Narrativa

El rostro de la evidencia, un cuento de Jaime Arturo Martínez Salgado

… empiezo a contarle, entonces, el motivo de esta visita inesperada… ah, gracias por atenderme en su despacho, Dr. Hideen, sé que está muy ocupado, este cargo suyo de Juez del Circuito demanda mucho esfuerzo y tiempo, sobre todo.

Ah, y gracias por el café… recordará usted que hoy, hace once años, dos meses y siete días hubo un crimen en el interior del supermercado… esa mañana del Día de Reyes el postigo del portón del negocio amaneció abierto y todo estaba en silencio.

Para la época yo ya ejercía como jefe de la policía y los vecinos fueron a buscarme porque habían encontrado, en el cuarto trasero, el cuerpo de la dueña de la tienda: la señora Stella. Ésta compartía el dormitorio con su pequeño hijo.

Éste, al parecer presenció el crimen y yo no olvidaré nunca su cara de muerto en vida… a partir de ahí no volvió a hablar… a ella la habían estrangulado y estaba desnuda a un lado de la cama.

Recuerdo también que el doctor Paz le practicó la autopsia y encontró que tenía un embarazo de siete semanas… Un año y medio después fue enjuiciado por este crimen un joven muchacho de la región de Guamas, que era empleado de la señora.

Él siempre se declaró inocente, sin embargo lo condenaron por ser el único que tenía acceso a la habitación y, además, todo el mundo murmuraba que entre los dos debía de haber algo, pues en las madrugadas veían salir una sombra por el postigo.

Usted debe recordar muy bien todo esto, pues vivía todavía con sus padres, en la parte alta de la misma casa y había llegado hacía pocos meses, graduado de abogado… ah, pero el problema fue el niño… Ray es su nombre. No encontrábamos a quien dejárselo… el padre era un dominicano que pasó por aquí como entrenador de boxeo y que al enterarse que la señora Stella estaba encinta… se perdió de por aquí.

A mí me tocó buscar un sitio para dejar el niño y las hermanitas salesianas fueron las únicas que quisieron hacerse cargo de él… Como le dije al principio, el niño no volvió a hablar y quedó como atarantado, con las monjas estuvo algunos años, pero luego se lanzó a la calle y se quedó a vivir por el malecón de los turistas, allí se dio a conocer porque dibujaba y pintaba, con gran maestría, carteles para promocionar eventos musicales o rebajas de almacenes, rostros de turistas.

Es casi seguro, señor juez, que usted conoce todos estos hechos… pero, el motivo de esta visita es que Ray me entregó esta mañana un pliego de papel con un dibujo… y vengo a mostrárselo.

Allí está impresa la escena del crimen. Mire el rostro del hombre que aprieta el cuello de la señora… ¡Es el suyo, señor juez!

Fotografía: YouTube
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Francisco PInzón Bedoya
10 months ago

Un cuento que cierra y sorprende. Gracias Jaime

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