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Málaga, arte inscrito en el Mediterráneo

Después de sacar a flote la cabeza mojada y helada en el Mar de Alborán, la parte más occidental del Mar Mediterráneo, parece mucho más clara la idea de estar tan lejos, tan remotamente distanciado de ese otro litoral del Caribe y de Cartagena.

Pero basta con sentir la corriente fría, pese a que estamos en verano, para recordar, luego de un momento de abstracción, que llegué a Málaga, una ciudad fundada por los Fenicios en el Siglo VIII antes de Cristo.

Estoy con mi amigo Andrés Apola Chamizo, su novia Silvia y  unos conocidos, en la playa ‘El deo’.

Antonio, uno de los amigos más cercanos de Andrés y quien desea tanto como él pertenecer a la Guardia Civil, ha estado tratando de enseñarme a hacer cigarrillos de liar, es decir, aquellos que por economía (un paquete de Marlboro puede costar unos cinco euros lo que sería igual a unos 12 mil 646 pesos colombianos) se arman después de haber comprado el tabaco, los papeles y filtros por aparte. Son muy populares.

Entre tanto, Rocío, su chica, empieza a destapar todo lo que ha preparado en su casa: boquerones, pasta ravioli, tortilla de patata, salchichas cocinadas, papas con salsa ali-oli, cerveza, tinto de verano, coca-cola, y hasta brownies de postres.

“Aquí estamos comiendo todo el día”, advierte riendo Andrés, quien minutos antes me estaba ayudando a clavar las dos sombrillas en la arena y disponiendo las sillas para contemplar el Mediterráneo.

De Málaga, lo primero que llama la atención por su imponencia y color crema, es la Alcazaba, que se anuncia desde casi todos los puntos de la ciudad y cuyos bajos están bordeados por el Teatro Romano, uno de los símbolos vivos de la Hispania Romana en la ciudad.

Está situada a los pies del monte Gibralfaro donde está el Castillo defensivo árabe, lo que la reconvierte en un crisol de las culturas romana, árabe y renacentista, construida, según los historiadores, entre 1057 y 1063.

Castillo de Gibralfaro y el Teatro Romano

A esta ciudad llegué por invitación de Andrés, a quien conocí a través de internet 10 años atrás y por la coincidencia de visitar páginas web de tablaturas y acordes de guitarra. Incluso a nosotros, cuando lo explicamos, nos parece de lo más curioso.

Por Andalucía se viaja fácilmente mediante un servicio y aplicación móvil llamada BlablaCar, que consiste en compartir el auto y que conecta a conductores con pasajeros que quieren hacer el mismo viaje.

El trayecto de Huelva a Málaga es de aproximadamente 3 horas y media, pero lo más inesperado fue que me trajera un colombiano de 26 años, de Florencia (Caquetá), quien viajaba con su sobrino.

Apenas me bajé del Citroën azul en el que venía, pude dar cuenta con un vistazo rápido de las 16 estupendas playas de Málaga y de sus hermosos paseos marítimos que las separan del tráfico urbano.

Pensé en Picasso, uno de sus hijos más ilustres y, por qué no, en Antonio Banderas, otra de estas almas con sensibilidad artística que ha derivado de esta metrópoli cosmopolita y que tiene la cifra nada despreciable de 3.000 años de historia.

Su vida nocturna es muy similar a la cartagenera. Los bares compiten entre sí por atraer clientela y en general todos mantienen esa amabilidad andaluza en el rostro. Se bebe y se come muy bien en terrazas y andenes que de vez en cuando refrescan la brisa marina, casi siempre presente.

Esa condición la conocen muy bien sus más de 568 mil habitantes. Su influencia marina ha sido tan determinante como la ubicación del municipio sobre los valles fluviales del Guadalhorce y Guadalmedina.

Como última etapa de mi recorrido de dos días, subo con Andrés al Castillo de Gibralfaro, uno de los monumentos más visitados de Málaga.  Se puede caminar  sus murallas y  desde allí observar sus vistas impresionantes  al  Centro de la ciudad,  a sus iglesias, palacios y conventos.

Este sitio recibe su nombre por un faro que había en su cúspide (Jabal-Faruk, monte del faro), utilizado por fenicios y romanos. Pero sería el rey nazarita Yusuf I en 1340 el que convertiría en fortaleza este asentamiento.

Desde este escenario inexpugnable de la península ibérica me despido de esta población inscrita en el Mediterráneo.

Me marcho con la complicidad del mar, con la distancia de venir de muy lejos, de una ciudad que comparte nostalgias y ambiciones turísticas, y, sobre todo, con la certeza de regresar a hundir nuevamente mi humanidad en esa agua salada tan insumergible que custodia y resguarda a la poesía y al arte.

Fotografías del periodista Andrés Pinzón-Sinuco (Agosto 2014) Fotografía de encabezado Museo Picasso ORG.

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