sumergirnos en esas penumbras invernales, donde las formas parecen lo que no son, es una invitación a no aflojar; es un intento desesperado por seguir participando activamente de nuestras propias vidas.

Y así como ese invierno es radical y nebuloso, y la radicalidad marca la pauta, al llegar su opuesto tampoco lo hace discretamente. No por la estación estival y el exceso de luz natural. Es en el lenguaje, en la palabra y en la realidad que ésta construye. Hay un sol opuesto al que nosotros, los hispanohablantes, conocemos y entendemos. Aquí, en estas tierras, es ella. En alemán, die Sonne, el sol es de género femenino. Una de las figuras primordiales, si no la principal de la especie humana, en la lengua alemana es una fémina. En los idiomas latinos, es tan determinante la imagen solar masculina que fue una sorpresa mayor saber que esa figura se transforma en una hembra fundacional. Lo aprendí hace varios años y todavía me fascina pensar que quienes nacieron dentro del idioma alemán, viven en una realidad donde tienen una figura femenina colgando del cielo.

Con esa figura cae una primavera magnética que nos permite movernos rápidamente al otro lado de la dualidad. Es como si ella decidiera tomar ese hogar introvertido que nos cobijó y hacerlo público; decide lanzarlo por la ventana, dejar que vuele y se disperse por toda la ciudad. Con ese acto nos saca a todos de la oscuridad interior y nos planta en plena intemperie. Se comienza a desarrollar en medio de bosques y parques, al borde de los canales, de lagos y plazas. Apenas sale el sol, no esperamos a cerciorarnos si es verdad que todo cambió; se apuran las masas humanas a alimentarse de la luminosidad perdida. Se organizan rápidamente picnics y fiestas diurnas, comienza una vida absolutamente volcada al espacio público, el encuentro con la multitud reaparece, volvemos a vernos las caras. Y todo se vuelve bello y todos se ven felices; las lúgubres noches precedentes parecen nunca haber existido, se han borrado del imaginario colectivo. Es ahora y es sol, nada más importa. Es una vorágine donde el tiempo parece correr acelerado en cada momento; son días eternos y breves. Cada esquina, cada reflejo de luz es aprovechado sabiamente. Cuando hay sol también hay hogar, y ahora la ciudad completa se transforma en nuestro espacio, ya no personal, ahora colectivo; compartimos juntos con toda su fauna este período de dicha donde habitamos la ciudad en plenitud. Lo dijo Goethe en su Canción del Caminante:

Wanderlied*
 
Bleibe nicht am Boden heften
Frisch gewagt und frisch hinaus!
Kopf und Arm mit heitern Kräften,
Überall sind wir zu Haus
Wo wir uns der Sonne freuen,
Sind wir jede Sorge los:
Daß wir uns in ihr zerstreuen,
Darum ist die Welt so groß.
 
Canción del Caminante
 
No te quedes pegado al suelo
¡Sé audaz y avanza valiente!
Cabeza y brazos llenos de fuerza alegre,
En todos lados estamos en casa;
Donde el sol nos regocije
Estamos libres de toda preocupación:
el dispersarnos en él (sol)
Hace que el mundo sea enorme.


El poema Wanderlied de Johann Wolfgang von Goethe, aparece en Wilhelm Meisters Wanderjahre (1821), libro 3, capítulo 1. Fue traducido íntegramente por el autor. Gracias a Constanza Salas y Leonhard Weber por revisar la traducción.

Donde el sol nos regocije estaremos en casa. Las noches breves y claras nos engañan, nos confunden y nos hacen creer que serán así para siempre. Es ahora y es bello, y es suficiente. Ese es el engaño del verano, ya pensaremos en el mañana. Donde la luz se hace del tiempo, y los días largos con noches de cuatro horas en la mitad de julio hacen que la ciudad celebre su insomnio. Hacen que la luna siga iluminando el período donde la alegría conmueve y parece que el viento tibio, generoso, nos devuelve el calor robado en invierno. Así vuelvo a mirar al cielo. Este es el cielo que imagino cuando digo la palabra cielo. Es un cielo nocturno, donde una luna tiñe todo con un velo que ablanda los contornos y desafila los ángulos, permitiendo el flujo inexorable de nuestras vidas. La luna, der Mond, que en alemán es de género masculino, fue descrita por Nietzsche como un monje que mira celosamente la tierra y la alegría de sus amantes. Ahora levanto la mirada y puedo entender su celo, cuando en verano nos mira desde lo alto disfrutar esas azules noches berlinesas.

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