Narrativa

El corsé, un cuento de Carmen Cecilia Morales

Eran diecisiete fracturas, sucedidas una tras otra sin que un golpe las hubiese causado, aparecían por sí solas, sin explicación, como piedras flotando en el valle de la muerte y anunciándose con una punzada en las costillas del cuerpo nacarado de Yubarta. Rasputín, su esposo, tenía un carácter imperturbable; sin embargo, le agradó desde el día  en que la vio debutando en el ballet El sueño de los cisnes. Yubarta usaba un vestido blanco, perfecto para su cuerpo elástico y se movía con la gracia de las gacelas en medio de la pista. Rasputín estaba acompañado de Ernesto, un historiador y compañero de trabajo de la universidad, a quien había invitado. Ernesto era amigo de Yubarta y desde cuando supo que El sueño de los cisnes se presentaría en San Petersburgo, no dudó en comprar los boletos.  Rasputín era un  filósofo de apariencia atlética, tenía dedos de pianista, cabello rubio y ojos de avellana. El día que conoció a Yubarta sacó el arresto de toda su estirpe y le dijo:

─Con una mujer como tú, me casaría hoy mismo.

La revelación del desconocido sorprendió a la mujer, pero le agradó. A los tres meses estaban viviendo juntos y un mes después celebraban la boda en ceremonia privada con la asistencia de los mejores amigos de ambos.

La bailarina viajaba frecuentemente con el grupo El sueño de los cisnes y el resto del tiempo lo dedicaba a su esposo para continuar con una luna de miel casi eterna.  Él era un hombre sereno, bastante controlado. Ella era como los fuegos fatuos que aparecían en el misterio de la noche.  

Aunque vivían desde hacía tres meses juntos, el comportamiento de su esposo el día de la boda la sorprendió y creyó que se había casado con otro hombre.

La pareja se mudó a un apartamento en el piso quinto del edificio Tolstói. El lugar era amplio y cómodo. Tenía un balcón en la habitación principal y desde ahí se podía apreciar el río Nevá. A Yubarta le agradaba esa vista preciosa y solía permanecer algunas horas en estado contemplativo, porque el paisaje del río la conectaba con la tranquilidad, el olor a tierra húmeda y los cantos de ruiseñores que se escuchaban en las fronteras del río Duero de su lugar natal, ruta de El Cid, el caballero medieval que se hizo célebre hasta la eternidad. Luego, entendía que estaba en un sitio bastante alejado y le tocaba poner los pies sobre la realidad.   De esa forma, conoció a Adrián, un niño de ocho años, quien hablaba muy poco y se asomaba con frecuencia al balcón del otro apartamento. La primera vez que la vio, el niño gritó:

─ ¡Mamá!

Yubarta no comprendió su comportamiento, sin embargo, le lanzó besos desde el balcón. No tardaron en hacer amistad y desde ese momento el niño comenzó a visitarla. Cuando Rasputín estaba en la universidad, Yubarta iba a prácticas de ballet. El resto del tiempo se dedicaba a jugar con el niño, el cual pasaba haciendo barcos y aviones de papel. El espíritu creativo de Adrián había acabado con parte de la biblioteca de su madre, por eso, ella le compraba papel ecológico para que no acabara con el resto de los libros.

La primera punzada que experimentó Yubarta apareció después de la noche de bodas. Su esposo había reservado una suite en un hotel de lujo. La mujer quedó impresionada con los detalles románticos y se dejó llevar por los toques de seducción del lugar. Rasputín se había tomado varias copas, pero no estaba ebrio. Ella usaba un corsé negro antiguo que le hacía la cintura invisible. Aunque su esposo la había visto desnuda muchas veces, sus ojos se agrandaron al verla. Procedió con un ritual de seducción y ella le correspondió. Lo extraño fue que Rasputín no pudo quitarle totalmente el corsé, luchó varios minutos y después de aflojarlo un poco la amó con arrebato, convertido en otro: un ser extraño que llegaba hasta el lecho y la poseía con la exaltación de las fieras. Ella, por algo desconocido, trataba de resistirse, pero al final se entregó plenamente hasta cuando sus fuerzas y el sueño se lo impidieron. Yubarta en realidad no descansó, cuando se quedó dormida tuvo un sueño: Un ángel llegaba hasta el lecho y la tomaba nuevamente con una fuerza superior.

Despertaron después del mediodía, ella tenía aún el corsé, como si este tuviera voluntad propia y se negara a abandonarla. Finalmente, con mucha dificultad, pudo quitárselo. Fue en ese momento cuando sintió la primera punzada en el costado y lanzó un gemido.

─¿Qué sucede, querida?

─Me duele un poco la costilla.

Le hizo un guiño y él se apresuró a darle un suave masaje en la zona.

De regreso al apartamento se encontró con Adrián en el ascensor, el niño la abrazó y no quiso desprenderse de ella. La madre de Adrián sintió un poco de vergüenza y por más esfuerzo que hizo para quitar al niño no pudo hacerlo. Yubarta quiso estar un rato con él. Fue la primera vez que Adrián entró al apartamento. Ese día, el niño  fabricó un avioncito de papel y se puso a jugar con ella en la sala, luego lo arrojó por el balcón. El avión se sostuvo en el aire y bajó poco a poco hasta llegar al río, abrazó a Yubarta y le dijo:

─Se salvaron.

En la despedida de soltera, las amigas de Yubarta le llevaron varios regalos: ropa interior, perfumes, labiales y varios detalles, entre ellos el corsé negro con una dedicatoria especial, sin remitente: “Para una noche de amor sin fin”.

Y en realidad así fue, Yubarta usaba el corsé a menudo. Al principio lo hizo porque descubrió que Rasputín se transformaba, y después porque amaba al Rasputín de la noche sin fin.

Las fracturas de costillas sucedían a menudo y solo el pinchazo lo revelaba. En alguna ocasión tuvo que cancelar varias presentaciones por encima de su voluntad. Rasputín la puso en manos de los mejores médicos. Paradójicamente estos no encontraron una explicación y Yubarta se resignó a guardar reposo. En ocasiones, los abrazos de Adrián eran un paliativo para su dolor; ahora el niño permanecía largas horas en el apartamento de Yubarta, tomaba los libros de la biblioteca, los apilaba de diversas maneras y construía pequeñas guaridas, luego los organizaba dejándolos en su lugar. Después se ponía a fabricar barcos y aviones que piloteaba por toda la casa, los hacía pasar por el cuerpo de Yubarta y finalmente los lanzaba por el balcón mientras esperaba ansioso su descenso imaginario hasta el río para celebrar con aplausos.

─Eres el mejor piloto, Adrián, tu vuelo me hace renacer.

Aunque Rasputín permanecía ocupado en la universidad no dejaba de llamar a su esposa y era afectuoso con ella. Debido a las punzadas que frecuentemente experimentaba Yubarta, le rogó dejar su trabajo en El baile de los cisnes, pero ella se negó, argumentando que desde los seis años se había consagrado al ballet y no lo abandonaría, aunque dejase la vida en escena.

Dos meses después de su aparente mejoría se presentaba junto a las demás bailarinas con otro nombre: El baile de los cisnes negros. Durante el acto ella usó el corsé como parte de su atuendo, con el consentimiento de la directora del ballet. Lo propuso porque en cierta forma se sentía segura con él, este le sujetaba bien el torso y tenía menos riesgo de sentir el dolor ocasionado por las misteriosas fisuras. La presentación del ballet fue todo un éxito y surgieron algunos contratos en el exterior, el primero de ellos estaba a menos de seis meses y la directora del ballet le dijo a Yubarta que debía seguir al pie de la letra los cuidados médicos y guardar reposo para poder realizar el viaje. Ella así lo hizo, pero aparecía una fisura, esta sanaba y luego venía otra.

─Parece que tengo huesos de cristal.

El día del cumpleaños de Rasputín, Yubarta organizó una cena en el apartamento, invitó a Ernesto con su esposa y contrató a un mesero que se encargara de todo. Fue una velada agradable, encendieron la chimenea, abrieron varias botellas de vino y conversaron hasta la medianoche. Todo iba bien hasta que Ernesto confundió la puerta del baño social, entró a la habitación de la pareja y salió con el corsé en la mano diciendo:

─Una noche de amor sin fin.

Todos se miraron sin entender por qué Ernesto había tomado la prenda íntima, Yubarta era la más sorprendida mientras la esposa de Ernesto se veía molesta.

─ ¿Fuiste tú quien me envió ese regalo el día de la despedida de soltera? ─le preguntó Yubarta.

─No querida, disculpa que lo haya tomado, pero lo he visto en alguna parte, es muy antiguo. Yo diría que es el mismo corsé mencionado en el libro Una noche de amor sin fin. La descripción es idéntica a esta prenda.

Al día siguiente Yubarta contactó a cada una de las personas que asistieron a la despedida de soltera para indagar sobre el corsé, pero todas negaron haberlo llevado. Dejó de usarlo, no por la revelación de Ernesto, sino porque lo había destinado a las noches de furor con su pareja, ahora aplazadas debido a sus lesiones.

Ernesto regresó dos días después con el libro Una noche de amor sin fin. Estaba lívido y sus ojeras delataban que había dormido poco.

─Debemos hablar.

Empezó a leer fragmentos del libro. Era un texto lleno de misterio. La descripción del corsé era idéntica al usado por Yubarta: en la abertura frontal colgaba un collar de plata con seis diamantes negros en forma de lágrima, perteneciente a la condesa de Desmond, quien había vivido más de cien años y murió cuando se cayó de un árbol al que había subido para recoger nueces. En su juventud, todas las noches, la condesa tenía pesadillas en las que era seducida y poseída por un ángel; amanecía exhausta, lesionada, vestida con la misteriosa prenda negra que era arrojada al fuego todas las mañanas. Su esposo se enfureció cuando ella dio a luz un niño rubio, con ojos de avellana, cuyos rasgos no correspondían a ninguno de los dos.

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Poeta, narradora, gestora cultural, tallerista y conferencista. Nació en Chinú, Córdoba, Colombia. Licenciada en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia, especialista en Administración de la Informática Educativa de la Universidad de Santander.

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