Narrativa

La perversa, un cuento de Amelia Beatriz Bartozzi

Aquella mujer cargaba con una muerte en sus espaldas. Se había enamorado como se enamoran todas las mujeres inteligentes, como una tonta. Se llamaba Raquel, de una belleza abrumadora; maestra y ama de casa. Vivía con su familia en un pueblito llamado Carpintería, en la provincia de San Luis, un lugar sereno y apacible, recostado sobre las Sierras de Los Comechingones. Su vida era tranquila hasta que tropezó mortalmente con el amor. Él, Enrique, un abogado exitoso, viudo, atractivo, educado; un seductor. Lo que cualquier mujer sueña con encontrar. Por esas cosas de la vida, se encontraba en ese pueblito buscando a una familia que heredaría propiedades en Buenos Aires.

Lo conoció en la calle una tarde de tormenta cuando volvía de la escuela; tropezó con él en medio del vendaval y la lluvia que arrasaba con todo; se le cayeron los libros, que él recogió amablemente, y al entregárselos, se encontró con su mirada clara y su sonrisa encantadora que invitaba al pecado. Y ya no pudo escapar. El hechizo del amor la atrapó. Y ya no pudo vivir sin él.

Aquella tarde corrieron a resguardarse del viento y la lluvia bajo un pequeño techito. Y ahí se quedaron un rato, el tiempo suficiente para caer ante el embrujo del amor en cuerpo y alma. Cuando volvió a su casa, su marido tenía sólo media mujer.

Raquel poseía una belleza sin igual. Ojos color de avellana, cabello de terciopelo azabache y una silueta armónica y exuberante. Su fuerte personalidad cautivó a Enrique, quien cayó rendido a sus pies.

Y lo dejó todo por él. Abandonó su trabajo, a su marido; incluso a sus tres hijos, pequeños aún; para seguirlo.

¡Así son las pasiones! Un vendaval que ciega, quema, ahoga, arrasa con todo; que nos tira a un abismo, nos eleva al cielo y nos vuelve a tirar.

Pero la vida siempre nos pasa la factura, queramos o no. Y ella pagó.

Se fue con él. En un mes estaban viviendo juntos en su casona de Buenos Aires. En la casa trabajaban tres empleadas; una de ellas cuidaba a su hijo, Gabriel, paralítico a la edad de ocho años al caer de un árbol de 6 metros en el que estaba trepado. Ahora, a los doce, se había convertido en un niño robusto, pero triste, que había aprendido a vivir con su discapacidad y su dolor. Adoraba a su padre. Era todo para él, y lo único que lo ataba a la vida. Enrique también lo amaba, era la ternura de sus ojos. Sentía por su hijo una obsesiva necesidad de cuidarlo y mimarlo. No existía nada que no fuera capaz de hacer por él.

Pero llegó ella.

Ella, Raquel, que había aparecido de la nada y se había metido en sus vidas como una tromba, sin pedir permiso para entrar ni para quedarse.

Al principio todo fue bien, y hasta podría decirse que el niño, anhelante de afecto y compañía, comenzó a sentir cariño por Raquel. Ella, por el contrario, lo aborrecía. Aunque delante de Enrique lo disimulaba muy bien. Veía a Gabriel como un obstáculo, una piedra en el camino que impedía que el corazón de Enrique fuera sólo suyo. Estaba enferma de celos. No soportaba la idea de compartirlo con nadie, ni siquiera con su hijo.

Con el tiempo, Gabriel comenzó a sentir el rechazo y la frialdad de Raquel. Pero no deseaba preocupar a su hermano con sus inquietudes; no ahora que, por primera vez, lo veía feliz con aquella mujer. Fue entonces cuando comenzó a pasar sus días encerrado en su habitación, triste y solitario, anhelando los días en que eran sólo ellos dos. Sólo se sentía más animado cuando llegaba su padre; le brillaban los ojos al verlo ¡Cómo deseaba poder correr a sus brazos! Pero no podía. Estaba atado a esa silla de por vida.

Raquel lo sabía, sabía del mutuo amor que sentían los dos. Sabía perfectamente que Enrique nunca abandonaría a su hijo desvalido. Tan diferente a ella, que había dejado a su familia sin sentir el menor remordimiento. No había lugar adonde no fueran los tres juntos: cines, teatros, parques, restaurantes.

“¡Siempre cargando con el inválido!”, pensaba Raquel.

Por recomendación del médico, Gabriel había empezado a hacer algunos ejercicios en el agua. La casona tenía una piscina de enormes dimensiones y de cierta profundidad. Allí, Gabriel, acompañado por su profesor de natación, pasaba horas flotando en el agua. Raquel los observaba desde la ventana de su habitación; sus ojos revelaban la chispa de locura en su mente. Su odio hacia Gabriel crecía día a día. Enrique, ignorante de este sentimiento, pensaba que ella se había encariñado con el niño.

Hay pocas cosas más peligrosas que una mujer desaprensiva.

Y llegó la oportunidad de Raquel. Una tarde en que el profesor de natación no pudo concurrir por encontrarse afiebrado, Raquel se ofreció para ayudar a Gabriel con sus ejercicios en la piscina. Enrique primero dudó, pero luego aceptó encantado el ofrecimiento de su mujer. Confiaba plenamente en ella.

“¿Por qué no?”, se dijo.

Y así fue como, en aquel día aciago, ocurrió la tragedia. Ella condujo a Gabriel hacia el jardín, empujando su silla de ruedas muy lentamente, sonriéndole y hablándole con dulzura. Con gran agilidad lo bajó de la silla y lo metió en la piscina. El cielo estaba diáfano. El sol brillaba incandescente y el agua estaba tibia. Al principio, el niño dudó, pero la mirada segura y cálida de Raquel lo llevó a confiar en ella y sentirse seguro. O quizás estaba hambriento de cariño y buscaba un poco de amor.

Ella lo animaba a soltarse, a tratar de flotar solo en el agua por más tiempo; y él, que no quería defraudarla, deseoso de que las personas se sintieran orgullosos de sus logros, y pensando en su padre, comenzó a largarse solo, moviendo los brazos, respirando y resoplando como Raquel le decía. Después de unos minutos, empezó a hundirse. Pidió ayuda. Gritó. Miró a Raquel con ojos desorbitados de desesperación, pero se encontró con su mirada fría e implacable. Y entonces comprendió.

Ya casi no flotaba. Se hundía. Se ahogaba.

A ella se le paró el corazón. Se le cortó la respiración y se quedó helada, inmóvil. Hubo un segundo en que dudó, se desesperó, y estuvo a punto de salvarlo. Pero fue sólo eso, un segundo. Luego lo miró impávida, impasible; y con su mirada de reptil, lo vio desaparecer bajo el agua.

Se hundió completamente.

Silencio…

Silencio.

Fotografía: Freepik.es

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *