Narrativa

El regalo, un cuento de Eduardo Viladés

¿Cuánto tiempo duran los regalos? ¿Tienen fecha de caducidad, como los yogures? O, por el contrario, ¿a medida que escarbas en su interior vas descubriendo, una vez que el envoltorio desaparece por completo, nuevas cualidades que te sorprenden aún más que el primer vistazo al lazo rojo que lo acompañaba?

Eliminar ese lazo requiere tiempo y perseverancia. De vez en cuando la dependienta de la tienda hace un lazo tan complicado de desatar que muchos desisten en el intento y, aunque zarandeando la caja se sientan tentados de descubrir su interior por el tintineo que escuchan, prefieren optar por la solución fácil: no abrirlo.

Dicen que una de las cosas más importantes que alguien puede hacer por ti es escucharte en silencio, abrirte los ojos, empatizar sin hablar, permitirte volar y fluir, sin ataduras ni anclajes, sin prejuicios y sin bloqueos. Es lo que sucedió entre Luis y Samuel, dos polos opuestos que aprendieron a quererse y respetarse pero que, en el intento, firmaron su sentencia de muerte.

¿Quién elige que determinadas cartas se esparzan sobre la mesa, que cierto ingrediente se vierta en la marmita de los deseos y que se mezcle con un pasado que no entiende o no quiere entender lo que se cuece en esa cazuela?

Samuel se fue. No le gustaba mucho la comida vegetariana, que Luis adoraba. Era más de judías y de pucheros a la luz de la lumbre, de huevos fritos tumbado en el sofá con una buena manta disfrutando de un documental del Egipto faraónico, de decir tonterías y hacer payasadas, previsibles para algunos y maravillosas para otros, hablar con su ejército de yoes, alzar la voz en público sin censuras ni ataduras, reírse de la nada, llorar sin motivo.

Con Luis, sentía que no era él mismo, no fluía, como le pasaba con su familia o con sus amigos cercanos, sentía que estaba haciendo teatro constantemente, y bastante tenía con dedicarse a la composición de textos teatrales como para ser actor de su propia vida. Aún así, a pesar de que en el fondo sabía que una relación con Luis sería casi imposible o, cuanto menos, muy trabajosa, estaba enamorado de él hasta la médula.

Con el paso de los años, cuando la imagen de Luis se convertiría en un simple recuerdo e incluso cuando le costara dibujar en su mente el rostro de su amado, seguiría ocupando un lugar muy importante en su imaginario teatral y literario. Le gustaba esa sensación porque, en cierto sentido, le había concedido la inmortalidad a través del arte.

A lo largo de su vida varios psicólogos le habían dicho que era un chico de muy alta capacidad y que eso podría ser su salvoconducto para ser feliz y, al mismo tiempo, su espada de Damocles en caso de que no supiese gestionarlo correctamente.

Como Luis, a pesar de su existencia burguesa y una infancia llena de caprichos en su Barcelona natal, también había pasado los recreos solo en mitad del patio del colegio, sin amigos.

Decidió irse a vivir a Honduras como gerente de una organización de ayuda al desarrollo. Pensaba que verse rodeado de personas que realmente tenían problemas actuaría como un efecto boomerang hacía sí mismo y haría bajarse del pedestal en el que él mismo se había erigido como un Dios de andar por casa.

La vida de Samuel, de puertas para afuera, era perfecta. Bien parecido, muy inteligente, rodeado de pocos pero buenos amigos, con tres carreras, idiomas e innumerables experiencias vitales en diversos países del mundo. Lo que para la mayoría de la gente suponía un esfuerzo de días o incluso de meses, él lo solventaba en 15 minutos con eficacia y humildad y sin pedir cuentas a nadie. En el fondo de su corazón, dudaba de que su viaje a Centroamérica como gerente de una ONG fuese un acierto y temía que estuviese huyendo.

El teatro era su vida, pero tenía que cambiar y poner tierra de por medio. Venían a su cabeza constantemente imágenes de Luis. En Honduras, le alojaron en un bungaló cercano a la playa.

Soñaba con Luis. Le gustaría tenerlo a su lado, observar de soslayo cómo se quitaba algún resquicio de crema hidratante de la nariz, cómo jugaba con su mentón, cómo contemplaba con sus ojos oscuros el horizonte.

Samuel le acariciaría, le abrazaría y le desnudaría. Recordaba cómo habían compartido vivencias similares, momentos traumáticos vividos en su infancia y adolescencia que relataban sin censuras y sin miedo a que el otro los juzgase.

El ahora, no el ayer ni el mañana, el ahora. Y el ahora, como solía decir Luis, puede englobar un todo con su comienzo, su nudo y su desenlace.

Le gustaría vivir muchos “ahoras” al lado de Luis para que, llegado un momento, se convirtiesen en un todo. Pero estaba muy lejos.

Se le esbozaba una sonrisa cuando acudían a su imaginación algunas conversaciones en las que comentaban la emoción que les provocaba una película, o una canción, o una frase, o una novela y ambos decían al unísono “sí, sí, a mí también”. Se trata de compartir, pensaba, compartir ese tiempo que se detenía cuando miraba a los ojos a Luis.

Se habían conocido por casualidad. Samuel trabajaba como dramaturgo y distribuía sus creaciones teatrales por medio mundo. Uno de sus textos, una fábula con la muerte como telón de fondo y las ganas de vivir como leitmotiv, había ganado varios premios y quería que cobrase vida en Madrid, donde vivía Luis.

Le localizó a partir de amigos comunes implicados en el sector teatral. Le mandó el guión, aceptó la propuesta de dirigirlo y empezaron a charlar por teléfono con bastante frecuencia para perfilar la obra y buscar al elenco apropiado para representarla. Se hicieron amigos en las redes sociales y ambos, desde la distancia, cotillearon en sus fotografías antiguas. Desde el primer momento, como si fuese un hechizo, Luis se quedó obnubilado con la mirada de Samuel. Sabía que el tiempo se pararía al abrazarle y besarle por primera vez. Era plenamente consciente de que llegaría ese momento.

Samuel pensaba algo parecido, aunque nunca lo verbalizaba y se lo guardaba para sí mismo. Le gustaba dejar ciertos detalles al amparo de la magia, precisamente uno de los temas de la obra teatral que estaba perfilando con Luis. Además, con el reflejo de los ojos de Luis había ciertas cosas que no necesitaban ser expresadas con palabras, que las trascendían.

Se conocieron en persona el día del estreno de la obra. Samuel viajó ex profeso a Madrid para verla. La sala de teatro estaba llena de gente: actores, actrices y amigos de la etapa en la que Samuel había vivido en la capital. De repente, apareció Luis. Iba cojeando por un pequeño percance que había tenido jugando al pádel. Se reconocieron al instante y se dieron un par de besos que hicieron que la piel de ambos se erizase. Tras el estreno de la obra, fueron de cena. En medio de un grupo de más de quince personas, no cesaron de observarse durante toda la velada. Hasta el chef del restaurante lanzó una mirada cómplice a Samuel al darse cuenta de que el ambiente estaba muy caldeado. La cena terminó con besos y abrazos encima de los coches, al lado de las farolas, apretujados contra las marquesinas de las paradas de autobús. Y concluyó en casa de Luis. A esa primera noche siguieron varias, en Madrid y en Barcelona, hasta que algo empujó a Samuel a irse a vivir a Centroamérica.

“Sé que tenías que aparecer en mi vida, pero aún no sé para qué”, solía decir Luis.

Este pensamiento destrozaba a Samuel. No entendía que alguien necesitara tiempo cuando el afecto era el protagonista, el amor se sentía a borbotones, no se analizaba en un laboratorio, era un sí o un no.

Luis andaba muy despacio, Samuel muy deprisa.

Samuel no sabía lo que Luis esperaba de él y empezó a obsesionarse. Adelgazó tres kilos, le entraba descomposición si sabía que recibiría una llamada de su amigo, no podía conciliar el sueño y miraba el teléfono cada cinco minutos para ver si había recibido algún mensaje de Luis o simplemente saber si estaba conectado a los servicios de mensajería instantánea. Como no encontraba su hueco en el sector teatral y quería empezar desde cero, decidió echar tierra de por medio e irse a Honduras. Necesitaba protegerse a sí mismo.

Luis empezó a salir con Manuel, un abogado aburrido e inapetente del que decía estar enamorado y a quien había conocido en un congreso que, inexplicablemente, ahondaba en la relación entre el teatro y el derecho. Samuel les había visto en persona una vez poco antes de marcharse a Honduras y el letrado le pareció una persona anodina y carente de interés.

Luis decía que era feliz a pesar de haberse instalado en la monotonía y haberse olvidado de la magia, de la vida convertida en circo con dos payasos medievales buscándose el uno al otro a pesar del foso de los leones.

Una vez Luis le había dicho que tenerle cerca era como llegar a casa, quizá como esa lumbre a los pies de la televisión y la manta sobre el regazo que Samuel echaba tanto de menos en Centroamérica.

Las casas se construyen por los cimientos y no por el tejado. Aunque la Luna esté más cerca del tejado y se pueda tener la sensación de que puede tocarse con las manos, la casa se desploma si no tiene unas buenas vigas.

Teniendo la Luna, cimentar una vivienda es fácil, pero requiere paciencia y mucho trabajo y respeto por parte del arquitecto y del aparejador.

Luis sería el arquitecto, siempre tenía que llevar la voz cantante en todo lo que hacía. A Samuel le bastaba con ver cómo se levantaba la casa fumando un cigarrillo desde un monte lejano.

Una vez edificada buscaría las llaves para entrar. Es posible que nunca las encontrase o que la casa no soportase tanta cantidad de ladrillo y argamasa y cediera por su propio peso. Siempre le quedaría hacer un túnel desde aquel monte lejano en el que fumaba un cigarrillo y penetrar en el interior de la casa sin necesidad de puerta ni de llaves.

Dicen que la magia de lo imposible termina convirtiéndose en realidad porque lo hermoso tiene que materializarse de alguna manera…

Dicen que quien verdaderamente te ama existe desde siempre, incluso desde antes de conocerte…

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