Narrativa

La anciana y el ladrón, un cuento de Amelia Beatriz Bartozzi

Ella era una viejita encantadora de dulces y apasionados ojos color ámbar; tenía el cabello blanco, llevaba puesto un vestido azul y un tapado viejo. Se llamaba Ana. El nombre del joven era Jesús. No tenía idea de por qué cargaba con ese nombre celestial. Su vida era una verdadera ruina; sin padre ni madre, tampoco hermanos ni amigos, sólo un medio hermano que era mejor perderlo que encontrarlo.

Aquella tarde de domingo los encontró en el mismo bar en Salsipuedes, un pueblito perdido en el mapa en la provincia de Córdoba y donde nunca pasaba nada. Si hasta el mismo nombre parecía una burla. Los rodeaban mesas con parejitas de enamorados tomados de la mano, un padre y su pequeño hijo, una pareja adulta contra la pared.

Jesús miraba con curiosidad a esa anciana de ojos tristes. “De alguna manera, nos parecemos. Los dos estamos solos”, pensaba él, mientras fumaba y bebía un whisky barato. Se lo veía sucio y desaliñado, con el pelo engrasado y el cutis oscuro y desgreñado. Tenía el aspecto de los amanecidos, con los ojos inyectados en sangre. Tenía las manos ásperas y callosas, como si fuera albañil, lavacopas, barrendero, basurero o cartonero. Así eran todos sus domingos, sin fútbol, sin chicas de su edad, sin amigos con quien charlar.

Ella bebía leche y mojaba la media luna en la taza, ensuciándose la boca y sus viejos dientes.

“¿A quién podría parecerse esa mujer? ¿A mi madre, tan lejana e inalcanzable? ¿A mi abuela? ¿A una tía lejana a la que sólo se ve en los velorios?”, se preguntaba, melancólico.

Hacía frío. Ana pidió otra taza de leche, era un pretexto para quedarse; no tenía dónde ir. Olvidada, abandonada por sus hijos. No podía culparlos, cada uno tenía ya sus familias, sus obligaciones, sus compromisos. “Todos los domingos no, mamá. Sólo algunos, cuando tengamos ganas de vernos”, le había dicho su hija mayor.

Y allí estaban los dos, pasando sus horas muertas. Pero ella lo prefería, prefería ese bar a la soledad de su departamento. A eso se había reducido su vida, a esa larguísima vejez y la soledad rodeándola. Algo tenían en común esa vieja y ese muchacho. Sería por eso que la vida los reunió. Los dos comenzaron a mirarse; sus mesitas eran vecinas. Jesús sentía una compañía inesperada. Después de tanto tiempo, tropezaba con una mirada bondadosa.

Ana llamó al mozo para pagar lo consumido. Él se apuró a hablarle:

-Abuela –dijo tímidamente-, ¿no quiere salir a dar un paseo conmigo? A caminar, nomás.

Los ojos de Ana estallaron afiebrados.

-¿Por qué no invitas a una chica de tu edad? –dijo Ana, haciendo esfuerzos por parecer adulta y razonable, pero sin poder disimular su entusiasmo.

Él se encogió de hombros.

-Puedo salir con una chica otro día –mintió-, la veo sola, igual que yo. Por eso la invito.

Ella terminó de pagar y estuvo de acuerdo. “¿Por qué no?”, se dijo a sí misma. Tenía miedo de dejar pasar la oportunidad, la ocasión que su existencia tan vacía le negaba tan a menudo. Eso de creer que le importaba a alguien. El muchacho parecía bueno, amable; estaba un poco sucio, pero eso no era un impedimento como para no poder hacerse compañía mutuamente. “Bueno, si te parece…”, dijo ella.

Él le sonrió frunciendo su cara triste y oscura. Se preguntaron su nombre mutuamente y salieron del bar. Nadie notó su ausencia cuando se fueron; les daba lo mismo que se quedaran o se fueran. El joven le ofreció su brazo y ella lo aceptó.

Así, tomados del brazo, caminaron durante un largo rato. El sol acariciaba sus rostros. Parecían más bellos. Les brillaban los ojos. Al rato pasaron por una kermese y una feria de artesanías. Ana se detuvo a observar un collar artesanal hecho con amatistas. Él sacó un fajo de dinero de su bolsillo y se lo compró. Ella, emocionada, lo aceptó y se lo puso inmediatamente. Luego se acercaron a uno de los puestos de la kermese; era un juego de tiro al blanco. Se trataba de blancos móviles, cabezas de animales, patos, jirafas, leones. Jesús compró cuarenta tiros: veinte para él y veinte para Ana. Ana nunca había probado este juego, ni de joven. Le gustó la idea. Jesús tiró primero y erró. Luego tiró ella y le dio al pato, tiró otra vez y le dio al león. Los dos saltaron como niños, celebrando entre risas y gritos de algarabía. Se ganó un peluche blanco, era un conejo. Emocionada, lo apretó contra su pecho.

La gente iba y venía; algunos comían garrapiñadas o nubes de azúcar. Jesús se acercó al garrapiñero y le compró dos paquetes. Y así seguían, comiendo y riendo como chicos.

Jesús no alcanzaba a entender qué le atraía de aquella anciana; quizás era la presencia de una mujer a su lado lo que anhelaba, lo que la vida siempre le había negado. Ana se dejaba llevar; ya no lo veía oscuro ni sucio, sino como alguien que la liberaba de su vejez y su soledad. Daba gusto verlos caminar del brazo viendo todo con ojos nuevos, inocentes.

En un momento la notó cansada y la tomó de la mano conduciéndola a un banco de cemento. Cuando la vio mejor, le dijo:

-No conozco el mar. ¿Me acompañaría, abuela? Vamos donde usted quiera. Yo la invito.

-¡Claro que sí! –contestó Ana, eufórica y sorprendida de sus propias palabras.

De pronto se imaginó caminando por la playa, mojando los pies en el mar junto a ese muchacho. Ahora pensaba en los dos. Ahora tenía acompañante. Comenzaban a tener un proyecto en común. Siguieron caminando abrazados y Jesús detuvo al heladero que pasaba a su lado. Ella eligió uno de frutilla y él uno de chocolate. Ana quiso pagar, pero Jesús no la dejó; volvió a sacar un fajo grande de billetes y pagó.

-Si yo fuera tu hijo, tu nieto o tu amigo, no te dejaría nunca. Yo ahora valoro las cosas; ya bastante me cagué de frío y hambre en la calle, ya bastante mal me trató la gente.

Sacó de su bolsillo una petaca, bebió un trago y se la ofreció a Ana. Ella tomó la petaca y bebió un largo trago. Había que verlos saltando, haciendo muecas y riendo a carcajadas. La gente que pasaba se escandalizaba bastante de verlos así, en ese estado. “¡Qué escándalo! Está emborrachando a una pobre vieja”, murmuraban.

Paradójicamente, Ana nunca se había sentido menos vieja y más feliz, por lo menos en los últimos veinte años. Y ahora iban por los panchos; se acercaron al panchero y le pidieron dos, con mucho aderezo y papas fritas. Jesús volvió a sacar el fajo de billetes y pagó. Se sentaron sobre una pared baja a comerlos. Allí sus miradas se encontraron, llenas de cariño, compañía, gratitud y solidaridad. Sin darse cuenta, habían compartido horas y horas paseando juntos. Ya era casi medianoche cuando Ana dijo, melancólicamente:

-Todo lo que empieza, por bueno que sea, tiene que terminar.

-¿Dónde la llevo, Ana?

-Caminemos. Yo vivo a pocas cuadras.

Caminaban abrazados. Él le pasaba el brazo sobre el hombro. Iban planeando cuándo y cómo irían a la playa.

-Te va a gustar mucho el mar.

-Seguro, abuela. Pero quiero ir con usted.

Habían hecho una cuadra cuando un policía lo reconoció. Jesús, entretenido en la charla, no lo había visto.

-Fuiste vos, fuiste vos el que asaltó la ferretería esta mañana –gritó el policía, señalándolo mientras se le acercaba y sacaba unas esposas de su bolsillo.

A Jesús se le descompuso la cara. Dudó. Sintió vergüenza, no por él sino por lo que Ana pensaría de él. Ana lo miraba boquiabierta, desconcertada y casi en estado de shock.

-Sí, fui yo –dijo cabizbajo.

El policía intentó reducirlo, pero Jesús le dio un empujón y empezó a correr. El uniformado se incorporó, sacó su arma y gritó: “¡Alto o disparo!”.

-¡Nooo! ¡No dispare! –gritó Ana, desesperada.

Pero ya era tarde. Jesús cayó de bruces sobre la acera. Tambaleante y desesperada, Ana corrió hasta él, se arrodilló a su lado y lo tomó de la mano. Aún respiraba. El joven la miró, apretó su mano y con voz agonizante y los ojos envenenados de lágrimas le dijo:

-Gracias, abuela. Lástima… no pude conocer el mar.

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