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Jodorowsky y la danza de la realidad

Cine que deambula entre el arte y el shamanismo.

Entrar en un diálogo franco con una película del polifácetico cineasta, escritor, caricaturista, filósofo y hasta psicomago, Alejandro Jodorowsky, requiere dejarse de prejuicios intelectuales, emocionales, sexuales, físicos y morales.

La danza de la realidad es su penúltimo título. La película transita en un viaje autobiográfico en el que Alejandro habla con su niño interior y a su vez plantea los comienzos de su vida en Tocopilla, su pueblo natal al norte de Chile, una población costera que el artista define como su «Macondo propio».

Puede interpretarse como una catarsis familiar. Hilo a hilo se va tejiendo una historia en la que este cineasta de culto cuenta la relación con su padre, un hombre dominante, obsesivo, comunista, admirador de Stalin y descendiente de judíos ukranianos. Este rol, que carga buena parte de la intensidad de la narrativa visual, lo encarna Brontis Jodorowsky, hijo del cineasta. “Hacer cine es como soñar. Primero hago la película y luego pienso. No me interesa hacer películas con mucho dinero ni actores conocidos. Me interesa sentir… A mis hijos los he educado como a las plantas. Primero miro hacia dónde crecen y luego les ayudo a crecer. Filmar a mi hijo como si fuera mi padre fue una experiencia de shock”, adviertió el chileno.

Su madre en la película es representada por Pamela Flores, una cantante de ópera con senos prominentes que durante toda la cinta entona los diálogos y refleja a una mujer amorosa, aunque débil. La idea de utilizar a una cantante en lugar de una actriz viene del hecho de que Sara, la madre de Alejandro, siempre estuvo frustrada porque su vocación real fue relegada a atender el negocio familiar Casa Ukrania.

Su cine tiene enanos, circos y representaciones simbólicas que pretenden mostrar un lado anverso de la realidad, una realidad que se adivina entre metáforas, divagaciones, poesía y presentimientos.

Aparece también una reina de copas del Tarot de Marsella. Tienen espacio en pantalla incluso los mutilados de las minas cercanas a Tocopilla. “La memoria es un punto de vista. Para hacer esta película he meditado y he descendido hasta mis recuerdos infantiles para hablar con mi niño interior”.

Cineasta de culto
Para Jodorowsky la vida es una danza y la realidad la unión de todas las cosas. El universo gira en esta gran danza. Es una explicación fantástica, pero real, y en 23 años este cineasta de culto no había vuelto a emprender una aventura cinematográfica. Su anterior película había sido El ladrón del Arcoíris (1990). Le habían antecedido Santa sangre, La Montaña Sagrada, El Topo, y Fando y Lis.

Artista transgresor, mimo metafísico, dramaturgo satanizado y director estrafalario. Dice que en pantalla no le interesa mostrar, sino experimentar, haciendo un arte terapéutico pero no aburrido. Precisamente El Topo (película de 1970) fue su mejor carta de presentación, al menos para John Lennon. El ex-beatle se declaró fanático de ese filme y no sólo contactó a Jodorowsky, sino que, a través de su empresa discográfica Apple, produjo lo que sería La Montaña Sagrada; una curiosa película en la que Alejandro se introduce en el cine esotérico que propende por la búsqueda del alma liberada y la consciencia expandida.

“Las fronteras no existen de manera natural. Mi nacionalidad son mis zapatos, allá donde estoy. Somos ciudadanos del Planeta. El cuerpo tiene tres energías: intelectual, emocional y sexual. Hay que unir estas fuerzas para poderse realizar y descubrir el amor a la humanidad y a la vida”.

Las capas de la realidad
La felicidad es lo que uno quiere ser, y no lo que otros quieren que seas. Es la autenticidad. La premisa se aborda a lo largo de este filme que en el Festival de Cannes de 2016 tuvo como respuesta la ovación de un público disímil pero entregado, condición que sorprendió al mismo director. Las imágenes son resultado de una tensión entre polos opuestos, entre lo diurno (consciente) y lo nocturno (inconsciente). “Un día te darás cuenta de que las parejas no se encuentran por puro azar: una conciencia sobrehumana las une con obstinados designios. Piensa en las extrañas coincidencias que hacen que tú llegues al mundo. Los sufrimientos familiares, como eslabones de una cadena, se repiten de generación en generación, hasta que un descendiente, en este caso quizás tú, se hace consciente y convierte su maldición en bendición”.

Este director admite que le gusta hacer imágenes que se queden para toda la vida. Dice que esto lo heredó tras ver aquella escena de un bisturí cortando un ojo humano, (de Un perro andaluz, película de Luis Buñuel y Salvador Dalí) que le quedó grabada para siempre en sus recuerdos.

Se trata entonces de un cine que considera al ser humano como sublime. La película está poblada de escenas impactantes y muy originales. Una lluvia de sardinas y gaviotas que las devoran en la playa (en donde Jodorowsky adulto aparece por primera vez abrazando al niño que fue). Un desfile nocturno del baile de bomberos con la pesadilla y el desmayo del niño que se ve junto a la muerte pudriéndose dentro de un ataúd, cuyo negro cadáver, comido por los gusanos, resucita. Una madre que pinta a su hijo desnudo con tinta negra, juega al escondite con él y luego accede desnuda a que él la pinte a ella.

Alejandro Jodorowsky zanja cuentas con su pasado. En boca del personaje del niño: “Mi madre se disolvió en la oscuridad y ya nunca más le tuve miedo a la noche”.

Sorprende la coherencia filosófica de este creador multidisciplinar, incluso considerando la singular evolución de su pensamiento y de su arte desde su juventud hasta su vejez.

El Jodorowsky anciano (84 años) “salva” de un suicidio, en lo alto de unas rocas, al niño que él fue –o que cree haber sido, o que recuerda que fue–, abrazándolo, amándolo, con unas palabras de alivio sobre su posición en el mundo y acerca del papel de la memoria, la terapia personal y la búsqueda del Yo interior. “¡Alto! ¡No saltes. No estás solo. Estás conmigo. Todo lo que vas a ser ya lo eres. Lo que buscas ya está en ti. Alégrate de tus sufrimientos. Gracias a ellos, llegarás a mí. Y yo… ¿Quién seré en veinte años más, en cien, en diez mil? Todavía mi conciencia necesitará un cuerpo. Pero no existe uno, para mí ya no existes. Al fin del tiempo, cuando la materia emprenda el camino de regreso, al punto de origen, tú y yo sólo habremos sido recuerdos, nunca realidad. Algo nos está soñando… entrégate a la ilusión. ¡Vive!”.

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