Cartagena,  Narrativa

Las lluvias del sur, un cuento de Rubén Darío Álvarez

Siempre que empieza a llover, Sofía se dedica a mirar por la ventana. Como ahora, que está cayendo una lluvia delgada, pero persistente. Presume que podrían ser las tres de la tarde, pero no ve niños corriendo por las calles. Sólo la curvatura del cielo, huérfano de sol; y carros amontonándose con lentitud, esquivando el crecimiento de los charcos y la profusión de corrientes marrones que descienden por los bordillos.

Sofía no puede evitar que los manantiales repentinos en el pavimento y la falta de niños derrochando energías la transporten a las afueras de la ciudad.

Lleva unos tres años viviendo en el noveno piso de uno de los edificios de este barrio antiguo y tradicional, que fue fundado, y poco a poco poblado, por familias prestantes, propietarias de casas enormes, amparadas por la sombra espléndida de árboles frutales que se estremecían con las brisas de la bahía y las playas  marinas cercanas.

Ahora son pocas las casas y muchos los edificios lujosos que han ido creciendo en lo que fueron patios y manglares donde pululaban cangrejos multicolores, garzas y mariamulatas.

Pero Sofía, a pesar de la arquitectura opulenta que la rodea, no deja de acordarse de su barrio al sur de la ciudad. A él llegó recién casada y se radicó hasta que sus hijas crecieron y se hicieron estudiantes universitarias.

Hace más de 30 años, cuando aquel barrio era un pesebre de paredes sin pulir, Sofía nunca sospechó que alguna vez sentiría la necesidad de mudarse a mejores lares, donde el estatus que estaban adquiriendo sus hijas encajara mejor que en ese barrio habitado por vecinos ruidosos y de fisonomías amalgamadas por el mestizaje inconfundible de las zonas populares de la ciudad.

A veces se pregunta si en verdad sintió la necesidad de mudarse o si en realidad su decisión no fue más que un ceder a las presiones que las hijas le aplicaban con cierta sutileza imperecedera y, tal vez por eso, eficaz.

Ahora se mira en el espejo vertical de la sala y comprueba que, a pesar de sus años, sigue siendo la misma dama de facciones finas, piel lechosa y ademanes discretos que los vecinos de aquel barrio lejano admiraban y reverenciaban, como trazando cierta distancia tenue, pero difícil de negar. Sin embargo, nunca tuvo reparos en compartir con ellos en fechas especiales o simplemente cuando a Virgilio, su esposo, se le antojara organizar una de esas veladas consuetudinarias donde abundaban los chistes y los corrillos de la vecindad.

También había celebraciones integradas por sus compañeros de oficina o los de Virgilio. En esas circunstancias, la misma presencia, lenguaje, atuendos y talante de los invitados creaba una especie de barrera invisible, pero palpable, que alejaba a los vecinos, quienes sólo observaban desde sus terrazas o sencillamente se hacían los desentendidos. 

Ahora, Sofía vuelve a la ventana, pero esta vez se sienta en una de las mecedoras vienesas que adornan su apartamento. Desde allí vuelve a mirar la velocidad de la lluvia mojando los balcones de los edificios vecinos y las puertas de vidrio herméticamente cerradas, pero salpicadas por las gotas que se estrellan sobre las baldosas de cerámica resplandeciente.

Entonces, se acuerda de sus hijas, pequeñas y frágiles, jugando en el terrado de la que fuera su casa en los extramuros. Jugando y riendo con los niños de la cuadra, quienes se complacían en deslizarse sobre las baldosas que la lluvia volvía resbaladizas, mientras por las calles corrían, haciendo bulla, los adolescentes aficionados a los juegos invernales y poco temerosos de los truenos y relámpagos que sacudían las bongas y los aceitunos, y turbaban de espanto a las ancianas rezanderas.

Desde que empezó esta lluvia, que no huele a tierra mojada, Sofía presiente que todo aquello hace falta en este barrio elegante y prestigioso, pero en el que ella no termina de adaptarse o tal vez nunca se ha adaptado.

Ignora por qué precisamente en los momentos de lluvia se le da por recordar los días en aquel barrio lejano. Teoriza que la causa podría radicar en que en cuanto empieza el aguacero, Virgilio apaga el televisor o envuelve el periódico y se extiende en la cama a rumiar una siesta que tendrá la misma duración de las aguas golpeando los techos. Es entonces cuando queda sola en una sala pequeña, que se le antoja inmensa y prolongadora del silencio hiriente que permanece en el edificio.

Todo allí es discreto y lejano: de vez en cuando un gélido buenos días, una invitación al área social o a la piscina donde se celebra algún cumpleaños, navidad y año nuevo, pero todo a la distancia, una atmósfera en donde parecen flotar señalamientos del tipo “¿tú qué haces aquí?” “Vuelve a tu charco”. ¿O serán complejos de Sofía? Los cierto es que son exactamente esos momentos los que no sólo la incomodan, también la llevan a pensar en regresarse a su barrio de las afueras, donde imagina que están sus antiguas vecinas con los brazos abiertos, esperando a que vuelva para llevarla a la cocina a probar un consomé, tomar un café sentadas en la terraza viendo el desfile de la gente bullera y los buses de colores agitados por la estridencia de sus propios parlantes.

Eso evoca cuando recuerda las voces alegres de aquella gente folclórica que la llama por teléfono para contarle los chismes (Sofía les dice “noticias”) de la cuadra, pero sobre todo cuando tiene que compartir con esta vecindad del edificio que no ha podido quererla del todo, que sólo se acuerda de ella cuando hay que hacer colectas para alguna actividad comunitaria.

Las cosas cambian un poco cuando sus hijas, acompañadas de sus novios interioranos, aprovechan las vacaciones de mediados o  finales de año, y todo se transforma en un carnaval robustecido por quienes fueron sus condiscípulos universitarios.

Esas mismas reuniones comenzaron en la terraza del barrio sureño en momentos en que las muchachas apenas cursaban sus primeros semestres. Los invitados eran algunos catedráticos y compañeros de salón, la mayoría residentes de zonas distinguidas y cercanas al Centro Histórico, quienes sabían envolver hábilmente los reproches en el celofán de la broma, pero el mensaje era claro: no se veía bien que señoritas distinguidas y con aspiraciones de ascenso social se estuvieran perdiendo el auge de una zona histórica apetecida por los grandes inversionistas del mundo.

Aquellas aspiraciones de progreso no eran compatibles con el vivir en esas periferias pobladas por el mestizaje que tanto rechazan los poderosos atrincherados en mansiones y edificios a orillas de un mar que poco a poco se ha ido integrando al paisaje imitador de las mejores estampas del Miami que promocionan las agencias turísticas en los medios audiovisuales.

Sofía no recuerda con precisión cuántas veces escuchó las sugerencias diarias de sus hijas en el sentido de vender la casa y comprar este apartamento diminuto, pero suficiente (decían ellas) para la pequeña familia que constituían.

Al principio, Sofía se encandilaba con la propuesta, pero al mismo tiempo contemplaba lo agradable de su casa llena de la luz natural que atravesaba el cristal de las persianas, una sala amplia, un patio de iguales dimensiones, una terraza amparada por dos árboles frondosos y preñados de la brisa de las colinas rurales; y el saludo permanente y alegre de los vecinos que gritaban desde sus propias verjas.

En todo eso pensó Sofía, aunque a final de cuentas se consoló con el supuesto ascenso de sus hijas, quienes, en cuanto culminaran sus carreras universitarias, requerirían de un mejor entorno vecinal y profesional.

La casa se vendió, pero no fue la única. Varias familias salieron del barrio en busca de mejores niveles habitacionales, pero al poco tiempo regresaron las que tuvieron el buen juicio de no vender sino de arrendar. Hasta el apartamento lujoso pero apretado de Sofía llegaron las noticias por cuenta de sus viejas vecinas, comunicativas como siempre, quienes le detallaron los pormenores de quienes remataron sus casas y se marcharon a mejores barrios, pero enfermaron, enloquecieron o murieron agobiados por los altos costos que exigían los nuevos estratos, aunque más que todo amilanados por el roce displicente y hasta desconsiderado de los colindantes que les tocaron en suerte.

Una que otras veces las noticias llegaban en las cortas visitas de las vecinas del sur, pero también en los recuentos que hacía Virgilio, después de pasarse unas cuantas horas en el barrio, aspirando el aire de las zonas verdes y recuperando anécdotas graciosas, momentos en los que no dejaba de mirar hacia la que fue su casa, sobre todo cuando los acompañantes le traían a colación lo agradable que era sentarse en esa terraza o reunirse en las esquinas a componer el país y el mundo a punta de conversaciones interminables.

Virgilio nunca lo dice, pero en la emoción de sus recuentos se presiente el deseo de volver, ese mismo que recorre el rostro nostálgico de Sofía cuando se dedica a observar la lluvia a través de la ventana.

En ambos se esconde el temor de regresar y soportar las burlas calladas y las indirectas de los malquerientes. Ya otros sufrieron ese purgatorio. Ella lo supo, y desde entonces decidió morirse recordando esos mejores tiempos antes que someterse a tal escarnio, como si hubiera cometido el más ignominioso de los pecados.

Además, sus hijas jamás aprobarían esa decisión, pero tampoco harían algo por renunciar a sus aspiraciones sociales y laborales en aras de regresar a su ciudad sólo para llenar el vacío asfixiante que se apodera de ese apartamento donde Sofía supone que la lluvia es menos alegre que la que conoció en los barrios del sur.

                             Imagen: StockSnap, Pixabay

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