Cartagena,  Narrativa

Lo inapelable, un cuento de Rubén Darío Álvarez

“Hay que vender esta casa”, dijo el abuelo terminando de revisar las últimas facturas de servicios públicos y el recién llegado cobro del impuesto predial. Ni las hermanas ni las hijas pronunciaron palabra, pero un gesto de aflicción se apoderó de los pliegues de sus frentes.

El anciano, sentado en la mecedora de siempre, ponía las facturas en la mesita del teléfono. Luego se cubrió el rostro con el periódico que aún no había terminado de leer.

En el soporte de concreto de una de las ventanas (la que siempre permanecía abierta) estaban sentados dos de sus nietos mirando a la calle y conversando en voz baja sobre las transformaciones que había sufrido el barrio en, por lo menos, los últimos diez años. Se rumoreaba que la cárcel de enfrente se convertiría en la estructura de otro de esos suntuosos hoteles que pululaban por el Centro Histórico.

En la esquina de la plaza permanecía la tienda, pero con nuevos dueños. La estaban dotando de vitrinas refrigerantes y estantes de metales relucientes, donde, a pesar de la antigüedad del inmueble, se respiraba una atmósfera de modernidad y de tiempos nuevos hasta en las maneras de la clientela, en su mayoría jóvenes, quienes se sentaban en los peldaños o conversaban de pie sobre la acera. En la esquina de enfrente se había esfumado el manicomio desde cuyas ventanas altas los internos gritaban y lanzaban bolsas de tela amarradas con pitas rústicas del Mercado Público, para que los transeúntes les depositaran monedas. Ahora, había una escuela de pintores, escultores, músicos y realizadores de cine ataviados con atuendos y peinados estrafalarios. Todas la tardes solían sentarse en la plaza a consumir cervezas y a fumar tabacos felices en medio de vendedores de artesanías, libreros y modestos puestos de comidas rápidas que, de ningún modo, se afanaban por competir con la fila de elegantes restaurantes que ocupaban los costados de la plaza, menos el correspondiente a la mole de lo que fue el hospital y anfiteatro donde ahora se erguía un hotel de infinitas estrellas y fantasmas que tiraban puertas y encendían las luces de las habitaciones, según eran las quejas hasta de los huéspedes más ilustres.

Detrás del hotel, una casa gigantesca que ocupaba toda una esquina, hacía frente con un tramo de la muralla y recibía, de manera constante, la brisa marina que ennegrecía las ventanas y corroía los metales con su aliento salino, sobre todo en las recámaras del segundo piso, pues el primero estaba protegido por un muro grueso de más de seis metros de altura, donde solo había una pequeña puerta que pocas veces se veía abierta. Por toda la ciudad se decía que era la casa de un famoso escritor, lo cual se constituía en una de las causas de que todo se estuviera enrareciendo no sólo en ese barrio sino en todas las calles encerradas dentro del cordón amurallado.

“Hay que vender esta casa”, decía el abuelo las pocas veces que salía a cumplir sus citas médicas o a pagar facturas, mientras miraba, a través de las ventanillas del taxi, los portones cerrados y la cantidad de establecimientos comerciales de propietarios misteriosos, a quienes él no consideraba sus vecinos. Al menos, no eran los mismos colindantes que los domingos encendían sus aparatos de sonido atiborrados de boleros y rancheras, que estimulaban el alicoramiento fraterno. Dejaron de ser los mismos vecinos tan radicales, liberales y anticlericales como el abuelo, quien se gozaba cada trago de whisky intercambiando chistes y comentarios en contra de los curas católicos y los militantes conservadores. No eran los mismos cercanos que preferían cruzar la muralla para disfrutar un día de playa con bandejas de pescado y patacones; ya no eran aquellos que esperaban la tarde para ver las desventuras de Cantinflas o las intrepideces de Kirk Douglas en el teatro que alguna vez fue plaza de toros y donde los taurófilos se quedaron esperando a un torero paracaidista que la brisa condujo a su antojo y terminó sumergiendo en las profundidades del mar.

Ahora se estaban montando las estructuras de lo que sería un nuevo centro comercial, que, a lo mejor, el abuelo ni alcanzaría a conocer. “Hay que vender esta casa”, repetía como dando una orden perentoria a sus dos varones, una orden sin la fuerza ciclónica de los años de vitalidad física, cuando el miedo se confundía con el respeto, pero era una orden, al fin y al cabo una orden que había que cumplir sin objeciones, no sólo porque sería una de las últimas voluntades del abuelo sino porque nadie tenía la suficiente robustez económica como para seguir respondiendo por el mantenimiento de una sala grande, una pequeña de recibir visitas, un patio interno con sus macetas de plantas variopintas, dos baños, un comedor de mesa y enfriador enormes, una cocina y un patio trasero donde crecían árboles frutales y reposaban los pájaros que venían huyendo de la sofocación.

Diariamente, entre la marcha cotidiana de la vivienda se oían las voces de locutores o las bandas sonoras de las radionovelas que en la tarde se repetían en la televisión, casi a la misma hora cuando el abuelo regresaba de su jornada laboral. Los teledramas romanticones importados de México y Venezuela eran su pasión vespertina.

“Hay que vender esta casa”, musitaba cuando revisaba el calendario y se sentía apático a la celebración de sus cumpleaños, sobre todo cuando se acordaba que la mayoría de sus amigos estaban confinados a las limitaciones de la vejez o de los cementerios.

Durante sus últimos años se limitaba a recibir visitas y llamadas telefónicas de algunos allegados que no dejaban de recordarle los tiempos en que sus celebraciones eran todo un acontecimiento. Desde las primeras horas de la mañana el portón dela calle y la persiana de la sala se mantenían abiertos para que todo el mundo entrara y se topara con el patio interno lleno de mesas y sillas, baldes repletos de hielo, cervezas y botellas de whisky, que eran servidos en bandejas por meseros que también entregaban, cada cierto tiempo, humeantes vasijas de un sancocho que hacía prolongar la celebración hasta las horas más recónditas de la noche. Las melodías que, una que otras veces, se cruzaban entre los noticieros nocturnos que escuchaba el abuelo, le hacían recordar su propia radiola moliendo los discos preferidos en el eco de la sala grande donde bailaban sus invitados o sólo se sentaban a apreciar la exquisitez de los pasillos, los bambucos, las cumbias, los porros y los danzones que componían la discografía más apreciada del anfitrión.

“Hay que vender esta casa”, pensaba cuando veía las telarañas apoderándose del cielo raso que ya casi nadie limpiaba, tales eran las cortapisas de los ingresos que entraban a la residencia, donde cada moneda tenía como destino indefectible no incumplir las obligaciones institucionales, aunque la cocina y la mesa fueran reduciendo dramáticamente sus contenidos.

El abuelo era realista: había llegado a una edad en la que sabía que en cualquier momento la muerte le asestaría el zarpazo, paulatina o repentinamente, pero al mismo tiempo se extrañaba de que allegados mucho más jóvenes que él hubieran sucumbido a las engañifas de la parca, lo que empezaba a hacerle sentir la vida como una penitencia consistente en presenciar de cerca la desaparición de quienes nunca pensó que se irían primero. Hermanos, sobrinos, dos hijos y un sinnúmero de amigos dijeron adiós en los momentos menos esperados.

“Hay que vender esta casa”, habían entendido los hijos varones, quienes empezaron a ofrecerla por todos los medios posibles, pero también a tener reiterados desacuerdos que aligeraron la venta en una especie de remate cuyas cifras no se compadecían con las atmósferas de élite que se estaban apoderando del barrio. Los nuevos dueños dieron un plazo maratónico para que la casa fuera desocupada; y mientras los peritos iban midiendo y planeando sobre cada centímetro del caserón, los cuadros se iban descolgando de las paredes, las cortinas caían envueltas en cajas de cartón.

Ya para entonces las macetas del patio interno habían desaparecido y la mitad de los muebles rematados a cualquier precio, mientras que los que se salvaron se iban encaramando en un viejo camión que ocupó la calle por varias horas, hasta que por fin cayó el último cuadro y las hijas del abuelo iban abandonando el aposento a través del zaguán donde a los sobrinos, cuando estaban pequeños, les gustaba gritar para solazarse con su propio eco. “Hay que vender esta casa”, era la frase que seguía retumbando en las mentes de los sobrevivientes, como si fuese el mensaje inapelable y persistente para quienes aún se resistían a abandonar el barrio.

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