Narrativa

Doctor Emilio, un cuento de Carmen Cecilia Morales

─Don Emilio, suba al helicóptero para que conozca la finca.

Emilio sintió pánico, sus abarcas se pegaron al piso y no pudo articular palabra. Finalmente dijo:

─Gracias doctor Rodrigo, prefiero irme ya a casa. Recuerde que vine de lejos.

─Nada de eso Emilio, usted sí se va, pero antes déjeme atenderle como se merece.

Emilio se excusó diciendo que le tenía terror a los aviones, pero dos de los guardaespaldas de Rodrigo lo tomaron del brazo, asegurándole que le iba a gustar la experiencia.

Se santiguó tres veces antes de subir al aparato. La finca era inmensa. Desde lo alto los cultivos de caña parecían hilos delgados acomodados en línea recta y los matorrales espesos semejaban un bosque primitivo. Una laguna bordeaba gran parte de la zona, desde arriba parecía un espejo de agua verde-azulado.

─¿Sabe qué es lo malo de caer en esa laguna, don Emilio?

─Supongo que es muy profunda ─dijo Emilio.

─No, don Emilio, está llena de cocodrilos. Si caemos, no llegaremos al fondo de ella.

─Muchachos, ya quiero regresar.

Habían dado cinco vueltas en el helicóptero y los guardaespaldas no quisieron contradecirlo más. Empezaron el descenso.

Cuando tocaron tierra, Emilio sintió que el alma regresaba a su cuerpo. Era día de San José y le prometió al santo que si salía con vida del lugar no dejaría de asistir a ninguna de sus procesiones en su efímera existencia terrenal.

Todo ocurrió cuando lo llamó al celular un hombre con acento paisa, el cual se identificó con el nombre de Rodrigo. Le dijo que tenía un mes postrado en cama con un dolor en la pierna producto de una caída y se había enterado de que él era reconocido en la región por su oficio de “componedor de huesos”. Emilio no se negó, pero le dijo que no tenía dinero para desplazarse hasta el lugar. Rodrigo le pidió su nombre completo, número de cédula y le consignó el dinero de los pasajes.

Cuando Emilio retiró el dinero, observó que era demasiado. Intuyó que ahí estaba incluido el pago de la consulta. Se preparó para salir en horas de la madrugada. Debía abordar el bus de cinco para llegar temprano, lo recogerían en la estación de gasolina de Cocornó antes de las nueve.

Durante el viaje recordó el día en que se inició como curandero, sobador o huesero, veintitrés años atrás en La Guajira, cuando por falta de trabajo llegó a la finca del indio Manuel del Cristo, gran agricultor de la región con fama de brujo.

El trabajo de Emilio consistía en levantarse temprano a preparar el desayuno de los veinte jornaleros que llegaban diariamente a trabajar a la finca. Después de eso debía sacarse su día de trabajo al igual que los demás. Pero sucedió que Celeste, la hija del indio Manuel del Cristo, con el pretexto de que no podía dormir más, le dijo a Emilio que le ayudaría en la cocina. Era una joven muy bella, se decoraba la frente y los pómulos con líneas rojas de un tinte extraído de los árboles. Se colocaba en la cabeza, casi a diario, un jazmín que le regalaba su padre desde que entró en la pubertad con el propósito de vigilarla, y de lo cual se enteraría muchos años después, cuando ya le era imposible estar sin la flor en el cabello. Sus senos iban siempre en libertad y usaba una falda colorida hasta la rodilla, fabricada de manera artesanal y cuyos tonos le sentaban muy bien con el color de su piel. Desde que se conocieron sintieron una fuerte atracción, pero la mirada amenazante de espada de Manuel del Cristo, su padre, fue suficiente para que Emilio entendiera que no tenía oportunidad. Tuvo que hacerse a la idea de que ese era un amor prohibido.

Una madrugada, cuando la luz del alba tardaba en aparecer y sólo el fogón de leña iluminaba la cocina, Emilio preparaba el desayuno. Celeste se acercó con pasos de gata y rodeó a Emilio por la cintura. Él la reconoció por la fragancia a jazmín que despedía su cuerpo. Cuando iba a zafarse, la mujer se dio media vuelta y lo besó con ardor, él sintió los pechos vírgenes pegados a su piel y quedó sin voluntad para resistirse. El brío de los potros sueltos en ambos cuerpos halló por primera vez la libertad en ese primer beso. El canto de un gallo hizo reaccionar a Emilio, tomó el rostro de Celeste en sus manos y le dijo al oído:

─¡Niña Celeste, váyase!, ¿usted quiere que me mate su papá?

Ella meneó la cabeza negándolo, volvió a besarlo y apretó las caderas de Emilio contra las suyas. Él le respondió con ímpetu, como suelen hacerlo los de su raza.

Ese día esquivó la mirada del padre de Celeste, trató de disimular el nerviosismo, trabajó con más ánimo en el campo y terminó su faena antes de lo habitual.

Después del almuerzo, se topó de frente con Manuel del Cristo y este le dijo:

─¡Qué extraña mezcla, hueles a caballo y jazmín!

Quedó aturdido, sin entender cómo el viejo pudo rastrear el olor de la hija después de que tuvo el cuidado de bañarse bien y restregarse con un estropajo más de media hora. Al instante le respondió:

─Cosa de los fabricantes de perfumes.

Manuel del Cristo lo miró con disgusto y enseguida le dijo:

─ Muéstrame los dientes.

No entendió su insólita exigencia, se sintió humillado y a la vez temeroso, por lo que no se negó. El brujo sacó de la mochila una hoja en forma de corazón invertido y le dijo:

─ Mastícala, es un buen remedio para blanquear los dientes.

Emilio comprendió que era un pretexto, porque en su rostro negro sobresalía su dentadura nívea. No quiso contradecirlo y masticó la hoja cuyo sabor amargo le hizo fruncir el ceño. Al instante se sintió narcotizado y escuchó que Manuel llamó a Celeste para que hiciera lo mismo. Tres horas después, cuando los ojos de los dos enamorados se cruzaron, un destello de luz verde atravesó sus cuerpos y desde ese instante se odiaron para siempre. Después de eso, Emilio trabajó con más vigor y en su larga estadía de siete años, se convirtió en la mano derecha del brujo, éste le enseñó su arte con la promesa de que el día que muriera le revelaría su último secreto.

El viaje hasta Cocornó fue de tres horas y quince minutos. Al llegar a la estación de gasolina, Emilio echó un vistazo alrededor para identificar a la persona que lo recogería, sin embargo, cayó en cuenta de que no tenía el nombre ni las características físicas del sujeto encargado de llevarlo hasta la casa de Rodrigo. Compró un tinto doble, cuando lo llevaba a la mitad, llegó una camioneta blindada cuyo conductor bajó el vidrio.

─ ¿Es usted el doctor Emilio? ─preguntó.

─Sí, señor.

─Suba, el patrón lo espera.

Los tres hombres lo saludaron con cortesía y le hicieron algunas preguntas acerca de su trabajo, él respondió de manera breve y en el resto del trayecto guardó silencio. Tardaron aproximadamente cuarenta y cinco minutos en llegar al lugar.

La casa estaba ubicada entre varias colinas, era una construcción grande y moderna de dos pisos. La sala era amplia e iluminada, a la derecha, una puerta doble conducía hacia otra sala lúgubre con bar de lujo. Al frente del bar había una mesa de billar en tono oscuro alumbrada por un juego de ocho lámparas en forma de cono invertido que pendían del techo. En el recinto, una mujer despampanante jugaba con un muchacho de cuerpo atlético y cabello castaño.

Uno de los hombres condujo a Emilio hasta la sala del bar y se dirigió a la mujer.

─Señora Renata, aquí está el doctor.

Renata se detuvo, le echó un vistazo e hizo señas al muchacho.

─Estábamos esperándolo, doctor.

De inmediato lo llevó hasta la habitación de Rodrigo. En un sofá estaban dos médicos especialistas que llegaron ese día de Medellín, Rodrigo los contactó por vía telefónica para una segunda opinión. Dos semanas atrás, había tomado la decisión de abandonar voluntariamente el quirófano de una de las mejores clínicas del país, porque le preguntó al doctor —antes de iniciar la cirugía— si quedaría cien por ciento bien y éste le respondió que no podría asegurárselo, pero que haría su mejor esfuerzo.

─ Les presento al doctor Emilio, gran curandero del Sinú.

Los especialistas se levantaron del sofá, estrecharon su mano y uno de ellos le expresó:

─ Usted tiene la última palabra, doctor.

Ante la presencia de los médicos bien vestidos, Emilio sintió vergüenza por primera vez de su apariencia humilde. Le pidió al paciente que le explicara todo sin omitir detalles. Solicitó que le prestaran un baño, se lavó la cara y las manos y tomó unos minutos para encomendar su trabajo a los santos.

Rodrigo usaba un pijama corto y ancho. Emilio procedió a examinarlo minuciosamente. Midió exactamente unos veinte centímetros desde el cuello del fémur hacia abajo, sujetó la cadera del hombre y presionó con fuerza. Un dolor agudo penetró en las entrañas de Rodrigo, quien lanzó un alarido de tal magnitud que al instante la habitación se llenó de sujetos armados. Empezó a sudar frío y poco después sintió un gran alivio.

Mientras el curandero realizaba su trabajo, los dos médicos especialistas estuvieron atentos, cuando Rodrigo gritó, se levantaron del sofá sobresaltados.

─ ¿Se siente bien, don Rodrigo? ─ preguntó uno de ellos.

─ Mucho mejor, este hombre es un sabio.

Los especialistas le estrecharon nuevamente la mano y elogiaron su trabajo.

Por órdenes de Rodrigo, Emilio había sido invitado al comedor donde fue atendido como un zar. Era una mesa giratoria de dos niveles llena de alimentos y le faltó estómago para probar todo lo que le brindaron. Luego Renata lo condujo a una oficina al fondo de la casa, con puerta de salida a un kiosco inmenso. Le entregó un paquete y le dijo que ese era el dinero por el pago de sus servicios. No quiso contarlo porque el paquete era grande, pero sí agregó:

─Yo creo que esto es mucho, además, ayer me hicieron una consignación.

La mujer lo miró y sonrió, luego le explicó que la consignación enviada el día anterior correspondía a los gastos de su trasporte y que la orden de Rodrigo era entregarle el paquete. De inmediato Renata abrió una botella de whisky y le brindó un trago.

─Doctora, hace muchos años que no tomo.

Ella se tomó dos copas casi seguidas. En ese momento llegó un hombre con un costal. Renata lo hizo pasar.

─Hoy la panela se pagará a ochocientos mil.

El hombre empezó a sacar los paquetes, ella se llevó uno a la nariz, Emilio comentó:

─ ¿Por qué tan caras?, una panela cuesta en mi tierra unos tres mil pesos.

Renata estalló en risa.

─Usted es muy ingenuo, señor Emilio.

Emilio comprendió que estaba en un lugar peligroso y quiso salir corriendo del sitio. Ella se tomó otros dos tragos de whisky y llamó a uno de los hombres para que lo llevara a la habitación de Rodrigo nuevamente.

Rodrigo estaba charlando alegremente, se había levantado del lecho sorprendido de su mejoría, abrazó a Emilio y le preguntó si el pago que le había dado Renata era suficiente. Sin esperar respuesta sacó de la gaveta de la cama otro paquete y se lo entregó.

─Don Rodrigo, esto es exagerado, deje así.

─Usted me ha salvado la vida, llevaba un mes en cama y mi existencia había sido difícil, ese dinero no es nada en comparación con lo que usted se merece.

Fue en ese momento cuando a Rodrigo se le ocurrió la idea de invitarlo a dar un paseo en el helicóptero. Emilio pidió un baño antes de subir al aparato y uno de los hombres le señaló un pasillo. La casa era grande y no supo cómo terminó dando con otra puerta que conducía al bar. Renata jugaba nuevamente en la mesa de billar y en la barra había dos copas de whisky. Un hombre delgado, de aproximadamente unos cincuenta y tres años, con apariencia de antropólogo la acompañaba. Renata en el momento celebraba haber ganado el partido, se le acercó al hombre sujetando el taco de billar con las dos manos de manera horizontal, se lo puso en el pecho, lo empujó contra la pared, lo besó y colocó su mano en el pantalón del tipo.

La pareja no se percató de la presencia de Emilio, quien se retiró como un gato asustado.

Después de su intrépida experiencia en el aire a bordo del aparato, le dio gracias a San José y partió en la misma camioneta blindada y custodiado por los tres hombres que lo habían conducido hasta la finca de Rodrigo. Pidió que lo llevaran directamente al terminal de transporte de Cocornó con la incertidumbre de saber si llegaría a su hogar.

En el trayecto los detuvo un retén militar. El conductor se hizo a un lado, bajó el vidrio y los saludó:

─Muchachos, todo bien, saludos del patrón.

Uno de los patrulleros le respondió:

─Sigan, no hay problema.

Lo dejaron directamente en el terminal de transporte. Antes de bajarse de la camioneta el curandero abrió el paquete más pequeño, sacó la mitad del dinero y se lo ofreció a los hombres. Pese a la insistencia de Emilio, no aceptaron ni un solo peso alegando que si el patrón se enteraba los mataría. Él les dijo:

─No tiene por qué enterarse, este dinero es mío y yo hago con él lo que me dé la gana.

Llegó a su casa al anochecer, aún con la palidez en su rostro y las piernas temblando, mucho más cuando lo recibió su esposa y le mostró una caja. La abrió y en ella había un frasco grande de boca ancha, lleno de formol y con una serpiente dentro. De inmediato comprendió que Manuel del Cristo había muerto y antes de partir al más allá, cumplía su juramento: entregarle el último secreto de su arte. Una lágrima resbaló por su mejilla, al instante un olor a jazmín penetró en el lugar, el mismo aroma que le enseñaría el camino de regreso a La Guajira.

Fotografía: El Tiempo

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