En el baño me crucé con un hombre alto, de espaldas anchas, que salía atropelladamente y con cara de enfado. Murmuró entre dientes algo que no entendí.
¿Qué decían? ¿Decían algo? No lo recuerdo. Sólo estaban expectantes. Sus rostros eran angulosos, lúgubres. El líder, a quien reconocí....
Mientras ella espera un amor para toda la vida, su esposo lo vive como una aventura fuera del país...
El nuevo milenio estremeció mi cuerpo, un ciclo de locura iniciaba: quería escribir. Escribir en un contexto plagado de rostros fantasmales, pálidos, famélicos, enfermos, que al leerme convulsionaban y gritaban, tatuándome el cuerpo, las entrañas, con indeseable, doloroso e infernal tatuaje blanco, y gritaban con odio y secreciones que salían de las comisuras de sus labios:
Tengo un amor nuevo y con él aprendí muchas cosas. Por ejemplo, los límites. Tantos años de ir a lo del psicoanalista para escucharlo repetir siempre: “Pero usted se tira a la pileta sin agua”. A mí esa frase me producía consternación.
¿Pueden subsistir los llamados millenials si no reciben un determinado número de me gusta en Facebook?
En el camino, le apretaba el culo mientras la estrujaba contra las persianas de la calle Chile, sus uñas dolían bonito cuando se incrustaban en mi espalda.
En el arte, como en política, cada decisión o creación va insinuando un sentido, unas influencias y un manejo personal o grupal de un tema; es decir: se evidencia la síntesis del grupo o de la persona en lo que se ha hecho.
Es una cruda trampa, y ha funcionado por mucho tiempo. Pero salir de la trampa requiere que la mujer tome cierta distancia crítica de aquel privilegio y aquella excelencia que significa la belleza.
Quienes admiramos a Eastwood esperamos que Cry Macho sea otro eslabón más en la prolífica vida del cineasta y no una esquela definitiva.