Cartagena,  Textos de autor

La ciudad en una crónica rapé

Si rapé no es un color, a muy pocos les importa; el vocablo rapé sustituye por costumbre el nombre del color marrón. El marrón es el mismo tono cromático de un tabaco triturado en diminutas piezas, contenido y comercializado en pequeñas botellas; este es el rapé: un tabaco que por tradición indígena se inhala a través de la nariz. Ignoraremos ese detalle. Las muertes violentas suelen ser reconstruidas en las crónicas rojas, una ciudad tan única y tan viva como la heroica no puede ser narrada desde un color cualquiera, pues tiene el suyo propio, ilústrese a Cartagena en una crónica rapé.

Amanecer

Cartagena es un vitral de incontables colores. Despierta desde las cuatro de la mañana, a esa hora ya transitan las primeras rutas de busetas y autobuses en la mayor parte de la ciudad; una hora antes, o rondando la tres de la mañana llegan los hombres y las mujeres que descargan las toneladas de productos alimenticios que llegan al mercado de Bazurto.

Antes de las seis de la mañana, ya pisan suelo heroico los ciudadanos flotantes, un amplio rango de estudiantes universitarios, empleados y profesionales que provienen de los municipios de Arjona y Turbaco (quizá desde mucho más lejos), quienes deben madrugar más de lo que quisieran para no llegar después de las siete de la mañana a su destino.

Madrugan también esas personas que aspiran a encontrar una cita médica; desde las cinco o seis de la mañana llegan a los centros de salud de sus barrios, saludan amablemente, reconocen a quienes van llegando y se organizan para la hora de escoger los fichos que dan la numeración y el turno para entrar a la recepción.

A esas mismas horas en que la oscuridad no parece ya muy densa, se congregan en las canchas de softbol los más preocupados por encontrar salud ejercitando el cuerpo. No hay edades límite, algunos pueden correr, otros hacen marcha o caminata. Respiran el sudor, aunque la brisa de esa hora es fría y el silencio se hace disfrutable.

Paisaje

Observar el sol levantándose a la distancia no puede ser menos hermoso que verle descender al horizonte, siempre en dirección al mar. Las calles de El Centro son concurridas mucho antes de que los puestos comerciales estén abiertos, incluso quienes viven de las limosnas están en pie a esas horas.

No hay que estar cerca del norte para poder ver la playa y el mar. Desde el barrio Las Brisas puede verse parte del puerto de Mamonal, los barcos mercantes se ven grandes aunque estén lejos, y es posible ver la pista de aterrizaje del aeropuerto Rafael Núñez con sólo girar la vista a la dirección opuesta. Desde algunas calles elevadas de Los Cerros y El Bosque pueden verse los edificios de Bocagrande. Desde la Piedra de Bolívar puede verse la Ciénaga de la Virgen.

Dormitorios

El camino a lo largo de la Avenida Pedro de Heredia, la vía más transitada de la ciudad, es el refugio de incontables seres humanos que duermen en el lugar más cómodo posible: debajo de un techo, sobre cartones y abrigados de telas y ropas para soportar las horas de frío. Desde las inmediaciones de la terminal de transporte, pasando por La Castellana, Los Cuatro Vientos, Bazurto y Pie de la Popa se hallan descansando a su manera y en sus circunstancias de desposeídos.

Los hay en otras calles, en la profundidad de otros barrios, no importa el estrato social; usualmente consumen drogas y comen lo que alcanzan a pagar con su propio dinero, reciben los regalos que otros ciudadanos pueden darles, no importa si se trata de comida fría.

Labores

Ha de ser igual en muchas otras partes del mundo, conseguir un café a cualquier hora; uno para espantar el sueño de la mañana, otro para empezar el día laboral, un tinto en medio de un descanso, en el pasillo de la universidad, uno después del almuerzo, un café para reunirse con amigos y parejas al atardecer. Uno por el frío otro por el calor.

Desde el mercado parten unos vehículos menos grandes, en cuyo interior se cargan mercancías para dotar las tiendas de los barrios, sustituyen la necesidad que no puede saciar el sistema de taxis o de busetas. Suelen ser vehículos de los ochenta y noventa. Una cantidad de automóviles similares acceden a barrios Daniel Lemaitre o Crespo, ofrecen un servicio público que bien podría proporcionar un ruta de buses.

La vida nocturna en las discotecas del Arsenal se fragua desde muy temprano, un equipo de trabajo que pasa desapercibido para los rumberos locales y los que están de visita, y sin embargo están allí. Asean los baños, organizan el inventario de licores y demás bebidas. Más de una hora se ensayan las luces robóticas, y los equipos de sonido y la acústica.

Burros calle arriba y burros loma abajo, no han dejado de ser un activo económico para familias que perciben sus ingresos gracias a los animales de cabello gris. Sostienen y arrastran en carretas el peso de mudanzas, arena, cemento, materiales para reciclar, agua, desechos o sacos de yuca, ñame o plátanos.

Plazas

Blas de Lezo, el barrio y de ninguna manera la estatua fijada al pie del Castillo San Felipe, es el lugar de peregrinaje católico cada 16 de julio, día de La Virgen del Carmen. Los vecindarios cercanos reconocen a la plaza ubicada en la avenida El Bosque, y se reúnen ante la figura conmemorativa de la madre de Jesús el Cristo.

Al rededor de la cancha del estadio Jaime Morón (un cartagenero que hacía felices a los hinchas del equipo Millonarios por su fútbol y por sus goles), allí se encuentra la Villa Olimpica. Quienes han creído en el deporte como forma de vida y profesión se preparan en los escenarios que reciben la mayor parte de las disciplinas deportivas, a las espaldas de Olaya Herrera.

Celebres patinadores y patinadoras han vestido de medallas doradas a la bandera de Colombia, El Campestre es ese mítico lugar en dónde se forjan los campeones. El Campestre y la cuna son las mismas dos palabras si se intenta hablar de patinaje en Cartagena, así como Villanueva, Cesar es la cuna de autores inmortales para el vallenato romancero.

Cerca de La Plazuela, en el barrio El Socorro se encuentra la biblioteca Jorge Artel, un recinto pequeño y audaz. En ella se ha alimentado la curiosidad de los lectores, han estudiado los escolares y los universitarios; ha sido casa de clubes de dibujo y cómics, un espacio para competir en patinetas, una cueva para grafiteros, una plaza de expresión musical para raperos y bailarines de cuantos sonidos han sido importantes para tan diversos grupos culturales.

Fotografías gracias a: El Universal, El Heraldo, Club Kasube, Jimmy Padilla, In-vento eventos y comunicaciones.

Sonidos

Bazurto vuelve a llamar la atención, cada metro abordado suena a una propia canción: suenan champetas, repiten un éxito de la salsa, saborean un vallenato, o ceden ante la lluvia de reggaetones. Hasta el mismo nombre de Dios es alabado en medio de la rockola callejera. Sones bailan ante el sol o la lluvia y la hora de dormir llega.

La ciudad duerme, pero no calla. Basta con estar vivos para encender un equipo de sonido o un pick up hasta que llegue la mañana, es irrelevante que sea un lunes o cualquier día de la semana, basta con estar vivos para que la música suene a todo volumen mientras los vecinos duermen, sin excusas o con ellas, la ciudad no calla de noche.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *