Narrativa

Solos, Maluma y yo; un cuento de Daniel Moris

Las llaves, la billetera, el teléfono móvil. El cinturón, el aro plateado, los zapatos. Yacían depositados junto a mí cuando la doctora golpeó la puerta del cuarto pequeño. “¿Está listo?”, me preguntó. Luego me condujo hacia otra estancia de aquella renombrada clínica. Su indicación fue clara: “Tendrá que permanecer tumbado de espaldas sobre esta camilla. Le aplicaremos un líquido intravenoso, el cual permitirá modificar la opacidad de ciertas partes del cuerpo, a modo de mejorar la calidad de la radiografía. Luego le haremos ingresar en la máquina. Será ruidoso, pero previamente le proporcionaremos audífonos con dispositivos de cancelación acústica. Permanecerá acostado media hora. Durante ese período de tiempo estaré en la habitación contigua. No tiene de qué preocuparse”.

Mientras asentía, un sentimiento de surrealidad me arrebató de aquel momento. El mero hecho de que aquella máquina tuviese forma tubular, los avances tecnológicos de los albores del nuevo milenio, la capacidad humana para tomar imágenes cerebrales y la lucha contra la duplicación incontrolada de las células, en camino hacia una inminente muerte, me hacían pensar en lo mucho que habíamos progresado como especie.

Bendije a Marie Curie y me tumbé, tal como se me había sido señalado. La doctora prosiguió con su explicación. “Al lado derecho de la máquina tendrá un botón. Si en algún momento siente susto, con sólo apretarlo se cancelará el procedimiento”. Hizo una pausa para que examinara con detención lo que me explicaba. “Ahora le vamos a inyectar”, añadió al tiempo que sus finos dedos llenaban una jeringa con un líquido transparente. Luego, el pinchazo. Una sensación de frío recorrió mi brazo izquierdo.

Esperamos unos segundos, probablemente para que mi cuerpo se acostumbrase al medio de contraste que acababan de aplicarme. Entonces me mostró los audífonos. “Esto es para el ruido”, dijo. “El ser humano soporta hasta cierta frecuencia. Luego, los oídos se contraen de tal forma que es desagradable. Es lo que llamamos traspasar el umbral del dolor. Para atenuar los efectos adversos de la exposición prolongada a fuertes fenómenos acústicos, hemos de ponerle este aparato”. Luego depositó suavemente los audífonos alrededor de mis oídos.

Entonces escuché el comercial.

Se trataba de la radio Carolina.

Comprendí de qué iba el asunto. Aquellos fonos no sólo reducían el ruido de la máquina de rayos X. Te acompañaban además durante el transcurso de la operación con música de fondo. Un terror inusitado recorrió mi espina dorsal. ¿Tendría que soportar durante treinta minutos a aquella emisora? Miré con ojos desorbitantes a la doctora, pero ella ya había apretado el botón que elevaba la camilla y que la desplazaba hacia el interior de la máquina. El sudor comenzó a borbotear, y mientras caía en la cuenta de aquel fatídico espectáculo, los comerciales ya habían terminado y la música empezaba a sonar.

Jamás fui muy versado en lo referente a las canciones que las emisoras de alto alcance emitían, pero incluso estando al margen de aquellos fenómenos sociales pude reconocer en el cantante la voz de Maluma. La sinapsis fue instantánea. Entonces hablé (más bien fue un bramido desgarrador) por primera vez: “¿¡Puede ponerme la Oasis!?”.

Pero no me escuchó. Ya había cerrado la puerta tras de sí, dejándome dentro de aquel tubo. Nos quedamos solos, Maluma y yo, en aquella lúgubre contradicción de la medicina posmoderna, en aquella ventana de tiempo que parecía extenderse hasta los inconfundibles confines del desasosiego. Solos, Maluma y yo, junto al ácido gástrico que comenzaba a desplazarse a través de mi esófago.

No sé cuántas veces se habrá repetido el coro. Aquellos compases parecían prolongarse ad infinitum. Intenté pensar en otra cosa, abstraerme, volver a aquellas meditaciones que había tenido antes de ingresar a la máquina. Pero todo fue en vano. Me encontraba presa del pánico y carecía de estoicismo alguno.

Entonces lo vi. A mi derecha, perfilado, aquello que sería mi única vía de escape se presentaba ante mí. Era la salvación, el mesías que los dioses del buen gusto me enviaban para escapar de aquel indómito destino.

Y atisbando una sonrisa, apreté el botón.

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