Narrativa

Coincidencialmente, Marina; un cuento de Ana María Ortega

Cuando era joven, una puta se enamoro de mí, y yo no respiraba sino por sus poros. Me amaba tanto que me daba la mitad de lo producido por su cuerpo armonioso y acariciado para que yo pudiera pagar mi manutención en la estancia donde vivía con mi progresiva pobreza de estudiante latinoamericano.

Marina me ayudaba con algunos gastos extras del posgrado que me había ido a hacer a ese remoto país, al que fui gracias a una beca. Me daba el dinero de sus noches para que comiera y para apaciguar los celos que me daban por no poder tenerla cada día.

Ella había llegado de polizona en un barco que venía de España, a donde también se había ido embarcada a escondidas, a probar suerte, con su espíritu soñador a cuestas y una estampita del Divino Niño que cargaba en su cuello y que me sirvió para identificarla como compatriota. No tenía nunca con qué pagarle sus servicios, pero ella me hacía la vida menos miserable complaciéndome sin impedimento entre sus piernas.

Yo también la llegué a querer mucho. Era una niña linda sin inocencia cuando la conocí sin querer, camino a casa, una tarde viniendo de la facultad. Llegué a París cuando tenía treinta y cinco años, ella tenía sólo dieciséis, pero esa mirada experimentada que me soltó al pasar por su lado fue una puñalada cruda y limpia que me derrotó. Estaba en la calle con un vestidito que dejaba ver su cuerpo: una espléndida colina. El lago del agua más dulce que jamás probé. No me cansaba de escalar ese territorio al que sus orgasmos me llevaban; era el país del “nunca jamás estarás triste”. Existe. Yo puedo decirlo porque lo visité de su mano.

Recuerdo que solo teníamos una cosa en común, además de ser colombianos en tierra ajena: nos gustaba mucho el sexo.

Pero tú tenias ambiciones equidistantes a las mías. Querías ser una doctora, pero apenas si sabías leer. Para no ser cruel y no dejarte ver que no confiaba en tus sueños, me reía diciéndote que lo único que podrías curar, con tu fobia a la sangre, era uno que otro dolor de oído o del alma, y eso ya lo hacías muy bien cada noche con tu cuerpo en el burdel. Así que no tenias necesidad de graduarte de médica para curar a nadie. Y yo sabía que aunque fingías que te divertía mi respuesta, te ponías triste. Pero como me amabas sin conciencia, sin tiempo, sin pausa, soportabas mi poca fe, sin cuidarte de mí. Uróloga, si no estoy mal. Eso creo que dijiste que querías ser, porque alguien, seguro algún cliente que se burlaba de ti, te dijo que sería lo mejor debido a tu preferencia por lo fálico. No dudo que habrías podido llegado a ser la mejor en esa especialidad médico-quirúrgica.

Por mi parte yo sigo en lo mismo, queriendo publicar lo que escribía. No lo logré nunca ni en ese tiempo y tampoco ahora que ya no escribo.

Sabes, recuerdo también que coleccionabas fotos de cosas que te parecían lindas, cualquier cosa, una silla rota, un florero, un pájaro muerto, el sombrero de algún cliente, una zapatilla. Las cosas sórdidas ejercían un encanto en ti. Tal vez por eso yo te gustaba tanto, quizá por eso sonreías conmigo.

En cambio yo coleccionaba recuerdos y lo sigo haciendo hoy, sólo que ahora no me alivian, me atormentan. Creo que no se han ido nunca de tanto que los invoco. No sé con qué pretexto, o tal vez se dieron cuenta de que es lo único que me queda y temen abandonarme. Llegas a mí mirándome, como me mirabas siempre, con tus ojos tibios, tu boca fría y tus besos desleales. Llegas ahora, justo ahora, que de amor estoy desahuciado y que perdí las ganas de nacer todos los días. Necesito ayuda hasta para poder ir al baño y el sexo es un recuerdo remoto e infinito que me gustaría repetir, pero ya la carne no me lo permite.

Antes no podía recordarte. La rabia que me dio tu huida te aniquiló por un tiempo, hasta hoy que renaciste en mi pensamiento, intacta como antes. No lo entiendo. La memoria es un demonio necio que todos llevamos por dentro.

¿Cuánto ha pasado? ¿Veinticinco, tal vez, treinta años? No lo sé, ya no tengo más certezas que mis sesenta y cinco años que este verano serán sesenta y seis. Casi veinte invertidos en estudios, que hoy prueban de nuevo que no es más feliz el que más sabe.

Aquí donde estoy sentado pensando en ti, aguardando a que me atiendan, las emociones no llegan. La espera se hace insoportable y siento más que nunca las ganas de confesar mi dolor, incluso ahora que tengo que pagar por ello. Es curioso. El médico tiene muchas fotos en su consultorio. Fotos de sillas vacías, algunas están rotas, algunas sólo tienen el marco o la espuma, pero no me atreví a preguntar quién las había ocupado antes.

No te he vuelto a ver sino en mis sueños, pero hoy, no sé por qué razón, te niegas a salir de mi cabeza. Vino a mí tu imagen como una alucinación, trayéndome la vida entre la neblina, la mañana y la lluvia que se confunden con la melancolía de este cuerpo en donde hace tanto tiempo nadie arriba y nadie entra; y no porque no pueda, sino porque no quiere aliviarse de ti, de tu sombra que también era ninfómana y me amenazaba con abordarme por detrás ensayando su anular en mi recto.

Me pregunto en qué lecho se revolcarán ahora tus insaciables caderas. Esa es la duda con la que desayuno todas las mañanas, desde ese día en que fui a verte y Don Aquileo me dijo que te habías fugado con un “Bustamante nuevo”, llevándote lo producido de un mes y al Loro Benito, que quién sabe cómo hiciste para que no hiciera ruido. El burdel se quedó sin alarma. Después lo cerraron porque quebró. Nunca pudieron reponerse a tu bribonada.

Por mi parte, terminé el posgrado y volví al país. Nunca me casé, quizá esperando encontrar que también hubieras vuelto, pero te busqué por muchos años donde me dijiste que podría encontrarte si volvías de nuevo a esta tierra. Sin hallarte. Tenías razón, la literatura no sirve para nada, sólo llegué a ser profesor. Nunca logré publicar nada. Debí haberte hecho caso.

La poesía es el alimento de los tontos, que más que nutrir, aminora las ideas que termina disfrutando un papel sin alma –como tú decías–, y reduce la fuerza del corazón, de tantas palabras que tiene que bombear por segundo. Porque la poesía nace de él y termina por volverlo lento.

Ahora vivo solitario. A manera de consuelo vengo cada semana a donde este médico que aceptó lidiarme la crisis. Me ha ayudado a soportar la culpa de haber sido tan cobarde, de no alentar tus sueños y sacarte de ese infierno de donde huiste sin mí, sin mi ayuda, odiándome tal vez, llevándote contigo mi juventud, mis motivos, mi inspiración, mi vida. Él no sabe que hablo de ti y cree que realmente estoy sumido en una depresión a causa de mi mala producción literaria, que por supuesto nadie compró nunca, ni siquiera mis amigos.

No es un buen médico, pero sabe escuchar, y si no, pues finge muy bien y eso es lo único que me interesa ahora, que alguien escuche mis desdichas que no son más que frustraciones disfrazadas con caras de ti.

Tampoco le dije nunca tu nombre, no quiero que nadie diferente a mí lo sepa. Pero hoy me han cambiado la rutina y quien me atenderá es el hijo del doctor Bustamante. Un muchachito que bien podría ser mi nieto, también psiquiatra recién graduado, quien reemplazará a su padre, que por razones personales hoy no puede atenderme en consulta.

Esta espera interminable me ha hecho caer en la cuenta de que este galeno también se apellida Bustamante, como el tonto con el que te fugaste. Justo hoy no puede atenderme porque se va a su segunda luna de miel con su mujer, que era puta y llegó a ser uróloga. Su consultorio queda dos pisos más abajo.

Dice la enfermera que vienes todos las tardes, menos la de los martes, que es tu día de descanso, o sea hoy, que me toca a mí la consulta. Buscas a tu marido para bajar hasta el parqueadero, e irse juntos a casa. Maldita casualidad o maldita suerte.

“Qué ejemplo de superación y de amor, ¿no cree usted, profesor?”, me dice la enfermera entrometida, mientras me revisa los papeles del seguro y me muestra la puerta de entrada al consultorio. Y ahora, que el joven médico me hizo pasar finalmente para atenderme, sólo puedo pensar si, acaso, eres tú esa mujer, ¿Marina?

Cortesía: Movie Titan.

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