Narrativa

Mujeres de cartón, un cuento de Eduardo Viladés

Ser hija duele. Ser mujer, mucho más. El cuarto mandamiento me ha jodido la vida. Pienso en mi padre y en la sarta de estupideces que me ha inculcado desde la infancia y me dan ganas de quemar en el horno la Biblia que le regaló su amante, un dependiente de ultramarinos que huele a pescado y que no me cae bien.

Los diferentes no tienen muy buena prensa. Sucede en todos los ámbitos, también en el relativo a la mujer. Muchos van de modernos y abanderados de la libertad de manual, pero se rasgarían las vestiduras si su empresa fuera dirigida por una mujer o en caso de que su hijo fuese homosexual. Si se unen los dos elementos, la hecatombe adquiriría tintes apocalípticos. En este sentido, debo decir que yo me siento muy orgullosa de provocar hecatombes…

Escuchar argumentos como “no le des el puesto porque es mujer” o “no saben aceptar un cumplido” demuestra que todavía vivimos en el siglo XVI. El feminismo no implica que las mujeres merezcamos un trato especial, simplemente conlleva que merecemos un trato igual. No quiero subir a las alturas al sexo femenino, sino que la sociedad se de cuenta de que es igual de fuerte que el masculino. En primer lugar, agradecería que mi padre se percatara de que no necesitamos el feminismo para castigar a los hombres como él, solamente para ver que cada individuo tiene fortalezas y debilidades que nada tienen que ver con el género.

No me gusta adoptar el rol de portavoz de las causas perdidas ni de gobernante subido en un atril con soflamas pasadas de moda, pero no me queda más remedio. La gente es tan sumamente limitada que la única salida es ser pesada y meterle esas ideas hasta el fondo aún a riesgo de que te escupan por la calle.

La insistencia a la hora de dar a conocer mis argumentos la he heredado de mi padre. Se llama Matías y es político. Gana mucho dinero, casi todo procedente de la corrupción urbanística. Físicamente, prefiero no entrar en detalles. No aprueba el matrimonio homosexual y tiene varios póster de Trump y Rodrigo Rato en la cocina. Su querido es Peter, un inglés que conoció en los baños de un monasterio al que se fue a un retiro auspiciado por su congregación religiosa, Hermanos del Mañana.

Mi conflicto con él empezó en la adolescencia. Ahora que lo recuerdo, sí que quemé la Biblia que le regaló el mequetrefe con quien se acuesta, pero no porque se la diese Peter, sino porque siempre he estado en contra de los libros que promueven el fanatismo y la cerrazón de miras.

— Ten cuidado con lo que haces.

—Me la trae al pairo lo que haga o deje de hacer.

—Llega a casa antes de las diez de la noche.

—Llegaré a casa a las cinco de la mañana.

—No hables con ciertas personas.

—Hablaré con quien me dé la gana.

—Ojo con el sexo, cariño, los hombres son malos.

—¿Igual que tú con mamá?

—Se me ha roto un botón, ¿me lo coses?

—¿Que te cosa qué? Ya sabes dónde hay hilo y aguja.

El 40% de los jóvenes de entre 20 y 30 años sigue pensando que la mujer tiene que encargarse de cuidar a los niños y hacer las tareas domésticas. En mi época ese porcentaje no era tan sumamente alto, pienso que hemos involucionado. A la pregunta, “¿cómo le gustaría que fuese el futuro de su hija?”, el señor Ramírez, notario del centro de Madrid responde así:

Para María del Pilar deseo lo mejor. Tanto su madre como yo queremos que termine lo antes posible la carrera y que encuentre un buen marido, con dinero y piso adosado en la periferia, si puede ser en Pozuelo porque tenemos cercanías directo para cuando vayamos los domingos a comer paella en su jardín.

Adosado, marido aburrido que follará sin quitarse la camisa de Pedro del Hierro, una docena de niños, jardín, barbacoa y paella. ¿Qué es esto? ¿Illinois años 50? La de veces que me he imaginado tener una conversación con mi padre y decirle todo lo que pensaba. Me hizo mucho daño mucho cuando era pequeña con esa educación judeocristiana que nos han inculcado a todos. Voy a desquitarme, al menos interiormente, que no tengo un duro e ir al psicoanalista me sale por un ojo de la cara. Para eso sirve la literatura, ¿no es así?

—Esta mañana he estado hablando con tu madre y me ha comentado que está preocupada porque no sabes qué hacer con tu vida. Siempre has sido un poco rara.

—Claro que no sé qué hacer con mi vida y quiero seguir así. ¿Qué has hecho tú? Vivir a expensas del qué dirán, de las apariencias, separarte de tu mujer hace 30 años y, aún así, seguir pensando que sois un matrimonio modelo y no aceptar que tu hija es lesbiana. Se te ha jodido el plan de los abuelos, ¿verdad? Nada de adosado en el extrarradio con mujer modélica, dos San Bernardo e hija licenciada en Empresariales trabajando en el despacho de su suegro.

—Lo que está claro es que deberías volver a trabajar dando clases en el instituto.

—Sí, como vivimos en un país de pleno empleo, es la cosa más sencilla del mundo. Y como el paro femenino es casi inexistente, si no lo hago es porque, como dices, soy rara y una vaga.

—Mírame a mí.

—Yo es que no tengo titulitis, papá. Si estoy fregando suelos y soy feliz, me da exactamente igual lo que piensen los demás. Al revés, me encanta provocar a tus amigos ingenieros, a esas mujeres de rictus severo cuyos maridos están pensando en tirarse a la asistenta que les limpia el piso y que les meen encima. Papá, la culpa ha sido tuya por llevarme a colegios de monjas. Ahora no tengo curro pero hago lo que me gusta.

—Pintar no es una profesión.

—Dar por culo tampoco.

La doble moral y las apariencias. No solamente se da en personas como mi padre, sino en las nuevas generaciones. Matías tiene más de 70 años y eliminar décadas de educación dictatorial no es fácil, pero ¿cómo enmendar a los niños nacidos en los años 90? Me viene a la cabeza “la Collares”, una compañera de instituto que daba clases de Ética. No me acuerdo ni de su nombre, sólo recuerdo que a sus 25 años vestía igual que la mujer de Franco, de ahí el apodo.

Al principio me miraba de modo extraño porque al saber que me gustaban las mujeres pensaba que vendría al colegio vestida de Dominatrix o de camionera. Me visualizaba llena de grasa de las bujías del camión y fantaseaba con que me metería cualquier cosa que encontrase en la sala de profesores por el coño para saciar mi desviación sexual. Poco a poco, fue relajándose y contándome cómo era su día a día. Se iba a casar al cabo de tres meses con un antiguo Legionario de Cristo en una boda por todo lo alto en El Escorial. Aparte de trabajar en el colegio dando clases de Ética, acudía una vez por semana a casa de su mejor amiga para participar en reuniones de la Thermomix y de Tupperware. Los fines de semana los pasaba en casa de sus padres con su futuro marido en un chalet de la periferia de la ciudad viendo 13TV y disfrutando de programas tan neutros y liberales como El cascabel al gato.

“Me tiro a un piloto de Iberia que hace la ruta Chicago-Madrid”. Fue lo que me dijo un día de sopetón. Yo era la única persona a la que podía contar algo así. Era impensable que se lo comentase a los amigos de su marido, con la cabeza llena de telarañas gracias a las enseñanzas de los Legionarios de Cristo, o que lo expusiese a las meapilas de las reuniones de Tupperware.

En el colegio teníamos muchas vacaciones y a mí me sorprendía que ella viajase tanto, aunque nunca le había preguntado adónde iba.

Pensaba que se marchaba de retiro.

Más de dos meses llevaba trabajándose al piloto y organizando su boda con el Legionario al mismo tiempo. De hecho, meses después me enteraría de que parte de la decoración la había adquirido en un centro comercial de Chicago. Recuerdo que el prometido vino al instituto un par de veces a recogerla y me miraba como si estuviese viendo a una estatua en un museo. Estoy segura de que “la Collares” le habría dicho que me ponían las tías y se la machacaba en la celda de castigo del sótano de su adosado, rodeado de Biblias y fotografías en bolas de Escrivá de Balaguer, pensando en cómo hacía un cunnilingus a una tortillera en un área de servicio. A mí me encantaba ponerle cara de guarra, sacarle la lengua y hacerle muecas imitando una tijereta cuando “la Collares” estaba despistada.

Al final contrajo matrimonio con el pelele. Puede que el caso de que mi compañera sea un tanto extremo, yo solo relato lo que viví, pero lo cierto es que la mentalidad judeocristiana imperante ha hecho mucho daño.

“La Collares” podría haber terminado de drogadicta, puta de boulevard o una desquiciada más. Se movía entre la dicotomía de ser una mujer plena, con sus fantasías sexuales y sus ganas de volar, y el inmovilismo que le habían inculcado desde la infancia. Tengo entendido que ahora es una abraza-árboles que curra en un centro de inserción social de Móstoles, lo dejó con el Legionario y también con el piloto. Esperemos que, al menos, disfrute con ella misma. Si me llama, la ayudaré.

Las mujeres suponemos el 68% de la población asalariada con ingresos inferiores al salario mínimo interprofesional. Yo soy una de esas personas. Adoro pintar, es una vía de escape a todo el batiburrillo de pensamientos que se agolpa en mi interior. En la soledad de mi casa, con una copa de vino y música clásica, tomo el pincel y experimento algo así como la escritura automática de los años 30. Hay veces que cierro los ojos, los abro y me sorprendo a mí misma de lo que he creado, basura casi siempre, pero mi basura. De todos modos, mentiría si dijese que me dedico a pintar porque me da dinero.

Antes de optar por la pintura como mi modo de vida absoluto, pasé por varias entrevistas de trabajo.

—Buenos días, señorita, y gracias por acudir a esta entrevista en Smith and Andersen International Books. Estamos inmersos en un arduo proceso de selección en el que solo escogemos a los mejores para formar parte de nuestra gran familia. Como sabe, ésta es una de las mayores multinacionales del mundo dedicadas a la distribución de libros de texto en diversos idiomas por los cinco continentes.

—Sí, me he informado y me gustaría formar parte de la empresa. Creo que mi perfil cuadra exactamente con lo que están buscando. Dispongo de más de 15 años de experiencia en el campo de la docencia, en especial con estudiantes extranjeros, en España y fuera. Como puede observar en mi currículum, tengo dos carreras y tres máster y en su momento terminé ambas con excelentes calificaciones. Asimismo, hablo varios idiomas perfectamente y he recibido innumerables galardones y reconocimientos.

—¿Cuántos años tiene?

—Lo pone en mi currículum. 40.

—¿Está casada?

—No.

—¿Tiene pensado estarlo?

¿Tiene usted pensado cagar después de la entrevista?, pienso para mí misma.

—Sí, me caso en breve con mi pareja.

—Supongo que querrán tener niños.

Supongo que es un poco gilipollas, pienso para mis adentros.

—Sí, es una posibilidad.

—Ya la llamaremos.

Una mujer trabaja 84 días más al año para ganar lo mismo que un hombre. Una de cada cuatro mujeres reduce su jornada laboral para cuidar de sus hijos, frente a un 3,5% en el caso de los hombres. No quiero ser cargante con datos estadísticos pero, como he dicho antes, prefiero pecar de pesada antes que dar de comer al silencio.

Vamos a retrotraernos al pasado. Fue en Inglaterra a partir de 1870 cuando surge el llamado movimiento de Liberación Femenina. A finales del siglo XIX, las clases avanzadas británicas protestaban por la discriminación de las mujeres en cuanto al sufragio universal. Pero hasta la década de 1920 no se produce un cambio real en la mentalidad imperante.

Contemplemos nuestra realidad. ¿Qué cambios ha habido? ¿Hemos avanzado algo? No llevamos miriñaque pero tenemos que aguantar espectáculos lamentables como el de las entrevistas de trabajo y asistir estupefactas a cómo algunas mujeres, como “la Collares”, siguen pensando en el combinado de adosado-Legionario de Cristo-paella los domingos-cinco niños.

A eso se une la violencia contra las mujeres y que se nos explote como objeto sexual en los medios de comunicación y el terreno publicitario. Lo que tengo claro es que, como dijo la teórica feminista estadounidense Betty Friedan, ninguna mujer tiene un orgasmo limpiando el suelo de la cocina. Quizá mi padre podría descubrir nuevos horizontes si se lanzara a frotar las baldosas del baño con un buen estropajo. Lo anotaré en la lista de propósitos de este año para comentárselo.

¿Qué sucedería si todos los locos del mundo gritaran a la vez, si se lanzaran desnudos a los campos al mismo tiempo y dijesen lo que pasa por sus cabezas en un preciso momento? ¿Cambiaría el curso del universo? ¿Habría una redistribución de la riqueza?

Yo estoy loca y quiero que enloquezcan quienes me rodean, que disfruten de mi discapacidad porque es lo que me hace única, mi nota diferencial. Porque la locura propia de las mentes exuberantes será lo único que permita que alcancemos la igualdad real. Una igualdad que no es un concepto, no es algo por lo que deberíamos estar luchando.

¿Lo entiendes, papá? Es una necesidad. Callar para no hacer daño no funciona. Así que únete a mí y grita, papá, no te quedes callado, por favor te lo pido, no pronunciarse equivale a engañar y eso es mucho peor.

Papá, el silencio genera invisibilidad y la invisibilidad alimenta al tremendo monstruo de los mil y un tentáculos.

Hubo un tiempo en que, de pequeña, me llevabas del sofá a la cama cuando el pitido de la carta de ajuste envolvía el salón. Me dabas un beso al meterme en la cama y me decías que me querías. Para mí, eras mi corsario, mi héroe.

Sólo te pido que rescates ese amor que un día existió y te movilices conmigo para que salgamos de nuestras jaulas y terminemos con toda esta sinrazón.

¿Me acompaña alguien más?

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