Narrativa

Cuadrúpedo amor, un cuento de Ana María Ortega

A Martha le gustaba que Manuel le tocara las tetas. Aunque nunca le dio un beso, ella interpretaba esa caricia recurrente como una muestra de amor temprana, que no comprendía con exactitud, pero que se hacía reconfortante y necesaria cada mañana.

Él la había comprado en el remate de una subasta por un precio irrisorio, ante la negativa de los demás ganaderos que no le apostaban a una hembra terca, poco agraciada y más bien entrada en años, que se negaba a ser ordeñada, preñada o siquiera tocada por una mano masculina.

Su antiguo dueño tuvo que recurrir a la tecnología para conseguir la única cría de un espécimen casi extinto de vacas con dignidad, que pateaba a los ordeñadores, mordía los cántaros hasta romperlos, y no se dejaban tocar por cualquier desconocido que pretendía, sin más, lograr un poco de esa leche que emergía a borbotones, incluso después de haber destetado al ternero.

Cuando se vieron por primera vez en el corral de exposición, ella reparaba aquel ser que se había atrevido a encantarse con su terquedad. Planeaba Martha la manera de hacerlo renunciar a su idea de adquirirla. Pero Manuel, que era hábil, la miró de frente y a los ojos, sin titubear y con desdén. La tocó despacio y suave hasta la ubre y la hizo suya para siempre.

Por primera vez, domada por el placer, entre los dedos cursados del finquero, Martha conoció la delicia. Probó el deleite y se sació de la esperanza que da el amor correspondido, entregándose a diario, sin oposición y sin reservas, a la paciencia de unas manos sabias, apenas descubiertas.

Desde entonces, él se levantaba antes del amanecer para vaciarla y librarla del dolor de sus pezones con ternura. Y ella esperaba con precipitación la suave atención de su tacto y los dos cubitos de azúcar que él siempre le daba cuando terminaba de ordeñarla.

Pese a su fama de rebelde, Manuel nunca tuvo que amarrarla. Una caricia en su lomo bastaba para que se rindiera ante sus manos. “Buenos días, bonita”, le susurraba al oído. Eso era suficiente para que su corazón desorbitado se olvidara de su condición cuadrúpeda y soñara con un futuro a su lado.

Se enamoró de su amo. Aprendió ciertas manías humanas con el único interés de demostrarle al granjero que ella podía llegar a ser su complemento perfecto. Tomaba agua del grifo, dejaba el baño empapado, se cepillaba los dientes, dejó de hablarle a otros rumiantes y hasta ensayó (días enteros) caminar sólo sobre sus patas traseras.

Con sus más de 200 kilos y sus protuberancias lechosas, Martha no conocía de complejos. Caminaba oronda por toda la propiedad semidesnuda, buscando provocarlo, así como incitan a los hombres las mujeres de la tele, mientras pensaba que ella era lo que él necesitaba para ser feliz. De eso estaba convencida. Ninguna otra hembra en el mundo podía darle, como ella, lo que él quería.

¿Qué más podía querer un pobre granjero que algo de dinero y unos minuticos de fama? Además, según sus cálculos, ella era una buena elección para prospecto de amante. A cambio de sus beneficios o favores no pedía diamantes. No necesitaba ni ropa de encaje ni maniobras sexuales para mantener contento a su hombre. Para lograr la felicidad de su amo únicamente requería un banco de madera, algo de paciencia y una cancioncita para inspirarse y producir, en sus cuatro estómagos, la primera leche saborizada del país.

Cosa que no sólo hizo a Manuel inmensamente feliz, sino millonario y famoso. Así que eso era mejor que cualquier silicona o cualquier orgasmo. ¿Por qué entonces no empecinarse en su idea absurda de hacerlo suyo?

Sin embargo, como toda buena amante, tenía sus pretensiones; por ejemplo, le gustaba la hierba buena, era lo único que comía, si no había eso, no había nada. También tenía que escuchar música mientras la ordeñaban, preferiblemente U2 o Coldplay. Canciones que hablaban de seres dignos y capaces, que luchan por amores muertos con la misma habilidad que Martha podía endulzar su leche a diario.

Ella supo desde siempre que ese amor era imposible. Incluso sabiendo que nadie lo permitiría, amaba con valor a Manuel. No podía comprender en su cabeza de semoviente. Tampoco le importaba. Por las mañanas, antes de que él llegara sin prejuicios, se lamía las orejas y las patas, acicalándose como una novia que espera visita. Se revisaba las pezuñas y se miraba al espejo, se enrojecía los labios con hojas de bonche.

Hasta aquel día en que Manuel se demoró en llegar y Martha, respirando con ansia, decidió ir a experimentar en cuántos pedazos puede romperse un corazón, pertenezca a quien pertenezca. Supo en segundos que el mundo de vez en cuando puede hacerse negro, que a veces soñar no es tan bueno. Que la realidad es una tragedia que otro escribe y uno vive.

Se asomó por la ventana del cuarto de la cabaña buscándolo. Él estaba dormido sobre la cama, completamente desnudo. Una joven mujer a su lado lo abrazaba. Dos cuerpos entrelazados que se habían amado una noche eterna.

Martha salió entonces corriendo enloquecida y ciega de una ira indescriptible. Después de volver a tener conciencia de sus cachos, destrozó el corral, mugió a todos su desprecio por el mundo, rompió la cerca de la finca, se arrancó las pestañas, se comió los tacones y se tiró de cabeza por el barranco.

El veterinario, después de la autopsia, dictaminó que su muerte se había producido por un ataque de encefalopatía espongiforme, es decir: la enfermedad de las vacas locas. Pero Manuel sabía la verdad. Las vacas, al igual que los humanos, no se enamoran con el corazón, sino con la cabeza. Martha había muerto de amor.

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