Textos de autor

Sobre drogas y literatura

« ¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como os plazca».

Baudelaire. Embriagaos. Pequeños poemas en prosa.

Siempre he creído que hay dos cosas inherentes al hombre y tan antiguas como él: la necesidad de expresión y la curiosidad por alterar la conciencia a través de ciertas sustancias. Cualidades que a lo mejor le han sido imprescindibles para gestar su evolución y sin las cuales no sería adepto de ese prestigioso gremio nombrado por Linneo como: homo sapiens. La literatura, por otro lado, le ha ofrecido al hombre la posibilidad de experimentar con tales rasgos, hacerlos confluir en su amplio terreno de acción. Muchas veces como un intento de darle otros alcances y matices al acto creativo, que por inherencia, hacen que la expresión se vea condicionada a la conciencia que lo concibe.

No creo ser arbitrario al considerar que es en este terreno, el de las letras, donde más evidencias se tienen de estos casos. Y es que para nadie es un secreto, sobre todo desde el siglo XIX hasta nuestros días, que las drogas han permeado considerablemente en la modernidad, y de forma muy particular en la literatura de algunos escritores. Estos pueden emplearla como parte de su indumentaria e itinerarios vitales, por cierta curiosidad que los invita asomarse a otras maneras de ver el mundo y aprehender la existencia o incluso como búsqueda de inspiración. En todo caso, estas, directa o indirectamente, influyen en su obra. Sobre todo si las emplea durante el acto de escribir.

Empecemos por definir a que me refiero por “alterar la conciencia a través de ciertas sustancias” como lo comenta Antonio Escohotado en su célebre libro Historia general de las drogas (1989), el hombre, a lo largo de su evolución, ha experimentado con distintos elementos psicoactivos, primero por cuestiones religiosas, luego con intenciones hedonistas, y por último –aunque no empleando el termino- con fines biopolíticos que van más allá del interés por el sujeto y su consumo de la droga. En todas estas instancias, la alteración de la conciencia es el resultado; cambiar la percepción del mundo y de nosotros mismos, aunque sea empleado como un medio para otros propósitos es el efecto semiológico por antonomasia producto de la ingesta de alguna solución con propiedades psicoactivas, ya sea natural o sintética.

De esta forma habilidades cognitivas, personalidad, emociones, y percepción en medio del desajuste bioquímico y sus efectos sobre la subjetividad interactúan con la realidad de una forma distinta al estado previo de su administración. No está de más decir que la literatura ha tenido un desarrollo afín y paralelo al del empleo de sustancias como carácter estructurante y funcional de la cultura, tal como el descrito por Escohotado en cuanto al desarrollo histórico en la dinámica entorno al uso de sustancias. Empero, su relación con el cuerpo y la alteración de la conciencia por supuesto que ha sido menos  directa, en cuanto a inmediatez se refiere, sobre todo en relación al cuerpo. Los escritores muchas veces han sucumbido a estas experiencias por las razones que sean y en ocasiones estos encuentros dejan algún rastro en sus obras. Tal vez sin ellas habría sido imposible concebir algunos títulos y en más de una ocasión, bibliografías completas.

Está bien comenzar con unos cuantos tragos. Hablemos de aquellos que han alcoholizado su pluma para traer hasta nosotros algunas de sus creaciones, y en ocasiones la mayoría. Dicen que Faulkner y Hemingway aunque para muchos disímiles entre sí, y en vida declarados poco simpatizantes el uno del otro, si algo tenía en común era el gusto por escribir con una botella de whisky o ron a la mano. Como ellos aunque con otras razas de licor: Tennessee Williams, Raymond Carver, Truman Capote, Onetti, Ian Flemming, Bukowski, F.S. Fitzgerald, Michel Lowry; los tres últimos no sólo eran borrachos insignes sino que en su literatura han retratado de forma fidedigna el alcoholismo, el sometimiento al imperativo de la botella, al angustia después del último vaso y el alivio de poder costearse uno más, con toda la decadencia y la sordidez que le son propios, pero también el encanto. Fue por ejemplo curioso el caso de la absenta a finales del siglo XIX e inicios del XX, a la que se entusiasmaron artistas bohemios y poetas de la talla de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Wilde, este último llegaría a preguntarse cuál era la diferencia entre esa bebida y el ocaso.  Otros fueron el ya citado Ernest Hemingwey, y el dramaturgo August Strindberg.

Otro borracho celebre que vale la pena mencionar es E.A. Poe quien se dice que fue encontrado en una zanja víctima del Delirium Tremens. Sin embargo el vicio de Poe no se limitaba a empinar el codo más de la cuenta, se sabe que consumió opio en forma de láudano y a lo mejor también fumado. Algunos de estos medicamentos eran empleados en esa época a modo de panacea. Su admirado Coleridge también se vería afectado por su adicción al opio. Sin embargo, este último afirma haber escrito uno de sus mejores poemas, Kublai Khan, al serle dictado en un sueño inducido por los efectos de esta mezcla. Una de las obras más celebres en torno a este mismo baturrillo, son Las confesiones de un comedor de Opio inglés, de Thomas De Quencey, y que tanto influyó al igual que Poe en la obra de Baudelaire, en especial en Los paraísos artificiales, una obra dedicada a consideraciones filosóficas y estéticas en torno al vino, el hashis y el opio.

El mismo Baudelaire hizo parte de un célebre grupo parisino conocido como Club des Hashishins, activo entre 1844 y 1849, lapso durante el cual pasaron por sus psicotrópicas reuniones distinguidos personajes de la elite intelectual y artística de Paris entre los que se encontraban: Balzac, Víctor Hugo, Nerval, Gautier, Delacroix, Dumas, Banville, y quien publicó un libro en 1845 titulado Du hachisch et de l’aliénation mentale, études psychologiques, el Doctor Jaquec-Joseph Moreau. Este título es considerado por algunos el primer escrito hecho por un científico en torno al Hashis. Otro que le dio una acentuación científica a estos acercamientos con la experimentación de otros estados de conciencia por medio de las drogas, fue el filósofo Walter Benjamín, en su libro Sobre el hashis, que no solo se refiere a este, sino a otras experiencias con opio y mescalina. Los apuntes fueron recogidos entre los años 1927 a 1934.

Un escritor afiliado en alguna época, al bando del que huía Benjamín por su condición de judío. Hizo un trabajo similar a él a lo largo de varios textos, me refiero a Ernst Jünger y sus títulos: Acercamientos, Drogas y ebriedad, o Visita a Godenholm, este último publicado originalmente en 1959, el mismo año en que Aldous Huxley publicaba Las Puertas de la percepción. Sin embargo a diferencia de este que solo recoge sus experiencias con mescalina, aunque se sabe que también probó hongos y LSD. Jünger por su parte relata experiencias bastantes variadas con opiáceos, anfetaminas, enteógenos entre otros.  De sus experiencias con las que se denominan drogas visionarias y que equivalen a los hoy llamado enteógenos, acuñó el término Psiconauta que describe a quien emplea ciertos estados de la alteración de la conciencia para la exploración de la psique. Fenómeno bastante investigado por el etnobotánico Norteamericano Jonathan Ott y el investigador y divulgador italiano Giorgio Samorini y más recientemente el periodista e investigador científico Hamilton Morris.

Ahora bien, en este catálogo de escritores, algunos no llegaron a la toxicomanía propiamente dicha, sino simplemente a una especie de acercamiento casual o esporádico con fines investigativos o con miras de autodescubrimiento. Sin embargo por la misma naturaleza ambigua de la droga, en ese encanto que puede ser paraíso y también infierno, muchos quedan atrapados ya sea por una temporada o a veces, para siempre. Los que buscaban experiencias psiconauticas por lo general apelaban al uso de enteógenos, que como su etimología lo indica, éntheos “que tiene un Dios dentro” y geno “nacimiento”. Es decir, probar estas sustancias supone un encuentro con lo divino y al mismo tiempo una suerte de nacimiento. Por ello este término es acuñado en el libro El camino al Eleusis y que contó con la colaboración del mismísimo Albert Hoffman, quien también defendió la tesis de que probablemente estas sustancias hacían parte de los rituales mistéricos descritos en la antigüedad. Experiencias que como lo constatan pueden ser tan sublimes como aterradoras, cuestión en la que estaría de acuerdo Huxley que abordaría la doble naturaleza de estos elementos psicotrópicos en su libro Cielo e Infierno (1956).

Los enteógenos como modificadores de la conciencia, dado al contexto de su administración, por lo general, religioso, ritualístico y con intereses espirituales, suelen estar ligados a prácticas chamánicas así como médicas y recreativas. Entre los escritores que sondearon estos aditivos, pienso, en Antonin Artaud y su toma de peyote y hongos psilosibinos en su visita a México, registrado en su libro Viaje al país de los tarahumaras en 1948. También un coterráneo suyo, Henri Michaux, quien en 1956 publicaría Miserable milagro, que aborda su experiencia con este cactus sagrado de donde sintetizó la mescalina Ernst Späth en 1919.  Antes que ellos en 1935 el mismísimo J.P. Sartre experimento con esta sustancia, sin embargo luego de su muerte su pareja de toda la vida, Simone De Beauvoir, confesó que Sartre tomó anfetaminas y aunque nunca llegó a ser alcohólico, también fue aficionado a la bebida.  Con respecto a las primeras, eran legales en su época y se podían conseguir en cualquier botica, como en su momento también ocurrió con la cocaína y la heroína. Y como pasa hoy con las drogas de prescripción médica sobre todo analgésicos, antidepresivos, y antipsicóticos  que son empleados muchas veces con fines recreativos, sino que lo diga Stephen King, quien tuvo una temporada de afición por estos medicamentos y otros más, como él mismo lo ha confesado en distintas entrevistas además de engancharse a estas drogas, también uso cocaína y declara haber sido alcohólico. Incluso escribir algunos de sus best-seller durante este lapso.

Allen Ginsberg y W. Burroughs en sus epístolas compiladas en forma de libro, con el título Cartas del Yagé y publicado en 1963, comentan acerca de la experiencia que tuvo cada uno por su cuenta, en su ruta por Colombia y Perú, en busca del yage, también conocido como ayahuasca y que según sus investigaciones luego constatadas por ellos mismos, “Es la sustancia visionaria más fuerte, y del efecto más intenso que se puedan experimentar” pero este par, junto con Jack Kerouac, considerados, la santa trinidad de la Generación Beat, tuvieron a los enteógenos solo como un ítem más en su lista de cosas por probar, y a lo mejor esto por tener como mentor al Toro viejo de William Burroughs, que ya para entonces había hecho carrera en el mundo de las drogas, los viajes y la literatura. Ciertamente William Burroughs es un caso aparte, a lo largo de su obra queda claro su afición por las drogas y todo lo que esto acarrea, la locura, el desvarío, la enfermedad, las persecuciones y las desaventuras. Principalmente en sus dos textos más conocidos Yonqui y El almuerzo desnudo, publicados entre 1953 y 1959 y por supuesto expuestos a la censura y el escarnio público, pero no por ello menos geniales e influyentes. Si bien la heroína es la principal musa enferma de estas historias tan surrealistas como retorcidas, también se hace gala de un repertorio de drogas que pasan por todas las citadas aquí y unas cuantas más.

Fue su amigo Kerouac quien lo incentivo a que publicara esos textos, e incluso puso título al Almuerzo… al mismo tiempo él preparaba la publicación de su libro más celebre En el camino que vio la luz en 1957 y que puso a rodar a toda una generación, siendo uno de los impulsores de la contracultura de los años 60’s en Estados Unidos. Este libro lo escribió entre el 2 y el 22 de abril de 1951, afirma haberlo hecho bajo un régimen de efedrina, pie de manzana y café negro. Y es que nuestra querida bebida matutina no se salva de despertar afición en los hombres de letras, si bien son sabidas sus propiedades estimulantes, algunos llevaron su consumo a la exageración en busca de la disposición para el trabajo constante, por ejemplo, Voltaire en la mayoría de sus biografías siempre sale a relucir que bebía hasta más de 60 tazas al día. Tal y como también se cuenta que su paisano, el gigante de la novela, Honore Balzac, se despachaba 30 tazas mientras escribía y que el mismísimo Kant se irritaba del tiempo que tardaba en moler los granos, y los preparativos para su cocción.

Volviendo a U.S.A durante los años 60’s, a flor de la contracultura y la guerra de Vietnam, surgen también otros escritores influenciados por estos movimientos de liberación sexual, amor fraternal, y experimentación. Por ejemplo Ken Kesey quien estuvo muy vinculado con Neal Cassady, nada más y nada menos que quien inspiró el personaje de Dean Moriaty en la citada novela de Kerouac. Aprovechando sus dotes de excelente conductor, conducía la furgoneta donde iban Kesey junto a un montón de Hippies, todos puestos con ácido, incluyendo al chofer. Acido que seguramente le habría proveído uno de sus amigos más cercanos, el mismísimo Timothy Leary, el gurú del LSD durante esa década y quien también escribió varios libros sobre esta y otras drogas, así como su relación con las experiencias místicas y su uso racional. Otro amigo de Kesey y que sin duda llevo esta relación entre drogas y literatura al límite, es el periodista y novelista, precursor del llamado periodismo gonzo, Hunter S. Thompson, que hijo de esta época, supo aprovecharla y al mismo tiempo criticarla con agudeza, no solo a la cultura sino a la política, la moral y el oficio mismo de escribir. Las drogas y el alcohol, aparecen en casi toda su obra. No solo como personajes sino también como parte de los atavíos que le permiten llevar a cabo su escritura, en Asco y pánico en las vegas, Diario del Ron, y Mezcalito, hace gala de una escritura original, irreverente, mordaz  pero sobre todo intoxicada; rasgos que terminaron por definir su estilo y que permean en todo su trabajo, literario y periodístico.

Entre los últimos representantes de esta tradición de palabras y alcaloides, pienso que se ubica como uno de los más destacados, el británico Irvine Welsh, que valiéndose de un lenguaje procaz, un humor escatológico, una sátira al costumbrismo y lo políticamente correcto, retrata de forma magistral la otra realidad que hace parte de nuestra voluble y acelerada modernidad, la realidad de los que deciden llevar la vida al margen de lo establecido, de los que no toman partido más que por su propios deseos y apetitos. Situación de todo aquel que no cree en el futuro y que desea solo vivir el ahora. Tal y como los personajes que conforman sus libros, sobre todo los de la trilogía, Scagboys, Porno y Trainspotting. Algunas de sus obras han sido llevadas al cine, con muy buenos resultados y gran recibimiento, también así, con Burroughs y H.S. Thompson.

Para concluir se me ocurre cerrar, con el poema de un poeta colombiano cuya afición por alterar su conciencia con cuanta cosa le fuese posible era por todos conocida, cocaína, ron, bazuco, hongos, marihuana, floripondio, anfetaminas y él solo sabe cuánto más, empleó para sobrellevar su trágica existencia entre la locura y la indigencia, me refiero, al gran Raul Gomez Jattin, que quizás habla en nombre de todos los aficionados a las letras y las sustancias; todos los referenciados aquí y aquellos que se le han escapado a esta reseña, es decir, hombres ilustres y arriesgados, aventureros de tierras baldías, paraísos artificiales y exploradores de sus propias sinuosidades y las del alma humana. Yendo más allá de las letras, y de sí mismos, al precio de una inhalada, un trago, una fumada, o un chute.

Elogio de los alucinógenos

Del hongo stropharia y su herida mortal
derivó mi alma una locura alucinada
de entregarle a mis palabras de siempre
todo el sentido decisivo de la plena vida
Decir mi soledad y sus motivos sin amargura
Acercarme a esa mula vieja de mi angustia
y sacarle de la boca todo el fervor posible
toda su babaza y estrangularla lenta
con poemas anudados por la desolación
De la interminable edad adolescente
otorgada por la cannabis sativa diré
un elogio diferente Su mal es menos bello
Pero hay imágenes en mi escritura
que volvieron gracias a su embrujo enfermizo
Ciertos amores regresaron investidos de fulgor
eterno Algunos pasajes de mi niñez volcaron
su intacta lumbre en el papel Desengaños
de siempre me mostraron sus vísceras
Hay quien confía para la vida en el arte
en la frialdad inteligente de sus razonamientos
Yo voy de lágrima en lágrima prosternado
Acumulando sílabas dolorosas que no nieguen
la risa Que la reafirmen en su cierta posibilidad
de descanso del alma No de su letargo
Voy de hospital en cárcel en conocidos inhóspitos
como ellos Almas con cara de hipodérmica
y lecho de caridad Entregándole mi compañía
a cambio de un hueso infame de alimento
Toda esa gran vida a los alucinógenos debo
La delicadeza de un alma no está casi
en los que se apropia Sino en el desprecio de ese estorbo
sangriento cual banquete de Tiestes
que la opulencia inconsciente ofrece vana y fútil.

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