Escrito por Federico Serralta
En aquellos tiempos nací sin consultar.
Aparecí en este planeta como quien llega tarde a una reunión
y finge saber de qué se está hablando.
Al principio fui una criatura anfibia,
una insistencia biológica (ligeramente molesta) sin currículo,
pero pronto adquirí columna vertebral
y con ella la peligrosa costumbre de opinar.
Descubrí el fuego
y lo primero que hice fue quemarme.
Descubrí la rueda
y la usé para transportar problemas más lejos.
Descubrí el lenguaje
y desde entonces no he dejado de chusmear.
Viví en cavernas.
En lofts sin divisiones
con calefacción a fogata central.
Erigí grandes imperios,
arquitecturas del exceso
diseñadas para durar
lo suficiente
como para dejar ruinas
con folleto explicativo
y visita guiada en tres idiomas.
Me organicé.
Ahí comenzó el desastre elegante.
Sancioné leyes para no matarnos demasiado rápido.
Redacté contratos tan extensos como los árboles del mundo
-amable sugerencia de mis abogadosy desarrollé técnicas
para matarnos mejor
y llamarlo orden.
Levanté templos,
palacios,
ministerios,
secretarías,
subsecretarías,
direcciones,
subdirecciones,
centros municipales,
y ejerciendo mi sabio intelecto
a cada edificio le asigné una palabra respetable.
Inventé el comercio
y logré convertir hasta el tiempo
en mercancía.
Los banqueros fueron lo único que no inventé.
Aparecieron solos, como la humedad.
Y detrás de ellos los “súper” empresarios,
convencidos de que el planeta era una start-up mal administrada.
Dije “mi patria”,
“mi fe”,
“mi verdad”,
como si el universo necesitara más propietarios.
Me declaré racional
mientras perseguía supersticiones con uniforme.
Proclamé derechos universales
y enseguida añadí letra chica.
Descubrí continentes
que ya estaban ahí.
Descubrí pueblos
que no necesitaban ser descubiertos.
Y llamé civilización
a la capacidad de imponer horarios.
Inventé máquinas para ahorrar esfuerzo
y ahora trabajo para ellas.
Parpadean,
dan el clima,
y me miran
con superioridad eléctrica.
He sobrevivido a guerras,
revoluciones,
modas intelectuales,
dietas milagrosas,
crisis económicas,
el exilio de los ancianos,
la exageración de lo cotidiano,
los efectos especiales,
la falta de velas,
la política internacional del más fuerte,
la quema de pasaportes
y las actualizaciones obligatorias.
He publicado tratados sobre la felicidad,
manuales ilustrados del éxito personal,
guías prácticas para optimizar el alma
con gráficos comparativos y testimonios verificados.
Se vendieron muy bien.
Reemplacé la poesía
por frases motivacionales
con tipografía amable.
Al final esto era el paraíso:
acceso ilimitado a información
y comprensión moderada.
Oradores profesionales
aplaudidos por especialistas en aplauso
en un estadio repleto
de convicciones reciclables.
Sigo caminando,
porque detenerme implicaría revisar la contabilidad moral
de los últimos milenios.
Yo, producto estrella de la evolución,
autor de sistemas filosóficos y contratos laborales,
declaro
que todavía estoy tratando
de entender
qué se supone que debía hacer
una vez que aprendí a ponerme de pie.