Narrativa

La señora Eveling, un cuento de Rubén Darío Álvarez

La señora Eveling murió un sábado en la madrugada, pero sus familiares sólo se percataron a las ocho de la mañana porque les extrañó que no se hubiera levantado a hacer el café, como lo venía haciendo desde hacía veinte años o más. Fue su madre quien la llamó varias veces. Después la sacudió por el hombro y notó que algo extraño ocurría, tomando en cuenta el frío anormal de la piel de la señora Eveling, una gelidez que nada tenía que ver con el ventilador que giraba silencioso y en dirección a su cama.

A los pocos minutos, la noticia se regó por todo el barrio; y la casa se llenó de gentes que alcanzaron a escuchar las palabras del doctor Montes, el siempre requerido médico del barrio, informando que el corazón de la señora Eveling se había detenido repentinamente. Algunas mujeres dejaban escapar una que otra lágrima, afectadas por los alaridos de los hijos de la señora Eveling, el llanto discreto de su madre y la seriedad luctuosa de los hermanos. Primero se llenó la habitación, después la sala, después la terraza; y, por último, fue necesario buscar sillas, quién sabe dónde, para sentar a más gente que ocupaba la calle y por cuya causa los carros tenían que desviarse por otros contornos. Todos los presentes tenían algo que ver con la señora Eveling, puesto que había sido la vecina más servicial y alegre que jamás se conoció en el barrio. De boca de nuestros mayores, escuchamos más de una vez que había nacido y se había criado en la misma casa y la misma calle, hasta que llegó a ser la joven delgada, atractiva y volátil, que difícilmente pasaba desapercibida. Tanto jóvenes como hombres mayores no ahorraban elogios mesurados a sus bien torneadas piernas, su trasero prominente, sus curvas y su rostro de reina de alta alcurnia, que bien hubiera merecido las portadas de las revistas más famosas del país. Pero la señora Eveling, aún sin cumplir 25 años, contrajo nupcias con un catalán adinerado e hijo de los propietarios de una cadena de hoteles europeos, quienes de vez en cuando visitaban la ciudad, tal vez pensando en comprar alguna de las viejas casonas del centro histórico, para convertirla en otro de sus afamados hospedajes de lujo. Eso dicen que insinuaba la señora Eveling cuando hablaba de su prometido, pues parece que el negociante catalán, al igual que sus padres y hermanos, ya había olfateado con antelación las potencialidades turísticas que guardaba el cordón amurallado, y no querían dejar de participar en ese futuro prometedor que requería de empresas y familias millonarias.

Dicen que la señora Eveling estuvo unos diez años viajando por Europa con su esposo y sus dos hijos, hasta que el potentado conoció en París a una joven bailarina nigeriana, quien igualaba a la señora Eveling en la composición corporal. Pero parece que fue el color de su piel el que enloqueció al catalán, hasta el punto de que empezó a viajar, sin la compañía de la esposa, hacia la capital de Francia, dizque por asuntos de negocios hoteleros que no convencían a la señora Eveling, quien, en compañía de una de sus mucamas, le siguió el rastro y logró averiguar cuál era el verdadero motivo de los viajes y en dónde se refugiaba con la nigeriana, quien al fin y al cabo terminó por parecérsele a decenas de las muchachas que ella veía a diario en el barrio y que, a lo mejor, eran mucho menos ambiciosas como para intentar meterse en la cama de un magnate europeo.

La señora Eveling regresó al barrio con sus dos hijos y una buena cantidad de dólares en la cartera, con los cuales amplió y embelleció la casa de sus padres y abrió una librería-café en el centro histórico, porque, tal como lo vaticinaron los catalanes, la ciudad se transformó en una feria de hoteles, boutiques, galerías y restaurantes que lo encarecieron todo e hicieron que los raizales alzaran el vuelo hacia los extramuros, allá donde, desde hacía muchos años, vivíamos nosotros, los vecinos de la señora Eveling, quien nunca más se casó y mejor se dedicó a terminar de criar a sus hijos y a colaborar en cuanta actividad cívica y cultural se originara en el barrio, pero sin guardar resentimientos con quienes comentaban a hurtadillas que la señora Eveling “está jodida, dejó que una negra le quitara al marido”.

Nosotros, a pesar de su afabilidad sin prevenciones, nos dirigíamos a ella con respeto, aun cuando la viéramos los fines de semana compartiendo cervezas, bailando o celebrando chistes de grueso calibre con los vecinos mayores. A pesar de todo eso, había en su elegancia y su trato un aura de respeto que obligaba a no pasarse de la raya, aunque la viéramos provocando malos pensamientos durante los paseos a la playa, donde lucía sus atrevidos vestidos de baño, con los cuales resaltaba esa piel rosada y limpia, que incitaba a lamerle el agua salada que se le resbalaba resplandeciente por los muslos. Pero hasta ahí. Sin embargo, no faltaban las lenguas apresuradas que le atribuían romances con uno que otro colindante o con residentes de los barrios cercanos; o con algunos de los propietarios de los locales que rodeaban la librería-café; y hasta con un pintor sexagenario de fama universal, de quien se afirmaba que la amó hasta el final de sus días, pero aquellas especulaciones siempre fueron muy difíciles de comprobar, porque la señora Eveling no tenía inconvenientes en alternar con cualquiera de los que se fascinaban con su benevolencia. Desde el más rico hasta el más pobre, desde el más ilustrado hasta el más iletrado encontraron refugio en la refulgente conversación de la señora Eveling. Tal vez por eso su librería-café permanecía llena desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, aunque los viernes y los sábados solía extenderse gracias al embrujo de la música a bajo volumen, el ambiente impregnado de café y las tertulias espontaneas y politemáticas donde todos tenían cabida.

Su velorio no podía ser diferente. Sus familiares no quisieron llevarla a ninguna de las funerarias del centro histórico, pensando en que aun los vecinos de los sectores más apartados debían llegar al barrio sin problemas, a darle el último adiós. Pero el resultado fue que varias calles se llenaron, porque desde toda la ciudad llegaban carros lujosos conducidos por gentes prestigiosas y hasta vehículos oficiales transportando a las autoridades locales y regionales. Durante el transcurso de la noche, algunos llegaban y otros se retiraban, mientras los residentes compartían cervezas y barajaban alegremente las anécdotas festivas de la señora Eveling, hasta que un eufórico, de quien aún no se sabe de dónde salió, se acercó al féretro y puso una botella de cerveza humeante cerca al rostro dormido de la señora Eveling. Algunos imaginaron que por fin conocían al hombre con el que supuestamente había tenido un maridaje, más o menos largo, después de la separación con el catalán. Ese nuevo hombre –se comentaba sin certeza– se ganó el corazón de la señora Eveling, porque desde un principio dirigió su artillería de conquista hacia los hijos, quienes aún parecían no acostumbrarse a la realidad de un barrio popular y de unos rostros que nada tenían que ver con las estampas urbanas que habían recorrido en Europa. De ese nuevo hombre se decía que visitaba diariamente la librería-café o la casa de la señora Eveling, pero nada parecía indicar que había más que una amistad entre ellos, porque para ese nuevo hombre había el mismo cariño y la misma atención que la señora Eveling les prodigaba a todos en donde estuvieran ni cuáles sus condiciones de vida. Ese sábado en la noche, durante el primer velorio de cuerpo presente, hubo llantos y comentarios tristes y sorprendidos, pero también mucho licor, conjuntos de tambores, guitarras y comidas que no se sabía de dónde salían, como si se tratara de una fiesta cuyo agasajado era el único que no podía disfrutarla.

En la madrugada, cuando los alcoholes habían subido a lo más alto de la euforia, quienes años atrás fuimos adolescentes contamos que, en cuanto nos enteramos del repentino deceso de la señora Eveling, advertimos a nuestras esposas e hijos que volveríamos al barrio a permanecer las horas que fueran necesarias dándole la despedida, debido a que teníamos muy buenos recuerdos de ella. Sobre todo de cuando nos invitaba a la librería-café para que la ayudáramos a organizar la bodega subterránea. Las dos muchachas que la acompañaban no tenían la fuerza suficiente para cargar cajas y demás artículos que los proveedores depositaban de cualquier manera. Los ahora adultos, y padres de adolescentes, recordamos que la señora Eveling solicitaba a las madres de quienes ya habíamos cumplido los 16 años que, por favor, nos dejaran acompañarla a la bodega para organizar la mercancía, mientras nos preguntaba por esos amores de adolescentes, que aún desconocían los malabares de cama que ella muy bien ejecutaba, gracias a sus eufóricas copulaciones con el catalán, quien –detallaba la señora Eveling– todavía se jactaba de haberla convertido en una verdadera mujer. Mientras la señora Eveling hablaba y ordenaba oficios, alternaba sus palabras con algunas inclinaciones que dejaban ver el nacimiento de sus pechos rotundos o la marca furiosa de sus bien labradas nalgas, deliciosamente enfundadas en finas faldas y pantys de la misma calidad. Después daba las gracias con un suave apretón en la mano del invitado y un besito que se acercaba peligrosamente a los predios de la boca. Otras veces invitaba a un almuerzo que devoraba lentamente, a la vez que platicaba con esa voz sensual y esa mirada de tigresa, que rebasaban el aura de respeto que ya todos habíamos aprendido en el barrio. “Los caballeros no tienen memoria”, repetía la señora Eveling sin atenuar sus interrogaciones sobre los deseos adolescentes que, unas veces, estaban lejos de realizarse o tal vez se habían realizado a medias, por lo que ella insistía en que los 16 años eran la edad en que los jóvenes debían descargar todas sus ferocidades, para evitar que más tarde fueran esposos infieles o presas fáciles de las engañadoras. Para ella, un buen almuerzo debía complementarse con una siesta de similar talante. Así que, muy sutilmente y cuantas veces fuera posible, insinuaba a su contertulio que la acompañara en ese descanso vespertino, hasta que el desconcertado asimilaba la idea y terminaba en la confortable habitación de algún hotel del malecón o de las lomas del convento. Cuando cada uno terminó de aportar su relato, todos estuvimos de acuerdo en que hasta los más mínimos detalles eran reales, pues parece que siempre constituyeron el modus operandi de la señora Eveling, siempre situando de por medio la frase “los caballeros no tienen memoria”.

–Está bien, Eveling, no te preocupes, no voy a contar nada.

–Respete: no me tutee. A los mayores no se les trata de tú.

–Disculpe, señora Eveling…

Todos, bajo la desinhibición de los tragos, coincidimos en que esa aureola de respeto que brillaba sobre la señora Eveling era tan imponente que nunca nadie (ni los hermanos, ni los amigos más cercanos) se enteraron de lo que pasaba en la librería-café, después de que ella pedía permiso a las madres para que les prestaran a sus hijos adolescentes, con el fin de que se ganaran unos cuantos pesos organizando las dotaciones de la bodega.

Atando ciertos cabos, entre el ruido de los tambores y los boleros con guitarras, algunas señales del pasado hacían creer que muchas madres fingían no saber lo que pasaba en la bodega. Pero, fuera que lo fuera, era mejor que ocurriera con la señora Eveling. Y tal como ella lo teorizaba, desde el episodio de la bodega en adelante ninguno de nosotros se sintió menos desarmado a la hora de enfrentar las posteriores aventuras de alcoba, ni nadie se casó con apresuramiento, pero muchos sí sucumbimos a las tentaciones extramatrimoniales, aunque algo por dentro nos hacía intuir que ninguna nueva experiencia se asemejaba –ni en lo más ínfimo—a la que nos regaló la señora Eveling en su bodega subterránea.

El domingo en la tarde, bajo una llovizna persistente, una multitud de buses, carros y gentes a pie se desplazaron hacia uno de los cementerios de las afueras de la ciudad, todavía compartiendo botellas de ron y escuchando los comentarios de la chismografía femenina y masculina, que señalaba, con mal fingida inquina, a los hijos de la señora Eveling, sobre todo al varón, de quien “se creía que era marica, pero le tapó la boca a un poco, porque se consiguió una novia extranjera apenas terminó la universidad y hasta dicen que piensa casarse para largarse del país. Pero la hembra es la que no quiere sentar cabeza, porque todavía sigue cambiando de novio como si cambiara de pantaleta; y anda de discoteca en discoteca hasta la madrugada, y hasta dicen que fuma marihuana, qué lástima, qué pesar, con la mamá tan seria que tuvo, aunque ella también se tomaba sus traguitos y sus cervecitas y sólo tuvo un esposo, pero la gente no deja de decir que se hacía la pendeja, pero se las arreglaba muy bien para echarse encima los machos que le gustaban. ¿Sería verdad lo del pintor ese que la tenía de amante y hasta le daba plata para sostuviera la librería, educara a los hijos y ayudara a los inservibles de los hermanos? Quién sabe, mija, porque Eveling era juguetona y a todo el mundo saludaba, pero sus vainas de ella muy bien que sabía guardarlas”.

La tarde estaba expirando cuando una montaña de arreglos florales iba creciendo encima de la caja donde reposaban las sabrosas carnes de la señora Eveling; y sus vecinos –antiguos y nuevos– aplaudían al compás de ataúd descendiendo hacia el fondo de una tumba que jamás sería olvidada por ninguno de los que conocimos la crepitación de una piel que, más temprano que tarde, empezaría a pulular en gusanos.

          Fotografía cortesía: banano meridiano
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Escritor y periodista colombiano. Autor de dos antologías de crónicas: Noticias de un poco de gente que nadie conoce, (Ed. Pluma de Mompox, 2007) y Crónicas de la región más invisible (Universidad de Cartagena 2010). Es uno de los conductores del programa radial Música del Patio, que se emite por la emisora UDC Radio, de la Universidad de Cartagena.

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Giovanna Robinson Rangel
Giovanna Robinson Rangel
1 month ago

Excelente.

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