Narrativa

El bar de las mil caras, un cuento de Eduardo Viladés

Ver cómo la verja se cerraba para siempre fue muy duro. Estaba tan oxidada que el ruido me dio bastante dentera. Nunca me había preocupado en cambiarla y 20 años es mucho tiempo. Una parte de mí se sentía frustrada porque no había conseguido mantener a flote el negocio que había heredado de mi padre.

Bar Temi, así se llamaba. Te de Teresa, mi madre, y Mi de Miguel, mi padre. Cuando era un adolescente yo no quería dedicarme a la hostelería; la verdad es que nunca tuve claro lo que quería hacer. Estudiar me aburría sobremanera, pero pasar diez horas diarias detrás de la barra del bar me provocaba sarpullido.

Mi padre llegaba a casa todas las noches de un humor de perros y apenas dirigía la palabra a mi madre. Cuando se dignaba a hablar con ella lo hacía para contarle los pormenores del negocio y alguna trifulca que había tenido con algún borracho que se había puesto a dar golpes a la máquina de tabaco. La relación de mis padres siempre ha sido ficticia, no se aguantan y mi padre ha estado casado con el bar más que con su mujer. A mí me ha pasado lo mismo con Eulalia, mi esposa, pero he ido más allá y nos hemos separado. Es fea con avaricia y tiene un carácter propio de campo de concentración, pero reconozco que me va la marcha. La conocí cuando mi padre me cedió el negocio hace dos décadas. Venía al bar todos los viernes con un grupo de amigas que pasaba de ella como si fuese una apestada. La dejaban sola en un rincón y ella se dedicaba a fumar sin parar. Eulalia aparentaba ser culta y formada, pero era de aquellas personas que confunden la educación con decir gracias, de nada y por favor cada cinco segundos. Cutre a morir, se veía a la legua que no procedía de la alta alcurnia. Vestía de modo periférico y los domingos acudía a misa en chándal y con tacones. Si hubiese existido en aquel momento algún programa del estilo de Mujeres, hombres y viceversa Eulalia habría triunfado. Pero como yo siempre he tenido alma de samaritano, me casé con ella. Hasta su madre, el día de la boda, me dio cuatro mil euros bajo manga por el peso que les había quitado de encima.

Ahora me he quedado sin bar y sin Eulalia. Lo segundo no me preocupa, al revés, noto que acabo de salir de Auschwitz, pero quedarme sin curro me jode mucho. La crisis de los cojones. Lo único que sé hacer es estar detrás de una barra. Con 50 años no me contratarán ni de peón albañil. No sé de que viviré. Tengo que mandar todos los meses un dineral al adefesio de mi mujer. Menos mal que no hemos tenido hijos porque tendría que prostituirme para pasarles la pensión. Además, con 50 años, las lorzas que se me acumulan por la tripa a modo de flotador y la feroz competencia de las albanokosovares lo tendría bastante complicado. A este paso tendré que volver a casa de mis padres. Lo pienso y se me pone mal cuerpo.

Lo intenté todo. Absolutamente todo. Los primeros diez años el negocio fue bien. Mi padre era conocido en el barrio, justo en el centro del pueblo, y había acumulado una clientela fiel. A la hora del desayuno el bar siempre estaba lleno. Bien es cierto que con cafés y churros no te puedes ir de vacaciones a Saint-Tropez, pero había picos importantes los viernes y sábados por la noche. Con los gin-tonics sí que se gana un pastizal. Sin embargo, poco a poco, la afluencia de público fue mermándose. Al principio no le di importancia y pensé que sería algo pasajero. El bar de enfrente cerró. La carnicería de la esquina colgó el cartel de “se traspasa” y hasta el Mercadona que había en la plaza quebró. Me quedé solo. Lo primero que hice para intentar reflotar el negocio fue cambiar los horarios. Los cafés no daban un duro y encima tenía que soportar a las marujas que venían a darme la brasa contándome cómo sus maridos no respondían en la cama o cómo sus hijos estaban en paro. También tenía a las marujas pijas que me aburrían enseñándome sus joyas y anillos de Cartier y explicándome que uno de sus hijos era gerente de una multinacional en Iowa. Dicho y hecho, el futuro era el estriptis. Cambié el rótulo del establecimiento, pedí un préstamo al banco para modificar el interior y abrí solamente jueves, viernes y sábados de once de la noche a tres de la mañana. A Eulalia casi le dio un nublao cuando le comenté que quería revitalizar el negocio con un espectáculo de estriptís femenino. Se negó en rotundo. Yo, que soy un calzonazos, cedí y opté por hacer uno masculino. Me costó Dios y ayuda encontrar a los strippers porque no tenía mucha experiencia en el negocio. Yo mismo hice los casting. Para ello, vi varias películas y me empapé de decenas de tutoriales en Youtube. Era muy profesional, que conste, y les hacía bailar con canciones como Je t’aime o Un pueblo es. De pequeño mi padre me apuntó a clases de teatro y saqué todo mi talento. Al principio hubo momentos tensos por mi inexperiencia, como cuando casi todos los aspirantes a stripper se desnudaban por completo, me agarraban la mano y la acercaban a sus genitales. Después supe que es un procedimiento normal, algo similar a cuando el sargento pesa testículos y pene a los soldados el día de la inspección general en la mili. Mi mano actuaba de báscula, por así decirlo.

Durante un año el espectáculo funcionó. Lo dividí en tres partes: el colegio, la madurez y la vejez. Había leído en Internet que el público empatizaba más si el show tenía el formato de una obra de teatro con su comienzo, nudo y desenlace. Lo llamé “la vida” e incluso hice folletos en inglés, italiano y francés: life’s (en inglés puse el apóstrofe porque me parecía lo máximo), la vita, la vie. En la primera parte mis chavales salían vestidos con uniforme de colegio de curas, muy recatados, y se sentaban en los pupitres. Un profesor les enseñaba álgebra. Seguidamente, en un arrebato, se desnudaba, incitando a sus alumnos a imitarle. Costaba muchísimo dinero la ropa de mis muchachos. Tenían que ser pantalones y camisetas de las que pudieran despojarse en un solo movimiento, con cremalleras especiales. Después del colegio, venía la madurez. Mis chicos salían con traje de ejecutivo y una calculadora. Al son de canciones de George Michael y Aerosmith, un jefe con cara de malas pulgas les llamaba la atención porque no cuadraba la cuenta de resultados. En vez de echarles de la compañía, les obligaba a desnudarse y les hacía entrar en vereda. En el último número actuaba yo. Era el dueño de un asilo. Me venía ideal porque mi cuerpo no se caracterizaba por los músculos bien definidos ni la tableta de chocolate, pero como era el propietario de una residencia de ancianos se entendía que estuviese un poco dejado. De cara estoy de escándalo, tampoco quiero echarme piedras contra mi tejado y hay que reconocer los méritos. Los chavales no se quedaban nunca desnudos, sino con taparrabos. Hubiese preferido el desnudo integral porque las pijas y ricachonas que nos visitaban habrían enloquecido, pero el bar estaba en una zona muy conservadora y no quería problemas. Y aún así, los tuve. Una noche vino la alcaldesa del pueblo. Yo no sabía quién era porque la política siempre me ha dado igual. Me recordaba a Eulalia, fea hasta decir basta, por eso me quedé con su cara. La mujer perdió el juicio. Se subió a una de las mesas, cogió la pistola a su guardaespaldas y empezó a pegar tiros al techo a lo John Wayne. Se montó una buena, gente corriendo como loca, sillas por los aires, mis chavales neurasténicos en taparrabos por el escenario. Cuando vino la Policía, vieron que la alcaldesa tenía seis kilos de farlopa y contratos millonarios firmados por empresarios corruptos en su bolso.

A mí me cerraron el negocio. La muy puta sigue en su despacho.

Pero no desistí. Al cabo de los tres meses pude abrirlo. Una orden municipal de la alcaldesa prohibió los negocios de estriptis en el pueblo, de manera que tenía que buscar otro nicho de mercado. En Internet leí que en Suecia triunfaban los bares esotéricos, garitos en los que podías tomarte un carajillo y de paso una especie de Rappel te echaba las cartas. En tiempos de crisis, la gente quiere creer en algo. No me lo pensé dos veces, pedí un nuevo préstamo al banco e ideé una especie de bar gótico, con tumbas que hacían de mesas, vasos con incrustaciones de versos satánicos y una carta poco común: carajillo de los infiernos, café de Transilvania, vodka de los muertos. Contraté a dos pitonisas y tenía ofertas especiales. Un café más lectura de manos, 3 euros; un café y tarot, 4 euros; un café y tablero ouija, 5 euros.

Yo siempre he sido un poco médium y me ha encantado el mundo de la parapsicología. De pequeño hacía mucha ouija, aunque con el tiempo empezó a aburrirme y me decanté por la Verónica, pero me daba mal rollo porque tienes que meter un cuchillo de cocina en medio de la Biblia y hablar con Verónica, la que secó el sudor a Cristo camino del Calvario. Imagínate que se encabrona y te lo clava. Paso. Las psicofonías no me gustaron nunca. Me daba un poco de pereza tener que esperar tres horas a ver lo que había grabado el radiocasete en medio del cementerio. Se me hacía eterno. Para eso prefería dejar la cámara grabando enfrente de la televisión toda la noche, un poco al estilo de Caroline en Poltergeist. A la mañana siguiente, tranquilamente, desayunaba contemplando los espectros que habían acudido a mi llamada… ¡Llamada la que debió de producirse en el más allá por todas las fuerzas de ultratumba! Esta vez no fue la alcaldesa yonki la que clausuró mi bar, sino un grupo de espíritus. A Madame Armengot, una de las pitonisas, le advertí cien mil veces que no leyese en voz alta fragmentos de la Biblia negra, el famoso libro de Anton Szandor Lavey. No me hizo caso y entre cliente y cliente se encerraba en el baño a declamar partes de la novela como si estuviese leyendo versos de La Ilíada. Y pasó lo que tenía que pasar. Varios de mis usuarios fueron poseídos por un espíritu burlón, un horror. Llegaba al bar después de la siesta y tenía que dedicar dos horas a recoger lo que habían hecho los espíritus: vasos rotos, sillas deformadas, cucarachas y serpientes dentro del lavaplatos. Lo típico. Sin contar con que estaban obsesionados con pintarme las paredes con decenas de versiones del 666 y casi me arruino en Titanlux para cubrir los desperfectos. El Vaticano, que se hizo eco de los sucesos paranormales, mandó al padre Constantino a echar un vistazo. Se parecía al padre Karras, el cura de El exorcista. 35 años, musculoso, fornido, peludo más no poder, tenía una jungla en el pecho y el pelo le salía por el alzacuellos. Qué manos, qué mirada, qué labios carnosos, qué protuberancias escondidas bajo la sotana. Me lo imaginaba en el interior de las criptas vaticanas, a las doce de la noche, siendo masajeado con aceite de almendras por miembros de la Guardia Suiza y memorizando el versículo quinto de la Epístola a los Efesios. Sucedió lo inevitable. Nos liamos. Siempre me había gustado la carne y el pescado, para mí el género no existía, me gustaban las personas. Acostumbrado al pescado de bote caducado de Eulalia, probar el solomillo al punto del padre Constantino supuso un antes y un después. Más que exorcizar al bar, me exorcizó a mí. Pero el Vaticano es muy estricto y ordenó a Constantino que volviese a Roma. Estuvimos viéndonos cada cierto tiempo, pero acabé cansado de tanto viaje y descuidando mi negocio. ¿Qué podría hacer? Descartado el estriptis y el negocio de esoterismo (hice una limpieza energética al garito que me costó un ojo de la cara), opté por un delicatesen, es decir, unir en un mismo local los servicios propios de un bar con los de un comercio de lujo. Mis clientes podían tomarse un café y, al mismo tiempo, comprar jamón de bellota, caviar iraní y huevas de lumpo. Tres meses. Eso fue lo que duró. Tengo mucha paciencia, pero hay cosas que no puedo soportar, como las nuevas ricas. Yo soy de la calle, tampoco llego a los niveles de Eulalia, pero me siento más cómodo entre la turba que con marqueses y bocachanclas. Tuve varios encontronazos con cabezabuques de tres al cuarto que me trataban como si fuese su criado. Eran los maridos de las pijas, quienes pensaban que por servirles un par de trufas con salsa de arándanos podían tratarte como si fueses un cero a la izquierda. Acabé en el calabozo tras darle un puñetazo a uno de esos impresentables. La alcaldesa corrupta, que me tenía enfilado desde el episodio del estriptis, aprovechó para cerrarme el negocio y acusarme de un delito de agresión. Mi padre pagó la fianza tras prometer a la alcaldesa que la votaría en las próximas elecciones.

Y así terminó la historia de mi bar. Clack. El sonido de la verja metiéndose en la cerradura me asalta todas las noches. Pero no me torturo, siempre he visto la vida como un vaso medio lleno y soy un tipo optimista. Algo saldrá. ¿Y si me instalo en Roma y montó un bar de tapas en el Vaticano? En el emplazamiento debería pensar con detenimiento, aunque la capilla Sixtina no me parece un mal sitio. Constantino tiene contactos y solía comentar que los cardenales comen fatal, todo el día brócoli y platos al vapor. Dicen que hay que aprovechar los conocimientos adquiridos para prosperar en materia laboral. Lo veo. Tapas españolas (champiñones con su aceite de oliva y su pan tostado, gambas al ajillo, salmorejo) servidas en un ambiente propio del mejor delicatesen con espectáculo de estriptis a media noche y lectura gratis del tarot. Lo llaman sinergia, ¿verdad?

Fotografía cortesía: Escuela internacional de cocina.

Leave a Reply

avatar
  Subscribe  
Notify of