Narrativa

Una mariposa, una niña y los cuarenta ladrones

Ella con los treinta y todos.

Hoy es ocho de agosto y enciendo velas, cuarenta son las que bendigo hoy.

Ya tengo todos y cada uno de los años que hay que tener para sumar 40 y aunque quiero reconocerme en las formas, en los aromas o en los susurros de ellos me cuesta creer que estoy aquí.

Me he regalado una pequeña mariposa, bajo mi piel, en tinta negra, lineal y en vuelo.

Me regalé un viaje a NYC cuando cumplí los 39 para aprenderme, para avanzar y empezar a crear algo de la nada en la que me había quedado. Aprender a nadar en lugar de buscar amarres en puertos, mirarme en los ojos de otros, que los míos estaban cansados.

Ahora sé que no hacía falta ir hasta allí, bastaba con mirar a la niña que fui para saber a dónde quería ir; justo ahí, a mi verdadera naturaleza.

Por ella, la mariposa: por la mujer que era yo de niña.

Porque era fea, gorda, con gafas feas, coleta fea, acné y gorda (sí, eso ya lo he dicho pero es que era muy gorda) aparato no llevaba pero la boca la abría poco aunque pensara mucho.

Pensaba que no encajaba, que no demostraba lo suficiente, que no amaba a nadie y que sin embargo quería escribir poemas de amor.

La infancia marca a todos.

Escuchamos la primera palabra, vemos a la primera persona, sentimos el primer abrazo… ¿Cómo no nos va a marcar eso?

He sido muchas mujeres hasta llegar a ser de nuevo la que nunca debí cambiar (o dejar que lo hicieran), pedir perdón a mi niña es el regalo que me hago.

La mariposa es el decimocuarto tatuaje que me hago en menos de cinco años.

Ya me avisó él.

Llevo una cola de leona en el omóplato, de cuando la fiera salió en busca de cama, comida y corazón.

La llevo a “ella” en el codo derecho –la letra de padre– regalo eterno que me hizo él.

Mi vida sin ella es mi vida sin mí.

Gracias.

Llevo un punto y coma de cuando necesité pausar una vida que no tenía sentido. El amor es una equivocación maravillosa, la pena más honda y la felicidad más brillante, explotaré al amar una y otra vez.

Lo sé.

Y la flecha de cuando decidí eso, y la palmera de mi playa que tanto añoro y dos palabras: una por amor a él y otra por amor propio.

¡Ah! Y esos triángulos porque eran gratis, el grandote de la nuca en el que mis hijos ven lo que no es y por mi hijo mayor llevo otro.

Por el pequeño ninguno pero ya vendrá. Llevo el primero por todos mis peques, a mi niño de los ojos cuchillo le debo uno, exclusivo.

¿Me dejo alguno? Ah! La runa vikinga por todo y la rosa del pecho por ponerme en mi lugar, a mí, a la única persona que debo poner en su lugar.

Me dicen que por qué no escribo algo tipo mis memorias.

Pues porque no.

Mi vida es mía.

Llevo sólo como la mitad de ella pero ha sido muy intensa, muy rica y a ratos muy dolorosa.

Mía.

Soplaré las velas luego, van a pedir que no lo diga, pero que piense un deseo.

¡Uno!

A mi que tengo tantos que podría hacer un inventario. ¡Qué afortunada que soy!

No pretendo vivir mis cuarenta años de otra manera más que no sea no dejándome morir.

Aprender y disfrutarme como no me dejé antes. Honrar la vida y lo que hay en ella cada segundo, casi como castigo o como plegaria o como ofrenda a mi niña pequeña.

Yo te cuido.

Yo me quedo.

Yo te quiero.

Nota: por fin, este año sí: la tarta de piña, coco y zanahoria.

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Me llamo Rosa, como mi tía y como a la vez la suya. En la Universidad me decían que era nombre de señora mayor y eso hice, hacerme mayor y escribirlo. Escribo en línea, en elipsis, en redes, en alto y de bruces las más de las veces. Ahora también escribo aquí, en Otras Inquisiciones. Hago listas para deshacerlas, compro mantequilla para no comerla y amo a los hombres que saben a melón, como ellos. Soy más, pero eso ya, que lo cuente ella.

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