Narrativa

Cerca pero no tanto, un cuento de Sebastián Grasso

Como acostumbra hacer un par de veces por semana, Xavier entra en La Cafetería a desayunar. El sol brilla ya alto en el cielo, y sin embargo, aquella mañana es aún más gélida que la noche que va quedando atrás. En parte por eso se acomoda en su lugar favorito, cerca del pintoresco hogar, que para esa hora ya se encuentra rodeado por varias personas. Escoge una mesa pegada a la ventana, que le permite mantener cierta distancia del resto. Cerca pero no tanto, se dice a sí mismo. Mientras espera la carta, revisa ansioso su teléfono móvil. No hay novedades, tampoco notificaciones.

Intenta relajarse en el sillón, al tiempo que ve acercarse a la moza. Lo saluda amablemente y le deja la carta, pero Xavier se apura en pedirle, pues en realidad sabe lo que quiere (además cuenta con poco tiempo). Siempre es lo mismo. Pese a que nunca puede terminarlo, no duda: café cortado, acompañado de tostadas en pan de campo y mermelada. La chica asiente y se va. En realidad, conoce ya de memoria el pedido de Xavier, que vuelve a mirar su móvil una vez más. Nada.

Mientras espera se distrae con la carta. Hay algo en aquel menú que elige, lo atrapa cada vez. Lee atento, como buscando pistas. El café es una de esas cosas obviamente. Se considera a sí mismo una especie de adicto a dicha bebida. Continúa leyendo y no demora en encontrarlo. Sí, «Tostadas en Pan de Campo», dice la carta. Le agrada aquel nombre. Le remite, ahora que lo piensa, a un cálido paisaje de campiña, soleado y con olor a hierba mojada, con pájaros cantando y tal vez algo de brisa. También una mesa servida al sol, con aquellas tostadas y la mermelada dispuestas apaciblemente a su espera. Se imagina a sí mismo desayunando en dicho lugar, libre de presiones y estrés, simplemente contemplando y sintiendo la naturaleza. Cierra los ojos y lo visualiza, y hasta cree oler a café. Un sonido de vajilla lo sobresalta, el desayuno ha llegado.

Sin embargo reflexiona, al tiempo que saborea el aroma de su taza y ya distraído de su móvil, que a él no le gusta el campo, jamás ha vivido en él, ni le ha interesado hacerlo. Aquella contradicción lo saca inevitablemente de su ensueño, y lo alarma. Se descubre a sí mismo añorando algo que nunca ha deseado. Y sin entender muy bien por qué. Veamos pues, se dice, qué es lo que no le gusta de éste. Sabe, en efecto, que hay cosas muy puntuales. Los insectos por supuesto son una de ellas, la comezón de la piel en contacto con el césped otra, y no podría olvidarse de la suciedad inherente a cualquier tipo de vida a la intemperie. Pero no, nada de esto parece ser suficiente.

Bebe un sorbo de café, buscando aclarar las ideas. Mira fuera, hacia la calle, e inmediatamente devuelve su vista al móvil. Nada, silencio total. ¡Eso es! piensa, silencio tal vez. Él es consciente de que, como buen amante de la vida de ciudad, el ruido no le molesta, y más bien le hace sentir cómodo. No es que lo considere confortable, sobre todo en la madrugada, pero aún así es cuando, paradójicamente, más necesita de él. Y sí, es otra contradicción, ahora puede notarlo.

Cavilando, mientras bebe de su taza, intenta con curiosidad resolver el enigma. Evidentemente el ruido debe aportarle algo de seguridad, ya que, en su soledad, y principalmente por las noches, se siente acompañado por el mundo, aún cuando este le pasa por el lado sin siquiera inmutarse, indiferente. No es que no le guste estar solo, de hecho es algo que bien disfruta. No obstante, goza de su soledad teniendo la certeza de que, allí fuera, la vida ocurre, y eso le tranquiliza. Sabe que, llegado el caso, en cuanto necesite de el ruido, bastará con salir. ¡Qué distinto sería si afuera no hubiese nada! Mira nuevamente por la ventana, como quien busca una confirmación. En la mesa, el teléfono sigue en silencio. Se mueve en su lugar, algo inquieto.

Estos pensamientos, lo llevan a Xavier a pensar en sus paseos por el parque o la ciudad. Cuando realiza esas caminatas disfruta verse rodeado de personas y hasta las observa y estudia. Sin embargo, ahora que lo piensa, lo hace más como un espectador que goza de una buena obra teatral, donde no es otra cosa que un simple testigo de aquella puesta en escena, con escasa o nula participación en ella. Y sí, de alguna manera y por motivos que aun desconoce, esta sensación de cercanía pero ajenidad lo hace sentir cómodo y tranquilo. Tal vez porque no termina de sentirse parte de aquella representación, o en cambio, se le ocurre, dicha representación sea la causa en vez de la consecuencia. De la manera que sea, concluye mientras unta en mermelada una de sus tostadas, tiene bastante claro que la ciudad, con su densidad y diversidad, le proporciona todo aquello. Anonimato e intensidad.

Por el contrario, supone, vivir en el campo debe implicar aceptar el silencio, y por consiguiente ser más consciente, o mejor dicho más responsable, de su soledad. Peor aun, piensa, el silencio tal vez no sea otra cosa que la ausencia más absoluta de todo lo que puede oír del mundo; por lo tanto aquello exigiría, y esta conclusión le aterra, tener que llenar ese vacío con los sonidos de su propio interior. Y si lo piensa detenidamente, descubre que no está muy seguro de qué sonidos componen su existencia más profunda. Intenta imaginarse en una tranquila noche de campo, solo en la inmensidad del universo, y se espanta. Pese a esto le gustaría creer que, viéndose envuelto en tal situación, alejado de las distracciones del mundo urbano, tal vez, se vería obligado a escucharse a sí mismo, y por medio de alguna alquimia espiritual, descifrar por fin el enigma del sentido de su ser. Sin embargo, teme, ahora lo ve un poco más claro, perderse en un vacío laberinto interior del cual quizá no pueda volver.

Mientras se pregunta si estas divagaciones mentales tal vez no sean más que alguna clase de filosofía de folletín, un sonido del exterior lo saca de sus pensamientos y lo eyecta de nuevo a la realidad. Mira su móvil y se sonríe para sí. Sí hasta el mutismo de un aparato lo intranquiliza…

Juega con una de sus tostadas en la mano, al tiempo que piensa una vez más, abstraído. Tal vez, en el fondo, el problema no sea el silencio sino el vacío que se supone representa. Sí, sin dudas la paradoja del vacío lo inquieta, porque ¿cómo puede éste significar ausencia absoluta si es, en efecto, algo en sí mismo? Por más que lo piense, no encuentra una amenaza en la idea de la nada. Pues si la nada es nada, nada por consiguiente, puede ocurrirle a él. Lo que, en cambio, le preocupa, descubre, son las infinitas posibilidades que, escondidas en las oscuras tinieblas de aquel vacío que alberga por momentos la realidad, puedan poner en riesgo su seguridad. Es que, ante la presencia de la nada, todo puede ocurrir, y dentro de ese todo, viven cosas que lo aterrorizan.

Xavier mira su teléfono y sabe, presiente, que está a punto de sonar. No sin algo de ansiedad, se apura a pedir la cuenta, al tiempo que va buscando dinero en su cartera. Se le hace tarde, y sin embargo sigue algo enganchado a sus ideas. Siente que por fin, tras tantos desayunos, va desenredando el ovillo que son sus inquietudes y eso le alegra. No obstante, mientras termina de pagar, y se dispone a terminar con sus tostadas, el móvil finalmente suena. Mira la pantalla recién iluminada y algo en él se relaja. Se levanta con apremio, de vuelta al mundo real, y se marcha.

En la mesa, a medio terminar, permanece su café. Esta vez, a diferencia de las demás ocasiones, ha estado cerca de acabarlo. Cerca sí, pero no tanto.

Fotografía: Wallpaper Up

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