Opinión

América ya no es lo que era, por Martín Caparrós

Corren días de alboroto. Los medios y mediáticos del mundo libre –¿alguien se acuerda de cuando existía el Mundo Libre?– piafan indignados: lo que sucedió en el Capitolio de Washington es una catástrofe para las instituciones democráticas, echen a Trump, maten al bisonte, repriman a la policía que no supo reprimir, oh qué horror dónde se fueron los modales. Y yo, por alguna razón, no consigo indignarme/preocuparme/molestarme en una dosis aceptable. Me acongojaba, y empecé a buscarme justificaciones.

(Con lo cual recordé que eso suele ser lo que hago o lo que hacemos: tenemos una sensación, una inquietud, una frase en la punta de la lengua y buscamos los firuletes discursivos que las justifiquen. Digamos, esta vez: no me parece tremebundo que unos cuantos cientos de señores y señoras hayan invadido el congreso americano. ¿Cómo lo digo? ¿Puedo argumentarlo?)

Lo primero que se me ocurrió fue la satisfacción del resentido. Yo reivindico mucho al resentido: me parece una figura decisiva en estos tiempos en que habría que simular que uno no odia a nadie, no le desea el mal a nadie. Como resentido, pensaba que qué bueno que se les hubiera descontrolado el simulacro: que el país de la bomba atómica en Japón, el napalm en Vietnam, los golpes asesinos en Guatemala y Chile y Argentina e Indonesia y tantos más, las mentiras para invadir Irak, los campos de Guantánamo, las masacres de los centros comerciales, no pudiera seguir ofreciendo al mundo sus lecciones de buenos modos democráticos: que por fin estuvieran haciendo, ante las cámaras, las mismas patochadas por las que nos miraban por encima del hombro. O, dicho fino: que empiecen a aceptar que el “excepcionalismo americano” –esta curiosa idea de creerse distintos y mejores que todos los demás– ya no engaña a nadie.

Después intenté refinar mis argumentos para tratar de hacerlos presentables: que lo que no tiene sentido es tanto bombo. Al fin y al cabo, ¿qué son unos pocos cientos de energúmenos que se disfrazan de cornudos o patriotas y entran a un edificio confusamente custodiado y gritan unos gritos y pintan sus pintadas? ¿Y por qué los medios, que siempre se ocupan de lo que importa menos, se dedicaban tanto a eso en lugar de centrarse en la noticia que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, sí cambiaba algo: la victoria de los dos senadores demócratas en Georgia que significa que el partido del próximo presidente va a tener la posibilidad de aprobar sus leyes, seguir sus políticas? ¿Solo porque en la incursión sí había un espectáculo? ¿Sólo porque les cuesta contar lo que no es circo?

El problema es que la crítica de los medios dominantes se está volviendo un deporte demasiado fácil: el famoso hurto de un juguete a un niño. Así que había que pensar algo un poco más interesante –y no lo conseguía. Hasta que dí con algo que quizá: se quejan porque Trump no respeta las formas de la política habitual, pero ignoran que, gracias a Trump, la política ha vuelto a los Estados Unidos –a menos que sea eso lo que les molesta.

Durante las últimas muchas décadas, los Estados Unidos se habían conseguido una democracia modélica en cuyas elecciones votaba poco más que un tercio de la población: muy por debajo de los otros grandes países “democráticos” –India, Inglaterra, Alemania, Japón, Francia, Italia, Brasil y compañía. Era un sistema espléndido, tan civilizado, tan basado en esas formas que se respetaban y esa gente que pasaba de ellas. Lo cual les permitía a los dos grandes partidos empujarse y codearse y sucederse sin que nada cambiara, sin que nadie terminara de notarlo. Y, mientras tanto –¿gracias a eso?– crearon la sociedad más desigual de la historia: de toda la historia.

Habían conseguido su estatus ideal: una expresión civilizada y ordenada y presentable de ese desdén por la política que tanto asusta y ayuda a los políticos, y que se ha transformado en una de las características decisivas de nuestras sociedades. César Rendueles, en su libro Contra la igualdad de oportunidades, lo reseña para el caso español: “Los políticos y la política aparecen regularmente entre los tres primeros problemas percibidos por los españoles, exactamente en el lugar que hace años ocupaba el terrorismo o la droga. Los partidos políticos son percibidos como el equivalente de ETA o la heroína y son, con mucha diferencia, la institución peor valorada en nuestro país”.

En Estados Unidos la solución a ese problema era la indiferencia: les habían dejado la política a los políticos –y la mayoría de los ciudadanos no se molestaba siquiera en ir a votar una vez cada tanto: no creían que eso sirviera para nada. Hasta que llegó el energúmeno de Trump, se mostró y mostró el sistema como nunca antes y produjo efectos desconocidos, apoyos y repudios, fanatismos y odios, y entonces las elecciones volvieron a importar: en 2020 votaron 22 millones de personas más que en 2016. Eso fue, sin duda, un triunfo de la democracia. O, por lo menos, de la política, entendida como la forma –a menudo confusa y turbulenta– en que grupos sociales tratan de mejorar las condiciones en que viven. Digamos: que, por acción y reacción, con el Terremoto Trump y sus Conchudos Detestables la política volvió a los Estados Unidos y que cuando hay política –como algo opuesto a las buenas maneras democráticas– a veces pasan cosas como esa: que unos bisontes pisotean el mejor pasto, el más cuidado, el más inútil. Y otras veces, incluso, cambia algo.

Y ya: para poder justificar mis desazones, aquí estoy, diciendo que el gran mérito de Donald Trump es haber devuelto la política a Estados Unidos, y viceversa. Hay quienes se cubren de ridículo con menos esfuerzo pero yo, está claro, soy un laburante.

Este artículo, de libre reproducción, fue públicado por Martín Caparrós para Cháchara.org; su cuarto propio.
Fotografía: Wired
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marta
marta
16 days ago

Excelente reporte que rompe con la monotonía de la noticia devaluada y nos muestra que se puede pensr… y diferente

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