Textos de autor

Normalidad y anormalidad en el tiempo del Covid-19

Raymundo Gomezcásseres es profesor catedrático del Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena, Colombia, desde hace veinte años. Este texto hace parte del volumen titulado Miscelánea, que como el resto de su producción, formada por una veintena de libros, se encuentra inédita.

En estos ‘tiempos de coronavirus’ se ha vuelto un tópico hablar de normalidad con un sentido que inevitablemente implica el sustrato opuesto: anormalidad. La gente se pregunta, ¿cuándo volveremos a la normalidad? Se dice: cuando todo vuelva a ser ‘normal’… O: las cosas se ‘normalizarán’… Obviamente esos discursos se originan en las nuevas condiciones sociales, económicas, familiares, y en general de convivencia provocadas por la pandemia que afecta al planeta entero. La expectativa por la normalización implica que lo que sucede es anormal, y aquí es donde vale la pena plantear un interrogante. ¿Es anómalo (o ‘anormal’) lo que ocurre? Mejor dicho: ¿es anómala, anormal, la presencia del coronavirus? Con todo respeto, y muy atrevidamente, pienso que no. Creo que el fenómeno es lo más lejano a una anomalía y por el contrario se inscribe con todos sus pergaminos en el ámbito de lo normal y ordinario, como ocurre con cualquier otro evento natural o biológico. ¿Es anormal un terremoto, o la erupción de un volcán? Para nada. ¿Es anormal una afección o enfermedad, desde un simple resfriado hasta el cáncer más devastador? No. Las consideramos tales por medirlas con el rasero de la salud, y si supuestamente, ser saludable es la condición ordinaria de los seres vivos, cualquier cambio, alteración o daño de ese estado se mirará como anómalo, pero si tanto la salud como la enfermedad se miran como parte del proceso continuo y progresivo de los fenómenos bióticos, ¿qué hay de extraordinario en cualesquiera de ellas? Salud y enfermedad son tan ‘normales’ como vivir y morir una vez se irrumpe en el inventario infinito de todo lo existente.

La forma cómo evolucionan y mutan los microorganismos hace parte de un patrón orgánico que vincula todo lo que vive a través de complejas vecindades biológicas. Un ejemplo reciente en el terreno de la microbiología es la irrupción del VIH. Antes de llamarse así el virus ya existía y era conocido como VIS: Virus de Inmunodeficiencia de los Simios. Por una circunstancia que nunca podrá ser precisada ni establecerse con exactitud, el VIS ingresó al organismo de algunos seres humanos en ciertas regiones de África. Esa mudanza produjo una curiosa (no ‘anormal’, mucho menos ‘anómala’) mutación que lo transformó en el VIH, que no es más que el nombre que se dio a algo desconocido, que no existía antes. Y el VIH no se mudó al cuerpo humano por una temporada, a pasar unas vacaciones, sino para quedarse por siempre. La vacuna que lo controla sólo puede hacer eso: controlarlo. Hoy, quienes lo adquieren y lo tratan en su manifestación temprana tienen el consuelo de seguir con vida; pero vivirán con él hasta la muerte. Hay otros casos con los que se pueden hacer equivalencias parecidas, aunque no tan graves como la anterior. Tal ocurre con la malaria (o paludismo) causada, no por un virus, sino por el parásito Plasmodium (en América: vivax) cuya transmisión ocurre por la picadura de mosquitos hembra del género Anopheles que han sido infectadas. A estas alturas de la ciber-civilización, con toda su parafernalia tecno-científica, aproximadamente un millón de personas muere anualmente en el mundo victimas del paludismo. Pero eso no es noticia. Tampoco es noticia que diariamente cuarenta mil niños mueran a causa del hambre, o por falta de agua potable, o debido a afecciones que ya no existen ni siquiera en los mal llamados países subdesarrollados… Y todo el mundo se escandaliza porque en unos pocos meses, (hasta este 22 de abril de 2020, ¡el día de la tierra!) el coronavirus ha matado a unas ciento ochenta mil o más personas. ¡Gran cosa! Me pregunto: ¿las proporciones del escándalo por tales muertes serían las mismas si en lugar de en EEUU, China, Francia, Italia, y España principalmente, estuvieran sucediendo en las profundidades de África, Suramérica, Indonesia, o en otras regiones olvidadas del planeta en las cuales, curiosamente, no se registran muertes hasta ahora? Dado ese caso, no sería anormales, sino normales.

Es esa elitista razón la que ha hecho que todas las potencias del mundo se hayan organizado en una gran cruzada para enfrentar al nuevo anticristo, al impertinente ‘infiel’, al implacable terrorista, al “nuevo demonio”, (según la reciente expresión de Tedros, director de la OMS) que no distingue entre billonarios o pobretones, entre monarcas y plebeyos, entre ateos y creyentes, entre súper-atletas y famélicos. De nada serviría movilizar todos los ejércitos que existen con sus millones de soldados, sofisticadas aviaciones y marinas, ni arrojar todas las armas nucleares que reposan en silos, porta-aviones, súper-fortalezas aéreas, submarinos nucleares, a la espera de exterminar a la humanidad en una conflagración termonuclear… Ni haciendo todo eso al mismo tiempo se podría eliminar al pequeñísimo pero temible COVID-19. Una percepción cruel (en realidad torcida) desde la teodicea llevaría a la conclusión de que por fin ‘dios’ (el Dios en que cualquiera crea) decidió hacer justicia sin distingo de condiciones: económicas, sociales, religiosas, culturales, etc. Pero hacer esa lectura sería asumir una postura morbosa sobre el asunto, y la verdad sea dicha, no es para tanto. Sólo por hacer el juego a la fantasía imaginemos lo que pasaría si el paludismo contagiara en la misma forma en que lo hace el COVID-19… Y que como ocurre ahora, una vacuna, como dicen los científicos, sólo sea posible dentro de doce o dieciocho meses.

Pero el propósito de este escrito no es mostrar datos cercanos a la ciencia, o hacer interpretaciones moralistas o metafísicas, sino realizar un acercamiento al sentido de las palabras ‘normalidad’ ‘anormalidad’ en el contexto de la pandemia provocada por el coronavirus. De modo que vuelvo al comienzo.

La enfermedad planetaria que afecta y amenaza cada día con mayor fuerza a la especie humana ha provocado, de contera, un fenómeno lingüístico. Podría decirse, sin intención de intimidar a nadie usando esa atemorizante expresión, que estamos ante todo un novedoso giro lingüístico. ¡Vaya elegancia! Estoy hablando bonito. Profundizar en esa idea (si de veras vale la pena, y yo creo que lo vale), es trabajo de expertos. Basta mirar los noticieros de la tele, o asomarse a las ventanas de la mediación telemática, a las mal llamadas redes “sociales” para ‘leer’ el nuevo lenguaje (mejor, nuevo habla) que deriva de la pandemia por el COVID-19. Yo me limitaré a dos palabras: normal y anormal.

Se trata de dos expresiones coloquiales que cualquier persona, sin importar su condición social o cultural utiliza con, o sin pandemias. El asunto es que el nuevo contexto en que se esgrimen, más que modificar su sentido básico, trastoca por completo la carga axiológica implícita en ellas y aquí es donde emerge el problema, o mejor, se produce el probable giro lingüístico. En lugar de meterme en enredos semánticos, precisaré algunas situaciones concretas de su caso. Partiré de la anormalidad que se aspira superar, sin perder de vista que es inevitable ir relacionando esa expresión con la que describe el estado de normalidad a que se pretende volver.

¿De qué anormalidad se quiere salir? ¿Con cuál anormalidad se pretende acabar? El desarrollo incontenible de la tecno-ciencia con todos los supuestos beneficios y ventajas que ha traído para la humanidad, ha justificado como ‘normal’ la destrucción del medio ambiente (lo que Heidegger llamó la devastación de la tierra, y en su momento Nietzsche llamara desertización), así como el exterminio de millones de especie en nombre del llamado ‘desarrollo económico’: ese monolítico engendro del capitalismo salvaje y más recientemente de la tal ‘globalización’ que un microorganismo bautizado con el acrónimo COVID-19 tiene contra la espada y la pared, y a sus agentes chillando como hienas heridas de muerte. Todo el andamiaje de la economía mundial se estremece como castillo de naipes. ¡Qué frágil era, y hasta ahora lo sabemos! En contravía con esa normalidad aceptada por un alto porcentaje de la población mundial (no por toda, felizmente), es anormal que los animales (sin importar que sean aves, peces, u otros), que habían sido desplazados de sus hábitats naturales, aprovechen la ausencia forzosa del animal humano provocada por la cuarentena, y regresen a ellos; no sólo regresen: se paseen curiosos e inseguros por parques y calles, se acerquen a edificios, conjuntos residenciales, casas; que incluso, ingresen a esos antes terrenos vedados a su presencia por la amenaza que representa para su vida el gran depredador: el hombre. Lástima que sólo se trata de unas vacaciones; cuando los soldados del COVID sean derrotados por la vacuna que tarde o temprano será producida… ¡Todo volverá a la normalidad! Los animales no sólo regresarán; tendrán que huir despavoridos hacia los rincones más profundos e inhóspitos (en algunos casos incluso para ellos) para protegerse de la bestia humana.

Era normalidad que cada día que pasaba (antes de la pandemia) el mar se transformara un poco más en el basurero en que ha sido convertido para infortunio de todas las especies acuáticas que lo habitan: con sus intestinos repletos de botellas, plástico, trozos de metal, caucho, que los intoxican y matan lenta y dolorosamente, por no hablar de la pérdida de sus naturales condiciones de comunicación entorpecidas y dañadas por cruceros, barcos, submarinos… Normalidad era ver ríos, humedales y lagunas secarse o convertidos en lodazales, ahora escasamente recuperados en apenas cuatro meses de “abandono” humano. Y qué decir de la contaminación (con orines, sobras de comida, excrementos…), de las playas del mundo por esa plaga infame solo comparable con la de las langostas en la antigüedad: los turistas.

Se había hecho tan normal el aire contaminado por el smog que muchos se desconciertan y sorprenden ante la brillantez y transparencia del cielo, se sienten impresionados por no tener las fosas nasales mugrientas y repletas de mocos secos y negros como carbón. No faltarán quienes quieran salir de esa sana anormalidad para regresar al chiquero en que siempre han vivido. Resulta terrible decirlo, pero estoy seguro de que toda una generación que hoy por hoy está entre los seis y tal vez los nueve años, ha visto por primera vez, desde mediados de marzo hasta el momento en que escribo esto, un atardecer que valga la pena, y estoy convencido de que también por primera vez en sus cortas vidas no tienen problemas respiratorios.

Pero por curioso que parezca, los casos más terribles de normalidad anormalidad que podrían considerarse no son lo que acabo de mencionar. Por encima de ellos están las condiciones de normalidad y anormalidad social, económica y política a que nos hemos acostumbrado, sin importar que se trate de una o de otra; ambas son igual de aberrantes. La mal llamada anormalidad que representa el COVID-19 ha revelado una pavorosa y aberrante normalidad: la de millones de personas en el mundo condenadas a vivir sin una sola oportunidad que las redima; no sólo a ellos, sino a sus descendientes, por generaciones y generaciones. La sociedad estaba tan acostumbrada a esa brutal anormalidad que había terminado por aceptarla como normal. Lo más doloroso es que (como en el caso de los animales que regresarán a los rincones en que los hemos condenado a vivir), cuando la pandemia sea controlada, estos congéneres nuestros volverán a la normalidad infernal en que siempre han vivido. No tendría nada de raro (aunque sea cruel decirlo) que algunos, los más vulnerables (así los llaman eufemísticamente ahora) extrañen al coronavirus que les permitió comer algo mientras duró la pandemia. ¿Cuándo ella finalice, quién les llevará de vez en cuando una ayuda, o un mercado que les alcance para diez o quince días? Algo que no conseguirán en la situación ordinaria de su normalidad.

Dedicaré una atención mínima a las condiciones de normalidad y anormalidad políticas porque son las que menos la merecen y sería latoso e innecesariamente controversial. Baste decir lo siguiente. Se volvió normal que el más alto porcentaje de líderes mundiales, o son unos tontos, o unos esquizofrénicos probados. Y abriendo un paréntesis, esto también aplica para ciertas instituciones: industriales, financieras, universitarias, etc. Pero regreso a la política. Si la mayoría los dirigentes ocupa sus posiciones gracias a la mal llamada democracia; es decir, fueron elegidos, es porque la mayor parte de la población considera como normal que ellos dirijan su destino. Si la gente actuara de otra manera asumiría una anormalidad que al parecer nadie quiere saber cómo sería, ni siquiera por probar, de no haber “elegido” lo que eligieron. Por referirme a un sólo caso, cuando hablo con personas, incluso de buena formación, sobre el futuro de las elecciones en Estados Unidos, todas (sin excepción) me dicen: Trump perderá la presidencia. Yo les respondo: apuesto a que lo reeligen. Cruzo los dedostoco madera, y hago cuánta superstición está a mi alcance para equivocarme. Nada me hará más feliz. ¿Y qué decir del “atlético” Jair Bolsonaro, o del devoto de la Virgen de Guadalupe, Andrés López Obrador? Como dije que no hablaría mucho de las formas políticas de la normalidad y la anormalidad, voy a ir cerrando con una cita de la novela Vida y destino, deVasili Grossman que me gusta mucho y cae como anillo al dedo. Como dice el refrán, a buen entendedor pocas palabras bastanDice Grossman: 

el mundo está dominado por hombres de escasas luces convencidos firmemente de su razón. Las naturalezas superiores no dirigen los Estados, no toman grandes decisiones.

Lamento decirlo pero soy pesimista, y contrario a lo que todo el mundo piensa, estoy seguro de que una vez superada la pandemia, nada cambiará. Esa hermosa idea de que esta dolorosa experiencia hará que los seres humanos por fin aprendan, y que ese aprendizaje se traduzca en un mundo mejor para las futuras generaciones, terminará convertida en una fantasía pasajera. Lo mismo se dijo cuando finalizó la segunda guerra mundial con sus más de cien millones de muertos, y todos saben lo que ocurrió después.

Concluyo con mi derecho a plantear la normalidad con la que sueño, y de la cual no hago excepción conmigo: que el coronavirus no sea controlado y que una vez desaparezca para siempre la especie humana, una nueva normalidad biótica instaure su dominio. Seguro de ella surgirán y evolucionarán formas de existencia más nobles y merecedoras de esta hermosa mota de polvo perdida en el cosmos llamada tierra, que ha sido privilegiada con el milagro de la vida.

                             Fotografía: reuters
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