Entrevistas,  Música

Natalia Lafourcade: «Mi casa es el escenario»

Treinta y un años parecen ser suficientes para consolidar una carrera en el competitivo y trepidante mundo musical. Al menos así lo fue para Natalia Lafourcade (Ciudad de México, 1984). El tránsito hacia la composición y la ejecución de instrumentos fue en su caso un camino signado, un atajo en el mejor sentido.

Sus padres, ambos músicos, venían anunciándole —sin proponérselo del todo— la creatividad que sólo obtiene quien se dedica de lleno al arte.

Más allá de su nada sorprendente nominación al premio Grammy 2015 —al norteamericano—, dadas las amplias condiciones de su álbum Hasta la Raíz que ya se llevó cinco galardones del mismo en su versión latina, su principal motivo de orgullo es vivir de lo que más le gusta hacer, de su instinto inventivo.

—Entiendo y soy muy consciente de la gratitud—dice Lafourcade, cuya madre María del Carmen Silva, pianista y pedagoga musical, practicó con ella el Método Macarsi, una disciplina con la que la rehabilitó luego de que ésta recibiera en la frente el golpe de un caballo—. Siento que tengo que saber valorar a todas las personas y especialmente a las que me han ayudado, las manos de la gente que está a mi alrededor, porque al final todo es una suma de esfuerzos colectivos, yo soy la que aporta la materia prima, pero detrás y delante de mí hay un montó de gente.

Después de la recuperación del incidente con el potro, más o menos a los 10 años, Natalia sintió muy claro una suerte de destino para la canción.

Cierra los ojos y recuerda muy clara la escena. Cantaba en la pastorela, era diciembre. Tenía una banda de mariachis azuzados que debía acompañarla en un par de canciones. Su tía la apoyaba y fue quien decidió que su sobrina cantara de primera. El corazón quería salirse de su cavidad. Las manos sudaban. Nervios. La primera canción Amor eterno supuso su primer desafío artístico.

La niña bajita se lanzó al ruedo casi musitando, luego la confianza brotó de un lugar insospechado. Su voz de soprano ligera empezó a vibrar en el aire, y luego todo fue aplausos y besos.

—El pánico escénico… creo que lloré. Al tercer tema (Paloma Negra, de José Alfredo Jiménez) ya nada más me importaba—comenta Natalia con un requiebre en su tono y un asomo de sonrisa aguantada, casi imperceptible—. Ahí supe que eso era lo que quería hacer siempre. Mi casa es el escenario, pensé.

—¿Y qué otro talento te hubiera gustado tener además de la música?—le he preguntado.

—Me encantaría poder hacer ese deporte (skydiving o caída libre) en el que se arroja la gente de un avión y va planeando, sobrevolando las montañas— ha dicho, Lafourcade, cuyo álbum compite el 16 de febrero próximo en la categoría a Mejor álbum latino de rock, urbano o alternativo; de la edición 58 de los Grammy.
 
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No sabe a ciencia cierta durante cuánto tiempo buscó su estilo propio. Pero lo encontró, y lo que es más importante: lo defendió. Para la mexicana, la música va íntimamente relacionada con lo visual, de ahí que haya decidido participar en el cine, no sólo como compositora de bandas sonoras, sino como actriz. Dentro de los múltiples oficios que ha desempeñado en apenas dos tercios de su vida se cuentan: productora musical, diseñadora de modas, arreglista y filántropa.

—¿Cuál es la palabra más bella del diccionario para ti?

—Maravilloso. Bello y bella. Libertad—comenta esta compositora de la música de la exitosa película mexicana No se aceptan devoluciones.

—¿Y la más peligrosa?

—Ego—dice, riendo y asintiendo con un movimiento pendular.

La relación que sostiene con el escenario tiene un halo de misterio. Antes de subirse al plato, me cuenta, pide permiso al propio tablado a manera de ritual. “Es uno de los momentos mágicos e íntimos que a mí me suceden. A veces tengo nervios, otras veces no, siempre es una experiencia cambiante”.

—Después del despliegue artístico, hay que bajarse del escenario, ¿Cómo llevas ese momento?

—Cuando me bajo trato de llevar mi vida lo más normal posible, lo más normal que se pueda. Aunque ahora salgo a la calle y tengo menos privacidad, pero tampoco es que tenga paparazzis detrás mío todo el día.

—¿Qué te indigna, Natalia?

—Creo que me rebela que haya personas que no entiendan el momento universal en el que estamos como sociedad. Déjame que te explique. Me indigna la gente que todo el tiempo está actuando negativamente contra otras personas, esos malos sentimientos que están a flor de piel. En otras palabras: aquellos que no quieren que otros estén bien. Esos que no quieren sino tener más y más posesiones sin importar a quién tengan que pasar por encima, y lo que esa condición humana le genera al universo.

Epilogo con canción de regalo

Cuando se habla de canciones con los artistas es inevitable referirse a sus grandes ídolos. Se dice que una canción es una buena melodía y una buena letra, mezclada con algo más que nadie sabe lo que es, pero que, a la larga, es lo único qué importa.

Agustín Lara, quien fuera uno de los compositores más populares y virtuosos de su tiempo en Latinoamérica, artífice de tantos boleros que sería inacabable mencionarlos, ha sido uno de los referentes permanentes de Lafourcade. Tanto así que interpretó María Bonita, una de esas canciones que ponen la carne de gallina en el corazón. La versión de Natalia es una joya repleta de significados, y fue en gran medida la que suscitó el interés de quien escribe y la posterior entrevista.

—Esa canción la grabé para el disco en homenaje a Agustín. Fue un proyecto en el que me embarqué con una amiga. Tomé mi guitarra y la re-versioné a mi manera de cantar, cuando la tuve lista nos gustó a todos. Incluso ha hecho que empiece mis conciertos de esa manera: tocando sola con mi guitarra, después entra la banda. María Bonita es un tema precioso, me la aprendí de memoria, se volvió una canción muy especial para mí, un manjar divino—ha dicho María Natalia Lafourcade Silva, nombre completo de esta mujer que se mueve, encima de todo, como pez en el agua con el bajo, banjo, piano, ukelele, flauta y saxofón.

Puede que haya destinos, guiones de vida, pero también existen infinitas posibilidades para crear desde cualquier ámbito, todo límite es circunstancial. Natalia lo sabe bien, aunque no lo haya dicho. Usted es la obra maestra de su propia vida.

*Esta crónica, escrita por el periodista colombiano Andrés Pinzón-Sinuco, fue publicada originalmente el 20 de diciembre de 2015 en el suplemento Dominical del periódico El Universal.

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