Narrativa

Ruptura, un cuento de Rubén Darío Álvarez

Para confesarme que tenía un amante escogió el mejor de los crepúsculos que he visto en mi vida.

Guardé silencio por varios segundos. Después le comenté que ya mantenía algunas sospechas y que creía habérselas insinuado en cierta ocasión, pero que en ese incómodo instante ella se hizo la desentendida, lo que reforzó aún más mis presentimientos.

Me respondió, con extrañeza en el rostro, que no lo recordaba, aunque su romance clandestino ya llevaba más de dos años ininterrumpidos.

Sentí un candelazo en el pecho. Y no entendía por qué. Se suponía que hacía mucho tiempo había dejado de amarla, mas no hallaba la justificación perfecta para liberarme de su buen desempeño como esposa, madre y ama de casa. O sí lo entendía: quería separarme, pero no de esa manera, no habría querido que ella tomara la iniciativa diciéndome, muy tranquila, que su cuerpo ya había aceptado otras caricias. ¡Machista que es uno!

Le propuse que aprovecháramos esa tarde de ensueño para hacer el amor por última vez, pero me contestó que ni por el putas, que precisamente su amante la estaba esperando para hacerle el mejor sexo que nunca jamás le habían dado en su vida.

“¿Por qué esperaste tanto para decirme esto?”, le reproché.

Me respondió con una frase de almanaque: “nada ocurre ni tarde ni temprano, sino en el momento preciso”. “Y no te preocupes por el niño –remató-, nosotros lo cuidaremos”.

El cielo estaba oscureciendo cuando mis ojos observaron fijamente la espalda, el caminar, las piernas y el cabello ondulante de la mujer que había desgastado buena parte de su vida tratando de ser la mejor esposa del mundo. El arribo paulatino de la penumbra marchaba al compás de su alejamiento, hasta que hubo un momento en el que la perdí de vista entre la penumbra y el vaivén de los transeúntes.

La indiferencia volvió a arroparme: me dio lo mismo que su figura se consumiera en lo más lejano de la calle. Es que, ahora que lo pienso, siempre la sentí muy lejos.

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