Narrativa

El mendrugo de Velamazán, un cuento de Eduardo Viladés

Valeria, una niña de 12 años, se caracterizaba por un carácter indómito y soñador. A menudo pasaba horas tumbada en la cama mirando el techo con la mente perdida en galaxias lejanas y brujas de colores. Esa tarde, sin embargo, estaba sentada en un banco de un parque cercano a su casa. Aunque vivía en la ciudad, en verano sus padres pasaban un par de meses en un pueblo del interior de Soria. Hacía mucho calor. El verano había llegado de repente y el sudor se deslizaba por sus nudillos, lo que le impedía agarrar correctamente los lapiceros para dibujar. Miraba a su alrededor buscando una inspiración que nunca llegaba. Enfadada, rompió varios folios y tiró los rotuladores al suelo. Uno de ellos lo recogió Mari Carmen, la panadera del pueblo, quien se acercó a la muchacha con un cesto lleno de bollos recién hechos y le entregó el rotulador.

—Mejor dibujarías si te comieses un bollito de leche. Tendrías más fuerzas.

—No quiero ponerme tan gorda como tú. ¡Déjame que estoy dibujando!

—Ya veo que dibujas mucho tirando por los aires los rotuladores. ¿Qué quieres pintar? ¿Las nubes? Yo dibujo muy mal. De pequeña, en el colegio, los profesores siempre me suspendían en manualidades porque no tenía arte. Al principio lo pasaba fatal y mi madre, al llegar a casa y ver las notas, se enfadaba conmigo, aunque con el tiempo ella misma se dio cuenta de que dibujar mal no era un problema porque había un montón de cosas que sabía hacer bien.

—¿Cuáles?

—Pues preparar bollos, pasteles, mousse de chocolate y nata, soufflé caramelizado, delicias de frutos secos, reinas de trufa, arco iris endulzado con arándanos, marquesas de chocolate, trenzas rellenas de cabello de ángel, pasteles de queso, tiramisú y postre de avellanas con queso derretido.

Mari Carmen era conocida en la comarca de Almazán por sus yemas, famosas en todo el país. También era una experta en paciencias, sobadillos y mantecadas. Aparte de su trabajo como repostera, era la presidenta de Soria existe, una plataforma en pro de los valores de la vida en el campo. Sus padres y sus abuelos habían sido agricultores. Los comienzos fueron duros porque, al no disponer de recursos, tuvieron que acatar las órdenes de capataces maleducados e incluso violentos. No obstante, con el paso del tiempo lograron sobrevivir del trigo de sus campos y alimentar a la prole.

Al día siguiente se celebraba el cumpleaños del hermano de Valeria y quería regalarle un dibujo. Deseaba que fuese un retrato, algo muy especial que recordara toda su vida.

—Tu hermano Enrique siempre se acuerda de ti y te recordará siempre, Valeria, hagas lo que hagas. Cuando viene a la panadería a comprar bollos…

—Así está mi hermano, como un tonel. ¡No deberías darle tantos dulces!

—Y tú, mi querida niña, ¡deberías endulzarte un poquito más esa boca que tienes, que parece que se te debe y no se te paga! Como te estaba contando, siempre que acude a la panadería a comprar me habla de ti. De hecho, sólo habla de ti y de vuestros padres. Un regalo es algo bonito, pero lo que cuenta es el día a día.

—¡No te me pongas estupenda, Mari Carmen!

—¿Te has parado a pensar que quizá no se te da bien dibujar?

—¡Pero yo quiero hacerle un dibujo!

—¡Y yo quiero un novio en América, Valeria! Y he tenido que conformarme con mi marido. Admito que le quiero mucho y es guapísimo, así que tampoco me ha ido tan mal. Piensa que quizá dibujar no es lo tuyo. ¿Y? No pasa nada. Tendrás otro don. O puede que no. No podemos ir por la vida intentando impresionar a los demás y pensando que tenemos dones especiales. Hay veces que no tener nada especial es lo más especial que hay porque nos hace normales. Al mismo tiempo, tampoco hace falta agasajar a los demás con regalos si en el día a día les demuestras que tú misma eres un regalo.

Mari Carmen estaba preocupada por Valeria. Ella misma había dicho que tenía una bola en el estómago, como si un elefante enorme estuviera dando vueltas en la tripa en un centrifugado constante. Tenía que descubrir cuál era su mayor virtud.

La panadera hizo cantar a la niña. Después bailó con ella un vals y una rumba catalana.

Acto seguido, le dio un ovillo de lana y un par de agujas y la animó a que confeccionara un jersey.

Todo infructuoso.

Caería el aguacero mundial si la niña se ponía a cantar para sorprender a su hermano. Si le llevaba a bailar, le harían falta varias tiritas para curarse los pisotones. Y como tuviese que tejerle un jersey el pobre chico iría por la calle lleno de jirones y remiendos.

Enrique había salido a sus padres, Eduardo y Montse, que cuando eran jóvenes parecían modelos de pasarela, aquello que entraban en un restaurante y todo el mundo se volvía para mirarles.

—Valeria, por desgracia, no ha salido tan guapa como el resto de la familia— dijo Mari Carmen para sí misma, pero sabedora de que Valeria la escucharía y pondría el grito en el cielo—. La naturaleza, a veces, escoge caminos que nadie entiende.

—¿Qué? ¡Eres lo peor! Yo soy muy guapa. Ni que tú fueses Bo Derek, Mari Carmen, por favor, no me hagas hablar. Mi hermano se va a enfadar si no le hago un dibujo en condiciones.

—Anda, come, que tienes que reponer fuerzas— comentó la panadera mientras daba un bollo a la niña—. Tienes tantos pájaros en la cabeza que deberías pasar unos días conmigo en la panadería y levantarte a las cuatro de la mañana para amasar el pan y atender los pedidos. Te desaparecería toda la tontería de un plumazo y ese elefante que tienes en el estómago se convertiría en una mariposa ligera.

—¡Qué rico!

—Poco a poco se te va quitando ese rictus de enfado. Se te pone cara de amargada y te salen muchas arrugas.

—¿Sabes cuándo solía reírme mucho? Cuando nos íbamos de viaje hace muchos años. Yo me ponía en la parte de atrás del coche y hacía pedorretas a mi hermano Enrique en la tripa. Estaba muy gordo y le gustaba que le agarrase bien la barriga para hacer ruido de pedorretas.

—Es que los viajes en coche cuando uno es pequeño son muy divertidos. Eso sí, los padres solemos enfadarnos a veces con nuestros hijos porque dais mucha guerra.

—Sí, sí, es verdad, mi madre se ponía mala cuando Enrique y yo empezábamos a pegarnos y a chincharnos el uno al otro. Fíjate que mi padre a veces paraba el coche en un área de servicio para que nos tranquilizáramos.

—Puedo visualizaros a los dos, tú que estás tan delgada que parece que vienes de las misiones y tu hermano Quique que no cabe por las puertas. Seguro que él te dejaría sin respiración.

—Ay, sí, sí, era horroroso, cuando se echaba encima de mí para darme una buena azotaina casi no podía respirar, era horrible, hasta sugerí a mis padres que instalaran mascarillas en el coche, como en los aviones. ¡Hacía tiempo que no me acordaba de esto!

Paulatinamente fue cambiándole la expresión. Recordar episodios de su pasado que tenía apartados en un lugar de su memoria le hizo caer en la cuenta de que se puede ser especial simplemente fluyendo, dejándose llevar, sin necesidad de aparentar. Se dio cuenta de que no tenía que sorprender a su hermano con nada material. Su padre, que era muy docto, siempre le había dicho que sólo es sabio quien es humilde. Y la humildad empezaba en el corazón. En el campo soriano, la mayor prueba de valentía era apostar por los ancestros de los abuelos, por aquellos campos que araban de sol a sombra sin protestar para llevarse un simple mendrugo a la boca. Así lo había aprendido Mari Carmen y así quería trasmitírselo a Valeria. En la ciudad, la actividad nunca se detenía, no existía un momento de paz. Mentes inquietas como las de la niña no sabían que no hacer nada es un modo de hacer, quizá el más importante. Las nuevas tecnologías, la rapidez, las prisas habían dado lugar a una existencia provisional y vacía. El mendrugo de nuestros abuelos adquiría connotaciones casi mágicas al lado de la vacuidad actual. Sabedora de los sentimientos de Valeria, que en su coctelera interior pugnaban por salir a la superficie, ofreció a la niña una enorme tarta de cumpleaños que apareció como por arte de birlibirloque porque Mari Carmen era un poco bruja.

—¡Qué buena pinta tiene!

—Llévasela mañana a tu hermano Enrique para celebrar su cumpleaños.

—¿Sabes lo que le regalaré junto con la tarta?

—Me da la sensación de que ya lo sé.

—¡Una pedorreta bien grande!

Valeria recordaría este episodio en el parque el resto de su vida y se lo transmitiría a sus hijos. Cuando creció se trasladó al pueblo animada por la verdad que la panadera le había enseñado, la verdad de lo auténtico, la verdad del aire vivido por nuestros antepasados que, como un boomerang, se manifestaba de lleno en la muchacha. Mari Carmen se convirtió en su hada madrina y la panadería en un espacio de reflexión al que acudía cuando se sentía un poco perdida.

… Porque para ser feliz y hacer felices a los demás basta con un buen bollo de leche y un poquito de escucha.

… Porque ese espacio jamás existió en la realidad.

… Porque cuando Valeria se hizo mayor e indagó acerca de la historia que rodeaba a la explanada que se encontraba enfrente de su casa, descubrió que había sido una panadería en el siglo XIX, mucho antes de que ella naciese e incluso mucho antes de que sus padres llegaran a este mundo.

Su madre siempre le dijo que había sido una niña peculiar, que hablaba consigo misma, con sus yoes, con sus propios espíritus, como ella aseguraba. Su madre, un poco maga, transmitió el poder de hablar con los muertos a su hija. Ella había intentado aniquilar ese don por miedo al qué dirán, a que la tildaran de loca. Pero Valeria, adelantada a su época y cuyo leitmotiv era la libertad, lo empleó para ser feliz y educar a sus hijos.

… Porque Mari Carmen, ataviada con un delantal decimonónico y un poco borrosa en la mente de Valeria, como si un duendecillo hubiese espolvoreado su imagen con azúcar glass, se erigió como el Pepito Grillo de los pensamientos de la muchacha durante toda su existencia, siempre en el pueblo, siempre con los extensos cultivos de Velamazán como testigo silencioso, siempre con la certeza de que la modernidad no estaba reñida con la dedicación que nuestros mayores habían puesto en sus campos de labranza.

… Porque ese día en el parque significó el regreso de Mari Carmen al mundo de los vivos a pesar de que en la mugrienta lápida del cementerio se leyese DEP, 1890.

… Porque Mari Carmen consiguió que el recuerdo de esos campos labrados por nuestros abuelos perviviese en el corazón de la chica de los rotuladores de colores.

“Solamente muere quien quiere”, solía decir la panadera. “Y el campo nunca lo hace”, añadía. En la sombra, como un hada buena, amasó cada día nuevos bollos de leche en el horno de Valeria, quien guardó el secreto hasta el final de sus días, antes de tomar el tren hacia el reino de nunca jamás y ayudar a otra niña en su recorrido por este universo de locos que llaman vida.

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