Textos de autor

Besos de vino con Café Quijano

Escrito por Eduardo Viladés

Vinos jóvenes de viura, mezcla de viura con chardonnay, chardonnay sin barrica, chardonnay fermentado en barrica, rosados, tintos jóvenes y tintos de roble, reservas, gran reserva, crianzas, vinos blancos, dulces, de moscatel. Algunos son afrutados, frescos, deben consumirse dentro del año siguiente a su vendimia. Otros son más estructurados y acídulos. Los hay que se bonifican con el paso del tiempo. Existen vinos a los que nunca das por perdidos, como las personas. Tienes que recordarte que ya no dormitan en la barrica. Sabes que no están, pero te empeñas en pensar lo contrario.

Suelo imaginar mi devenir diario en botas de roble americano como las que utilizaba mi padre en su bodega. En cada uno de los barriles que pasa por mi imaginación hay un beso marcado con el nombre de una persona, como si en cada bota se estuviese criando un tipo de beso particular que yo disfrutaré en algún momento. Serán besos de sabor aterciopelado, dulce, aroma envolvente y corazón salvaje.

El beso que más me marcó fue el de Lola.

Era menuda, estilizada, su piel aceitunada delataba su origen, en la Andalucía profunda, rodeada de olivos y bañada por la brisa del Mediterráneo. La comparaban con Lola Flores en sus mejores tiempos e incluso con Paquita Rico, aunque sus ojos aguamarina tenían algo de nórdico. Su cabello negro, que se perdía en tirabuzones sin fin por unos pechos bien perfilados, tapaba un cuerpo diminuto pero contundente. Realmente no era una mujer, sino una vocación.

Me la presentaron Manuel, Óscar y Raúl en León en los albores de 1997, cuando todavía no se habían dado a conocer para el gran público. Y hoy, en Logroño, con este Miami 1990, ha vuelto a mi memoria.

No quedaba con los hermanos desde la espectacular gira de La taberna del Buda en 2002. En ese momento yo estaba en la mierda, acababa de salir del caballo y Manuel me ayudó a reestructurarme. Les acompañé en sus más de doscientos conciertos y disfruté al conocer las cifras finales: un millón de espectadores como asistentes, lo que les consolidó como una de las bandas más importantes y de mayor proyección internacional en aquel momento.

Lola era como un buen Ribera del Duero, elegante, llena de vida, pletórica, una obra de arte elaborada con uva tempranillo, mazuelo y graciano. A los 18 años lo tenía claro. Quería estudiar Enología y hacerlo en el norte, lejos de su casa, para madurar y descubrir nuevos horizontes y volver después a Málaga con la sabiduría que da viajar. Optó por estudiar Enología en la Universidad de León. Y me conoció a mí gracias a los Quijano. Maltrabajaba como responsable de calidad en unas bodegas. Me enseñó cómo apreciar un mundo estrafalario contado con ojos antiguos. Unos ojos que estaban cercados por las ojeras de quien ha sufrido más de lo soportable y, a pesar de todo, era capaz de amplificar la alegría de los demás mientras saboreaba un buen vino e intentaba que quienes la amábamos eliminásemos el velo en flor de su corazón para embotellarla en la bodega de los sueños perdidos.

Los hermanos nunca me dijeron cómo habían dado con ella. Tampoco me importó. Hay gente que tiene que aparecer en tu vida por obligación. Los motivos son secundarios. Café Quijano inmortalizó a la andaluza de la uva mazuelo en su canción.

Lola ya no está, tan solo permaneció en mi barrica durante doce meses. Pero cada vez que los hermanos la rememoran en sus conciertos, vuelve del báratro y nos hace compañía. Y es que “Miami 1990” es sorprendente. Es un paseo por recuerdos que señalaron el punto de partida del viaje más increíble de los tres hermanos.

Su concierto en Logroño es como anclarse al pasado de las nostalgias. Nuevos cortometrajes convertidos en canciones que siguen sembrando la duda sobre si ellos son los protagonistas de semejantes historias. Sí que lo son, yo he vivido esas historias con ellos, nunca lo admitirán, pero es verdad. Todos nos inventamos nuestros recuerdos, los reconfiguramos, hayan sucedido o no, es nuestra literatura personal.

Café Quijano tiene uno de los directos más espectaculares y sorprendentes que se pueden ver sobre un escenario. El espectáculo no está sólo en lo que cantan sino, también, en lo que cuentan. Sus canciones son cortometrajes que se entrelazan con la intrahistoria narrada entre canción y canción: pop, rock y bolero a la vez.

El beso de una madre empieza en la mejilla y termina en el corazón. El del abuelo se ciñe a la frente. Tu padre te lo da cuando se acuerda. Hay días que viene del trabajo tan cansado que lo único que quiere es que su mujer le lleve la bandeja al comedor y se olvida de que tiene un hijo. Si te cruzas con una manchega, obtendrás un beso en los mofletes con una gran dosis onomatopéyica. El beso de los amantes no se limitará a la boca. Se sentirán atraídos y deseados de besar y ser besados en otras partes del cuerpo.

Cuello, espalda, pecho, vientre.

Indescriptible, mágico e indescifrable, el beso nos hace entrar en una dimensión que ninguna palabra puede explicar.

Por un beso sabrás todo lo que he callado.

Así explicó lo que era para él un beso el escritor Pablo Neruda. De este modo lo explica Café Quijano a través de sus canciones.

Como Lola, los de León son un espíritu libre. Combinan una sabiduría propia de la mejor Universidad con un carácter de extrarradio, son capaces de hablar con la portera de su inmueble y engatusarla con su gracia leonesa y con el mayor responsable de una conocida bodega internacional. Cantan en Londres y en Villanueva de la Serena, logran emocionar a un catedrático y a una tendera.

Un grupo arcilloso y calcáreo, pobre en sedimentos, pero preparado para alcanzar la excelencia final. Como sucede con algunas viñas, no les gusta que les rieguen para evitar la merma de los taninos. Mi corazón hierve con ellos. En su interior se prescinde de cualquier tipo de herbicidas y pesticidas. Sólo hay que aprender a podarles constantemente y descargar los racimos estropeados para incrementar su calidad.

Dicen que quien realmente te quiere, te ama desde antes de conocerte. Yo lo haré en sentido contrario. Gracias a Lola, sabré recordar lo que nunca sucedió y me convertiré en un poeta del vino. Siempre hay algo que decir cuando se trata de Café Quijano. Basta con que la copa que retiene sus notas se mueva un poco en la copa y su aroma rompa contra el paladar para que nazca una nueva canción.

Un poco como la vida, ¿verdad? 

Un poco como Lola.

 

Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 25 años de carrera, referente de la cultura española contemporánea. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa. Ha publicado dos novelas y prepara la tercera. Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos. Elegido dramaturgo del año 2019 en República Dominicana y en 2020 en La Rioja a través del Instituto de Estudios Riojanos. Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Odisea cultural (Madrid), Canibaal (Valencia, España), Extrañas noches (Buenos Aires), Microscopías (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover), Primera página (México), Gibralfaro (Málaga), Windumanoth (Madrid), Amanece Metrópolis (Madrid) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. Ha vivido en Reino Unido, Italia, Bélgica y Francia. Hoy en día trabaja también para la revista Actuantes, la principal publicación española de teatro, lo que le permite combinar el periodismo con las artes escénicas. También es experto en periodismo cultural y documentales de sensibilización social, un artista polifacético.

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