Narrativa

Un día en la vida, un cuento de Ruben Darío Álvarez

Se levanta entre cinco y treinta, y seis de la mañana. Es posible que desde mucho antes ya esté despierta, pero lo que le indica que debe abandonar la cama es el despertar de Eduardo, a quien ella prefiere por encima de los demás.

Cuando es sábado, se levanta un poco más tarde, porque sabe que Eduardo no volverá a la universidad, sino hasta el lunes. Por eso, es posible que su despertar ocurra a las diez u once de la mañana. Pero ella lo espera y baja con él al primer piso, a saludar al resto de la familia.

De lunes a viernes se incorpora temprano siguiendo los pasos de Eduardo, quien suele dar los buenos días somnoliento e internarse en el baño del primer piso, hasta donde llegan los olores de lo que Isabel está preparando para el desayuno.

Mientras transcurre el lavado bucal de Eduardo, entra a la cocina y se acuesta boca arriba y a los pies de Isabel, quien la saluda con un “buenos días, Muñe”, y seguidamente le advierte que no puede tocarla mientras esté manipulando comida. Pero ella continúa con el vientre al aire hasta que llega María José y le dice con voz falseada, “amigaaaaaa”. Y entonces se levanta, mueve la cola, pero dura poco saludando a la recién llegada. Luego olisquea un poco el concentrado que siempre le tienen en su tacita de porcelana blanca, al lado de una taza plástica de color verde donde reposa el agua.

Darío abre la puerta de la calle. Ella sale disparada en cuanto escucha el chillido de las bisagras y olfatea la brisa mañanera.

Una vez en la terraza, contempla con cierto asombro el andar de un gato de rayas amarillas que pertenece a la vecina. Se llama Mimiau, pero en la casa lo apodaron el Visitante, porque todos los días llega a la terraza, se encarama en el árbol de flores aromáticas, bebe un poco del agua que despiden los acondicionadores de aire y se asoma en los vidrios del portón, como chismoseando lo que alcanza a ver en la sala. Esta escena se repite hasta tres veces en el día. Ella casi ni lo determina, pero la mayoría de las veces se encuentran bien temprano en la mañana, cuando sale a la terraza a depositar sus excrecencias y sus aguas mayores.

Claro está, eso no ocurre de un momento a otro. Primero le da la vuelta a la terraza, examina con su nariz ondulante cada tramo, se acuesta en uno de los muros que separan la casa de las otras, vuelve a bajar y por fin se agacha, ya sea para orinar o para expulsar dos listones gruesos, compactos y poco pestilentes, debido a las bondades del concentrado que está comiendo casi desde que nació.

A propósito, ella llegó a esa casa cuando apenas era una pelota de hilos negros y abundantes. Era regordeta y con un camino blanco trazado desde la parte inferior del cuello hasta el inicio de la barriga. Al principio, hubo que comprarle un tetero plástico de los más pequeños para que tomara leche de vaca. Pero cuando creció, y ya le habían aplicado todas sus vacunas, comenzó a probar el concentrado que le dura poco más de un mes y que nunca le ha faltado en su plato.

Después de dejar sus huellas digestivas en la terraza, entra a la sala, pero sigue de largo hasta el comedor en donde desayunan Eduardo y María José. Se sienta en el piso, levanta las orejas y mira hacia arriba con la esperanza de que le arrojen algún pedazo de pan, porque sus hermanos ya saben que no se le puede dar comida pesada.

Al fin le lanzan el mendrugo. Lo toma con rapidez, y de la misma forma corre a ocultarse bajo la mesa de la cocina. Darío les explica a los muchachos que se trata de una costumbre heredada de sus primos los lobos, los coyotes, los zorros y similares, que, al encontrar una presa que consideren un trofeo, lo primero que hacen es correr a ocultarse, ya sea para impedir que se la quiten o para disfrutarla sin sobresaltos en la intimidad de sus guaridas.

“Y hay otras costumbres menos agradables”, continúa Darío. Según lo que leyó en un artículo de Desmond Morris, los perros también heredaron de sus primos salvajes la táctica guerrera de embadurnarse el cuerpo con cadáveres podridos de otros animales, con el fin de despistar a sus posibles presas. “Es sólo un pescado muerto”, dirá el venado inocente cuando husmee el hedor conque la hiena ha saturado su propio lomo para despistar a la potencial víctima.

Eduardo y María José se despiden de los padres y lanzan un hasta luego a gritos. Ella permanece imperturbable acostada en una de los sillones de la sala, satisfecha, luego de haber comido el concentrado que deglutió después que el pedazo de pan le estimuló los jugos gástricos.

La próxima en despedirse será la mamá, quien acaba de entrar al baño de la planta superior. Unos segundos después el papá alcanza a percibir el chorro del agua de la regadera, a pesar del alto volumen con que escucha el radionoticiero que empezó a las cinco de la mañana.

Darío termina de lavar los trastos del desayuno en el mismo momento en que Isabel sale del baño. Pero ella acaba de escuchar el ruido de la puerta de la recámara y sube corriendo a acompañar a Isabel mientras se pone su uniforme de trabajo.

Antes de que Darío concluya su ritual de limpieza, Isabel se despide en voz alta y baja la escalera con Muñeca siguiéndola. Sale a la terraza, donde la está esperando un compañero de trabajo, quien la llevará en su motocicleta hasta la oficina. Ella observa la escena desde uno de los cristales del portón. Cuando la moto desaparece, aprovecha para ladrarle a algún desconocido que se detuvo en la acera a esperar el bus; o a un perro vagabundo que alza la pata contra la reja y descarga un chorro bifurcado de orina transparente.

Es esa su función principal: ladrar a todo lo que no conozca. Si el ladrido es persistente y va subiendo de tonos y matices, los padres de Isabel, quienes viven en una de las casas de enfrente, cruzan la calle y verifican lo que esté ocurriendo. De esa forma se han evitado robos o se han recibido buenas nuevas, como la noche en que Darío dejó olvidado su teléfono celular en un taxi. Al día siguiente, siendo las 11 de la mañana, el taxista regresó a devolver el aparato, pero sólo encontró en la casa el ladrido torrencial, lo que bastó para que Wilfrido, el padre de Isabel, cruzara la calle y recuperara el dispositivo de su yerno.

“Es el timbre de la casa”, dicen Eduardo y María José, sobre todo los fines de semana cuando se encierran en los cuartos del segundo piso y la dejan sola, tomando calor en los vidrios del portón y con la totalidad del vientre aplastado en las baldosas frías.

Aunque revisándolo bien, el ladrido es un protocolo del que nunca se despoja, aunque haya visto muchas veces al objeto de sus protestas. Por ejemplo: lleva más de dos años viendo que cada quince días a la tía Julia, una hermana de Isabel, quien le colabora con el planchado de la ropa y el aseo de la vivienda. Pese a eso, siempre la recibe con una fanfarria de ladridos que van disminuyendo a medida que la recién llegada le dedica algunas palabras y permite que le huela los zapatos impregnados con el olor del perro de su casa.

Otras veces, cuando llega una visita nunca antes vista por ella, activa los ladridos, alguien la espanta con un regaño y ella se esconde bajo la mesa del comedor o detrás del computador, pero sostiene un ladrido intermitente que no se extingue hasta que la visita se despida. Cuando la visita será demorada, o cuando hay fiesta en la casa, los muchachos la encierran en las recámaras, cuyas puertas ya muestran las huellas de sus uñas, como una estrafalaria telaraña que algún día habrá que cubrir con barniz o pintura de aceite.

Después que Darío se marcha, y no habiendo causa alguna para ladrar, se acuesta en los sillones y se entrega a una siesta de diez o quince minutos. Despierta. Camina hacia la cocina y se come algunos granos de su concentrado o bebe un poco de agua. O las dos cosas. Se acuesta detrás de la vitrina de los platos, vasos y copas especiales y se abandona a otra siesta. Abre los ojos y levanta una oreja cuando siente el tilín de la reja de la terraza abriéndose. Podrían ser los operarios de la empresa de energía eléctrica o del agua potable. Sea quien sea, ella cumple con el sagrado deber de ladrarles hasta que se vayan y se pierdan de su radio visual, que está vez resultó más amplio, porque se encumbró en el espaldar del mueble que está pegado al portón. Se baja y se oculta en la parte de atrás de la mesa del computador, donde sabe que una tubería de aguas servidas le da cierta frescura al fragmento de piso que escogió para su tercera siesta.

Más adelante, el calor de los cristales de la ventana que protege la biblioteca la hace levantarse y caminar hacia los platos de concentrado y agua. Seguidamente se acurruca a las puertas del baño, donde también hay otra tubería de agua potable que le hiela el cuerpo y la duerme con la placidez más agradable del mundo.

Unos minutos después calcula que faltan algo así como diez puntos para las doce del día. La mamá ya viene en camino. Muñeca se pone en guardia delante del vidrio del portón y mira hacia la terraza con los orejas levantadas. La expectación se convierte en ladridos y saltos de alegría cuando surge la figura de Isabel bajando de la moto.

Entra Isabel y se sienta en el mueble más grande para darle espacio a ella, se abrazan, se hablan y comparten afectos. Ya sin zapatos y sin bolso, Isabel llega a la cocina, enciende con mecha baja los fogones donde dejó los recipientes con el almuerzo y se devuelve para la sala a ver el telenoticiero del mediodía.

Cuando el programa lleva más de media hora, aparece María José. Viene sudorosa y un poco estrambótica, pero igual la reconoce por su saludo de siempre: “amigaaaaaaa”. Se agacha, la carga, la lleva hasta su rostro y la besa para sentir la gélida humedad de la nariz.

Media hora después arriba Eduardo en las mismas condiciones de María José, pero con rostro grave, tal vez atosigado por las ganas de un buen almuerzo. Al igual que durante el desayuno, ella aguarda sentada a que desde los platos del almuerzo caiga alguna presa de las que hirvieron en las sartenes. Pero nadie es generoso con ella.

Los muchachos se apoderan del televisor cuando Isabel sube a su recámara a intentar su siesta diaria, al lado de ella, que ya se le había adelantado por la fuerza de la costumbre.

Cabe resaltar que la acompañante de Isabel es incapaz de dormir sin aire acondicionado. A eso la acostumbraron sus hermanos desde que llegó a la casa. Ese día supieron que es hija de un french poodle y una perrita criolla, pero a la larga heredó más del padre que de la madre. Aunque se cree que de esta última adquirió el ladrido ensordecedor que asusta a los visitantes.

Esa costumbre de dormir con Eduardo o con Isabel, bajo el imperio glacial de los acondicionadores de aire, es tal vez la causa de que, con cinco años de edad, no se haya interesado en tener esposo y camada. “Esos perros consentidos –explicó el didáctico veterinario– terminan creyéndose humanos. Por eso, a ella no le gusta ningún perro. Pero cuando está en celo se apega mucho más a Eduardo, está enamorada de él”.

Y la teoría no es descabellada: desde hace unos cuatro años, sus embates sexuales los resiste Eduardo, quien tiene que soportar, mientras ve la televisión, que le lama las pantorrillas o se suba en la mecedora contigua y le aprisione los brazos con la patas superiores, mientras practica un coito en el aire, que termina convertido en cansancio a juzgar por la exposición de la lengua y la respiración frenética que le desorbita los ojos. En otros momentos, cuando Eduardo le está acariciando el lomo, alza la cola y exhibe la hinchazón de su vulva todavía sanguinolenta tras varios días de menstruación.

Entre Eduardo y María José se han repartido las obligaciones. El primero se encarga de recoger las deposiciones, mientras que la segunda seca los charcos de orina. También se turnan los domingos para bañarla con shampoo y jabones clínicos, mientras que a Darío le toca mensualmente comprar el concentrado y llamar cada tres meses al veterinario para que venga por ella en su carro, la cargue en un guacal y la regrese peluqueada, perfumada, con las uñas pintadas y con lazos de colores colgando de sus orejas.

En cuanto llega a casa, vuelven a ponerle sus dos collares: uno para enganchar el lazo con que la pasean y otro para espantar las garrapatas.

Los domingos, cuando terminan de bañarla, sale volando hacia la terraza, se sacude elaborando en el aire un arcoiris de miles de rayos de agua, se revuelca en las baldosas y después se aplasta en los espacios donde se posa el sol a través de las ramas del árbol aromático. Pero nunca se atreve a pisar la calle: le tomó pavor desde muy pequeña, cuando intentó saludar a Isabel, quien acababa de bajarse de una moto en la casa de sus padres. Sólo faltaron milésimas de segundos para que un taxi la atropellara, mas logró alcanzar la otra acera con el mayor descuido.

Otra tarde, un mototaxista optó por darle un puntapié para sacarla de su camino, en vez de masacrarla con la llanta delantera. Esos dos episodios fueron suficientes para que nunca más intentara sobrepasar la terraza.

Son las dos de la tarde. Así que Isabel, después de haber conversado telefónicamente con Darío, se acicala, se despide y se embarca nuevamente en la moto que la regresará a la oficina.

María José aplaza su turno de lavar los tratos del almuerzo, para regalarse una siesta que durará hasta las cuatro de la tarde.

Eduardo aprovecha el silencio para adelantar sus deberes universitarios en el computador.

Ella no hará siesta, pero se posa a los pies de Eduardo y lo sigue cuando se levanta hacia la nevera en busca de agua para beber; o lo espera en la puerta del baño escuchando el chorro de orín que cae en el inodoro.

A las cinco de la tarde se escucha por toda la casa el teléfono celular de María José programado en algún canal rockero de Youtube, mientras Eduardo intenta ver los resúmenes futbolísticos de la semana en ESPN.

A las seis y diez de la tarde reaparece Isabel, pero esta vez la puerta está abierta, de modo que ella sale a recibirla con el mismo alborozo del mediodía. La mamá se abraza y se besa con los muchachos, deja el bolso en la butaca mayor y cruza hacia la casa de sus padres a conversar mientras ocurre el regreso de Darío. Es a las siete y treinta de la noche. “Hola, Muñe”, le dice el papá, quien la encuentra acostada debajo del televisor. Ella vuelve y saluda, pero ya sin tanto entusiasmo.

A los pocos minutos se regresa Isabel y se sientan a comentarse los pormenores del día de labores, mientras ella corre y ladra detrás de Eduardo y María José, quienes han formado un sambapalo, originado por cualquiera de los motivos que se inventan los hermanos para regodearse en el desorden.

Darío sube a cambiarse de ropa. Cuando baja, su cena está en la mesa. Mientras la devora, alcanza a ver en el televisor los últimos hechos nacionales e internacionales, pero pronto se distrae con un ladrido que le pide algún fragmento del pan que está comiendo.

El papá la complace. Luego se sienta en una de las mecedoras que hacen frente con el televisor, pero ya no la ve por ningún lado. Sólo capta sus ladridos en el segundo piso. No sabe en qué momento lo atrapa el sueño. Cuando despierta, Eduardo está poniendo llave a la reja y trancando el portón.

Ella aguarda en el primer peldaño de la escalera. Sabe, por la fuerza del hábito, que son las nueve de la noche y que es hora de que todos suban a los cuartos.

En la mitad de la escalera se percibe el frío de las recámaras, pero ella no sube hasta que no lo hace Eduardo, quien a veces se demora lavando los trastos de la cena o dando los últimos retoques a un ensayo.

La casa queda en penumbras. El único bombillo encendido es el de la biblioteca, donde Eduardo da las puntadas definitivas a su texto. A lo lejos logra escucharse la voz de Paul McCartney en el celular de María José, quien permanece encerrada, pero con la luz apagada.

Eduardo también apaga el computador, sube a su cuarto y se tumba en la cama. Ella lo imita, pero posándose en los pieceros.

Todo se torna en oscuridad y silencio únicamente orificados por el ronquido de los refrigeradores.

Y de ese modo se agota un día más en la vida.

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