Narrativa

A media máquina

Estoy de pie, en la ducha. Primero hago que salga agua muy caliente, luego muy fría, y después nuevamente el ciclo unas dos veces más. He preferido la ducha a la bañera porque propicia las peripecias intelectuales. Necesito pensar. Con el tiempo, el cuarto de baño se ha convertido en mi lugar favorito del apartamento que comparto hace cuatro años, siete meses y nueve días con Katrin.

Es uno de los pocos espacios que todavía Katrin no ha conquistado del todo, pero vaya que lo ha intentado; sus ejércitos de accesorios cunden los armarios y escaparates. Por supuesto, el cuarto de baño tiene otros toques femeninos. Sólo hay que ver la cantidad de mantenimiento que utilizan las féminas. Y es que las mujeres -me lo decía mi padre- son las que mandan realmente en casa, y parece que así debe ser, pero a mí las tiranías me aburren y repelen.

Katrin, sin embargo, sabe negociar de alemanas maneras, es decir directamente y con una convicción absoluta. Deja claros sus puntos, casi nunca miente.

He estado durante buena parte de la mañana aprendiendo una nueva canción en piano, aprovechando el confinamiento al cual el nuevo virus nos somete. Malditos chinos y la puta madre que los parió. ¡Mira que comer murciélago! Decía un amigo que las ventas de arroz chino han disminuido en Latinoamérica y Alemania… le he dicho que los latinoamericanos no deberíamos preocuparnos porque el arroz que hacen los restaurantes chinos en este continente es hecho cien por ciento con perros alemanes. Nada de nervios.

Lo que sí me molesta, volviendo al tema de la convivencia, es cuando Katrin llama a la puerta del baño, violando la privacidad que supone este recinto íntimo. Casi siempre se justifica con alguna urgencia. Al principio llamaba a la puerta con insistencia nazi, casi con violencia, como la jefa de un campo de concentración en el cual yo parecía ser el único judío. Ahora llama a la puerta de una forma ligeramente más amable, aunque, lo sabemos ella y yo, es una amabilidad impostada. Si bien Katrin tiene un carácter dócil, tampoco podría decir que es dulce. Lo que le ayuda, socialmente hablando, es que es muy guapa, incluso sexy, aun cuando discute.

Nuestras discusiones, no obstante, nunca se habían salido tanto de control como hoy. Acababa de regresar Katrin de correr. Se acercó hasta mi escritorio y me estampó un beso en la frente. Todavía le chorreaba de su mejilla derecha la penúltima gota que manaba su pelo recogido con una visera. Me desagradó el gesto y su olor. No dije nada. Al menos no en ese momento. Ella había llegado con hambre. Empezó a cocinar pasta. Yo hubiera preferido que se metiera directo a la ducha. Después estuvo una hora y media hablando con su padre. Nunca se sabe cuánto tiempo van a hablar. Es una niña de papá. Qué hastío. Mientras tanto el apartamento, sobre todo la sala y la cocina, ya olía a ella. Dicen que es otra forma de dominación, algo como marcar el territorio, pero con un hedor particular. Cuando no lo aguanté más, le pregunté, mirando directamente a sus ojos, si iba a entrar en algún momento a bañarse. Se lo pregunté con sorna, o eso pensé.

Como es previsible, Katrin lo tomó muy mal. Primero me confesó que olía así porque acababa de follar con un negro basquetbolista de dos metros. Esta chica tiene imaginación, pensé. “Muy bien por el negro, me alegra saber que no eres racista, pero la próxima te bañas antes de volver a casa”, dije. Luego me dijo que a mí casi siempre me apesta la boca, que su hermana se ha quejado con ella al respecto. Golpe bajo, dije para mis adentros. Eso sí que no lo pude tolerar.

Fui hasta la cocina donde Katrin revolvía la olla con salsa boloñesa. Agarré sus brazos con violencia y la arrastré hasta la bañera. Katrin gritaba a media máquina. Le quité salvajemente la ropa deportiva e hicimos el amor. Después del primer orgasmo, desmintió sólo aquello de que a menudo me apesta la boca, lo del negro todavía es una incógnita.

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