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Supe que pintas casas: The Irishman

Hablar de Martin Scorsese es hablar de cine. Y hacerlo de El Irlandés resulta, en consecuencia, hablar del cine, pero del bueno, en lo que sin dudas sea uno de los mejores filmes del año. En todo un ejercicio de fuerza por parte del director y de sus tres brillantes protagonistas, sobre quienes se sostiene en gran medida la cinta, esta auténtica historia de gangsters irrumpe en el catálogo de Netflix con la promesa de hacer historia.

Este proyecto, tantos años postergado por el propio Scorsese, es el reflejo de una madurez profesional envidiable en el arte de contarnos su propia visión acerca de una historia real, con la convicción de quien tiene todas las herramientas cinematográficas necesarias para lograrlo con éxito, y sin caer irremediablemente en los defectos típicos de este tipo de cintas biográficas. Y es que cabe aclarar que el magnífico guión escrito por Steve Zaillian se basa casi en exclusiva en el libro I Heard You Paint Houses de Charles Brandt.

The Irishman nos narra la historia de Frank Sheeran (Robert De Niro), un veterano de guerra que poco a poco va abriéndose paso por los complejos pasillos del crimen organizado en los Estados Unidos de mitad de siglo XX. Una época donde la Mafia Italiana gozaba de un poder tal que, nos cuenta el filme, hasta pudo tener vínculos bastante directos con los Kennedy y los Nixon.

Más precisamente, durante su largo desarrollo, la película nos va conduciendo hacia el hecho central sobre el que gira esta historia, la desaparición del líder sindical y mafioso Jimmy Hoffa (Al Pacino), un personaje antaño tan poderoso y célebre en su país como lo eran los Beatles.

Y sí, Scorsese nos trae aquí otra historia sobre gangsters y la mafia, en un género que pocos han sabido llevar a la pantalla con la contundencia de este director. Y sin embargo, es una película que nos habla sobre temas universalmente humanos, como lo son la lealtad, la amistad, la familia y el poder, pero sobre todo una cosa: el implacable y silencioso paso del Tiempo.

Porque lo que esencialmente Scorsese nos cuenta aquí es que hasta los tipos más duros de la Cosa Nostra sufrirán las consecuencias de la edad, y con esta inevitable vejez, la mella que hará en ellos el peso de la consecuencias de sus pecados.

Y aquí es clave la brillante actuación de un Robert De Niro que consigue representar un papel tan real y humano que llega, durante muchos momentos, a conmover. Sus expresiones, sus miradas y sus (dolorosos) silencios, nos recuerdan que pese a su edad, estamos ante uno de los grandes actores de la historia del cine.

Y qué decir de Al Pacino y su interpretación de un carismático Jimmy Hoffa que dota de potencia y personalidad al filme, en lo que probablemente sea uno de los papeles del año y de su propia carrera. Joe Pesci, Russell Bufalino en la cinta, también nos demuestra que sigue tan vigente como en sus mejores épocas, retratando a un mafioso italiano duro y a la vez humano y patriarcal. Precisamente, es entre De Niro y Pesci que tienen lugar los fabulosos momentos de una intimidad (casi familiar) muy bien lograda.

Es cierto que con sus más de tres horas y media de metraje, la película puede por momentos parecer lenta, pero lo cierto es que una vez arranca, sin apuros aunque sin detenerse, la historia va siendo desarrollada con un pulso tan refinado como sólo los grandes cineastas pueden hacerlo.

Viajando continuamente por los distintos espacios temporales que nos irán enriqueciendo y potenciando el argumento, Scorsese logra dotar a la cinta de dinamismo, al tiempo que nos deja clara su intacta capacidad para narrar cualquier tipo de suceso.

Los asesinatos carecen de efectismo, se producen violentamente en seco, repentinos y muchas veces por la espalda, y nos recuerdan a esa dureza presente en anteriores cintas suyas, como Los Infiltrados o Pandillas de Nueva York. Sin embargo, la violencia que realmente logra impactarnos es aquella implícita en los diálogos y las expresiones de sus protagonistas.

Pese a todo esto, suficiente por sí mismo para calificar a esta excelente obra, es durante su final cuando el verdadero mensaje de la cinta sale a relucir, y no con menos elegancia, regalándonos a un ya viejo Frank Sheeran en el ocaso, lejos ya de toda la violencia, pero enfrentando las consecuencias de la misma. Porque no importa de qué manera, y aunque tú alguna vez hayas sabido administrarla, la muerte siempre nos acecha.

Y es por eso que la película nos deja un afilado interrogante, sobre todo en su última media hora, en la que la nostalgia y un cierto aire de despedida merodean en su mensaje final, en el que el bueno de Martin parece comenzar a anunciarnos su propia despedida, la de un director que ha sabido amar y darle al cine tanto como pocos. Y será seguramente por esto, que The Irishman perdurará como homenaje en la memoria de todos aquellos que adoramos el arte.

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