Cartagena,  Textos de autor

El relicario de leyendas de Cartagena

Los mitos son cuentos. Narraciones extraordinarias de personajes divinos o heroicos que sirven para explicar lo maravilloso de alguna realidad inacabada.

Los saberes populares de los pueblos de Bolívar y de Cartagena son ricos y llenos de tonos y gamas. Algunos se repiten en diferentes ciudades de Colombia y Latinoamérica, pero todos, en definitiva, son la herencia cultural de un pasado que se mezcla entre los acontecimientos históricos, lo ficticio y lo religioso.

Sandra Mendoza, maestra en museología y asesora del Museo Histórico de Cartagena de Indias, todavía se emociona cuando recuerda las leyendas de su Caribe natal, cuando pasea por las callecitas de la ciudad vieja entre los fantasmas apacibles de la época colonial.

La imagen de la Virgen de La Canderaria

Fray Alonso de La Cruz Paredes tuvo esa noche un sueño esclarecedor. En la más profunda ensoñación, mientras estaba en el convento de Villa de Leyva —Boyacá—, fue testigo de la advocación de la Virgen de la Inmaculada Concepción. La Divinidad le dijo que fuera hasta Cartagena a construir, en el cerro más alto, una ermita. Extrañado, pero disciplinado, el Padre viajó hasta este puerto del Caribe.

Fray Alonso de La Cruz echó barranco abajo la escultura del macho cabrío. – Cortesía: El Universal

—El sacerdote que fundó la Ermita de La Popa—dice la cartagenera Sandra Mendoza—, quería ponerla allí porque algunos negros e indígenas adoraban a un macho cabrío, como un becerro de oro.

Ante tal profanación, el sacerdote, lleno de rabia, echó barranco abajo la escultura.

—Por eso, cuando se visita a La Popa, a ese sector se le conoce como el Salto del Cabrón, y por eso dicen que todavía allí hay una oquedad en la roca—advierte la historiadora—. Esa fue una de las razones por las que se construyó.

Se dio prelación a lo religioso en lugar de construir una fortificación militar que habría sido lo ideal ante los eventuales ataques de piratas y bucaneros.

Pero la historia no acaba ahí. Un día, el cura en cuestión caminaba por la Calle de Las Damas del Centro Histórico, cuando una mujer lo llamó desde un balcón. Le dijo que entrara a su casa, porque le iba a regalar una talla en madera. El Fray Alonso de La Cruz entró a la casa y vio, sorprendido, que la mujer había desaparecido y en su lugar se encontró con una escultura de la Virgen de La Candelaria. Al menos eso es lo que dice la leyenda.

El Diablo de Santo Domingo

—Todo lo que sale mal, es culpa del Diablo—bromea Sandra.

Durante la colonia, a mitad del siglo XVII, se decía que el Diablo había querido destruir la torre de la Iglesia de Santo Domingo, pero que en su intento sólo había logrado torcerla, aunque la realidad apunta más bien a un problema arquitectónico.

Como la parte de la columna izquierda de la torre no era simétrica con las demás, se suponía que el Diablo había caído sobre esta, luego de convertirse en un remolino, tratando de embestir la construcción. Cayó en el pozo central de la Plaza de Santo domingo, donde hoy se reúnen a rebuscarse el día los artesanos de la ciudad.

—Se decía, y se dice todavía, que a veces allí huele a azufre. Mucha gente lo sigue diciendo.

El reverso de la trama de este acontecimiento sucedido en algún mes de 1630, cuenta que el Diablo empezó a tratar de «tentar» al arquitecto encargado de esta edificación, encarnándose en un fraile, pero el encargado se dio cuenta pronto de la artimaña.

El Diablo embistió la torre de la iglesia de Santo Domingo. – Cortesía: El Universal

El Cristo del Altar Mayor

Cierto día llegó un hombre con un halo de misterio a la Iglesia de Santo Domingo. Le comentó al  padre encargado Fray Braulio Herrera que le habían encargado tallar un Cristo en madera.

—En los escritos que dejó este cura dominico se dice que este hombre se encerró en una habitación durante tres días a realizar su trabajo.

Le pasaban solamente agua por debajo de la puerta. Nadie podía interrumpirlo. Al tercer día ya no se escuchaba ningún ruido del carpintero. Decidieron entrar por la fuerza.

—Según la leyenda, este hombre, que era en realidad un ángel, ya no estaba en el cuarto, había desaparecido—dice Sandra Mendoza, agregando que el mismo mito existe en una Iglesia de Mompox—. Los patrones de las leyendas se repiten y se acomodan a las circunstancias en muchos lugares.

Cuando tumbaron la puerta del recinto, relucía un hermoso Cristo de la Expiración sobre una de las mesas. La historia también explica que utilizaron esta obra mística en una procesión para disipar una epidemia que azotaba a Cartagena.

El Cristo de la Expiración. – Cortesía: El Universal

La Calle de Tumbamuertos

La calle, en principio, se llamaba De Nuestra Señora del Pópolo. Pero, aproximadamente, en 1876 los cartageneros vivieron una peste que llamaron «El Tablón». Al parecer, no era otra cosa que un fuerte resfriado. La pandemia cobró muchas vidas.

—Cuando los vecinos del barrio San Diego iban a enterrar a sus familiares, encontraban un camino pedregoso, lo que hacía que se tropezaran—dice Sandra, cuyo pregrado lo cursó en la Universidad de Cartagena.

La inestabilidad de la vía hacía caer a la gente con todo y ataúd, y, por supuesto, a veces el muerto también se salía del féretro. Después la oralidad caribeña fue cambiando el nombre de la calle. La graciosa referencia fue cambiando progresivamente el nombre del lugar.

Cuando los vecinos querían dar la dirección de la calle, decían: «¡Allá en la calle donde tumban a los muertos!». Incluso algunas personas, ávidas de lo fantástico, especulaban que la culpa era de un duende travieso que festejaba los tropezones.

Epílogo con brujas

Hacen falta muchos mitos, como es natural. ¿Cómo van a caber tantos en un solo texto? En el tintero, o quizá para una segunda entrega, nos queda nuestra India Catalina, la tradición lo manda.

También la historia de Corinche, aquel indígena Kalamarí, un tanto desconocido, que esperó valientemente a don Pedro de Heredia y a los demás conquistadores para tenderles una trampa, llevándolos a Yurbaco, hoy municipio de Turbaco, donde les esperaba una emboscada.

No se debe tampoco olvidar a las brujas, presentes en todos los cuentos de los pueblos de Bolívar, Atlántico, Sucre y Córdoba. ¡Las brujas que acostumbraban volar las noches húmedas del Caribe para hacer sus aquelarres! Esas reuniones nocturnas que contaban con la supuesta intervención del demonio, ordinariamente en figura de macho cabrío.

De las otras brujas y brujos, los que besan, lloran y se enamoran, también habría que ocuparse en otra edición.

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