Textos de autor

Una carta para Murielle: Logroño, Anabel Alonso, la mujer rota

Escrito por Eduardo Viladés

Antes de que llegases tenía miedo de dormir porque me daba la sensación de que dormir significaba ensayarte, de ahí que muchas noches me quedara en el sofá que había instalado mi madre en el cuarto de invitados.

Durmiendo allí tenía la sensación de que retrasaba tu llegada. Es curioso cómo va modificándose algo tan sencillo como dormir a medida que avanzan los años, ¿verdad? Recuerdo que cuando dormitaba en ese sofá y miraba al techo echaba de menos la facilidad de los jóvenes para dormir a pierna suelta. Yo identificaba la cama con meterme en un féretro, me daba pánico. Tú me salvaste porque permitiste que volviese a creer en el amor, mis temores desaparecieron de un plumazo. Con tan solo una mirada derrumbaste el personaje que llevaba años construyendo a mi alrededor. Cuando me tumbaba en el sofá para observar el techo y retrasar tu llegada veía reflejado mi rostro en el espejo. Mi madre también había instalado un espejo enorme, parecido a los que se ven en los burdeles. La criticamos mucho en su momento, pero después yo le saqué partido, sola, siempre sola, aunque al concentrar la mirada durante mucho tiempo en mi reflejo me mareaba, se me enturbiaba la vista y mis yoes se duplicaban, me reproducía como un gremlin, reemplazando el agua por mi desequilibrio.

He traído a mi mujer al Bretón de Logroño a ver La mujer rota porque quiero que se vaya de una vez. No soporto a la gente que lleva décadas diciendo que se va a matar y que nunca lo hace, me aburre sobremanera. Esther es como Murielle, una mujer amargada, solitaria, que no ha tenido suerte en la vida porque las cartas de la partida se esparcieron al revés. Gracias a mí ha vivido una existencia más o menos normal, la he salvado de la quema, digamos que he sido su mesías, pero ya me tiene harto.

Mis ojos me delataban, ya me lo dijiste cuando te acercaste a recogerme, lloraban sin dejar caer una sola lágrima y, aunque mi boca sonriera, iban por su cuenta, estaban como despegados del rostro, ajenos a la mueca formal de supuesta alegría. Supongo que detrás de la desdicha mantenida en el tiempo existe siempre un universo helado que desconcierta. Tú has sido mi única novedad, lo demás ya estaba inventado y me aburría, todos los días eran una repetición del anterior, tu llegada me hizo recuperar la ilusión. La última noche me costó mucho enfocar la mirada en el espejo del techo, quizá porque no veía unos ojos tristes ni llenos de tósigo, sino una expresión ilusionada en su conjunto. Se me hizo muy extraño.

Me gusta el papel de Anabel Alonso. Yo no estoy interesado en la cultura pero, aun así, admito que lo hace bien. Un dramón de marca mayor, también te digo, a mí me sacas de Chuck Norris y me pierdo. ¿No era esa actriz la que iba casi en tetas en Kika? ¿Simone de Beauviour? ¿Quién coño es esa? Suena a marca francesa de bragas, me recuerda al Lulu, oui c’est moi. El teatro, el cine y la literatura me parecen artes infames. Me quedo con el fútbol y la Fórmula 1, deportes de verdad, arte con mayúsculas que después comentamos en la cantina del bar con una Budweiser con voz estentórea y acento de arrabal. A ver si Esther decide quitarse de en medio en breve. Me tiene hasta los cojones con sus dramas. Sus padres tienen pasta, si contrato un buen abogado sacaré un buen tajo.

La cara más difícil de fingir es la de la ilusión. Con la de siglos que llevas en el negocio estoy convencido de que me das la razón. Podemos poner un rictus alegre, triste, enfadado, sugerente, herido, cientos de ellos, pero el de la ilusión es casi imposible porque es propiedad de los niños. A medida que nos hacemos mayores reemplazamos las ilusiones por deseos. Un deseo no provoca una cara de deseo, simplemente no provoca nada. Cada mañana nos desperezamos con infinidad de deseos que, al caer la noche, se han olvidado, son efímeros. Al día siguiente nuestra mente asumirá otros nuevos que volverán a olvidarse. Son como la gasolina para seguir engañándonos y no querer asumir que lo más duro es despertar sin esperanza día tras día. Las ilusiones, sin embargo, las de la infancia, eran la gasolina para vivir. Gracias a ti, he recuperado la cara de ilusión de la niñez. Salvo tres o cuatro momentos que me cuesta recordar y que a menudo pienso que me los invento, toda mi vida huele a roña, a pis, todos mis recuerdos están teñidos de brea. Por lo tanto, guapísima, no me queda sino sentirme complacida y en deuda contigo por haber venido a rescatarme, por quererme de verdad, por haberme dado un futuro real, por parar en seco esa obsesión de mi entorno por atiborrarme a pastillas, un entorno que no era consciente de que no puede sobornarse a la infelicidad. Cuando te veo aparecer con ese vestido negro y las medias deshilachadas me siento cómoda y me invade una pequeña sensación de optimismo. Eres perfecta. Tengo la certeza de que las cosas siempre pueden ir a mejor. Hace mucho tiempo que no siento algo parecido. De repente, en el espejo del techo tu rostro y el mío convergen, dos caras de ilusión convertidas en una sola. Ese espejo es ahora el escenario en el que Anabel llama a todas las mujeres a que nos desperecemos y terminemos con nuestros sayones. Sé que tienes muchos amantes, hasta marido, que no entiendes de género, ni de posición social o estatus, pero ven a hacerme una visita algún día.

Un chillido ahoga el ambiente, se interrumpe la representación, se encienden las luces. Alonso baja del escenario, observa a Esther fijamente a los ojos. El cuchillo está ensangrentado. Él, a su lado, duerme para siempre. Su expresión es cómica, ojos entornados, babilla cayéndole por la comisura de los labios, cara de tonto de pueblo, muy futbolera. La innombrable ha acudido a su encuentro. Un buen final, Esther, no me has decepcionado. Estoy segura de que Simone estaría orgullosa. Un gilipollas menos. Y el teatro Bretón se pone en pie, suenan fanfarrias, Anabel-Murielle y Esther se abrazan.

 

Eduardo Viladés

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 25 años de carrera, referente de la cultura española contemporánea. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa. Ha publicado dos novelas y prepara la tercera. Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos. Elegido dramaturgo del año 2019 en República Dominicana y en 2020 en La Rioja a través del Instituto de Estudios Riojanos. Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Odisea cultural (Madrid), Canibaal (Valencia, España), Extrañas noches (Buenos Aires), Microscopías (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover), Primera página (México), Gibralfaro (Málaga), Windumanoth (Madrid), Amanece Metrópolis (Madrid) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. Ha vivido en Reino Unido, Italia, Bélgica y Francia. Hoy en día trabaja también para la revista Actuantes, la principal publicación española de teatro, lo que le permite combinar el periodismo con las artes escénicas. También es experto en periodismo cultural y documentales de sensibilización social, un artista polifacético.