Narrativa

Volver a casa, un cuento de Amelia Beatriz Bartozzi

Aquella noche estrellada en la ciudad de Rosario, entre el fulgor de las risas y el paso apurado de la gente que pasaba a su lado sin verlo, aquél hombre triste y melancólico caminaba sin rumbo, con la mirada perdida, abatido por la soledad y el abandono. Era verano. Una brisa fresca le acariciaba la piel. Luces multicolores, moños rojos de papel, guirnaldas con flores colgaban en las ventanas, en los balcones, en las vidrieras de la ciudad. Era la víspera de Navidad.

Qué hora trágica es aquélla en que finalmente nos encontramos con nosotros mismos, cuando ya no tenemos una distracción mental, cuando todos los caminos parecen bloqueados y todos nuestros fracasos se ciernen sobre nosotros. Esta noche era su hora. No era la primera vez que pasaba hambre, tampoco era la primera vez que se sentía solo, pero antes siempre había encontrado una luz, una ilusión, un sueño, alguna cara amable que lo había mantenido vivo. No era así esta noche. Hoy era un hombre vencido, con la mirada de aquél que lo ha perdido todo. Odiaba despertar cada mañana y ver la luz del sol. Sus días parecían haber terminado. Suspiró como si fuera la última vez. Tenía cuarenta y seis años, pero parecía un viejo.

En algún lugar de la ciudad había un padre, un padre que alguna vez había estado muy orgulloso de él, pero ya hacía mucho tiempo que había elegido; era tarde para arrepentimientos. Caminó sin rumbo, nunca podría saber durante cuánto tiempo. De pronto vio un grupo de gente muy elegante, bien vestida, que salía de una casa, parecía una mansión, escaleras de mármol, ventanales y balcones de estilo barroco. Sin saber por qué, esperó a que se fueran y entró. Una vez adentro, como un autómata, se limpió los zapatos en un felpudo y subió una escalera caracol. Abrió una puerta, entró en una habitación, miró todo con asombro. Abrió un cajón de la cómoda y encontró una cajita de madera entre ropa de mujer. La abrió, había joyas dentro, las tomó y se las metió en el bolsillo del pantalón. Cerró la caja. Salió. Bajó la escalera, caminó unos pasos y entró en la cocina; sobre la mesa vio platos exquisitos, no pudo contenerse y se abalanzó sobre los manjares. Y ahí estaba, atragantándose con la comida cuando se abrió la puerta y apareció una mujer muy elegante con el pelo blanco. La mujer lo miró, no parecía asustada de ese hombre sucio, andrajoso y famélico. Se la veía emocionada.

-¡Mariano!–gritó la anciana-. ¡Hijo, eres tú! Yo sabía que algún día volverías. Pasó tanto tiempo… treinta años, pero ya estás acá. Y se abalanzó sobre él para abrazarlo, para besarlo. Él trató de zafarse de esos brazos.

“¿Por qué entré a esta casa?”, pensaba.

-Mamá, no sabía que era tu casa. No quería volver. Soy un delincuente, mamá. No sabes las cosas terribles que he hecho.

-No me importa, hijo, no me importa. Nos mudamos acá hace tiempo. Esta es tu casa ahora.

La voz suave de esa mujer, su calor, su olor, le devolvió el brillo a sus ojos. Se quedaron un rato abrazados en silencio. Luego se oyeron pasos. Un hombre alto, robusto, serio, con la cara agrietada por el tiempo, abrió la puerta. Asustado, Mariano pegó un salto; con el sobresalto se le cayeron las joyas que llevaba en el bolsillo. La anciana se acercó al hombre y le dijo: “¡Es Mariano, nuestro hijo! Te dije que algún día volvería”. El hombre lo fulminó con la mirada. Antes de salir, sus únicas palabras fueron: “Puede quedarse”.

La anciana se apuró a servir la mesa en el comedor, buscó el mantel de brocado blanco, los platos de porcelana, las copas de cristal, el mejor vino; y le sirvió una cena suculenta. Mariano se sentó a la mesa, y ella a su lado, a verlo comer. Él la miró con devoción, y con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: “Perdón, mamá”.

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