Narrativa

El día que fuimos a conocer a Travolta, un cuento de Rubén Dario Álvarez

Ese sábado salimos para el Centro a la una de la tarde. Ni siquiera reposamos el almuerzo porque habíamos escuchado que mucha gente se iba a hacer fila en el teatro desde las diez de la mañana. Cuando llegamos, comprobamos que no eran habladurías. Las tres entradas de los teatros estaban atiborradas a más no poder. Había varias filas que se esparcían entre las ruinas del mercado viejo, la calle Larga, el Camellón de los Mártires y la Media Luna.

Desde la calle se alcanzaba a divisar una foto gigante de Travolta vestido de negro, bailando en un salón con una chica de atuendo blanco y cabello rubio. Intuimos que era Olivia Newton John, una desconocida de la que a duras penas sabíamos pronunciar su nombre. El tumulto era parecido al que se formaba en noviembre con el alboroto de las reinas de belleza. Los vendedores ambulantes ofrecían a gritos su productos y los revendedores de boletas las esquilmaban a precio de oro en barras. Algunos, atosigados por la impaciencia, se animaban a comprarlas, pero nosotros, obligatoriamente, tuvimos que aguardar hasta lo infinito, debido a que nuestro presupuesto era incapaz de prodigarse ciertos lujos.

El calor era excesivo. Desde ciertos rincones llegaban olores a chorizos, chuzos asados, sobaco y ventoseo, que se fijaban en camisas y blusas. La primera función comenzaba a las tres de la tarde; la segunda, a las seis; y la última, a las nueve de la noche. Desde que colgaron la película en cartelera comenzamos a escuchar corrillos, según los cuales algunos afiebrados no sólo hacían fila desde las diez de la mañana: también salían de una función y enseguida se colaban en la fila para entrar a la siguiente; y así, hasta que los atrapaban las once de la noche saliendo del recinto. Esos comentarios corrían en el colegio, donde esperábamos con ansias la hora del recreo para ponernos a practicar los pasos de Travolta, y así impresionar a las compañeras. Las más bonitas se merecían una invitación a ver la película, pero no siempre era posible cumplirles, por aquello del presupuesto famélico. Al menos a nosotros, los de los barrios del sur, todo se nos daba estricto.

Allí, en las filas desordenadas de las afueras del teatro, las vimos acompañadas de los alumnos más presumidos y conquistadores. Era como si los escuetos de bolsillos estuviéramos remitidos a la exclusión de los grupos. Pero la idea era, por lo menos, lograr entrar al teatro para perfeccionar los pasos y aprender un poco del inglés que se chapurreaba por las calles.

En esa época todo el mundo quería estudiar inglés y largarse para los Estados Unidos que mostraban las películas. Decían esos ilusos que allá se podía ganar mucho dinero, tener carro y desnudarse con cualquier chica, sin las restricciones que había en los barrios del sur.

Cuando dieron las tres de la tarde, una mujer cincuentona, delgada y de vestido aniñado entró en una caseta de madera que distaba a unos cuantos metros de las puertas de vidrio y madera antigua del teatro. Era la taquillera. La vimos desde afuera. Algo de mágico hubo en el arribo de la recién llegada, porque las filas empezaron a agitarse como un gran nido de serpientes. Una marea de camisas y peinados estrafalarios iba ingresando al teatro, mientras en la caseta se encauzaba otra corriente que no achicaba la fila. Todo lo contrario: parecía inamovible, pero al mismo tiempo agitada por la emoción de los primeros en disponer de las butacas vacías de la sala de proyecciones. Desde nuestras lejanías alcanzábamos a ver cómo Lucho, Sony y Miguel –los artistas del colegio– iban alcanzando la puerta de la sala, que aún permanecía con las luces encendidas, esperando que la silletería estuviera lo suficientemente llena.

Después de treinta minutos escuchamos la rechiflas de alegría de la gente al interior del teatro celebrando la suspensión de las bombillas. Después de otros treinta minutos cerraron las puertas herméticamente, porque ya no cabía ni una aguja, informaron unos policías que hacía rato andaban rondando entre el tumulto. Lo raro es que no se daban cuenta cuando los raponeros tiraban raudamente de alguna cadena de oro, una billetera o hasta una bolsa de golosinas.

El calor iba aminorando y los revendedores de boletas seguían haciendo su agosto, pero quienes les compraban debían apartarse de las filas hacia un espacio en donde no se sintieran asfixiados por el maremágnum. Las ruinas del mercado viejo ya estaban sirviendo de filtros a los rayos del sol que se iba escondiendo por los lados de la avenida Santander, cuando nuevamente la mujer del vestido de niña entró a la caseta de madera, que la fuerza y el desorden de los espectadores rodó hacia las puertas de vidrio sin que los policías pudieran hacer algo por detenerla.

Ya casi subíamos los escalones para pisar los predios del teatro, cuando de pronto cerraron nuevamente las puertas de la sala de proyecciones, que parecía atestarse en cuestión de segundos. Ciertos relámpagos de desánimo solían posarse en nuestros rostros, pero nos entusiasmábamos nuevamente cuando veíamos a los compañeros del colegio saliendo del teatro y practicando los pasos que vieron en la película. Algunos se nos acercaban y nos contaban las escenas más divertidas; o también nos animábamos cuando veíamos a las hermosas Katia, Dalis y Josefina –las reinas del colegio– enfundadas en sus ropas casuales y sin el pesado jumper de los días lectivos. Nos hubiera gustado tener la suerte y el presupuesto de Sony, de Lucho y Miguel sólo para tenerlas cerca y aspirar el suave perfume que se les anidaba en los senos y en el cuello.

A las 9:30 de la noche logramos entrar y ver de cerca la foto colosal de Travolta bailando con la rubia de blanco, que, en efecto, era Olivia. Un aire de felicidad, impregnado con el olor del maíz pira convirtiéndose en crispetas, nos invadió la existencia mientras subíamos a los sillones más altos del teatro, que se volvieron la trinchera desde donde veíamos todas las películas que a bien seguimos escogiendo los fines de semana. Tal como lo presentimos mientras estábamos haciendo la fila, el teatro no demoraba en llenarse, ni los acomodadores en cerrar las puertas para evitarse líos con las autoridades. Después de varios trailers, comenzó la película. Cuando Danny Zuko y Sandy Olson cantaron Summer Night, casi todo el teatro se levantó a cantar y a bailar en los pasillos. Lo mismo sucedió con el resto de canciones, mediante las cuales comprendimos el porqué todo el mundo andaba en las calles disfrazado y caminando como Travolta y sus amigos, en qué se fundamentaba ese ambiente de alegría extranjerista en el que todos queríamos ser gringos y todos actuábamos como si no estuviéramos en este villorrio atrasado, sino en las calles y discotecas de Nueva York.

Así fue como supimos porqué, de un momento a otro, las busetas se volvieron discotecas rodantes; y en la televisión los programas más esperados eran los concursos de bailes gringos, lo mismo que aquellos que promocionaban los videos de las bandas y cantantes más famosos del mundo anglo. Obviamente, también nos dimos cuenta de que la película era muy distinta a la que nos contaron en el colegio algunos embusteros que presumían de habérsela visto en sus tres funciones, cuando la verdad es que se dejaron intimidar por las horrendas colas que le daban la vuelta a la calle del Arsenal. La gente comenzó a levantarse de sus butacas cuando Sandy y Danny, al son de Love is a many splendered thing, se fueron volando en un convertible. Las puertas de vidrio y madera antigua estaban abiertas de par en par, mientras los policías vigilaban para que nadie se colara sin comprar la boleta.

El tumulto era similar al que encontramos a las dos de la tarde, y hasta veíamos las mismas caras que habían entrado en la primera función. Ya eran las 11:30 de la noche. Entre un gentío que venía de la calle Larga nos encontramos con Darío, que esta con su tío y dos primas. Preso de una sonrisa rabiosa nos contó que intentaron ver a Travolta, pero las filas los abrumaron tanto que decidieron, como premio de consolación, entrar al Rialto donde había programada una película de karatecas chinos.

El Camellón de los Mártires era un pasadizo de gentes que iban y venían de las paradas de las busetas, mientras en los escaños pernoctaban los borrachos de siempre.

En la buseta que nos tocó, la mayoría de pasajeros eran estudiantes y pendencieros de esquina como nosotros, quienes bailaban en el pasillo y contaban a gritos –a pesar del hambre nocturna– las escenas más divertidas de la película. Esas mismas escenas las narramos nosotros el lunes en el colegio, cuando empezamos a planear una segunda ida al teatro, la cual nunca se concretó, pero sí supimos que Katia, Dalis y Josefina, con nuevas compañías, repitieron función al domingo siguiente.

En esa semana alguien llevó una revista en donde un crítico de cine calificaba la película como “una tontería bien hecha”, opinión con la que estuvimos muy de acuerdo, aunque el escritor la ponía por debajo de Saturday night fever, que se había exhibido el año anterior y que no pudimos ver porque estaba clasificada para mayores de 18 años. Nosotros, muy en lo íntimo, coincidíamos con el crítico, pero jamás lo dijimos en público, porque nuestros condiscípulos y compañeros de esquina nos hubieran linchado sin fórmula de juicio. Algunos de ellos nos contaban sus aventuras en las discotecas de la avenida San Martín y hasta nos aseguraban que habían concursado en un programa de televisión que se transmitía todos los fines de semana ya casi terminando la tarde. A lo mejor eran inventos, pero de vez en cuando se nos antojaba que ese era el ambiente que rodeaba al espíritu de Travolta, quien fue uno de los artífices del cambio repentino que tuvo la ciudad.

Muy pocos cumplimos el sueño de irnos a desnudar con alguna gringa rubia en las calles de Nueva York, pero por lo menos entendimos que había algo más allá del cerco de piedras donde la ciudad insistía en seguir durmiendo. Por boca de Dalis y Katia nos enteramos que Josefina logró casarse y marcharse con uno de esos extranjeros que frecuentan la ciudad todos los años, pero nunca más volvió a comunicarse con ninguno de nosotros.

La película nos sigue pareciendo una tontería bien hecha, como escribió el crítico de cine, pero también es cierto que en los años siguientes no volvimos a ver otra que congestionara el tráfico entre el mercado viejo y la Media Luna.

Escritor y periodista colombiano. Autor de dos antologías de crónicas: Noticias de un poco de gente que nadie conoce, (Ed. Pluma de Mompox, 2007) y Crónicas de la región más invisible (Universidad de Cartagena 2010). Es uno de los conductores del programa radial Música del Patio, que se emite por la emisora UDC Radio, de la Universidad de Cartagena.

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