Textos de autor

Gabo y los ‘rolos’: amor de lejos, pero amor real

No es ningún secreto: Gabriel García Márquez tenía una relación complicada con Bogotá.  Los rolos, gentilicio no formal de los capitalinos colombianos, aun mantienen también esa sensación de amor de lejos (pero amor al fin) hacia el más grande de sus escritores.

Lo anterior no significa que exista desprecio hacia el autor de Cien años de soledad. Por el contrario, tal como ocurre en el resto del mundo, hay admiración y respeto por el Premio Nobel de Literatura. Como muestra: en un perímetro de cinco kilómetros, en el centro de Bogotá, existen al menos tres espacios que llevan su nombre (un parque, un centro cultural y una pequeña pero tradicional sala de teatro).

Se han hecho rutas turísticas para seguir los pasos del escritor en la capital y fue en Bogotá en donde se consolidó como un periodista distinto, además de ser el lugar en el que publicó su primer cuento, La tercera resignación (1947), la alucinante historia de un niño que muere pero que no deja de crecer (con todo lo que implica para la familia ese fenómeno que los obliga a ir modificando la caja según las necesidades cambiantes de su niño muerto).

El primer cuento de García Márquez fue publicado por El Espectador, con sede en Bogotá, el diario en el que Gabo trabajó durante 18 meses.

También aquí, en la capital, casi siempre nublada, escribió esa serie de crónicas sobre un naufragio que aparecieron en portada durante catorce días consecutivos y que luego se convertirían en su libro Relato de un náufrago, la historia de Luis Alejandro Velasco que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, y que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre (1970): ese libro es considerado hoy una lección de periodismo narrativo.

II

Gabriel García Marquez llegó tres veces a Bogotá — primero en 1943, con 16 años, para intentar estudiar en el bellísimo ( y aún en funcionamiento) Colegio Mayor de San Bartolomé, institución en la que no fue aceptado; después en 1947, con la idea de cursar la carrera en derecho en la Universidad Nacional, misión cancelada sólo un año después de su llegada; y por último, en 1954, para trabajar en El Espectador (y de manera breve en la agencia Prensa Latina) consolidándose para siempre como un reportero excepcional.

Sobre aquellos años en el capital el escritor declaró: “Mi diversión más salaz era meterme en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de muchos otros domingos vacíos”.

En su libro de memorias Vivir para contarla (2002) destacó una extraña característica de Bogotá de mediados del siglo pasado: no había mujeres y todos vestían de negro.

Fue en esta ciudad, a más de 2 mil 600 metros de altura sobre el nivel del mar, que García Marquez publicó su primera novela La Hojarasca (1955), y en donde se vio rodeado de la alegría con la llegada de su primer hijo, Rodrigo, pero también de las primeras penurias económicas, según relata Jaime Lopera, compañero de trabajo en Prensa Latina.

Un día que pasaba por su recepción, escuché esta súplica de García Márquez:

— Consuelo, me dice la Gaba (Mercedes Barcha, su esposa) que se acabó la leche de Rodrigo; ¿me puedes prestar diez pesos de la caja menor mientras nos llega el giro?”.

III

María del Pilar Rodríguez, investigadora y guionista de la Ruta de Macondo, relató que García Márquez “se movía por el centro, más abajo de La Candelaria, en un perímetro no muy grande. Los domingos, como se aburría, subía al tranvía en la estación de la carrera Séptima con la Avenida Jiménez y daba vueltas observando a la gente. A veces se paraba en la calle 72 con la Carrera Novena y su amigo Gonzalo Mallarino le invitaba a tomar pan, chocolate, queso y almojábanas (comida típica colombiano)“.

Nuestra casa en Bogotá es casi en aquella zona. Cuando voy al supermercado paso por el antiguo edificio de El Espectador, una hermosa construcción perteneciente al estilo de la primera modernidad de los años cuarenta en donde trabajó y en donde también trabajaba su amigo Álvaro Mutis, como jefe de relaciones públicas de Esso, que en ese tiempo también tuvo oficinas en el Edificio Monserrate.

Cuando salgo en la bicicleta cruzo por la plaza que alberga El Café Pasaje, el antiguo lugar favorito de los intelectuales y artistas rolos y también un espacio en donde Gabo se relacionó con grandes personajes en su paso por la capital.

Cruzo casi a diario por la Avenida Jiménez con Carrera Séptima, en donde aún se ven los antiguos rieles de los tranvías de los tiempos de García Márquez en la capital, y no puedo evitar imaginar a ese joven costeño que rondaba los 20 años, y que sobresalía del monocromático paisaje bogotano con esas camisas coloridas que todavía usan los caribeños.

En lo que sería el cumpleaños 92 de Gabriel García Márquez, Luis M. López, desde Bogotá, hace una breve relatoría de esa conexión única entre el escritor y la capital colombiana. Un relato de Ruleta Rusa, revista cultural aliada de Otras Inquisiciones.

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