Narrativa

Ojos color fuego, un cuento de Ramiro Rodríguez

El diecisiete de octubre fue el último día de Rafael. Cansado de estar pensando las mil posibilidades que planteaba su desesperada mente ante una duda, exhausto de cargar en su espalda problemas propios y de cierta manera ajenos, con sus manos llenas de problemas que otras personas le habían obsequiado. Suplicando un final rápido, aunque no llegase a tener paz y terminara en el infierno, para al menos saber que está donde merece, o cree merecer.

Por si de algo servía una buena acción, por la posibilidad remota que un último acto de bondad le ofreciera el perdón del cielo, del destino, de la vida, buscando redimirse de alguna u otra manera. Eso decía para sí mismo, pero tenía claro que sólo buscaba hacer algún acto benevolente con la pequeña ilusión de lograr verse con otros ojos, poder ver su rostro en el espejo y decir: “después de tanto, al final fuiste algo bueno.”

Encontró un sitio web clandestino donde algunas personas a punto de suicidarse o desahuciadas firmaban un contrato para que realizaran experimentos con ellas durante el poco tiempo que les quedara de vida, o hasta, al fin, matarlos. Para muchos era una oferta muy tentativa, ¿quién no querría irse dejando algo bueno en el mundo? Sin embargo, Rafael sabía que lo que le motivaba, no era más que mero egoísmo, del más puro. Él sólo quería sentir la satisfacción personal de haber hecho algo justo, anhelaba poder reconocerse como una buena persona y ofrecer su cuerpo como objeto de experimentos sin límite alguno hasta acabar con su vida era, según su retorcida mente; la única forma de expiar su pecado, el peor de todos según Dante: la traición.

Nunca supo qué habían estado experimentando con él los últimos cinco meses, tampoco le interesaba saber. Entre exámenes sanguíneos, extracciones de médula, pruebas de cicatrización, inyecciones y muchos procedimientos de los cuales desconocía el nombre, una satisfacción ya lo estaba haciendo sonreír de vez en cuando. «Tengo el castigo que merezco». Pero este día, sería el último.

Esta vez los artilugios eran totalmente desconocidos para Rafael. Ni uno solo de ellos parecía familiar. En cambio todos podrían ser estelares en una película de tortura. Supo en ese instante que el día había llegado, al fin sabría si tuvo su absolución o si le esperaba el infierno, para el cual ya estaba bastante preparado. Las horas se derritieron con la calma de un velón en una iglesia, y sin saber cuántas habían pasado, con la vista nublada y un mareo insoportable, pudo ver cómo a su alrededor tres “médicos” asentían entre ellos y finalmente se acercaron a él. Sintió un golpe seco en el costado derecho del torso y el olor a sangre inundó la sala mientras lentamente se fue desvaneciendo su vida. «Perdón a todos a quienes dañé, ya no los volveré a destruir»

Rafael murió el diecisiete de octubre a las ocho y treinta y cinco de la noche. Mientras, sus verdugos se miraban entre ellos, expectantes de algún suceso, la pregunta era ¿cuál? Al cabo de una hora, mirando fijamente el cadáver, volvieron a mirarse. Uno de ellos tocó el cuello del cuerpo frío y sin vida de Rafael, y volteó a mirar a sus colegas negando con la cabeza. Bajó la mirada unos segundos y, como si ya fuese común entre ellos, recogieron el difunto y lo llevaron a la morgue.

Diecinueve horas después, el cuerpo había sido arrojado a las aguas de un sucio caño que pasaba cerca de las instalaciones, tenía una herida en el torso y cero huellas digitales, bien podría haber sido víctima de una pelea callejera y como Rafael había estado desaparecido los últimos meses no les preocupó que causara revuelo, al final ya era una práctica de cada día. En últimas, no eran más que ratas de laboratorio, sacos de carne sin alma que buscaban desesperadamente alguna manera de sentir que estaban contribuyendo algo al mundo, un don nadie más que cumplió el objetivo final por el cual se contactaban con la organización: morir. 

El dieciocho de octubre a las cuatro y quince minutos de la tarde, Rafael volvió a la vida. Perplejo y sin saber cómo diablos estaba vivo. Miró a su alrededor, se levantó y revisó su torso, una cicatriz. No lo había soñado, había muerto desangrado en la mesa de aquella extraña sala de operaciones. Lo único que podía darle fe de aquel hecho era aquella cicatriz. Incrédulo aún, se tanteó las manos, las piernas, el cuello, la cabeza. Verificó cada parte de su cuerpo, se pellizcó, se mordió. Se sentía incluso más vivo que antes. No recordaba nada sobre el tiempo anterior de la noche pasada. Borrón y cuenta nueva se podría decir. ¿Cómo empieza en el mundo alguien que acababa de morir?

El miedo se apoderó de cada una de las extremidades de Rafael y empezó a correr, a huir. «¿De qué estoy huyendo?» entró en un edificio que estaba a unas cuantas cuadras del caño donde renació. Subió hasta el último piso y luego salió a la azotea agitado. Desconcertado, se inclinó sobre la baranda y miró hacia abajo. Como pudo se montó en ella y luego de dar un fuerte suspiro saltó. «Yo debería estar muerto»

Se estrelló contra el pavimento y el fuerte sonido hizo que todas las personas en un radio de veinte metros giraran la mirada hacia el cuerpo estampado contra el suelo. El resultado fue abrumador. Entre las miradas de incredulidad, miedo y temor Rafael, él se levantó sin rasguño alguno. «¿Qué me hicieron?». Las personas de inmediato sacaron sus teléfonos para grabar el acontecimiento. Él rápidamente se cubrió el rostro y corrió.

Resignado ante la idea que había descubierto semanas atrás, Rafael encontró la manera de sobrevivir. Consiguió un trabajo sencillo y poco a poco se armó una vida, asegurándose siempre de que nadie le tomara ninguna foto, de jamás dejar a las personas entrar en su vida, o conocerlo. No crear historias o recuerdos con otros humanos que pudieran contar a los demás y se regaran por el mundo. Existía una persona inmortal. Si bien era algo paranoico, hacía bien en mantenerse oculto.

Los meses pasaron y todo trascurría de manera normal, claro, teniendo en cuenta que es la vida de alguien inmortal. Solitario. Ni siquiera recordaba quienes era sus familiares o allegados, que hacía o como era antes. Más temprano que tarde llegaron hasta él los mismos sentimientos que antes había cargado. Tristeza, desilusión, depresión, ansiedad. Entre muchos otros que bailoteaban dentro de su cabeza como bailan los jóvenes en una discoteca, felices, o al menos eso nos hacen pensar. ¿Qué sentido tenía una vida sin final? Precisamente el valor de las cosas en el mundo está atado a su duración. Las situaciones, sentimientos, objetos que tienen final, que acaban son los que realmente tienen valor.

El dieciocho de noviembre del año siguiente, Rafael conoció a una mujer por la cual estaba considerando romper su promesa de anonimato. Cabello lacio color negro, piel clara llena de hermosos lunares a diestra y siniestra, baja estatura, figura sencilla, pero peligrosa. Una sonrisa diabólica que podía conquistar ángeles e incluso seres humanos, una mirada penetrante y profunda adornada con unos ojos de un color muy inusual, rojos.

Por casualidad se habían tropezado mientras Rafael caminaba hasta su trabajo, y sin dilación, este le preguntó su nombre, algo que antes no había tenido interés en saber. «¿Qué estás haciendo?»

—¿Cómo te llamas?

—Marialis—respondió cálidamente la muchacha, atravesando el alma de Rafael con la mirada.

—Es un lindo nombre, ¿y qué haces por aquí?—dijo Rafael, temblando.

—Lo mismo que tú, caminar.

—Mi nombre es Rafael—dijo.

—Un gusto conocerte.

Rafael se dio cuenta de que a pesar de ser inmortal no había perdido todos los miedos. Pues el encuentro le tenía temblando hasta el último rincón de su cuerpo. Ahí supo que quizás lo más valioso que tenemos no es la vida misma, sino el amor. Entre pequeños encuentros, conversaciones y una manera muy torpe de coquetear, logró conquistar a la mujer, logró que aquellos inusuales ojos, sólo lo miraran a él. Entonces cayó en cuenta, ¿cómo le diría que él jamás envejecería, que es inmortal? Y peor aún, ¿sería capaz de ver envejecer y morir a la mujer que amaba?

Con el amor parecían surgir los miedos, algo un poco contradictorio, pero Rafael lo entendía a la perfección, sabía que lo que les daba valor a las cosas del mundo, eran los finales. Sabía bien que el máximo tiempo que podría ocultar el secreto sería por unos seis u ocho años, tal vez diez, pero luego ya empezaría a ser claro, que para ella estaría avanzando el tiempo y para él no.

Luego de cuatro años, logró armarse del valor necesario para decirle la verdad a la mujer que le había devuelto los miedos, a la mujer que compartía con él cada atardecer; a la mujer que amaba, en suma. ¿Con qué palabras se contaba esa historia? Al final optó por lo más sencillo. La tomó de las manos, las apretó fuerte y se lanzó de lleno a sus ojos color fuego y abrió su boca para dejar salir las palabras mágicas: soy inmortal.

La risa de Marialis retumbó en las paredes de la habitación. Luego una sonrisa. Dijo:

—Si claro, pensé que dirías algo serio.

—Lo estoy diciendo en serio.

—Déjate de bromas, eso no es posible. Podrías decir que te sientes inmortal conmigo. Y te lo creo, pero de ahí a aquello…

—¿Has notado algún cambio físico en mí?

—Ahora que lo dices no. Pero yo te veo todos los días desde hace ya cuatro años, no podría notarlo, es la costumbre. Además tú no te dejas tomar fotos.

—Espérame aquí.

Rafael se puso de pie, fue a la cocina y cogió un cuchillo.

Marialis abrió los ojos sorprendida. Intentó detener a Rafael con sus brazos. Sin embargo, él se liberó y le dijo: “si no me crees, al menos déjame demostrarte, así como te he demostrado amarte, confía en mí”.

Con un movimiento rápido golpeó el cuchillo contra su pecho. Un grito escapó de los labios rosados de la mujer. Unas lágrimas lograron hacer sus ojos todavía más brillantes, viendo que el cuchillo no le había hecho rasguño alguno. Marialis se alejó dos pasos, perpleja, le palpó el pecho para revisar por cuenta propia. Se pellizcó a sí misma. No estaba soñando.

—Te amo. Te empecé a amar incluso cuando pensé que ya no volvería a hacerlo—dijo Rafael.

—¿Pero cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Son preguntas que yo también me hice al comienzo, pero sólo logré recordar que un grupo de cirujanos me hirió y me dejó morir. Al día siguiente desperté en un caño.

—Deberías acudir a la ciencia.

—Lo último que quiero es no pasar el resto mi vida junto a ti por estar en un laboratorio, como rata de experimentos. El mundo no debe saber esto. Estamos acabando el planeta, ¿imaginas que haríamos siendo inmortales?

Un silencio se apoderó de la habitación por unos segundos, después un beso. “Entonces aprovéchame”, dijo ella a centímetros de su rostro.

A partir de ahí el tiempo pareció desvanecerse. Entre viajes, amor, caricias y memorias. Hasta que la vida de Marialis llegó a su fin. Y tal como Rafael había pensado, él estaba en su tumba llorando su partida. Sabía que el amor lo condenaría al final, aun así, estaba seguro de que había valido la pena. Agradecía al menos haber sido feliz esos sesenta y siete años que compartió con aquella mujer de ojos rojos.

La vida rápidamente se volvió un sinsentido. Cambiaba de ciudad para evitar que se dieran cuenta que su apariencia no sucumbía al paso del tiempo.

Creía firmemente que jamás volvería a amar, que no se desnudaría ante nadie más, que no existían ojos que lo lograran ver con la compasión y ternura con que lo hacia Marialis. El cuarto oscuro en el cual se había encerrado cuando renació ya no estaría iluminado por la cálida luz de la risa de esa mujer. «Ella alumbró mi noche eterna»

El destino parecía burlarse de él, más aún cuando un día, regresando del trabajo, se topó con unos ojos familiares. Una muchacha de cabello rizado y castaño, piel aterciopelada color café claro, hermosa sonrisa y una esbelta figura. Le regresaba la mirada. Lo que llamó la atención e hizo temblar a Rafael no fue la enorme belleza de la chica de unos veintitrés años, fueron sus ojos color fuego. Paralizado, cruzó la acera corriendo y la muchacha intento huir del lugar asustada.

—Espera—gritó Rafael—. Quiero saber cómo te llamas, no te haré daño.

—Soy Marialis—dijo la joven con un tono seco, a la distancia.

Rafael quedó absorto en sus pensamientos. Tras unos segundos, la observó de cerca y directo a sus ojos. La melancolía ahora mezclada con algo de dicha recorrió su cuerpo. Reconoció su sentimiento: tenía miedo, la mirada de la mujer le causó miedo.

—Yo soy Rafael, mucho gusto.

Le ofreció la mano temblando.

Realmente parecía una historia circular. Una mujer totalmente diferente, exceptuando el nombre y los ojos, estaba de pie frente a él. Ella había causado la misma emoción en él como hacía ochenta y siete años atrás. La chica era diferente, mas su esencia era fuego.

Esta vez el cortejo había sido más difícil, pero finalmente ella cedió. Rafael no esperó para contarle su rara condición. Todo sucedió nuevamente con rigurosa repetición. Luego del shock de la noticia, vivieron una vida más o menos feliz, llena de experiencias, de historias y cuentos y poemas y viajes. Hasta que llego el día final. «Aún vale pena», se dijo.

El destino parecía haber atrapado a Rafael en un ciclo constante de búsqueda y perdida del amor. A pesar de esto, él siempre se lanzó de cabeza por la mujer que amaba, aunque no luciera igual. Dentro de su cabeza se armó la idea que Marialis podría ser como el ave fénix que renace luego de morir para empezar una nueva vida. Juró encontrarla en cada una de sus vidas y mirar sus ojos, ofrecerle el amor necesario para que fuese feliz. No tenía otra opción. No podría amar a nadie más.

Luego de cada muerte, esperaba los años necesarios hasta conocerla de nuevo. Renacía con el mismo nombre. Hasta el final de los tiempos Rafael amaría a Marialis. Ella en cada una de sus vidas se enamoraba de él. Su esencia era fuego. «Siempre valdrá la pena amar».

Fotografía: mx.clipdealer
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