Narrativa

Los grises ojos del pistolero, un cuento de Rodolfo Lara Mendoza

Es poco lo que conservo de mi padre. Si intento ir hacia atrás en el recuerdo, sólo consigo llegar hasta ese día de playa en que mi hermana y yo, desde la arena, lo vimos alejarse entre las olas. Se zambulló justo antes de que una ola lo alcanzara y no apareció más. La brisa soplaba sin pausa. Había estado soplando así desde que nos bajamos del bus y sólo hasta entonces pude darme cuenta. Me había mantenido demasiado ocupado jugando con la arena como para notar su insistencia, así que aquella brisa de dedos fríos aprovechó la ausencia de mi padre para poner su mano en mi espalda y hacerme estremecer. Pero seguí allí, de pie, con mi hermana, esperando a que nuestro viejo surgiera de una buena vez de entre las olas. Quería volver a ser feliz entre la arena, pero ya me temía lo peor. Y lo peor era que ni siquiera sabía qué podía ser lo peor, ¿acaso tanto azul, tanta lejanía?

Los minutos pasaban. El mar y el cielo se oscurecieron y empezó a tronar. El primer trueno estalló sobre nosotros y su eco se multiplicó a lo lejos, como si arrojaran por un precipicio una gran campana. Con la segunda tronada comenzó a llover y los dos, desamparados, sólo atinamos a correr hacia la tienda en la que, al llegar, papá nos había comprado de beber. Escapamos de la lluvia como de un asesino que fuera a cobrarnos el haber estrechado durante todo el día vínculos con el sol.

Tomados de mano cruzamos la avenida que separa las casas del mar y entramos a la tienda, llorando. El tendero nos recibió con agrado. Parecía un buen hombre y de un momento a otro lo era: nos brindó galletas de sal con salchichitas de lata y gaseosa. También nos dijo que nuestro padre estaba bien, y dio muestras de conocerlo de siempre, diciendo que no nos preocupáramos, que por algo le apodaban el Tiburón de Marbella.

Y es que mi papá sí sabía nadar. Era un hombre de estatura mediana, con músculos definidos y venas como serpientes en los brazos. Alguna vez, a la entrada del estadio de béisbol, alguien lo confundió con el boxeador venezolano Antonio Esparragoza.

Mucho antes de la lluvia, había estado sonando en la playa una canción. La misma que papá venía silbando cuando entró de nuevo a la tienda, de vuelta de su extravío. Había pasado el terror inicial y lo mismo que la lluvia el llanto había amainado, pero había calles en el corazón que tardarían en secarse.

En una de esas calles veo llorar a mi madre. Es un recuerdo algunos años menor que el de la playa, pero dibujado también con tinta indeleble. Mamá está de pie, junto a la ventana, planchando una camisa, y ha dejado la plancha sobre aquella prenda que, en mi recuerdo, años después, sigue sin quemarse: ¡Es increíble la pericia de mamá! Mi padre, que ha llegado ebrio a casa, está diciéndole que le robaron la quincena otra vez. Lo triste de ese episodio no es el dinero perdido, sino la excusa estúpida de mi viejo. Más que estúpida es teatral: un borracho diciéndoles a su mujer y a sus hijos que esa quincena no comerán bien. Eso a ella la ha afectado bastante. Tanto que ni siquiera en mi siguiente recuerdo, de unos años más acá, consigue alegrarse oyéndolo tocar. Es de noche y él está con su batería y su orquesta en el solar contiguo a la casa, ese solar en el que años después construiríamos un baño y dos habitaciones. Tocan una canción llamada El lobo, y es raro porque no puedo verlo, sólo escuchó su voz, esa nasalidad que puede palparse con los dedos. Luego tocan Arbolito lindo de Navidad. No sé si es diciembre, pero por esa canción he creído siempre que aquel episodio tuvo lugar en una fecha así.

También en un diciembre dejamos nuestro hogar. Tal vez fue en enero, no importa; el año para algunos no es más que un largo diciembre, un inmenso y vacío domingo al cual le damos distintos nombres para consolarnos. Mi madre había conocido a otro hombre y ya no aguantaba. No tuve que hacer ningún esfuerzo para comprenderla: Ato era tan brujo como ella que hacía aparecer panes de dulce y vasos de leche en su mano. Un tipo de brazos fuertes, tatuados, nariz grande y cabello peinado hacia atrás. En la boca tenía siempre un cigarro, una sonrisa, como los pistoleros de las novelas de Silver Kane que el esposo de mi tía, años después, iría a enseñarme: todos de ojos grises, acerados. Todos de cuerpo enjuto (no empleaban la palabra flaco para describirlos), de manos finas y ánimo nervioso. Casi siempre provenientes de un fracaso. Verdaderos mártires de un mundo en contra.

Ato era hijo de un inmigrante sirio-libanés asentado en un pueblo del Sinú. Había sido marinero y dado vueltas por el globo hasta atracar en nuestro barrio. Contaba que en el río Bugre, en tiempo de subienda, se pescaban bocachicos con la mano, y que una vez en Ciénaga de Oro había cogido tantos, que le ofreció una docena a una vendedora de fritos a cambio de una empanada y ante la negativa de la mujer, y el hambre creciente, tuvo que comer pescado crudo por el camino de vuelta a casa. Lo dicho, era un pistolero, aun cuando no tuviera los ojos grises ni hubiera matado a nadie.

Yo en cambio sí he tenido ganas de hacerlo. He querido matar un recuerdo. El de la noche en que dejamos nuestro hogar. Mi padre, ebrio de nuevo, arrojó la ropa de mi madre a la calle. Lo hizo con tal determinación que, por muchos años, a pesar de ella tenerla guardada ya en un escaparate, la seguí viendo tirada en el frente de la casa. Nos fuimos a pagar el arriendo a otra parte. Al año siguiente cambiamos de barrio y nos metimos a vivir a un garaje. Corría el año de 1984, hacía quinto de primaria, veía jugar Pacman por las tardes en un local de maquinitas que habían abierto al lado y en todas las materias me iba mal. Fue un año amargo en el que alguna vez los profesores preguntaron por el oficio de mis padres y no supe responder.

Una mañana de mayo un compañero me dijo que habían matado a mi padre. Sentí que el mundo se me derrumbaba. Iba en un Mercedes blanco, acotó. Salió anoche en las noticias, lo mataron en Bogotá. Yo estaba paralizado. ¿En Bogotá?, pregunté, casi sin voz. Sí, en Bogotá. Tu papá se llamaba Rodrigo Lara, ¿verdad?, y a continuación se echó a reír. Entonces hice un descubrimiento. A veces pienso que fue mi primera intuición profunda en la niñez. Ahora todo se me revuelve, pero creo que había leído entonces una edición ilustrada de La Ilíada y recitado de memoria en el colegio un poema de Barba Jacob. Todo eso influyó en mi reflexión. No conocía al hombre del cual me hablaban, a pesar de llevar su apellido, y tal vez nunca habría sabido de él, de no ser por su asesinato. También la muerte da a conocer a los hombres, me dije, y crea lazos que muchas veces la vida por sí sola no alcanza a anudar. Rodrigo Lara era mi tío, mentí con seriedad, un héroe como pocos en este país. El chico dejo de reírse y empezó a mirarme con respeto.

Una tarde cualquiera volví a ver a mi viejo. Yo estaba de visita en mi antigua cuadra y él había regresado de peregrinar por Dios sabe dónde. Como siempre, era diciembre. Yo acababa de pintar un Santa Claus en el concreto de la calle y mi papá quería entregarme un regalo. Sin mediar palabra le di la espalda y me fui con Ato. Ahora me pregunto qué sintió mi padre, aquel hombre de cuyas manos sólo salían arpegios, notas musicales. Me entristece imaginarlo ofreciéndome un Mi agudo para luego devolverse, tras mi negativa a aceptarlo, con las manos goteándole silencios.

Hoy, por circunstancias de la vida, pienso en ellos dos, pienso en los años, en cómo se acumulan sordamente en las almas de los hombres, en sus cuerpos, capa tras capa hasta encorvarlos. Imagino al primero en su niñez estrecha, sacándole sonidos a la tabla de una mesa o memorizando en silencio las notas de un piano, para años después tratar de recordarlas, ebrio, sobre un teclado dibujado a tiza en el borde de una acera. Imagino al segundo en la cumbre de su adolescencia, fumando a solas, peleado con el mundo a pesar de la sonrisa, desenfundando en su imaginación dos pesados revólveres, en un oscuro duelo contra el tedio.

Alguna razón tuvo la vida para juntarnos, para hacernos coincidir en medio de las tensiones de ese encuentro, en medio de las risas y el llanto. Ya no me pregunto por qué tomaba tanto el primero, ahora que también yo lo hago y reconozco que hay caminos en los que no conviene andar sobrio. Ya no me pregunto por qué fumaba tanto el segundo, ahora que mato las horas viendo serpientes de humo ascender hasta el cielo raso de mi cuarto. Teníamos el mundo en contra. Yo lo sigo teniendo. A los tres nos faltaron los grises ojos del pistolero.

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