Narrativa

El juego, un cuento de Mary Atencia

El sol se posaba en lo alto del cielo proclamando su dominio, se apreciaba un resplandor enceguecedor y la temperatura se podía sentir a flor de piel. En las calles se sentía el vapor del asfalto y la humedad les hacía la ropa pesada. Sería un día caluroso, un día perfecto para sentarse a la orilla del mar, con una cerveza helada.

Andrés sudaba mientras empacaba las neveras con hielo y subía la bolsa de las compras en el baúl de su carro. Constantemente pasaba el brazo por su frente perlada de transpiración. La camiseta de algodón se le pegaba al cuerpo, marcando unos abdominales bien formados, trabajo de años por jugar al futbol.  

– ¡Andrés! – gritó una voz.

Colocó sus manos sobre los ojos, en forma de visera para cubrirlos del sol. No reconoció a la figura de su mejor amigo que se acercaba a él con paso decidido. Marcos venía sin aliento, gotas de sudor le caían por entre el cuero cabelludo y las patillas. Se limpió el agua con el borde de su camisa.

– ¡Qué calor está haciendo! – le dijo cuando se hubo acercado-. Gracias al universo por este paseo.

Marcos agarró una cerveza de entre una de las neveras. La destapó y la lata empezó a botar espuma. Estaba agitada. La tomó de un solo trago y eructó sonoramente.

– ¡Eh! No te la estés tomando- le dijo Andrés arrebatándole la lata vacía. -Después no tendremos nada que tomar allá.

– Relájate – le dijo tomando otra. -Hay más six pack de los que podríamos beber.

– Más bien, ayúdame a terminar de subir las cosas, que ya vamos tarde para ir a buscar a los demás.

A regañadientes su amigo lo ayudó. La camioneta 4×4 estaba cargada con alcohol, mecatos, carne para asar, carbón y platos desechables. Corrió al carro para sentarse en el asiento del acompañante y puso la cara frente a las rendijas del aire acondicionado. De vez en cuando colocaba una axila o se levantaba la camisa para refrescarse.

– Este será el mejor paseo de la vida – le dijo a Andrés cuando se sentó en el asiento del conductor. -El último día de felicidad absoluta, antes de marcharnos a la universidad.

– Eres tan mórbido, Andrés. ¿No puedes dejarme disfrutar el momento sin recordarme la universidad?

Se colocó sus gafas de sol sin dejar de sonreír. Arregló el vidrio retrovisor y se ajustó el cinturón de seguridad. Marcos puso la música a todo volumen. Arrancaron dejando atrás las preocupaciones de la vida adulta.

Marcos y Andrés se conocían de toda la vida, eran mejores amigos desde la primaria. Lo hacían todo juntos, compartían aficiones, gustos e incluso detestaban las mismas cosas. Por esa razón, a nadie le extrañó que se  ennoviaran con las gemelas Carrasquilla. Catalina y Carolina Carrasquillas era unas bellezas a sus 17 años. Tenían largos cabellos negros, que les llegaban a la cintura. Labios carnosos color rosa, los ojos de un profundo color verde, como el de las esmeraldas, estaban adornados por unas abundantes pestañas negras. Sus cuerpos parecían los de una guitarra: caderas amplias y cintura estrecha. Eran atléticas, graciosas y elegantes. Cuando sonreían el mundo caía a sus pies.

Las gemelas eran chicas populares y los chicos lo eran también. Andrés era el capitán del equipo del colegio y presidente de su promoción e hijo de un ministro; todo en él hablaba de su clase social y poderío. Era un joven deportista, con un aire descomplicado, pero serio. Sus ojos azules contenían un destello de sabiduría y madurez,  que hacían contraste con su sonrisa juvenil. Por su lado, Marcos era hijo de una prominente cirujana. Su personalidad era distinta a la de su amigo. Él no aparentaba estar relajado y ser descomplicado como Andrés, realmente, lo era. Marcos había nacido para ser un alma libre, un explorador, un hippie. Poco le interesaban los privilegios y un futuro prometedor.

Andrés se parqueó en la elegante entrada del edificio donde vivían las gemelas, ellas bajaron con pequeñas faldas plisadas, una blanca y la otra rosa. Agitaban el cabello mientras bajan las escaleras. Parecía levitar en vez de caminar. Los saludaron con un beso, que les dejó el gusto a chicle en los labios.

– ¿Quiénes vienen al paseo? – preguntó una de ellas sin dejar de mascar.

– Nosotros cuatro. Faltan el Bombi, Ame y Mariano – le informó Andrés. -El Bombi llega en su carro con Mariano, pero nos toca recoger a Ame.

Carolina, su novia hizo un gesto de desagrado. Se cruzó de brazos y se bajó las gafas de sol de la cabeza. Andrés sabía que ambas no gustaban de la otra, pero Amelia tenía la cortesía de no expresarlo. Él había cometido el error de contarle que había sentido algo por Amelia, sin embargo, ésta lo había rechazado porque lo consideraba un amigo. Creyó que sería una anécdota graciosa para contar, más no contó con la vanidad ni con lo celosa que era su novia. Ella no lo tomó bien y desde ese día cruzó a la chica.

Marcos le hizo un movimiento de cabeza y lo apuró a contentar a Carolina, porque sabía muy bien que si ésta se enfadaba, Catalina lo haría también para tener solidaridad con su hermana.  Andrés se sentía contra la espada y la pared. No sabía qué hacer.

Observó a Carolina y a su hermana por el espejo. Ambas aguardaban su respuesta. Marcos tenía sus nudillos apretados contra los dientes, gesto que hacía cuando estaba ansioso.

– No puedo dejar a Amelia botada, le prometí que iría por ella. Soy la razón por la que sus padres la dejan ir.

Las hermanas resoplaron y Marcos lanzó un silencioso grito de frustración. El resto del camino hacia la casa de Amelia lo hicieron callados. Su amigo intentó en varias ocasiones poner música y animar a las gemelas, pero ellas se habían decidido por amargar el rato.

Amelia era una chica sencilla, vestía con tenis y camisetas todo el tiempo. Sus cabellos eran de un rojo otoño encendido que causaba miradas. Su piel era blanca y llena de pecas. A diferencia de sus compañeros de clase, ella no contaba con dinero y sus padres no ostentaban títulos políticos o profesionales. Estudiaba en colegio de ricos sin serlo. Había ganado una beca en la primaria y con esfuerzos sus padres le compraban lo que necesitaba.

 Salió de la modesta casa, sujetando un bolso morado raído e iba como de costumbre: un short, tenis blancos y una camiseta sencilla sin estampados.

Andrés vio a Carolina y Catalina cuchichear. Supo que se estaban burlado de la casa de Amelia, se preguntó si había cometido un error en haberla ido a buscar. Las gemelas le harían varios comentarios venenosos a lo largo de la tarde.

La chica se subió, las gemelas se hicieron a un lado y ella saludó cortésmente. Carolina no dijo nada y Andrés comprendió que estaba afilando los dientes para dar la mordida.

– Muy linda tu casa, Amelia.

Catalina soltó una risita.

– Muchas gracias, Carolina. Son bienvenidas cuando quieran.

Andrés admiraba a Amelia por su valor y dignidad. Nunca dejaba que las palabras de los demás la afectaran. La vio mirando de frente, con los puños sobre las piernas, la presión que ejercía sobre ellos los ponía rojos. Marcos volvió a poner la música y sacó una botella de ginebra de su bolso. La pasaba a todos, alegre y derramando su contenido de vez en cuando. El beat de las canciones les retumbaba en los oídos y el alcohol les calentaba la cara. Bajó el vidrio y sacó la cabeza por la ventaba. Gritaba frenéticamente. Todos, menos su novia y la hermana de ésta, se reían de sus ocurrencias y celebraban sus payasadas.

La carretera hacia la isla no estaba asfaltaba, el carro daba brinquitos con ellos dentro,  mientras servía un shot para Carolina, saltaron y le derramó el líquido en la pierna. Ella se lo sacudió molesta y exigió que le bajaran a la música. Condujeron en compañía de las palmeras y el sonido de las llantas sobre la tierra. Atrás había quedado el ruido de la ciudad. Andrés anunció la llegada señalando la reja blanca, con letras doradas, que leía finca El Reposo.

Pitó para alertar al capataz. Una vez, nadie apareció. Dos veces, aun sin aparecer nadie. La tercera decidió dejar el claxon presionado. Un hombre entrado en años apareció. Caminaba encorvado y llevaba las botas de goma sucias. La gorra estaba echada frente a su rostro y mascaba tabaco.

– ¿Qué es este escándalo? – preguntó.

Andrés bajó el vidrio. El anciano se acercó.

– ¿Quién es usted y dónde está Tomasin? – dijo autoritario

– Está enfermo, lo ando reemplazando- dijo con fastidio. -¿Quién es usted?

– Soy Andrés Villafañe, hijo del doctor Horacio Villafañe.

El anciano no se inmutó por abrirle la puerta. La sola mención del nombre de su padre le había conseguido la gracia de mucha gente, pero aquel hombre actuaba como si no lo conociera. Andrés no estaba acostumbrado a que lo trataran de esa manera.

– ¿No me escuchó o qué?

– Si, lo oí la primera vez – respondió sin interés.

– ¿Entonces qué espera para abrir la puerta? – le gritó.

Con paso cansado el hombre fue hasta la reja y la abrió de par en par. Andrés empezó a sentirse mal por cómo había tratado al anciano. Se prometió que lo buscaría y pediría perdón por su comportamiento.  

La casa de color blanco, de tres pisos y balcones, les dio la bienvenida. Un jardín cuidado se situaba a un lado. La piscina y el asador en el otro. Había una cancha de voleibol y un comedor de picnic. Más adelante, bajando la pequeña inclinación estaba la playa, a la cual se llegaba por unas escaleras de piedra que marcaban el sendero.

Los chicos se bajaron y estiraron las extremidades. El clima en la isla era agradable: la brisa fresca del mar les agitaba los cabellos y la ropa. Andrés notó que no habían llegado sus otros dos amigos. Sacó el teléfono para hacerles una llamada, pero no tenía señal. Alzó el celular en busca de conexión.

– ¿Qué haces? – le preguntó Amelia.

– Busco señal, no tengo.

Los demás miraron sus pantallas y comprobaron que también estaban en off.

¿Hay wifi acá? – preguntó Catalina con desespero.

– Si debe haber.

– Voy a buscar al viejo, a ver qué razón me da.

Sus chalchas de playa hacían ruido al golpear contra el talón. Lo buscó en la casa del capataz, pero no estaba ahí. Decidió ir hacia la entrada principal, ahí estaba, abriéndole la puerta a una camioneta gris. La reconoció enseguida como la del Bombi.

– ¡Ajá, mijo! ¿Pa´ dónde vas?

– Voy a preguntar una cosa al capataz. Espérame en la casa.

– El Bombi arrancó.  

– ¿Disculpe? Siento lo que pasó hace un rato, pero no sabrá qué pasó con la conexión a internet.

– Mi nombre es Dario – dijo a modo de respuesta.

– Lo siento, Darío. Me exalté, pero normalmente no soy así.

– Es la excusa de todos los niños ricos. Creen que porque uno trabaja para ustedes no somos personas, pero se equivoca, niño fino. Yo soy gente y merezco respeto. Un día se dará cuenta que esconderse detrás del nombre de su papi no le ayudará en nada.

Sintió hervirle la sangre. Las orejas se le colocaron rojas y podía sentir la presión en los dientes.

– El internet se cayó ayer y no ha vuelto. Los de la compañía dicen que fue un daño ocasionado por la tormenta de anoche y que tomará un tiempo arreglarlo.

Darío se marchó sin esperar respuesta. Cuando regreso a la casa principal, sus amigos estaban socializando. Había una despampanante rubia, agarrada de brazos del Bombi.

– Ajá, viejo Andrés! ¿Qué fue lo que pasó con el wifi?

– Está caído. Al parecer, hubo un daño y tomará tiempo arreglarlo.

– ¿O sea, que no podemos postear nada en Instagram? – preguntó Catalina.

– Creo que puedes vivir un día sin subir una selfie tuya – le dijo Amelia.

Lo que provocó la risa de todos.

– Fácil para ti decirlo, cuando tu celular no llega ni a modelo 2011, nena – le respondió Carolina.

– Hermana, pero ¿quién querría ver una foto de ella en alta resolución? Además, así se le notaría más lo pobre.

Las únicas que se rieron fueron las gemelas.

– Bombi, ¿quién es la chica? – le preguntó Marcos en susurro.

Los hombres formaron un círculo para hablar con tranquilidad.

– Es mi prima. ¿A qué está linda?

– ¡Uy! No sea puerco, vea que es familia.

– Respete, Mariano! ¿A usted quién le dijo que yo iba a hacer algo con ella?

– Me lo dijo usted en el carro.

– Ah, sísísí. Pero hermano, semejante hembrón no se puede perder. Si no le hago la vuelta yo, ¿quién?

– ¿Mariano? – propuso Marcos.

– ¿Mariano? Mariano es más hueva que las del marrano.

– ¿Ah?, ¿sí? Pero por lo menos no follo primas.

– Usted no folla. Punto.

Los chicos se rieron.

– ¿ Y por qué en vez de dañar a la familia, mejor no le hace la vuelta a Amelia? Vea que no es nada fea y a mí me deja a su prima – le propuso Mariano.

– Será vivo, Mariano. No, Amelia es muy linda, pero no sé – dijo observándola-. Bueno, total el paseo apenas empieza y con unos tragos, hasta quién sabe.

El Bombi empezó a servir trago y mandó a las mujeres a ponerse los vestidos de baño.

– La que no se ponga el vestido de baño… se va con ropa para la piscina.

Salieron disparadas a las habitaciones que Andrés les había asignado. Al cabo de unos minutos, regresaron. Las gemelas lucían un hermoso bikini rosa metálico. La prima del Bombi un trikini con semihilo. La sorpresa fue la de Amelia llevaba un vestido de baño enterizo, pero moderno. Amarrado a la espalada, que dejaba entrever el comienzo sus pechos. Era de color negro, resaltaba su piel blanca y cabello rojizo.

– ¡Qué bonita, Amelia! – dijo Andrés sin pensar.

– Gracias – respondió ella, bajando la cabeza.

Carolina se acercó lentamente a ella por la espalda y la empujó.  El traje de baño empezó a desteñirse. Un charco negro se formó a su alrededor.

– A la próxima no uses brea.

Las chicas rieron y los hombres no podían contener la risa.  Amelia se hundió para evitar la vergüenza. Debajo del agua se encontró con Andrés, quién había saltado y la sujetó de la mano. Cuando emergieron todos estaban riendo y jugando dentro del agua. La música sonaba fuerte y un flotador con forma de sandía daba vueltas en la piscina.

La fiesta continuó sin mayor altercado, los chicos tomaban, se reían y pasaban un buen rato. En algún momento, entrando la tarde, cuando los primeros rayos dorados tocaron el agua y sin que los demás se dieran cuenta; Andrés y Amelia subieron juntos a una de las habitaciones.

El agua de la piscina se colocó helada, la temperatura bajo y decidieron cambiarse para hacer la fogata. Bajaron a la media hora a la playa, donde un fuego acogedor los esperaba. Se sentaron en círculo, con las neveras portátiles a los costados y una bolsa de malvaviscos cada uno.

– Deberíamos contar historias de terror – propuso Alicia, la prima.

– ¡Qué tontería! – repuso Catalina

– Para la gente que no tiene imaginación – susurró Amelia.

– Me da igual. Ninguno conseguirá asustarnos – dijo Carolina.

– ¿Estás segura de eso? – retó el Bombi.

– Empieza tú, pues – le dijo Mariano.

– Listo! Esta es una historia real…

– Que le pasó a un amigo de un amigo – lo interrumpió Mariano.

Los demás rieron.

– Bueno, entonces no cuento nada.

– Contaré una historia – dijo Andrés.

Los amigos aguardaban con vivido interés la historia.

– Mi papá me contó que hace mucho tiempo en esta isla había una chica muy hermosa, era hija de los cuidadores de la finca. La joven mantenía un romance secreto con uno de los hijos de los dueños. Y, sí, era mi tátara abuelo. Se amaban, iban a casarse, pero uno de los hermanos también estaba enamorado de la joven, quien se llamaba Marina. Según cuentan, recibía su nombre por el azul de sus ojos. Uno de mis tíos abuelos se enteró que se fugarían y le avisó a mi abuela del plan de los enamorados. Mi tátara abuela era una mujer que detestaba que se le desobedeciera y jamás podría concebir que su primogénito se casara con una mujer de orígenes humildes. Mi tío abuelo en complicidad con ella, la secuestró. El plan era darle dinero para que se marchara y olvidara el amor que le profesaba a su hijo. Pero llevado por la lujuria y el desprecio de la campesina, mi tío abuelo la violó hasta el amanecer. La joven Marina, ultrajada corrió a los brazos de mi tátara abuelo y quiso contarle la verdad; sin embargo, a sus oídos había llegado el chisme que ella mantenía relaciones con mi tío desde hacía tiempo. Dolido por la traición, la echó de su lado y no quiso verla nunca más.

La arena crujía debajo de ellos, el olor de los malvaviscos se mesclaba con el de las algas muertas, la pegajosidad de los dulces embarra los palos y observaban con interés las figuras que el fuego sacaba en el rostro de Andrés.

– Al día siguiente, él se marchó. Demasiados malos recuerdos, alegó. Marina lo vio marcharse y experimentó de nuevo el rechazo. Algo en ella se quebró, o eso dicen. Esa noche cayó una gran tormenta, el mar estaba embravecido, las olas golpeaban con odio la costa. Los relámpagos sonaban como un grito de guerra. Con el alma rota y el corazón doliéndole en el pecho, agarró el machete de su padre, bajo la lluvia emprendió el camino hacia la casa principal. Le dio el primer golpe a la matriarca en la cabeza, la mujer murió al instante. Subió las escaleras en silencio y encuentró a su abusador durmiendo plácidamente una borrachera. <<pumm,pumm,pumm>> le clavó el machete hasta que la oxidada hoja se rompió. Sus padres la encontraron empapada en sangre, sus manos rojizas se lavaron con el agua de la tormenta. Era la única hija del matrimonio, no dudaron en ayudarla. La enviaron lejos de la isla. Mi tátara abuelo regresó, la Policía lo alertó y se enteró de lo sucedido. La muerte se atribuyó como un intento de robo fallido. Pero él sabía que Marina era la responsable. El amor se convirtió en odio. Los años pasaron, se casó, tuvo hijos y el recuerdo de ese amor de infancia no lo atormentaba. Hasta que su esposa murió envenenada, uno de sus hijos cayó del caballo y quedó paralitico. Con cada desgracia, en el pórtico encontraba caracoles de colores, regalos que Marina dejaba para él y una nota en letra cursiva, que rezaba: Por siempre. Se marcharon y está casa estuvo cerrada hasta que mi padre decidió remodelarla. En mi familia siempre se trató la historia de Marina como un mito, pero cuentan que en las noches de tormenta puedes oírla llorar por entre las paredes, reclamando el amor que se le escapó y buscando venganza contra la familia que la maldijo.

Los seis escuchaban con atención, no dejaban de ver el rostro de Andrés bañado con las llamas de la fogata. No se dieron cuenta que el Bombi se había ido. Alicia fue la primera en gritar. Una figura amenazante se colocó detrás de Andrés, sostenía un afilado cuchillo y lo situó justo en la yugular. Con un ágil movimiento de muñeca, le rajó la garganta; la sangre salía a borbotones. Los ojos de Andrés se pusieron blancos mientras se ahogaba. Los chicos gritaban, las gemelas fueron no esperaron para ponerse en pie y salir corriendo. Amelia empujó al enmascarado, se puso encima de él para impedirle levantarse con su peso y al levantarle la máscara vio el rostro del Bombi. Andrés se reía frenéticamente desde el piso y a sus carcajadas se sumaron las de su cómplice.

– ¡Son unos idiotas! – dijo Amelia poniéndose en pie.

– Casi nos matan del susto – secundo Alicia.

– Y, las gemelas decían que no se asustarían, fueron las primeras en salir corriendo – dijo el Bombi ahogándose de la risa.

– ¿Cómo hicieron la sangre tan real? – preguntó Amelia, tocando la textura.

– Usamos remolacha. Lo vimos en una película de culto de los 90 – dijo Andrés.

– Se llama Scream y revolucionó el género del Slasher – respondió Bombi.

– ¿Cómo sabes eso?

– ¿Qué crees?, ¿qué no leo?

Marcos estaba sin habla, abrazado a Alicia.

– Pudieron habernos hecho participes a Marcos y a mí – dijo Mariano molesto.

– No tendría ninguna gracia si les decíamos a ustedes – dijo Andrés poniéndose en pie con la ayuda de Amelia.

El cielo rugió sobre ellos, un relámpago ilumino la noche y se podía aspirar el aroma de una tormenta.

– Vamos de regreso a la casa, parece que se viene un aguacero – propuso Amelia.

Encontraron a las gemelas acurrucadas llorando debajo de una cama. Cuando les dijeron que había sido una broma, Carolina lanzó sus pequeños puños al duro pecho de su novio y Catalina se cruzó de brazos, dando sonoros golpes a la madera con el zapato.

– ¡Eres un imbécil, Andrés! – le decía entre sollozos.

– Yayaya, linda. No es para tanto.

– Vamos a bajo, todos nos esperan.

Los chicos estaban sentados en la oscuridad de la sala, viendo la lluvia caer. La tormenta había causado un corte en la electricidad y se encontraban rodeados de velas.

– ¿Qué tal si contamos una historia? – dijo en broma Bombi.

Las hermanas le lanzaron su mejor mirada de odio y Andrés le abrió los ojos para que callara.

– Mejor nos quedamos callados sin hacer nada – dijo Catalina.

– Podemos jugar un juego, si quieren – propuso Amelia.

– ¿Qué clase de juego? – preguntó Alicia escéptica.

– Es uno que encontré en internet mientras hacía una investigación de las costumbres indígenas.

– Suena tan divertido el juego, Amelia – dijo Marino con sarcasmo.

Ella le torció los ojos.

– Es divertido, en serio. Además no tenemos más nada que hacer, ¿o sí?

– Bah. Yo me apunto. ¿Qué hay que hacer? – preguntó el Bombi.

– Primero hay tomar unas bebidas alcohólicas…

– Es mi clase de juego – la interrumpió el Bombi.

– Si, pero tienen que ser naturales, al no tener, toca hacerlo con el que tenemos acá. Denme un segundo, voy y las preparo.

Fue a la cocina sirvió los vasos y los llevó en una bandeja hasta la sala.

– ¿Preparándote para el futuro de mesera, Amelia? – le dijo Carolina.

Amelia dejó los tragos en la mesa.

– Bien, ahora toca pintarnos la mitad de la cara, – dijo sacando un tarro de pintura de agua de su bolsillo. -El juego consiste en taparte un lado de la cara con la mano y el otro con la pintura. Nos tenemos que sentar en círculo. Con una mano nos tapamos el lado de la cara sin pintura y con la otra tocamos el rostro pintado de una persona y decimos su nombre para hacerla participe del juego. Él o ella tendrá que contar una mentira y los demás adivinar si es cierta o no. Si se niegan a participar tendrá que llevarse los dedos a la boca y decir suicidio. Por cada mentira descubierta hay que tomar un trago. ¿Quedó claro?

– A mí no me parece que sea muy indígena, Amelia – inquirió Marcos.

– Tienes razón, he hecho unas variaciones para hacerlo más divertido. El original consistía en tomar hierbas disecadas, hongos y hacer un viaje a la tierra de los espíritus, al regresar las personas contaban sus experiencias y si sus almas se encontraban con los otros.

– No voy a jugar. Es estúpido – dijo Catalina.

– Cómo quieras.

Se sentaron uno a uno en círculo, Catalina fue la última en hacer parte del grupo. Marcos estaba entre ella y Alicia. Andrés entre Amelia y Carolina. El Bombi y Mariano uno al lado del otro entre Catalina y Amelia.

– ¿Quién empieza? – preguntó Marcos.

– Empiezo yo – dijo Carolina con autoridad – se acercó al rostro de Amelia y colocó su mano en la mitad pintada. -Amelia.

– ¡Uyuyui! – dijo el Bombi. – ¿Qué mentira nos contará?

Amelia miró a Andrés y después a ambos lados.

– Estamos esperando, Amelia – apuró Carolina.

– ¿Estoy enamorada de Andrés?

– Mientes – dijo Carolina.

– Es verdad – dijo Marcos.

– Verdad – dijo Mariano.

– Es la puritica verdad – dijo el Bombi.

– Es mentira – dijo Andrés.

– Verdad – dijo Catalina.

– Falso – dijo Alicia.

Aguardaron en silencio esperando la respuesta de Amelia.

– Es verdad – confesó.

Carolina se puso en pie echa una furia, Andrés estaba estupefacto y el Bombi le pasó un trago a Amelia, quien se lo bebió sin respirar.

– Vuelve, Carolina. Hay que terminar el juego – la llamó su hermana.

– No quiero jugar más. Esta arrastrada quiere lo mío.

– No seas boba, ella podrá quererlo, pero él a ella no. Estaría loco si lo hace.

Su hermana había apelado a su ego y Carolina se regocijo en él.

– ¿De quién es el turno? – pregunto cuando hubo regresado.

– De Amelia – dijo Marcos.

Ella se inclinó y tocó el rostro de Mariano, él se aclaró la garganta y dijo:

– En secreto los odio a todos, por el trato de mierda que me dan. Soy poca cosa, para ustedes no soy más que Mariano el idiota, Mariano cara de grano, o Mariano ano.

– Tú no nos odias, es falso – dijo Bombi.

– Es verdad – respondieron Amelia, Andrés y Marcos.

– Falso – dijeron las gemelas y Alicia.

– Es cierto – dijo Mariano. -El odio que siento me invade las venas, los sueños y la única paz que consigo es imaginándolos a todos muertos.

– ¡Tú no puedes odiarnos! Somos amigos, Mariano – dijo el Bombi.

– No me jodas, José Arturo, que tú eres el que peor me trata.

– Era en broma, pensé que lo veías así – le dijo con tristeza.

– Ese límite lo pasaste, cuando me bajaste los pantalones delante de toda la escuela el día de la asamblea general o cuando me robaste a Tatiana, diciéndole que yo tenía fotos suyas y me masturbaba con ellas. Ahórratelo, Bombi, que faltan más personas por jugar.

Mariano tomó su vaso con rabia y se inclinó para tocar a Marcos.

– Considero a Catalina vacía, una tonta, hueca y sin sentimientos. La he engañado un millar de veces y lo volvería a hacer.

– Es cierto – dijeron Amelia, Andrés, Mariano y el Bombi.

– Falso – dijeron las gemelas.

Alicia se abstuvo de responder.

– Es cierto – concedió Marcos. –No te amo, Catalina. De hecho, te encuentro extremadamente aburrida y sosa. La única razón por la que estoy contigo es porque me gusta que la gente diga que eres linda, y sé que es superficial estar con alguien por esa razón. También es cierto que te he engañado varias veces, hoy, con Alicia.

Catalina se puso en pie y la cacheteó. La chica se quedó en shock acariciándose la mejilla enrojecida.

– Gracias por lo de linda, mi amor – le dijo cuando hubo vuelto a su puesto.  

Marcos tocó el rostro de Catalina, quien aceptó su roce de mala gana.

– Considero a mi hermana la mejor del mundo.

– ¿Es en serio? – dijo el Bombi. – Cierto.

– Cierto – dijeron todos en unísono.

– ¡Pues sí, es cierto!

Te amo más.

– ¡Aww! Te amo – dijo Carolina.

– Bueno, ya. Hay que seguir con el juego – dijo Amelia.

Catalina tomó y tocó el rostro del Bombi.

– Estoy cansado de ser el payaso del salón, de no ser tomado en serio.

– Cierto – dijo Amelia.

– Falso – dijo Mariano.

– Falso – dijeron Andrés y Marcos.

– Falso – dijo Catalina.

– Cierto – dijeron Alicia y Carolina.

– Es verdad. Estoy cansado de no ser más que eso, quiero que la gente me vea más que como un bufón. Las niñas no me toman en serio, mis padres tampoco y soy más que el borrachín alegrón del curso.

Se empinó el vaso y se limpió la boca con el dorso de la mano. Era el turno de Alicia.

– No los conozco y no me conocen, creo que no debería jugar.

– Tiene razón – secundó Amelia.

– Sólo toma el trago y pasa al siguiente – le sugirió Marcos.

La chica obedeció y fue a Andrés quien le tocó en esta ocasión.

– Te amo, Amelia. Lo siento, Carolina.

No esperó por las respuestas de los demás. Bebió su vaso y caminó hacia ella. Andrés empezó a verlo todo borroso, la cabeza le daba vueltas, sentía las manos pesadas y un sudor frio le recorría las extremidades. Tenía mareo y ganas de vomitar, cayó a los pies de Amelia, quien lo observaba y acariciaba. Dobló la cabeza y vio a sus amigos retorcerse en el suelo. La voz de Amelia le llegó amortiguada, como si sus oídos estuviesen tapados con algodón.

–¿ Te acuerdas de la historia de Marina? – le preguntó.

Trató de responderle, pero un retortijón le hizo doblarse del dolor.

– No es necesario que hables, Andrés. Hay sólo una cosa errada con tu relato: Marina no era la novia de tu tátara abuelo, era la de tu padre, él la usó; nos abandonó por él, por la vida que le prometió. Pero cuando tu madre se enteró, lo obligó a deshacerse de ella. Marina no mató a nadie, fue tu padre, quien envenenó a tu madre, después de que ella mandara a violar a mi madre. Ella no pudo soportar el trauma, las manos de los violadores la perseguían en sueños, la tocaban y la ultrajaban de nuevo. A la larga, cometió suicidio. Verás, mi madre era Marina. Crecí sin ella por culpa de tus padres. Don Horacio al darle la espalda la condenó y tu madre puso sobre su cabeza el peso con el que se cerró su cajón. No me puedo desquitar de tus padres, pero sí de su hijo, su adoración, la persona que seguirá sus pasos.

Andrés lanzó un grito de dolor.

-Shhh. Ya todo terminará. El veneno está terminando de hacer efecto. Lo puse en las bebidas, tuve cuidado de no servirla en la mía, ni mezclar los vasos. ¿Quién diría que una pequeña flor de color morado podría causar tanto daño? – le dijo enseñándosela. – ¿A qué es hermosa? Se llama Adelfa, que curiosamente es mi verdadero nombre. Lástima que las cosas hayan terminado así, Andrés, de verdad me gustabas.

Amelia se inclinó y le rozó los labios. Andrés podía sentir la falta de aire, sus pulmones luchaban por el buscar oxígeno. Su garganta se contraía por el esfuerzo. Los seis jóvenes murieron de paros cardiacos, con minutos de diferencia.

Adelfa iba brincando los charcos y cantando una tonalidad infantil. Con los nudillos tocó la puerta del capataz, él la dejó entrar. Ella se quitó los zapatos en la entrada.

– ¿Has terminado? – le preguntó.

– Si, padre.

– Bien, siéntate y toma un poco de chocolate caliente, que la noche está como para levantar muertos…

La niña le dio una sonrisa mientras soplaba a la taza caliente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *