Narrativa

El ferrocarril del placer, un cuento de Eduardo Viladés

Cambié los barrotes de la celda por la habitación de un motel de carretera a las afueras de Barcelona, los hábitos por las medias de rejilla y el rictus amargo y seco que me había marcado desde la infancia por los surcos que genera la experiencia. Hace diez años abandoné el convento y me introduje en el negocio de la pornografía. Tomé la decisión gracias a Maribel, mi ángel de la guarda, un espíritu libre que me enseñó a amar la vida y mi profesión.

Todo empezó en un vagón de un tren expreso que hacía el recorrido Vigo-Barcelona.

—Aquí estamos, son sólo las once y media de la noche y este trasto va parando en todos los pueblos. Menudo coñazo, ¿no cree?

—Debería haber cogido usted el avión si tanto le molesta un recorrido en tren de estas características.

—La que tendría que haber pillado el avión es usted, que tiene pinta de manejar pasta. Habla como Gunila Von Bismark. ¿Es condesa o algo por el estilo?

—No, no ostento ningún título nobiliario, al menos de momento.

—Pues lo parece, así tan puesta, aunque viste en plan monja de clausura. No se debe de comer una rosca.

—Si yo le contase lo que he comido.

—Las hostias de la iglesia de su pueblo porque otra cosa lo dudo. Soy una maleducada y no me he presentado. Me llamo Maribel, encantada.

—Yo Samantha, lo mismo digo.

Maribel era prostituta y actriz porno. Sus padres regentaban un local de moral relajada en el kilómetro 32 de la EX-351 en Villanueva de la Serena (Badajoz), con lo que había mamado el negocio desde la infancia. Era una de las hurgamanderas más reputadas de Barcelona, en donde vivía desde hacía más de dos décadas, y sus películas se agotaban en los vídeo clubes nada más ponerse a la venta. Su edad era indefinida, podía pasar perfectamente por una mujer de 35 años con mala genética o por una señora de 58 con varias operaciones a sus espaldas.

—Suelo hacer más cine, pero de vez en cuando recibo en mi casa porque con el paso de los años tengo un prestigio y hay que mantener la fama. El boca a boca es muy importante en este negocio.

—Yo también ejerzo la prostitución, pero con un jefe único. Al menos usted va cambiando de usuarios.

—Estoy dada de sí, las cosas como son. Dígame, ¿se lo ha montado con mujeres?

—De momento, no. Ya le he dicho que puede decirse que soy una especie de prostituta de lujo con un chulo muy exigente. He vivido muchos años en un centro de numerarias de Vigo.

—¡Interesante! Siga. ¿Vivían en celdas? ¿Se duchaban todas juntas?

—Va demasiado deprisa.

—¡No sea rancia, cuénteme la carroña! A mí es que siempre me ha gustado mi trabajo, no entiendo por qué mucha gente lo critica, cuando es la cosa más normal del mundo, dar placer y recibirlo.

—Tiene usted toda la razón.

—Pues no se nota que haya pasado parte de su vida en un convento. No soy una entendida, pero me imagino a Isabel San Sebastián o Pilar Urbano, ya sabe, mujeres con caras de represión. Usted, en cambio, aunque no es Bo Derek, no tiene mal aspecto y ni mucho menos tiene ese rictus agrio y seco que tienen las vírgenes, que parece que acaban de pasar el escorbuto.

—En el fondo me ponía.

—¡Qué poca vergüenza! Me encanta.

—Por las mañanas, cuando nos levantábamos, nos daban algo líquido, estrategia que se repetía con el resto de comidas. Siempre había consomé, sopa, puré o crema de verduras.

—¡Bueno, al menos estaban sanas! Yo me alimento a base de Burger King, sólo que tengo buena genética y doy el pego, pero debo de estar podrida por dentro.

—Aprovechaban el líquido para echarnos bromuro. Nunca nos lo dijeron, como usted se puede figurar, pues iría contra la ley, pero todas notábamos algo extraño. A todo esto, creo que tengo un poco de bromuro en el bolso. ¿Le apetece un poco?

—¡Qué detalle! Prefiero un gin-tonic. Y dígame, ¿les dolía la tripa?

—Estábamos como hipnotizadas, con una apatía sexual enorme, como si nada nos importase.

—De ahí que en esas organizaciones estén todo el día rezando. Si es que el ser humano, por naturaleza, es salvaje. A no ser que se le drogue, como hacían con ustedes, el instinto carnal está ahí. Míreme a mí, me he drogado y me drogo, pero con mierda de puta madre que potencia ese carácter salvaje del que le hablo.

—Me parece muy pintoresco ese modo que tiene de hablar tan de extrarradio.

—No se crea, soy muy versátil, también puedo ejercer de catedrática si me lo piden.

—Hay que saber hablar con la portera de tu finca y con el profesor de Universidad, estoy de acuerdo.

—Y en el 90% de los casos la conversación con la portera será infinitamente más interesante.

—Sin duda. ¿Sabe que hace dos días me escapé del centro?

—Estarán buscándola, como en El fugitivo. ¿Y quiere empezar una nueva vida en Barcelona?

—Desde los ocho años he vivido en un centro especial para novicias. Me apartaron de mis padres cuando era una niña. Solamente me dejaban verles una vez al año, el día de Nochebuena.

—¿Pero eso es legal? Lo siento mucho por usted. El amor de los padres en la infancia y pubertad es esencial. Yo he sido una afortunada y siempre han estado a mi lado. De hecho, mi madre es mi musa. Mi estandarte y ejemplo a seguir.

—Mi madre es hija de Guardia Civil y mi padre ex Legionario de Cristo. Casi había más libertad en el centro de numerarias que en mi casa.

—¡Este país va de mal en peor! Hasta lo noto yo en el negocio. Cuando tengo que rodar con fachas o machistas lo paso fatal porque no me relajo.

—Hace un mes me mandaron a comprar lana e hilo al centro de la ciudad.

—¡Qué aventura! Seguro que estaría toda la noche sin dormir pensando en ello.

—Cosemos mucho, ¿sabe usted?

—No hay mal que por bien no venga. Con tanto bromuro y la mente anulada, al menos hacen algo.

—Luego le haré un jersey si me deja tomarle las medidas.

—¡Por descontado! Es usted maravillosa.

Conté a Maribel cómo huí del centro de numerarias. No era la primera vez que me dejaban salir de Sachsenhausen porque más o menos se fiaban de mí. Tenía buena conducta y siempre respondía a las preguntas que la madre superiora nos hacía a la hora de cenar. Las noches de insomnio eran perfectas para estudiar varios capítulos de golpe de la Epístola a los Efesios o las memorias de Teresa de Jesús. Además, mi padre mandaba generosas aportaciones económicas de vez en cuando a una cuenta ilegal que la organización tenía en Zúrich, con lo que el grado de confianza en mí se asentaba en firmes principios que tomaban como referencia la santidad. Llevaba mucho tiempo meditando la decisión. En el comedor o en la capilla me sentía extraña, mis compañeras no tenían nada que ver conmigo, sus caras ajadas y sin vida, su futuro escrito, su conversación pueril. Como mucho aspirarían a un par de semanas en la sede de la central en Guinea-Bissau despachando estampitas o arreglando los pespuntes de los cilicios que mandaban de Roma. Yo deseaba ir más allá, ¿qué sentido tenía hipotecar mi existencia por algo en lo que no creía? Quería empezar desde cero y sacar a la verdadera Samantha del fango en el que llevaba sumida tantos años. Ser hija, duele. Ser mujer, mucho más, sobre todo en ciertos ambientes represivos marcados por el machismo y el odio. El cuarto mandamiento (honrarás a tu padre y a tu madre) me había jodido la vida y yo me había dejado. Pero a veces, sin darte cuenta, alguien aparece en tu camino para ponerlo patas arriba, un revulsivo que te hace despertar de la pesadilla. Una vez leí que una pesadilla es un sueño que ha envejecido mal. En ese sentido, yo era una anciana.

—Cogí la Avenida del Cuerpo Celestial.

—¡Qué locura de nombre!

—Sí, me encanta. Después, continué por la calle del Buen Perdón.

—No sabía yo que Vigo fuese una ciudad tan casta. Todo mentira, que yo me he tirado a media Galicia y hay mucho vicio. ¡Lo tapan poniendo a las calles esos nombres!

—Pero ese día algo en mi interior me dijo que tomase otra dirección.

—¡El bromuro, sin duda! Tendría el estómago y el coño como una lavadora, dando vueltas sin parar.

—Cambié de ruta y me adentré en el casco antiguo. Rodeando la parte vieja de la ciudad se llegaba al establecimiento en donde solía comprar la lana y los hilos.

—¡Qué transgresora!

—De repente la vi.

—¿A quién?

—¡A usted, alma de Dios! Era un local de alterne al lado de la catedral que animaba a los viandantes a entrar, estilo Ámsterdam, con dos pantallas enormes de televisión en las que proyectaban una película pornográfica.

—¡Qué escándalo! Si ya le digo yo que el porno abre más puertas que Hollywood.

—Usted aparecía sentada encima de un hombre rubio de mediana edad.

—¿Buen rabo?

—Tampoco sabría decirle, no soy una entendida.

—¿Un lunar en el testículo izquierdo?

—Sí, me llamó la atención.

—¡Ese es Dimitri, ruso, me encanta trabajar con él!

—Se notaba que estaban pasándolo bien.

—No puedo decirle de qué película se trata si no me da más detalles. He rodado muchas con él, aunque generalmente las ambientamos en el mundo árabe. A la gente le pone ver a un rubio follándose a una bailarina de la danza de los siete velos y vestido a lo Osama Bin Laden. Es lo máximo. La última que rodé con Dimitri fue Penetrando Samarkanda. Ganamos tres Grammys porno.

—Me quedé petrificada en el escaparate.

—No me extraña. Acostumbrada a tejer jerséis con el logo del Vaticano, ver el manubrio de Dimitri es un antes y un después.

—Fue como un volver a la vida.

—No sea cursi. Es normal. Hasta yo lo flipo cuando ruedo con él.

—Me agarré a una pequeña verja que había al lado del escaparate.

—¡Qué ideal, momento carcelario! Siga.

—Noté una excitación como nunca antes había sentido, me dolía la entrepierna.

—¡Más le dolería si Dimitri la empalase! Perdone, siga, que me dejo llevar.

—La gente que pasaba no dejaba de mirarme, incluso un grupo de estudiantes de secundaria, de unos 13 años, se colocaron detrás de mí y empezaron a murmurar palabras malsonantes que hacían que mi excitación fuese a más.

—Si hasta yo me estoy poniendo. Mire, ya me he empitonado. ¡Cuánto vicio hay en Vigo! Y nosotras aquí, qué desperdicio.

—Dimitri le sujetaba las nalgas como si estuviese amasando hojaldre.

—¡Menudo hojaldre que amasa el muy jodío!

—Su pelo caía por la espalda, moviéndose de lado a lado en cada embestida de Dimitri. De repente, la llenó de elixir de vida.

—Que se corre, vaya. Menudo es Dimitri. ¡Si es que Rusia ha dado más que ha quitado, yo siempre lo he dicho!

—La escena era la última de la película y…

—Ah, pues entonces no es Penetrando Samarkanda porque esa termina en un harén. Debe de ser Estambul conection.

—Cuando salieron los títulos de crédito apareció su nombre, Maribel Gutiérrez.

—¡Esa soy yo!

—Esos diez minutos en plena calle, con el chirimiri mojándome la cara, me hicieron caer en la cuenta de que quería vivir.

—¡Ay, Samantha, qué cosa más bonita! Mi madre siempre me decía cuando era pequeña que llegaría lejos, que ayudaría a los demás con mi profesión. ¿Ve? Tenía razón.

—Estaba convulsa, no sabía qué pensar, empecé a vagar por las calles hasta que llegué a la tienda de lanas y al cabo de las dos horas volví al centro.

—Pero el mal ya estaba hecho, como si lo viese. Mis pelis marcan, se lo digo yo.

—Esa misma noche nos tocaba ducharnos en el pabellón 6.

—¿Pabellón 6? ¿Se da cuenta? Rollo carcelario. A las monjas os pone mucho la movida de las rejas y las verjas, ¿verdad?

—Sí, supongo que desde Santa Teresa hemos avanzado poco.

—Sin duda. Bueno, siga.

—Me hizo enloquecer ver a todas mis compañeras desnudas, enjabonándose las unas a las otras, dejando que un hilillo de agua cayese desde la nuca hasta sus nalgas y desde sus pechos turgentes hasta su sexo, que atrapaba el agua como una grieta en el asfalto un día de lluvia.

—¿Cómo una grieta en el asfalto? No hace falta que imite a Corín Tellado para decir que estaba más salida que el pico de una plancha. Es normal, que conste, ya le digo que mis pelis son muy buenas. De todos modos, mucho bromuro, mucho Ratzinger y mucha porquería, pero son todas unas guarras en esos centros.

—Guarras no, sociables.

—Si es que tanta represión no puede ser buena y después explota por donde menos te lo esperas. Es como una olla exprés.

Pasamos el resto del viaje hablando de la vida. Yo iba a una clínica de desintoxicación de sectas que se acababa de abrir en Barcelona. Era un centro que curaba desviaciones de la conducta. Sus principales clientes eran políticos conservadores, periodistas de Trece TV y ex numerarios. Quería resurgir, convertirme en una versión mejorada de Samantha pero, para ello, necesitaba eliminar las costras que me recubrían.

—¡Usted no está desviada! Lo que pasa es que le han metido mucha mierda y muchas historias baratas durante los últimos años, no diga chorradas.

—Ver su película en plena calle me marcó. Cuando hace tres días me enteré, gracias a una publicación, de que dejaba Galicia e iba a Barcelona me prometí a mí misma que le daría las gracias por lo que había hecho por mí.

—¿Una publicación? Debe de ser Vigo X. No está mal, pero son un poco cotillas e informan de todo lo que hacemos las actrices del porno. Estoy por demandarles.

—Robé tres mil euros de la sacristía y llamé a la clínica para reservar plaza.

—Samantha, me has encontrado y me encanta que lo hayas hecho. ¿Puedo tutearte?

—A estas alturas…

—Pero ni en sueños voy a permitir que te recluyas en esa clínica. ¿Estabas harta de que te diesen bromuro a todas horas? ¿Qué te crees que te darán allí? ¡El doble!

—No me entiendo a mí misma.

—Te vienes a mi casa y te quedas el tiempo que sea necesario. ¡Y deja ya de llorar y hacer teatro, anda, que tienes mucho que aprender y mucho por vivir!

Esa misma noche, antes de llegar a Barcelona, empecé a conocer los pormenores de la vida trabajándome al revisor del tren. Maribel insistió en no perder el tiempo y llegar a la ciudad condal con una ligera idea del negocio. Era muy profesional.

Han pasado diez años desde entonces y sigo emocionándome cuando recuerdo aquel viaje en tren desde Galicia. El mundo del clero me abrió muchas puertas, tanto desde el punto de vista psicológico, pues el vicio es algo inherente a ese sector, como desde el práctico, ya que en el negocio del porno vendía mucho mi imagen de Lolita. Pero la mayor puerta me la abrió Maribel. Murió hace unos años al caerle una teja encima cuando salía de un after, pero me dejó su cartera de clientes y sus manuales de placer, escritos por ella misma tras años de experiencias en medio mundo. Aunque con el tiempo la superé en las dotes amatorias e incluso los productores me contrataban a mí antes que ella, Maribel siempre será mi mentora y mi ángel de la guarda.

Brindo por la libertad sexual que ella me inculcó.

Por el fin de los fanatismos y el androcentrismo.

Por hacer con nuestro cuerpo lo que deseemos.

Por el poder de la mujer.

No pongo aquí mis datos personales porque tengo un caché, aunque podéis llamar a mi representante en caso de que os interese. Me da igual carne que pescado, me gustan las personas, no las etiqueto. En cuanto al precio no os preocupéis. Como solía decir Maribel, “todo es hablarlo” y ahora con la crisis entiendo que las tarifas tienen que adaptarse a las circunstancias.

Se me olvidaba, dedico esta historia a mi padre, el adorable Legionario de Cristo que me educó y me recluyó en la cárcel gallega, que me enterró en vida, una persona siempre dispuesta a compartir conmigo sus ideales de amor, igualdad y belleza.

Supongo que se masturbará con mis películas y después obligará a mi madre a bailar desnuda con las bragas de la vecina, robadas del tendedero del patio de luces. Lo hará el sábado por la noche, con las ventanas bien bajadas, la luz en penumbra y música sacra de fondo para llenarse de historias que compartir el domingo en la misa de doce con el resto de feligreses.

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