Narrativa

Mejor así, un cuento de Rubén Darío Álvarez

Dentro de dos meses cumpliré cincuenta años. Todavía no los tengo, pero desde que comenzó enero empecé a sentirme como si ya los tuviera, como si un manto de trascendentalismo me  cubriera lentamente desde la cabeza hasta los pies. Podrá sonar muy obvio,  pero me presiento más adulta, más experimentada, más sustancial, más serena.

En alguna parte leí…no, mentiras, no leí. Más bien escuché una canción de Ana y Jaime donde se habla de la treintañez como la edad en la que uno empieza a dejar las estupideces para centrarse en lo verdaderamente importante. Me gusta la canción, pero no estoy tan de acuerdo con ella. Para mí, eso que describe está comenzando ahora cuando ya tengo cinco décadas, dos hijos varones y una viudez que no me ha marchitado, porque no he convertido mi casa en una tumba, como hacían las abuelas de otros tiempos. Tampoco me estoy feriando para ver quién se me presenta como el mejor partido para reemplazar a Desiderio, mi fallecido esposo, a quien todos en la ciudad (y fuera de ella) conocían como “el doctor Alarcón”, una designación que le sentaba muy bien a su porte de hombre elegante, intelectual, de buenos modales, de armónico vestir y enriquecedora conversación.

No sé los demás,pero yo creo en eso que llaman “carisma nominal”. Es decir, creo en que los nombres están directamente relacionados con la naturaleza y el comportamiento de los seres humanos. Por ejemplo: me llamo Floralba. Y, como no soy boba y tengo espejo, estoy completamente segura de que mi figura y mi rostro hacen honor a ese nombre: siempre permanezco fresca como una flor y radiante como el amanecer, independientemente de la hora en que se produzca mi aparición. Lo sé. Lo leo en los rostros ardidos de mis vecinas y en los ojos llenos de deseo de muchos de los hombres que fueron amigos de mi esposo. Incluso, mi estatura, mis piernas, mis curvas, mi trasero, mi piel dorada, mi rostro arábigo y mi cabellera negrísima no pasan desapercibidos ni siquiera para los amigos de mis hijos, quienes también podrían ser mis hijos.

Algunos suponen que de haberme postulado a cualquier reinado, me hubiera llevado la corona. Y ahora que lo recuerdo (tendría algunos 17 años), una vez me lo propusieron,pero mi papá (un machista de los más feroces) me negó el permiso, tal vez porque pensaba que en ese ambiente terminaría aceptando propuestas de la más baja ralea. Aunque, en honor a la verdad, no se necesita participar en ningún reinado, ni en ninguna otra cosa parecida, para que los hombres te estén proponiendo novelones cuyo único objetivo es hurgar, tarde o temprano, lo que tienes entre las piernas.

A veces escribo como si esto lo fuera a leer alguien, pero es una de las mejores e íntimas formas que tengo de distraerme. Porque también me distraigo conversando con la gente que viene diariamente solicitando mis servicios de enfermera; o con mis antiguas condiscípulas del bachillerato y la universidad, cuando me invitan a sus casas u organizamos algún paseo. Pero hablo de esparcimiento personal. La lectura y la escritura me las estimuló Desiderio con su conversación y sus valiosos libros, enhorabuena. El cine y la buena música también.

Un año después deque él murió encontré otra diversión mientras me bañaba en mi tina de agua tibia y esencias de la India. Sin saber cómo ni cuándo, mis manos, como poseídas de una voluntad inaguantable, comenzaron a explorar los pliegues más íntimos de mi cuerpo, luego suspiros, más suspiros gruesos, temblores y un estallido caliente y espeso que me dejó exhausta, hasta una semana después cuando me atreví a reanudar la distracción, pero esta vez agregándole depilación y unas cuantas cremas aromáticas.

En mi adolescencia también me había explorado, pero muy pocas veces y con cierto miedo, porque hasta en el baño sentía los ojos de mi mamá acechándome con sus fiscalizaciones obsoletas. Mejor dicho: a veces pienso que Desiderio no exploró lo suficiente como para percatarse de todo lo que mi cuerpo y mi imaginación tenían para darle. Era muy correcto. ¿Pero qué significa “correcto”? ¿Acaso hasta en la vida íntima de una pareja hay cabida para las rectitudes? Tengo esa duda, y nunca he procurado resolverla, ni siquiera comentando con mis amigas. Porque sin insinuarles algo ya me están recomendando que me busque mi acompañante,¿qué tal si medio les cuento cómo era mi vida íntima con Desiderio?

No soy de palo, ni estoy muerta en vida. Me siento fuerte y dispuesta a darle muchos gustos a mi piel, pero no con cualquiera, ni de cualquier manera. Una tiene que cuidarse. Y sobre todo yo, que fui la esposa de un hombre prestigioso, intachable y apetecido por otras y envidiado por sus colegas. Eso cuenta mucho. No niego queme gustan varios hombres que conozco, algunos jóvenes; otros maduros, pero nunca les doy cabida ni siquiera para que piensen que existe alguna posibilidad de emparejarse conmigo. 

Desiderio fue el primero y el único hombre que entró en mi cuerpo. No trato de insinuar que antes de él no hubo aventurillas sexuales con mis primeros novios. Todas las chicas las tienen, pero juro que las mías (¿a quién le juro?) nunca pasaron de una lamida de pezones o de unas suaves caricias sobre el panty, algunas veces con humedades incluidas. Desiderio fue el primero y el único en rebasar ese límite, pero cuando ya estábamos casados, norma que él mismo impuso, sin reparo alguno de mi parte.

Eran otros tiempos. Los padres eran más exigentes y cuidadosos, sobre todo con las hijas. Aunque a veces creo que ese “cuidado” tenía mucho más que ver con el orgullo machista del papá que con el deber de preservar la integridad de las muchachas.  Más claro: por supuesto que la mayoría de esos padres amaban a las hijas, pero a la hora de vigilar sus relaciones con el sexo masculino, los empujaba mucho más el miedo al qué dirán que una profunda manifestación de amor filial. En fin, basta con que el orgullo machista se sienta herido, para que los hermanos Vicario asuman el “deber” de asesinar a Santiago Nasar.

Cuando conocí a Desiderio me faltaba sólo un semestre para terminar la Enfermería. Al año siguiente nos casamos, pero nos cuidamos de un embarazo para que yo pudiera terminar sin dificultades la carrera. Mi padre estaba feliz. Fue él quien me lo presentó y hasta creo que me lo metió por los ojos como el partido preciso para mí, aunque no niego que el tipo me llamaba poderosamente la atención. Él sabía cómo. Era todo un zorro en eso de hacerse el interesante.

Mis hermanas menores, al igual que mi mamá, también se sentían agradadas por él, mientras que para mis hermanos mayores no fue nada difícil entablar relaciones cordiales con el futuro cuñado. Mi padre era tan formal con él que jamás lo tuteó ni lo llamó por su nombre. “Doctor Alarcón”, le decía con firmeza, con orgullo, como si los triunfos de su yerno en realidad fueran los de él.

Al año siguiente vino el primer embarazo; y un año después, el segundo. Ahí paramos, pues, a pesar de que los buenos ingresos monetarios no nos eran esquivos,considerábamos que traspasar esa cifra bien podría significar un atentando contra nuestra naciente economía familiar. Más, en el fondo, siempre esperé quedar embarazada de una niña, pero no se pudo.

De todos modos,adoro a mis dos varones. El mayor, Augusto, es serio y rectilíneo como su padre. El nombre lo sugiere: carisma nominal. El segundo, un poco más relajado y con ciertos dejos de irresponsabilidad, que me toca sortear a todo momento para que aterrice. Su nombre también es el preciso: Santiago. Carisma nominal.

En cuanto terminé los estudios universitarios, Desiderio consiguió emplearme en un hospital militar en donde estuve como jefe de enfermeras hasta que me pensioné acabando de cumplir los 41 años. Sin embargo, no me quedé en la casa, como otras hubieran hecho. Me inscribía en cuanto curso relacionado con la medicina se me apareciera. Es por eso que ahora puedo hacer masajes relajantes, acupuntura y yoga. Por eso, mi casa rebosa de visitantes, hombres y mujeres, quienes dicen despojarse de muchas pesadeces cuando les aplico mis conocimientos.

El primero de mis pacientes fue el mismo Desiderio. La plasticidad de mis manos sobre su espalda,hombros y muslos era una vibrante antesala para fusionarnos con entusiasmo en nuestra cama. Sus caricias manuales y bucolinguales tenían poco que pedir, aunque era mínimamente afecto a las reanudaciones. Tras una primera descarga se dormía profundamente, algo en lo que me tocaba secundarlo, aunque por dentro me muriera de las ganas de una nueva faena, un toma y dame como los que se ven en las películas para adultos. Pero nunca fue así. Incluso, llegué a comentárselo y no se molestó, pero lo noté un poco perturbado.

— ¿Acaso sientes que siempre te dejo insatisfecha? — me preguntó.

—No, para nada. Yo siempre alcanzo mi orgasmo. Pero quisiera que, en lo posible, tuviéramos varios encuentros seguidos.

—Pues, has de saber —susurró consternado—, por si no te has dado cuenta, que ya mi organismo no es el de un joven de 20 años.

La diferencia de edades entre nosotros era notable. Yo tenía veinte años y él cuarenta cuando nos casamos. Pero se conservaba hermoso y fuertemente atractivo. Y yo no me quedaba muy atrás. Éramos una pareja envidiable. Lo sé.

Lo irregular era la cama. Desde aquella incómoda conversación se tornó un poco más trascendentalista que  de costumbre. Yo trataba de apaciguarlo con mis bromas, pero él resolvió que debía ponerse en manos médicas. No sé si lo hizo. Dudo de que lo haya hecho. Era muy pudoroso para tratar esos temas con terceras personas. Pero inició un tratamiento con potencializadores sexuales,del cual no dudo que fue por su propia iniciativa. Es decir, se automedicó, y las faenas que yo ansiaba se cumplieron, aunque a veces el hombre sufría sus repentinos ataques de celos y hasta redujo las reuniones dominicales con sus amigos en la biblioteca, donde solían tomar whisky, escuchar música y componer el mundo.

Ninguno de esos visitantes me llamaba la atención, aunque era consciente de que muchos hubiesen querido clavarme sus más escabrosas morbosidades. Confieso que hasta sentí un poco de alivio cuando se suspendieron esas visitas. Yo misma, incluso, me impuse no volver a frecuentar amigas, ni permití que volvieran a mi casa, a menos que se tratara de algún asunto relacionado con mis conocimientos en salud.

Los deseos de mi marido aumentaron de una manera impresionante. Casi todos las noches teníamos nuestros encuentros íntimos,pues, al parecer, sus medicamentos eran de largo efecto, lo que me hizo entender que era esa la oportunidad que estaba esperando para practicar todas las acrobacias que tenía en mente para darle dinamismo a las relaciones y romper la rutina con algo nuevo en cada combate. “¿Dónde aprendiste esas cosas?”, me preguntó con cierta voz de hielo, que no pude romper ni siquiera con un chiste de los más picantes que me sabía.

Se acabaron las acrobacias recién comenzadas. Para mí, sus celos reventaron el límite. En vez de abandonarse al disfrute de mis creaciones amatorias, empezó a quebrarse la cabeza tratando de descifrar de dónde había sacado su esposa una experiencia que no presintió cuando la conoció en el rolde estudiante universitaria. “No es necesario saltar de cama en cama para arrancarle secretos al sexo”, le explicaba para que entendiera que la buena voluntad, la imaginación y el amor son suficientes para completar la felicidad en la cama.

Algunas veces parecía olvidarse de sus conflictos mentales respecto a mí, y disfrutábamos desaforadamente, como la noche anterior a su crisis de salud. Esa vez quisimos probar si podíamos amanecer copulando como un par de dementes. Casi lo logramos. Eran las 3:30 de la madrugada cuando caímos profundamente dormidos, tal vez estimulados por las copas de vino que íbamos consumiendo en cada descanso.

Al día siguiente se levantó un poco tarde. Se arregló y desayunó de prisa. Se despidió con fuertes abrazos y besos para mí y para los chicos, como quien está próximo a emprender un largo viaje, cuyo regreso será demorado. Eran las 10 de la mañana. Tenía una reunión importante con una firma de expertos en bienes raíces, y ya los había llamado excusándose por la demora, “pues estoy resolviendo un imprevisto, pero en un par de segundos estaré con ustedes”. Lo acompañé a embarcarse en su camioneta, y fue esa la última vez que lo vi sobre sus pies y palabreando con su voz de cañón.

Dos horas después me llamaron para decirme que se había desmayado en plena reunión y que lo tenían recluido en una Unidad de Cuidados Intensivos. En pocos minutos los muchachos y yo aparecimos en la clínica, pero sólo a mí me permitieron verlo. Estaba profundamente dormido y con varios cables saliendo de su boca y de su nariz.

Al día siguiente, la radio y los periódicos comentaban el percance y hasta expresaban su deseo de que “el doctor Alarcón, sapiente abogado y mejor ser humano, supere sus quebrantos de salud para que vuelva a estar entre nosotros como el faro incandescente que siempre ha sido”. Pero todos esos parabienes se quedaron sólo en deseos. Desiderio murió a los tres días de haber sido hospitalizado. Su sepelio fue uno de los más multitudinarios que se han visto en esta ciudad. Su ausencia de esta casa y de mi vida, ha sidouna de las situaciones más difíciles que me han tocado sortear.

Unas semanas después de su muerte reanudé mi costumbre de atender y servir a todo el mundo, de manera que compañía y conversaciones nunca me faltaron, aunque siempre evité en público el llanto y las palabras lastimeras si se trataba de recordar en voz alta a Desiderio. Odio los show sentimentaloides. Detesto hacerme la víctima o la digna de lástima. A solas sí derramé todas las lágrimas que contenía ante el vecindario. Algunas veces me reproché el haberle insinuado a mi esposo que fuera más intenso en nuestras intimidades. Creía quede no haber sido por eso, él no hubiera estropeado su salud suministrándose los tales energizantes sexuales. Me perturbaban los rumores callejeros, según los cuales Desiderio empezó a morir entre mis piernas, tras una sobredosis de sexo.“Ella lo mató con su arrechera”, murmuraban. Y el sentimiento de culpa no me dejaba tranquila, hasta que se extinguió la luna de hiel: una noche recordé las palabras de Eva, una amiga budista, quien siempre sentencia que lo que ocurrió era exactamente lo que tenía que ocurrir. “Mamita —dice—,una gota de lluvia cae donde debía caer. Ni un poquito adelante, ni un poquito detrás. Ahí donde cayó, ese era su destino”. Y santo remedio. Me quité una roca de los hombros.

No digo que nunca más he pronunciado el nombre de mi marido. Por lo contrario: de cada diez palabras que pronuncio, ocho son Desiderio. Así me lo hizo ver Arminda, otra de mis amigas, quien tiene mucha fama de chismosa. Precisamente, fue ella quien empezó a insinuarme la posibilidad de que me buscara un compañero. Y lo sigue haciendo. No lo hace directamente, pero me cuenta anécdotas de amigas comunes quienes se han emparejado al poco tiempo de haberse separado o enviudado. “Pero una tiene que saber escoger —afirma—,porque fíjate en Carlota: tremendo esposo que tenía, hermoso e inteligente y bien posicionado, y terminó enredada con un vendedor de pólizas, que no le da ni por los tobillos al otro”.

Conversaciones como esa he escuchado durante todos estos años de mi viudez, lo que, a decir verdad, ha colaborado un poco para que mida bien mis pasos a la hora de pensar en los hombres que me gustan. Una se llena la boca vociferando que es libre, independiente y sin cuidado ante las opiniones ajenas, pero no es del todo cierto. Siempre hay algo que inquieta. Siempre se siente la necesidad de quedar bien ante los demás. Y es entre nosotras las mujeres donde más se enraíza con profundidad ese complejo. Nos cuesta trabajo hablar de lo que deseamos o hacemos. Por muy liberadas que pretendamos ser o mostrarnos, siempre hay un freno de pudor que nos hace mentir, moldear el cuento o guardar silencio.

En mi caso es esto último. Mejor guardo silencio. Mejor así. Si quiero hablar, para eso tengo esta libreta. Para eso me esmeré por aprender a escribir sin timideces; y en eso tuve mucho apoyo de Desiderio. Aunque, y no puedo negarlo, a veces escribo como si esto fuera a leerlo un tercero. Pero eso nunca pasará, por supuesto. Al menos, mientras yo esté viva no pasará. Pero sigue sucediendo que periódicamente me toca recibir dos clientes: uno joven, amigo de mis hijos; y otro mayor (55 años), ante quien fui recomendada por Alicia Ruiz, la dueña de los restaurantes Florence. Los dos me gustan.

Cuando pienso en el joven, imagino que mi experiencia y su fortaleza serían una magnífica combinación para aprovechar hasta los mínimos segundos de un evento erótico. Cuando pienso en el adulto, veo mis tardes plenas de una buena conversación, música suave y vino tinto, como cuando Desiderio y yo nos sentábamos en el balcón alguna tarde sabatina, a respirar la brisa del mar.

De Johnatan, que bien podría ser mi hijo o mi hermano menor, disfruto la tersura de su piel y la firmeza de sus músculos cuando le estoy haciendo masajes relajantes o aplicando acupuntura para espantar los dolores que le producen sus rutinas deportivas.

De Hernán, disfruto su conversación y maneras excelsas de caballero, aunque no logro imaginarme una faena amatoria entre sus brazos ya notan fuertes. Sólo digo eso. Una nunca sabe. Nunca digo de esta agua no beberé.A veces la liebre salta desde donde menos se le espera; o los tigres no son como los pintan, como dice mi mamá.

En todo caso, mientras hago lo posible por evitar que ambos hombres se imaginen lo que no deben, sigo practicando en la tina mi distracción más antigua. La hora de jabonarme es todo un recorrido por el valle de mi propio cuerpo y una búsqueda afiebrada de aquellas profundidades donde vibran los labios lubricados del deleite carnal. Unas veces imagino la musculatura de Johnatan taladrando mis nervios centrales; otras, me visualizo sentada en las piernas de Hernán, sintiendo que su aliento caliente y perfumado entra por mis oídos como una perversa premonición.

Me cuesta trabajo escribir que ha habido ciertos guiños amorosos con ambos. Con Johnatan quiero que sean maternales, pero sé que no es un despistado. Por eso me habla en bajo tono y me incrusta esa mirada que me hace bajar la cabeza.

Con Hernán, intento que sean lo más amigables posible, pero sé que él piensa en mí como la mujer para reparar su vida matrimonial frustrada por una infidelidad. Los tres somos objetos de cuchicheo en las altas esferas de la ciudad, pero nadie se atreve a medio insinuarme algo, porque nunca he dado pie, ni tolero, que se hagan bromas con mi vida íntima. 

A ambos los tengo representados en los dedos jabonados de mis manos; y ambos, a su debido turno y sin saberlo, entran a mi infierno cuando mi tina aromática se transforma en el universo.

Tal vez termine vieja, rodeada de nietos y bisnietos, y sin nadie para compartir mis anhelos. Mi importa un pito si comentan que estoy sola por pretenciosa, porque supuestamente imagino que ningún hombre le da la talla a Desiderio. De eso  me he enterado, y sé que lo seguirán diciendo; y hasta es posible que tengan razón. Pero no tengo prisa. Lo que ha de ocurrir, que ocurra bien. 

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