Música

Ochenta y dos veces Leonard Cohen

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Ochenta y dos veces. Ese fue el número de cumpleaños que alcanzó Leonard Cohen, uno de los más grandes iconos de la música popular del mundo. No hablamos sólo de un cantautor canadiense.

Cohen nunca necesitó defender sus canciones. Son estas las que se reinterpretan a sí mismas cada vez. Poseen una veteranía que les confiere, sin buscarlo, un halo de madurez artística. Tanto sus temas como su prolífica carrera se puede dar fácilmente la mano con la de genios creativos como Bob Dylan o Paul McCartney.

Considerado uno de los artistas más fascinantes y enigmáticos de finales de los 60. Leonard Cohen no deja de ser un referente de la búsqueda de la poesía y el arte. Un territorio que admitía no controlar, pero en el que se desenvolvió con una soltura y cotidianidad impresionante e imprescindible, si se quiere entender el quehacer musical en términos de influencia y longevidad.

La anarquía de su voz

Por eso no resulta raro que los jóvenes busquen, en las orillas de su fascinante obra, la revelación que explique de una vez por todas el amor. “(La poesía) Viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Es decir, si supiera de dónde vienen las canciones las haría con más frecuencia”, declaró Leonard en Madrid, tras haber sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2011.

En aquella ocasión, Cohen ofreció un elucidante discurso en el que agradeció, ante el Rey de España Felipe de Borbón y su esposa Letizia Ortiz, la enorme deuda que mantiene su música con ese país. Advirtió que fue la influencia de Federico García Lorca el punto de partida para entender de otra manera la composición lírica y la anarquía de su voz propia. “… Puedo decir que mientras era joven y adolescente no encontré una voz, y sólo cuando leí a Lorca, en una traducción, encontré una voz que me dio permiso para descubrir mi propia voz, para ubicar mi yo, un yo que aún no está terminado. Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran esas? Nunca lamentar. Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza. Así que ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla. No tenía una canción”.

La pausa y las novelas

Quien no haya escuchado a Cohen y oiga por casualidad Suzanne o So Long Marianne, habrá llegado a un punto de no retorno. La belleza habita el verso más inesperado y se acompaña de una voz que se fue haciendo cada vez más lenta y profunda y desvencijada. Esa disminución de la velocidad es una característica de casi toda su obra que se deriva en el pop jazz y pasa por el folk, el country, el blues y la canción de autor. “Ustedes quieren llegar ahí pronto, yo quiero llegar el último. No es porque sea viejo, no es por la vida que he llevado. Siempre me gustó despacio”. Quizá ese fue el secreto de su supervivencia: los pasos leves.

Para entender mejor la dimensión de sus letras hay que regresar en el tiempo y visualizar, a mediados de los 50, a un joven estudiante universitario con ambiciones literarias y fascinado por William Butler Yeats, Walt Whitman y Henry Miller. Incluso volver más atrás y ser conscientes de que su nacimiento en Canadá no es otra cosa que un accidente geográfico y solidario pues fue allí donde su familia judía se refugió en tiempos del régimen opresivo que circundaba al Este de Europa.

Chelsea Hotel

Todos tiene de Cohen una anécdota favorita. La mayoría hacen referencia a su reclusión voluntaria en Hidra, una isla griega de las Islas Sarónicas en la que decidió comprar una casa tras un modesto éxito literario. Allí escribió los libros que en ese entonces no vaticinaban a un músico naciente.

Otros prefieren la de su retiro budista de cinco años en la cima de un monte angelino. Había decidido apartarse de las giras y los espectáculos.

Una igual de conocida es su encuentro fugaz con Janis Joplin en el Chelsea Hotel de Nueva York. Un instante que plasmaría más adelante en un tema en el que aborda la belleza y el sexo, tópicos recurrentes sí, pero que quizá sirven como andamios para retratar de manera muy sencilla a esta cantante que parecía su antítesis.

Ella, amante de una noche, tenía la intensidad de la escena de la contracultura, la potencia del feminismo en su voz. “Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea, hablabas tan segura y tan dulcemente, mamándomela en una cama deshecha mientras las limusinas esperaban en la calle”, escribió el canadiense en esa magnífica canción,

A mitad del tema en cuestión, Cohen sentencia: “volviste a decirme que preferías a hombres bien parecidos, pero que conmigo harías una excepción. Y cerrando el puño por los que como nosotros están oprimidos por los cánones de la belleza, te arreglaste un poco y dijiste: ‘no importa, somos feos, pero tenemos la música”.

Una muerte pacífica

De su primer libro poético publicado en 1956, titulado Let Us Compare Mythologies, han pasado ya muchos otros, demasiadas canciones, éxitos comerciales, y prácticamente una de las carreras más emocionantes del siglo XX.

Leonard Cohen murió hace tres años. El 7 de noviembre de 2016 a la edad asombrosa de 82 años en su casa de Los Ángeles, Estados Unidos. Murió durmiendo, soñando. Su hijo Adam contó que su padre falleció sabiendo que lo que él sentía era uno de sus mejores discos (You Want It Darker). Fue una muerte repentina pero pacífica.

Fue enterrado en Montreal, de acuerdo a sus deseos, al lado de sus padres, en un ataúd de pino, sin adornos.

Conviene detallar muy bien la mirada fija que se ocultaba tras el sombrero negro de ala corta. Conviene atender la intención creativa de un ser con una sensibilidad artística realmente singular, un maestro de las canciones con sentido literario que sobrevoló entre los vericuetos de la muerte y las mujeres.

A causa de­ (Una canción traducida de Leonard Cohen)

A causa de unas pocas canciones
en donde hablé de su misterio,
las mujeres han sido
excepcionalmente amables
con mi vejez.

Ellas hacen un sitio secreto
en sus ocupadas vidas.
Y me llevan allí.
Ellas se desnudan
en sus diferentes maneras
y dicen:

«¡Mírame, Leonard!
¡Mírame una última vez!».
Entonces se reclinan sobre la cama
y me cubren
como a un bebé que está temblando.

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