Narrativa

La pequeña resistencia, un cuento de Karen Vizcarra

Me había sentido útil en la historia de la humanidad. Alguna vez escuché a un joven decir que la única forma de no quedarse solo y nunca pasar hambre era no ser aburrido, ser útil. Entretener era mi negocio y de utilitario mi puesto. Eso ya no importa. Hoy será la última noche de apertura hasta quién sabe cuándo. Quiero quedarme encerrado hasta mañana para así convertirme en basura, pasar hambre, estar solo.

Ya sé, ya sé, pareciera que mi personalidad tiende al drama y que bien pudiera ser un cello o las teclas graves de un piano. En realidad soy el único al que más o menos puede imitar la boca humana. Mantengo la línea entre el sonido de la “t” y la “s”. Soy el platillo. Estoy hecho de latón puro y muchos de mi clase dicen que soy huérfano por falta de aleación. Yo digo que tienen razón. Muy en el centro creo que lo que realmente me ha sostenido firme ha sido la mano que agarra la baqueta. Suficiente sobre mí. Mi entrada dramática sirve para contar lo que realmente es digno de compartir. La ficción histórica y verdadera. Hoy cierran las puertas del salón de baile​ Savoy y los siguientes tres datos darán una idea de lo que significa el lugar:

1. Abrió sus puertas sobre la avenida Lenox en Harlem, Nueva York, en 1926, durante el llamado Renacimiento de Harlem.
2. Fue el primer establecimiento de entretenimiento en donde se admitían a negros y blancos. Bailaban entre ellos sin importarles las leyes de segregación. Aquí no existía el “separados pero iguales”, sino el sudados y pegados.
3. Las bandas de jazz más importantes compitieron aquí.

Cómo adjetivar la importancia del lugar para ilustrar la magnitud de su relevancia. Las cifras y las fechas no sirven si no hay un comparativo para dimensionar. Regresando a mí, que en cinco minutos empiezo el final, la pérdida más grande que tendrá este lugar, más allá de mis gramos de latón será la resistencia. La pequeña resistencia que se creaba en la pista. Mano negra y mano blanca, sexo indistinto. Bailes que terminaban en camas de extraños con la música incolora como promotora del acercamiento. Es más, que me tiren de una vez, que de tanto recordar nunca voy a estar solo, y hambre nunca tuve.

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