Narrativa

Jalila me está esperando, un cuento de Rubén Darío Álvarez

Avanzaba la madrugada cuando el pianista alcanzó a ver, entre la penumbra atravesada por unos cuantos reflectores azulados, la cara de la señora elegante acompañada de dos damas, igualmente ataviadas con informales pero finos atuendos. Era rubia, de estatura regular y aparentaba unos cincuenta años.

El pianista había subido al bar del hotel en compañía de otros tres músicos con quienes bebió unas cuantas cervezas en los kioscos de las playas y comió algo ligero mientras regresaba al escenario.

No miró el reloj, pero intuía que era la una y treinta. A esa hora llegaban más clientes (entre turistas y huéspedes del hotel), crecía el humo de los cigarrillos y las conversaciones se hacían ininteligibles contra el sonido de los partidos de béisbol que transmitían los televisores. En el momento en que la banda se aprestaba a entregar un nuevo recital, las pantallas se apagaban y las miradas se dirigían al escenario. Esa vez no fue diferente. Sin dejar de hundir los dedos en las teclas, el pianista paseaba la mirada suavemente sobre el perímetro del bar, y más de una vez se tropezó con los ojos de la cincuentona, quien se había dedicado a observarlo.

Se llamaba Jalila Jassier. Pertenecía a los descendientes de la comunidad sirio libanesa asentada en la ciudad desde el primer cuarto de siglo. A sus veinte años había sido una de las mujeres más hermosas que integraban la élite, pero sólo contrajo matrimonio a los 27, cuatro años después de haber egresado de la facultad de Administración de empresas. Compartió aulas con Demetrio Scaff. Con él logró establecer una cadena de negocios que incluía hoteles, flotas de taxis, locales comerciales y hasta acciones en algunas de las principales empresas de la zona industrial de la bahía. Confiada en la capacidad de trabajo y en el manejo de poder económico y logístico de su esposo, Jalila pudo haberse conformado con el papel de ama de casa que muchas de sus contemporáneas prefirieron asumir. Pero, en vez de eso, se arrogó el manejo de sus propios hoteles y flotas de taxis mientras Demetrio participaba en negocios que lo mantenían viajando dentro y fuera del país. Tuvieron dos hijos, quienes optaron por vincularse a universidades extranjeras, de las cuales egresaron para presenciar de cerca el divorcio de sus padres y la manera como cada cual administró la recuperada libertad: mientras Demetrio se ennovió con una antigua compañera de trabajo que le igualaba la edad, Jalila vivió un tiempo con sus hijos hasta que forjaron espacios en solitario y lejos del ambiente de la crianza.

Fue así como la aguerrida empresaria se reencontró con sus amistades de la adolescencia y programó periódicas reuniones y periplos que incluían paseos a sitios exóticos nacionales e internacionales, pero sobre todo la exploración de la ciudad nocturna. A veces ideaban fogatas en las playas y bailaban hasta la madrugada en discotecas y bares de hoteles con agrupaciones musicales de planta, instrumentistas o algunos de los cantantes famosos que pasaban por la ciudad.

La agenda variaba teniendo como patrón los estados de ánimo de las compañeras de turno, acaudaladas y separadas como ella o en trance de acometer divorcio.

Ahora estaba ahí, detrás del pianista, quien, concentrado en guardar su instrumento en un estuche negro, no se percató de la presencia de la admiradora hasta que esta lo elogió.

–Que buen pianista es usted. Lo felicito– le dijo.

–Gracias–, respondió él girando la cabeza, mientras seguía empacando.

–¿Tiene velada todas las noches?

–No. Solamente de jueves a domingo.

–Entonces estaré pendiente para volver uno de esos días.

–Cuando guste.

Jalila se retiró suavemente hasta donde le estaban esperando sus amigas. El pianista terminaba de organizar sus envoltorios sin dejar de aspirar la estela de perfume delicado que la recién conocida había dejado en la pequeña tarima.

Era, según sus apreciaciones, el aroma del buen gusto y la distinción. Ya lo había olfateado otras veces, de manera que lo más probable era que la ponderación de la simpatizante se le olvidara en el transcurso de las siguientes noches. No fue así. Jalila Jassier, esta vez sola, regresó el jueves siguiente. Pero, para encarar al pianista, no esperó a que se terminara la velada. En cuanto lo vio le hizo señas de que se acercara a su mesa, le ofreció una bebida e iniciaron la conversación. O más bien, un interrogatorio dirigido por ella, que sólo se interrumpía cuando el pianista acudía al llamado de la orquesta.

Un poco más allá de las dos de la madrugada Jalila se retiró del bar con la promesa de regresar antes de que se acabara el fin de semana. Al pianista se le quedó en la memoria el gusto de la empresaria por el cigarrillo, la lentitud y la elegancia con que lo fumaba y el glamour con que tosía.

Jalila volvió el sábado un poco antes de que la orquesta estuviera instalada y esperó el arribo del pianista, quien llegó media hora después. Le hizo señas y, en cuanto lo tuvo cerca, lo invitó a cenar en el restaurante del hotel. El resto de la noche no sólo conversaron y compartieron vasos de whisky; también bailaron por iniciativa de ella y ante el desconcierto del pianista, quien por primera vez tenía un acercamiento personal con una mujer de las altas esferas sociales de la ciudad. Su ámbito era otro. Aunque el hotel funcionaba en la exclusiva zona turística, más exactamente en el cordón de playas acondicionado para los foráneos, el pianista y sus amigos de la orquesta estaban acostumbrados a conquistar jovencitas y señoras de diferentes ciudades y nacionalidades, pero sin los tintes distinguidos de las damas de alta alcurnia. Más bien eran mujeres descomplicadas, con alguna solvencia económica que les permitía una que otra estadía en destinos vacacionales, pero no más.

A su vez, el pianista emergía de uno de esos barrios populares del sur de la ciudad, donde el machismo, la imposición y la agresividad se aprendían desde los primeros años. En su casa no fue diferente. Entre sus padres mediaba la acostumbrada relación de imposición y sumisión que, desde luego, comandaba el padre. Los hijos eran instruidos, directa o indirectamente, en la continuación de la brusquedad oral y física como una forma de hacerse respetar entre la montonera. El pianista (mestizo como buen habitante del sur) había crecido atlético, apuesto y arrojado en el aspecto de las conquistas amorosas, pero también con voz de mando en el terreno de las amistades. Más de una vecina, joven o madura, había experimentado las arremetidas de su líbido sin tregua, pero sólo Sandra, tan agresiva y fogosa como él, le ralentizó la existencia. Resultó embarazada, parió una niña y se acomodó en la casa de los suegros donde nunca faltaron los desencuentros, los chismes, las discusiones, el mal ambiente, la convivencia venenosa… Por los días en que el pianista se conoció con Jalila Jassier, las cosas en su casa estaban llegando al punto máximo de la irritabilidad. De modo que en cuanto se dieron el primer beso y los alcoholes nocturnos lo animaron, le contó sus desventuras hogareñas.

Ya le había recibido regalos, algunos de los cuales rechazaba con cierto pudor. Las dudas, la incredulidad (o tal vez los complejos) no le permitían dimensionar que una mujer de la altura de Jalila estuviera interesada en él como para formalizar mucho más que un romance fugaz, al mejor estilo de la francachela nocturna. Empezó a convencerse mediante dos invitaciones que, para él, resultaron trascendentales: una visita a una exposición de pinturas y una cena en la casa de los padres de la empresaria.

Fue un martes en la tarde cuando acudieron a la muestra de arte. El pianista intentó ataviarse con atuendos diferentes a los que usaba en el bar. Ella apareció sobria, pero sin abandonar su elegancia y clase. Al final, nadie se fijó en la indumentaria de la pareja, sino en la inocultable diferencia de edades. Ambos intentaban ignorar las miradas indiscretas, pero el nerviosismo se notaba más en la sonrisa forzada del pianista.

–¿Qué impresión le han causado mis cuadros?– le preguntó la pintora capciosa.

–Muy bonitos—respondió él.

–Ya lo sé, pero ¿cree que logren un aporte a la estética figurativa de estos tiempos?

–Eeeh… yo creo que sí. ¿Por qué no? Usted pinta bien.

Una vez inaugurada la exposición, y de haberse escuchado varios discursos laudatorios en torno a la trayectoria de la artista, los asistentes fueron conducidos al patio de la mansión colonial donde se organizó un aperitivo cortesía de la casa.

–¿Te gustaría llevarte un cuadro de esos?–Le preguntó Jalila al pianista.

–¿Y eso para qué?

–No sé, para que adornes el estudio donde practicas el piano, allá en tu casa.

–Jajajajajaja… Yo practico en la sala. Ojalá tuviera un estudio. Además, esos cuadros están muy malucos para que sean tan caros. Mejor regáleme otra cosa.

–¿Como qué?

–Por ejemplo, ropa que sirva para acompañarla a sitios como este.

El lunes de la semana siguiente se organizó la cena en la casa de los Jassier. Ahí estaban los padres y los dos hermanos de Jalila. El pianista lucía las ropas casuales que la empresaria le compró dos días antes. Su intranquilidad era evidente. Antes de llegar a la cena se imaginó la típica reunión acartonada de las familias ricas de las telenovelas, pero fue todo lo contrario: los atuendos modestos y las conversaciones chistosas fueron el tópico de la noche, sobre todo cuando pasaron del comedor a la terraza del apartamento, desde donde se divisaban las luces centelleantes de la zona exclusiva y la atronadora oscuridad del mar.

Abraham Jassier, el padre de Jalila, se permitió algunas bromas con el pianista, quien, al mismo tiempo, notaba que los hermanos de la empresaria se esforzaban por parecer espontáneos y sin prevenciones. Pero la intuición callejera del pianista le decía que no encajaba del todo en el cuadro. “¡Qué hijueputa! –se dijo–. A la larga, la que me importa es Jalila”.

Esa noche las volutas de humo y los leves estertores del pecho, como siempre, acompañaban a la empresaria, quien siempre lograba integrarlos a sus gestos de inocultable exquisitez.

–¿Fumas mucho?–se atrevió a tutearla el pianista.

–Sí. No puedo negar que me encanta.

–Pero parece que te hiciera daño.

–No. Más bien creo que la tos se me volvió una manía. Ya casi ni me doy cuenta en qué hora ocurre.

Quince días después, durante los cuales siguieron viéndose en el bar, el pianista se sorprendió cuando Jalila Jassier le dijo que estaba dispuesta a visitar su barrio.

Ya él había ostentado hasta la saciedad con los regalos que ella le hacía continuamente y hasta había provocado que Sandra resolviera abandonarlo. Sus amigos, no sin cierto dejo de envidia, le comentaban que oportunidades como esa muy raras veces se repiten. Pero de todas maneras lo sorprendió el interés de Jalila, quien siempre había mostrado poco conocimiento sobre el sur de la ciudad. Para ella y sus amigas sólo existían el centro histórico y los barrios tradicionales, sobre todo los recién convertidos en áreas turísticas. “Lo más lejos que he pisado es el mercado; y eso, acompañada de mis muchachas del servicio”, solía revelarle al pianista como quien cuenta un chiste sin gracia.

A mediados de la semana siguiente se efectuó la visita. La empresaria permitió que el pianista condujera el vehículo, mientras ella veía por la ventana el congestionamiento vehicular, las esquinas atiborradas de tanques y bolsas de basura, el agua corriendo al filo de los bordillos, los solares enmontados, los equipos de sonido y los parques inútiles. La reunión fue en la terraza de la vivienda hasta que la madre del pianista llamó a la cena, exhibiendo los platos, vasos y cubiertos que guardaba celosamente para las ocasiones especiales. Tanto los progenitores como los hermanos medían sus palabras y sus gestos, hasta que los vasos de whisky deshinibieron, las máscaras se hicieron añicos y las procacidades salieron a relucir.

Un poco avanzada la noche apareció Sandra en busca de la hija, a quien había dejado pasándose el día en casa de los padres del pianista, quien no tuvo problemas en presentarla con Jalila. Al término de la velada, la empresaria nuevamente permitió que el pianista condujera el vehículo, a pesar de que se le notaban los efectos del whisky, pero en aquellas épocas las restricciones de tránsito no eran tan rígidas.

Estacionaron el auto a las afueras del edificio y decidieron tomarse el último trago en un estadero cercano.

–¿Te gustaría venirte a vivir a mi apartamento?–preguntó Jalila sin ningún preámbulo.

–¿Qué, qué?

–Lo que oíste.

–Me gustaría, pero… ¿cómo haríamos con la mamá de mi hija?

–¿No me dijiste que te había abandonado?

–Pero ya volvió. Siempre que coge rabia, arranca para donde sus papás y regresa cuando se le pasa.

–Está bien. Piensa en lo que te propuse. Pero eso sí: la única mujer que te acepto es la mamá de tu hija.

Los días siguientes el pianista se los pasó barajando mentalmente la propuesta. Unas veces la veía negativa, por su poca costumbre de tratar con personas de los altos estratos. Pensaba en los padres, los hermanos y las amigas de Jalila, quienes lo trataban con mesura, aunque no podían ocultar del todo su incomodidad con la idea de tener un mestizo en su círculo familiar y social. Pensaba en los desacuerdos de su casa, las discusiones con el padre y los hermanos, y los estallidos de celos de Sandra. Pero las cavilaciones llegaron a su fin una noche en que faltaron pocos segundos para que intercambiara puñetazos con el padre borracho, brusco y ofensivo. Sandra cargó nuevamente a su hija y regresó a su casa paterna. Una vez calmada la reyerta, el pianista llamó a la empresaria:

–Me voy a vivir contigo.

–¡Qué bueno! ¿Y cómo hiciste con Sandra?

–Otra vez se fue para donde sus papás.

–¿Y no hay posibilidades de que vuelva a buscarte?

–Es posible, pero no creo que se atreva a llegar a tu casa.

–Bueno, te espero.

En medio de la limpieza permanente y los lujos, donde lo único que le resultaba familiar era el olor a humo de cigarrillo, el pianista no dejaba de preguntarse el porqué de estar ahí, tomando en cuenta que Jalila, con su poder y su fortuna, bien pudo procurarse un compañero de su misma etnia y clase social.

Se preguntaba si acaso estaba siendo víctima de sus complejos de niño criado en la rusticidad de las barriadas del sur, pero el trato que recibía de la empresaria lo hacía sentirse seguro y hasta parecía recibir por ósmosis un poco de la supremacía que ella irradiaba, sobre todo cuando asistían a las reuniones de sus amigas, donde a veces coincidían con la familia Jassier en pleno. Una que otras veces surgían debates politemáticos en los que el pianista pugnaba por no dejarse opacar, aunque también brotaban sutiles coqueteos, alguna mirada femeninas cuya única intención era avergonzarlo ante Jalila, pero su experiencia de cazador arrabalero le prendía las alarmas a tiempo.

Una de esas noches, compartiendo whiskys y carne asada, el viejo Jassier lo introdujo en una repentina conversación:

–¿Qué necesita usted para sacar adelante su oficio?

–Eehh… me gustaría tener mi propia orquesta.

–¿Y qué se lo impide?

–Que no es un proyecto barato.

–¿Y cómo de cuánto estamos hablando?

–Tal vez de unos 30 o 40 millones de pesos. Todo depende del formato.

–Entonces, consiga las cotizaciones y me informa. Lo único que necesito es que haga feliz a mi hija.

El pianista amaneció pensando en que el ofrecimiento del viejo Jassier podría ser una ligereza motivada por los efectos de los tragos y por la emoción de ver a su hija contenta exhibiendo al amante joven en medio de sus amigas tan divorciadas y ansiosas como ella. Pero salió de dudas cuando se lo contó a Jalila, quien le hizo saber que el padre era de pocos ofrecimientos, y cuando los hacía debían tomarse en serio, aunque hubiera tragos de por medio.

Esas palabras bastaron para que el pianista hiciera las averiguaciones correspondientes y entregara al suegro putativo un informe profusamente detallado. A las pocas semanas tenía las dotaciones. Y no sólo eso: Jalila desocupó uno de sus locales comerciales y lo convirtió en un ensayadero refrigerado con equipos de audiograbación, alfombras, cortinas y mobiliario para la comodidad de los instrumentistas. Seguidamente, lo relacionó con los clubes y empresarios más cotizados de la ciudad, para que siempre lo tuvieran en cuenta a la hora de organizar espectáculos musicales. Las buenas entradas que generaba la orquesta dieron también para que, en su barrio, el pianista aprovechara la ganga de un local comercial donde abrió un estadero, que los fines de semana se llenaba de muchachas atraídas por la música en vivo, la cerveza fría, las comidas rápidas y el ambiente de latinidad neoyorkina que allí se respiraba.

Jalila Jassier y sus amigas procuraban asistir en cualquiera de los tres días. En el lecho de la empresaria, el pianista se esmeraba por expresar sus agradecimientos de la manera más enérgica y creativa, y de ese mismo talante eran las respuestas que recibía de parte de ella. Sin embargo, no dejaban de inquietarlo las jóvenes del círculo social de Jalila, lo mismo que las muchachas del servicio que se la pasaban recorriendo los tres niveles del apartamento, algunas veces tratando de insinuarse, pero él prefería aprovechar la flota de taxis para formalizar uno que otro flirteo en los barrios del sur, hasta donde no llegaran las miradas inconvenientes.

Durante los avatares de la nueva agenda vital y laboral que manejaba el pianista, Sandra regresó, pero esta vez exigiendo que la involucrara. Trató de ignorarla, pero las pretensiones de la mujer se tornaron más incisivas hasta que el pianista se vio en la necesidad de buscar la orientación de Jalila, quien no lo pensó dos veces: la empleó en uno de sus almacenes y le dio una recámara en su apartamento para que viviera con la hija. La misma Sandra no podía creerlo, pero entendía que la resultaba más conveniente tomar las cosas con naturalidad que estar reclamando afectos del hombre que le apasionaba, pero que ya no sentía nada por ella.

Los viajes nacionales e internacionales de Jalila y el pianista se sucedían con frecuencia, aunque a veces era ella quien viajaba por cuestiones de negocios, en tanto que aquel aprovechaba para complacer a las amigas que arribaban al estadero los fines de semana. Su fogocidad parecía incandescente. Siempre que podía recorría la piel de la menos madura de las sirvientas que se mantenían en el apartamento, hasta que Jalila, recién llegada de uno de sus viajes, lo sorprendió en plena trastada carnal y fue allí donde se inició un silencio glacial que el pianista desconocía en la personalidad de la empresaria. Sin pronunciar palabra le hizo entender a la sirvienta que debía marcharse.

Ni el más leve sonido salió de su boca (salvo la tos del cigarrillo) cuando hizo que el pianista, Sandra y su hija regresaran a su barrio pero sin empleo, sin orquesta, sin estadero, sin ensayadero y sin más relaciones con los clubes y empresarios del espectáculo. No hubo más palabras. El pianista trató de recuperar el trabajo que tenía en el bar del hotel donde se conoció con Jalila, pero ya lo habían reemplazado con mejores condiciones económicas para los administradores.

Pasadas varias semanas pretendió iniciar la reconquista de la empresaria con llamadas telefónicas que nadie respondía. Hasta llegó a imaginar que Jalila conocía el sonido del teléfono cuando él marcaba el número del apartamento. Nunca le faltaron las compañeras de jolgorio, pese a las virulentas protestas de Sandra, pero el rostro de Jalila no se le salía de la mente. “Es la persona que más me ha querido en este mundo. Ni mi mamá me ha querido tanto. Hasta me propuso que nos casáramos”, se decía y comentaba entre sus amigos; y hasta se atrevió a enviarle esa frase en una tarjeta a Jalila. Intentó acercarse a los hermanos y a los padres de ella, pero el tanteo sólo sirvió para que se sinceraran revelándole que se alegraban de la decisión de la hermana y que nunca se sintieron a gusto con él, porque jamás lo consideraron uno de ellos.

Frecuentaba los sitios donde sabía que se reunían las amigas de Jalila, de quienes suponía que ya estaban enteradas del rompimiento. Algunas lo saludaban o le permitían cortas conversaciones, pero jamás le abrieron campo para que les pidiera ayuda en una hipotética reconquista.

Cientos de llamadas. El silencio era cada vez más profundo. Tan profundo que los porteros del edificio recibieron la orden terminante de no dejarlo entrar, y de ni siquiera permitirle que se acercara a la garita. Transcurrido un año y medio, el silencio se fracturó. El pianista y Jalila coincidieron en un evento del Centro Internacional de Convenciones. Él hacía parte de la orquesta que amenizaba la noche. Ella se hacía acompañar de sus dos hijos.

Tal como en el bar donde se conocieron, el pianista hundía los dedos en las teclas del instrumento, pero esta vez no era él quien giraba la cabeza a través del perímetro del lugar, pues sus ojos estaban fijos en el rostro, el humo del cigarrillo y el carraspeo de Jalila. No sabía con precisión si era por la nostalgia o el entusiasmo renovado, pero esa noche la notó más bella y fresca. Tan bella, que poco se diferenciaba de la hija.

En uno de los descansos de la orquesta intentó acercársele, pero un repentino ataque de prudencia (extraño en él) lo detuvo. Caviló varios segundos hasta que se le encendió el bombillo: escribió unas líneas en una servilleta y la entregó a un mesero con la recomendación expresa de que lo señalara, en caso de que le preguntaran de quién era el envío. No sucedió así. Ella recibió la servilleta, leyó las líneas, escribió al respaldo y se la devolvió al mesero. “No te acerques. Mis hijos se disgustarían. Llámame el lunes en la tarde”, decía la nota.

Una emoción indescriptible se apoderó del pianista. Por lo visto, y según su muy particular percepción, la reconciliación venía en marcha. El lunes a las cuatro de la tarde la llamó. Fue la voz de ella la que se escuchó al otro lado.

–¿Qué quieres?

–Solo tres cosas: que me disculpes, olvides todo y volvamos a estar juntos.

–Eso debe hablarse personalmente.

–¿Cuándo?

–Yo te aviso.

Preso de una incertidumbre que le carcomía, el pianista invertía sus horas libres en la sala de la casa paterna, esperando la llamada de Jalila.

Sus hermanos se habían marchado en busca de sus propios caminos. Sandra, vencida por la indiferencia, hizo lo propio. Los padres guardaban el silencio y la lentitud de las marcas seniles. Una noche sonó la llamada y el encuentro se dio en el bar del hotel donde se produjo el primer encuentro.

Jalila, irradiando la clase de siempre, no lograba ocultar el maltrato de la nostalgia. Pero, sin tapujos, como era su estilo, le hizo saber al pianista lo espinosa que resulta la soledad cuando el enamoramiento envenena la vida.

Él ofreció excusas. Ella le achacó a sus orígenes populacheros el poco conocimiento del respeto y la lealtad. Él pidió una nueva oportunidad. Ella le propuso que intentara ganársela. De ahí en adelante siguieron numerosas conversaciones telefónicas mediante las cuales iba creciendo el mismo fervor de los días del bar en el hotel, hasta que Jalila le propuso una cena íntima en su apartamento.

Fue esa la última vez que hablaron. Pasaron quince días en los que el pianista salió de la ciudad a responder compromisos musicales, pero llegado el lunes señalado para la cena llamó varias veces al apartamento de Jalila sin que alguien le respondiera.

La imaginó inmersa en su océano de ocupaciones y decidió no importunarla más hasta que se aproximara la noche, para darle la sorpresa en persona. Llegada la hora cero se atavió con la mejores piezas que obtuvo cuando vivía al amparo de la empresaria.

Su comportamiento en solitario había sido el de un santo redimido, con el fin de merecerse esa segunda oportunidad. Compró un ramo de rosas blancas en el Parque de las Flores y se bajó del taxi sonriendo, optimista y expectante, hasta intercambió un saludo con los vigilantes del edificio de Jalila.

–¿Cómo le va?

–Muy bien. ¿En qué le puedo servir?

–Voy para el apartamento de Jalila.

–¿Qué se le quedó allá?

–Nada. Ella me está esperando.

–¿Cómo así?

–Que me está esperando

–O sea, ¿usted no supo?

–¿Qué cosa?

En cuestión de segundos el pianista se enteró de que el sábado en la mañana Jalila fue encontrada muerta en su cama. La mayor de las sirvientas llegó temprano, como era su costumbre y abrió la puerta con cuidado para no despertarla. Pero después de varias horas Jalila no bajaba a desayunar. La empleada tocó varias veces la puerta de la recámara sin obtener respuesta alguna. Luego se comunicó con uno de los hermanos y con el viejo Jassier, quienes arribaron a los pocos minutos y resolvieron forzar la cerradura.

El cuerpo estaba frío y oloroso a cigarrillo. El médico dictaminó paro cardiorespiratorio. La cremaron el domingo en la tarde en una ceremonia discreta a la cual sólo asistieron sus padres, hermanos, hijos, exesposo y una que otra amiga cercana. Nadie se preocupó por avisarle al pianista.

Enterado de la mala nueva, volvió al bar del hotel donde se conocieron y bebió unos cuantos tragos escuchando la música de sus amigos, quienes compartían el pesar como si la difunta fuera la parienta de todos. En los años subsecuentes el rostro de Jalila jamás se borró de la mente del pianista. Ninguna mujer pudo reemplazarla. Ni siquiera aquella con la que acometió matrimonio y le dio tres hijos.

Muchos calendarios después, y habiendo alcanzado la misma edad que tenía Jalila cuando se conocieron, el pianista sigue recorriendo las fotografías y los recuerdos de una etapa de su vida que jamás se ha repetido. Ni muestra indicios de repetirse.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *