Narrativa

Sueños de película, un cuento de Eduardo Viladés

Decía que el sexo no lo era todo en la vida y que varios pretendientes la habían rechazado, precisamente, por su escaso interés en las artes amatorias. Afirmaba tener un cuerpecillo que no valía nada y se definía como una persona llena de miedos, traumas y angustias. Su éxito en la gran pantalla no se correspondió con una vida triste y aciaga que sobrellevó con el amor de sus dos hijos.

Su mito comenzó a gestarse en Roma, donde una joven princesa cayó rendida a los encantos de un rudo periodista americano. Recorrió las calles de París e hizo sombra a la mismísima Torre Eiffel de la mano de Fred Astaire y Cary Grant, aunque fue en Moscú donde conoció al amor de su vida. De dama rusa de alta sociedad, pasó a encarnar, como nadie, a la ladronzuela londinense de finales del siglo XIX, si bien antes nos sorprendió con su extravagante y maravillosa Holly Golighty en un Nueva York que se desperezaba con cruasanes y joyas.

Así era Audrey, para quien soñar era la clave de la supervivencia, del mismo modo que lo era para Elsa, una mujer de 40 años que había viajado por medio mundo pero que nunca se había adentrado en su propio interior, que desconocía totalmente por miedo y por pereza. Desde pequeña, Elsa imaginaba su vida como si se tratase de los trailers de las películas, con los títulos de crédito, su nombre difuminándose antes de dar paso a la escena principal y una melodía pegadiza.

El cine era su refugio. Elsa era incapaz de expresar sus opiniones y se paralizaba cuando alguien hablaba sobre ella, aunque fuese de modo positivo. Para sí misma era un fantasma y quería que los demás la viesen de igual manera. No obstante, en sus ensoñaciones cinematográficas no había normas, ni puntos de vista, ni frases subidas de tono. Todo era mágico y ella se erigía como la guionista de una historia amable y delicada que podía cambiar a su antojo. Su principal mito era Audrey Hepburn. Quería ser como ella, imitarla, vivir las experiencias que había visto en sus películas. A menudo, en la soledad de su hogar, permanecía en trance y se dejaba transportar a su irreal mundo de fantasía.

Toc, toc.

—¿Ahora me dará un camisón con rosas bordadas?—dice la princesa Anya. Lleva sólo unos días en Roma y echa de menos su país.

—Me temo que esta noche tendrá que conformarse con esto— contesta el aguerrido periodista americano Joe Bradley, ofreciendo a la princesa un pijama.

—¡Un pijama! Nunca en mi vida he usado un pijama. ¿No tiene algo más apropiado para mí?

—Lo siento, hace años que no uso camisón. Ahora duérmase que mañana será otro día.

Toc, toc.

La vida es dura. Después de todo, te mata. Era una de sus frases. Paradójico que muriese al olvidarse una revisión médica por cuidar a los niños más necesitados como embajadora de buena voluntad de UNICEF.

Vivir es como visitar un museo, sólo al final te das cuenta de la belleza que has contemplado porque durante la visita no tienes tiempo para hacerlo. Otro de sus pensamientos.

Elsa vivió muchos años en Londres. Cuando paseaba por el centro de la ciudad venían a su encuentro imágenes del Londres victoriano, de esos mercados repletos de gente los domingos por la mañana, olor a flores, gente saliendo de la ópera, carruajes bajando de Picadilly Circus a Trafalgar Square, dejando a un lado la catedral de San Pablo y Covent Garden. Le hubiese gustado vivir en el Londres de My fair Lady. Habría sido florista y su negocio, en la orilla del Támesis, rebosaría de gerberas, geranios y margaritas. Quizá habría encontrado al amor de su vida al atender a algún apuesto joven que le pidiese un ramo de tulipanes.

Toc, toc.

—In Hertford, Hereford and Hampshire, hurricanes hardly ever happen— afirma el gruñón profesor Higgins.

—Pero, ¿qué dice?— responde Eliza.

—In Hertford, Hereford and Hampshire, hurricanes hardly ever happen. ¡Repita conmigo!

—In Hertford, Hereford and Hampshire, hurricanes hardly ever happen— contesta una dubitativa Eliza.

—The rain in Spain –afirma canturreando el profesor Higgins— stays mainly in the plain.

—The rain in Spain stays mainly in the plain— responde Eliza, quien agarra por la cintura al profesor, se pone a bailar con él y besa con enorme pasión.

Justo en ese momento comienza a llover en la habitación en la que se encuentra Elsa. Sutiles gotas, quizá irreales, que empapan la mecedora sin mojarla y hacen que Elsa vuelva a su realidad.

Toc, toc.

Nací con una enorme necesidad de afecto y una terrible necesidad de darlo. Otra de sus frases.

Elsa leyó hace poco un reportaje sobre Givenchy, amigo íntimo de la actriz, en el que se decía que los trajes que le hacía el modisto francés eran para ella una protección contra el mal ajeno. Se sentía cómoda con ellos, como si fuesen amuletos que impedían que los demás le hiciesen daño o la hirieran.

Elsa se siente sola muchas veces. Cuando está sola y quiere llamar a alguien, no lo hace porque lo que desea es quedarse en casa y sufrir, notar como una especie de larva le sube desde el estómago hasta la garganta y aniquila su felicidad, regodearse en su pena y su angustia porque en el fondo es masoquista, porque es mucho más fácil escudarse en el sufrimiento que optar por la alegría.

Sufrir siempre tiene excusas. Es fácil. Ser feliz, no. Es mucho más complicado y requiere un valor que ella no tiene. Por eso opta por soñar y evadirse de su realidad, por eso prefiere imaginarse como la alocada Holly Golightly, de Desayuno con diamantes, independiente pero perdida en su mundo.

Toc, toc.

—Señorita, creo que este gato es suyo. ¿Cómo se llama?— pregunta el escritor Paul Varjack.

—No tiene nombre porque nunca quise ponérselo. No pertenece a nadie, como yo, porque es un espíritu libre— responde Holly.

—¿Sabe lo que le pasa? No tiene valor, tiene miedo, miedo de enfrentarse consigo misma y aceptar que las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad.

—¡Deme el maldito gato y déjeme en paz! ¿Es que no se da cuenta de que no tiene derecho a hacerme feliz?

—La quiero.

—¡Quiere ponerme en una jaula!

—Sólo quiero quererla.

—¡Es lo mismo!

Toc, toc.

Elsa no ha ganado un Óscar pero lo ha tenido todo en la vida y, aún así, no ha sabido aprovechar lo bueno que le rodeaba. Siempre ha evitado poner nombre a su gato porque tenía miedo de ponérselo a sí misma y enjaularse.

Pase lo que te pase, conviértete en una primera versión de ti. Otra de las frases de Audrey que Elsa debería aplicarse a sí misma. Cuando era pequeña, siempre quería parecerse a ella, recorrer las calles de Moscú como la princesa Natasha Rostova, besarse apasionadamente en un lluvioso Nueva York con Paul Varjack o dejarse inmortalizar por Fred Astaire en los Campos Elíseos.

A lo largo de su existencia lo ha conseguido. Ha besado a muchos hombres y varios se han quedado prendados de ella. Es una mujer guapa, inteligente, de esas de rompe y rasga, cautivadora, aunque su principal problema es que no se lo cree y se boicotea continuamente. En realidad, su vida tiene mucho de película de arte y ensayo, pero ella se empeña en que sea un cortometraje barato.

Cuando Audrey murió en 1993, en su casa de Suiza, su íntimo amigo Gregory Peck leyó un poema de Rabindranath Tagore llamado Amor eterno cuyos versos finales dicen así:

Mi corazón hechizado hizo una y otra vez un collar de canciones que tomaste como un regalo y usaste alrededor de tu cuello, a tu modo y de tantas formas, de vida en vida, de época en época, donde quiera que escucho las viejas historias de amor, su antiguo dolor y ese viejo cuento de estar juntos o separados, me detengo y una y otra vez miro al pasado y al final de todo, emerges tú revestida con la luz de una estrella polar, traspasando la oscuridad del tiempo, y te conviertes en una imagen que recordaré por siempre.

A Elsa le encanta este poema. Se lo lee a sí misma muchas noches antes de acostarse. Sabe que no cambiará porque su corazón también está hechizado, puede que anestesiado. Tiene sólo cuarenta años pero ha perdido la esperanza en la humanidad, no confía en nadie, ni siquiera en ella misma. Siempre ha sido así. ¿Para qué luchar por algo que ha nacido enquistado? Se limita a escuchar las voces de sus propios yoes, que la visitan constantemente, y a dejarse llevar por su miedo e impotencia postrada en la mecedora de los sueños en la que intenta imaginar un ápice de la vida de Audrey, que nunca hará suya pero que le ayuda a subsistir.

Toc, toc.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *