Narrativa

Un lance en el claroscuro, un cuento de Ernesto Taborda

La noche en que Iron Man caminaba por la acera, acompañado de su mujer, sería la peor de todas. La mujer le recriminaba cosas: lo sola que la había dejado, las temporadas tristes que tuvo que pasar, mientras él, enfundado en su traje de superhéroe, se daba la gran vida, ganando dinero a costas de sus encantos de divo de la televisión y el cine.

Iron Man, 1,85 de estatura, trató de pasar uno de sus robustos brazos por la cintura de aquella mujer menuda, pero ella lo rechazó.

No era para menos. Aquellos días que la mujer le recriminaba, habían sido de glorias económicas para el héroe consentido del universo cinematográfico de Marvel, y no exactamente porque la franquicia le pagara montones de dólares. No. Aquellos eran recursos extras que por su estampa de personaje súper poderoso llegaban a sus arcas.

Pero todo lo gastó. Reconoció ante la mujer, mientras daba un traspié, que había sido un despilfarrador empedernido y le prometió organizarse. Entonces trató de besarla. La atrajo con sus manos fuertes e intentó levantarla. La mujer, iracunda, le gritó que no, con un manotazo que rozó la nariz al superhéroe. Aquella mujer pequeña, pero energúmena, se zafó de sus brazos destilando odio.

Iron Man estaba confundido. La miraba con ojos de niño y empezaba a preocuparse. No lograba calmarla ni convencerla, como tantas veces lo había hecho, prometiéndole que no le volvería a fallar.

Seguían caminando. La perorata de una mujer dolida es algo de sumo cuidado y que quizá los expertos deban estudiar en detalle: los giros que son capaces de dar, las gesticulaciones acompañadas de dolor, pero también de rabia, todo ello es un conjunto de cosas que el histrionismo debe documentar como un capítulo especial del arte. La mujer de Iron Man así lo hacía.

-¿Tienes idea de todo lo que me has hecho? ¿Tienes memoria, tienes memoria? ¡Mentecato! Pero no, ¡ya no más!- decía ella dándole algunos puñetazos en los pectorales.

Iron Man sólo podía alisar su traje cada vez que la chica lo arrugaba a manotazos. El vestido era nuevo, lo obtuvo para la Navidad. Con un diseño de acuerdo a la última temporada de la serie, o ¿de la película de cine en cartelera? Ya no lo recordaba. Un héroe genuino, como él, tenía la cabeza tan ocupada que ya no recordaba aquellas nimiedades o detalles que habían cambiado en su indumentaria.

Fue entonces cuando más adelante descubrieron, alzándose descomunal, la silueta de Batman, el héroe de DC Comics, el consentido de la otra franquicia; el némesis de Iron. En el claroscuro del bulevar, las dos puntiagudas orejas y la capa movida por la brisa leve le imprimían ese aire imponente al murciélago más famoso del cine.

-Hola Batman!

-Hola, Iron, ¿Estabas trabajando aún? ¿A cuántos bandidos capturaste hoy?- bromeó el hombre de la capa negra, mientras un parte de ésta ondeaba en aquella noche fría.

-¿Y qué haces ahí parado?- preguntó Iron Man

– Sólo esperaba…

-¿A alguien en especial? Uhm, quizás a Robin. No alimentes la calumnia de la prensa rosa…- bromeó el héroe de Marvel.

Batman dirigió sus ojos oscuros, a través de los hoyuelos de la media mascara, hacia la menuda mujer que acompañaba a Iron.

-¿No le has dicho nada?

Ella quedó petrificada. Ya no era la mujer altiva y agresiva de enérgicos puños.

Iron, quien estaba también confundido, le preguntó a su mujer:

-¿No me has dicho… qué cosa?

Paralizada, la mujer explotó en llanto y Iron trató de abrazarla, pero la descomunal figura de su némesis se interpuso.

Batman fue, en cambio, quien la abrazó.

-Ven acá pequeña, este insecto no va más contigo…

Si a Iron le habían dado muchos puñetazos en su vida, aquel era el más contundente, un aguijón lacerante en su hombría.

-¿Qué es lo que dices cretino chupa sangre?- le dijo el hombre de hierro al murciélago.

-Debes calmarte, holgazán, ella ya no te quiere. Yo en cambio la amo.

Batman ahora tenía a la mujer bajo su capa. A su lado.

Iron sentía dolor y rabia viajando desde su estómago hacia el cerebro, una mezcla psicosomática que no sabía cómo manejar. Sintió vértigo.

Entonces se abalanzó sobre el encapotado para arrancarle a su mujer. Este lo toreó y Iron Man cayó contra un árbol detrás de su oponente. Poco a poco la gente empezó a salir de todos los lugares contiguos hasta el claroscuro del bulevar.

De no ser por el casco rojo pegado a su máscara dorada que llevaba levantada, el golpe con el árbol hubiera sido mortal. Mareado, Iron se levantó yendo nuevamente contra Batman lanzando puñetazos a diestra y siniestra. Este los iba esquivando. Inlcuso logró agarrar uno de esos puños en el aire. La chica ya se había salido del regazo de Batman y trataba de impedir la pelea. El forcejo siguió. Patadas, puños, llaves de sumo. El acalorado enfrentamiento atrajo a más curiosos. Unos niños parecían disfrutarlo a juzgar por sus rostros que denotaban admiración en cada movimiento de la escena. Fue entonces cuando una voz conocida para ambos salió de entre los curiosos que ya se aglomeraban y empezaban a genera caos vehicular en el sector.

-Hey muchachos, ¿qué les pasa? Basta, basta!

Era un saltimbanqui que ambos conocían.

Con un atuendo verde y un sombrero de puntas que terminaba en bolitas, como el de todo saltimbanqui, claro, aquel sujeto menudo entró a tratar frenar el lance.

Iron logró asestar un puño en la mandíbula de Batman y el murciélago cayó, con todo su peso sobre la acera. Pero lo asimiló rápido porque se puso de pie y respondió con una patada giratoria en el pecho de Iron Man, quien cayó de nuevo, perdiendo el conocimiento.

El saltimbanqui corrió a despertarlo con pequeñas cachetadas. Pero Batman estaba dispuesto a aniquilarlo y sacó una navaja (¿Batman con una navaja? Sí, tenía una navaja en su cinturón) e iba a hundirla en la humanidad del héroe rojo que yacía tendido en la acera.

Pero una mano gigante lo detuvo en el intento. Era la mano fuerte del increíble Hulk, que salió de entre la multitud.

-No lo hagas!- le dijo el hombre verde a Batman.

-Vete de aquí, le has dado golpes muy fuertes a este tipo esta noche- sentenció Hulk.

Batman, con el traje algo rasgado, tomó de la mano a la mujer que lloraba y que no quería irse, y se la llevó prácticamente a rastras.

Entre tanto Iron empezaba a despertar y a ver poco a poco con claridad las caras de sus dos amigos.

-¿Dónde estoy?

-Todo bien, amigo. Ha sido un muy mal día para ti: perdiste a tu mujer, se te ha arruinado tu traje con el que trabajas en la plaza y con el que te ha ido muy bien, pero hoy lo que has recogido son golpes y tribulaciones.

Hulk lo levantó. Un grupo de monedas cayeron al suelo y varios niños se apresuraron a recogerlas.

-Está bien, olvídalo todo, vamos llevémoslo a la cantina por unas cervezas.

El hombre verde, sin su máscara, y el saltimbanqui, sin su sombrero, tomaron por un lado y por el otro a aquel Iron Man que cojeaba. Pararon un taxi. El auto con los tres artistas de la calle se perdió en la noche oscura. A lo lejos, una mujer caminaba de la mano de un hombre enfundado en un disfraz de Batman con una luna gigante como portarretrato.

Fotografía: Mocah.org
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