Narrativa

El condicional de Elena, un relato de Eduardo Viladés

Vivimos rodeados de historias, aunque pocas veces nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor debido a las prisas, los nervios, la obsesión con vivir el aquí y el ahora, las ganas de tenerlo todo bajo control y de planificar hasta el más mínimo detalle. Estamos anestesiados y no somos capaces de percibir la infinidad de anécdotas que nos circundan: la señora que está sentada a nuestro lado en el metro, el anciano solitario que pide en la frutería un kilo de fresas para comérselas en su roído sofá, tu padre, tan lejano y tan cercano a la vez, la anodina chica de rizos que ves todos los días en el paso de cebra, tú mismo. Nuestro interior es una amalgama de historias, simplemente tenemos que detenernos para desgranarlas. Algunas serán una porquería, pero no importa, merece la pena ensuciarse para crear y desternillarse del resultado.

Esto es justo lo que le pasaba a Elena. Estaba anestesiada, pero no se daba cuenta. Pensaba que la vorágine social que vivía era sinónimo de sana vida social. Trabajaba nueve horas al día, casi nunca comía y cenaba en casa, todas las noches quedaba con varios amigos para tomar una cerveza o salir a bailar. La tarde que llegaba a casa a una hora decente tenía que ver seis capítulos seguidos de una serie de moda o dos películas. Más que un placer era una obligación. Si no lo hacía se sentía mal consigo misma, qué podría contar a sus amigos al día siguiente. Lo mismo le sucedía con los hombres. Enlazaba relaciones con fecha de caducidad para que le dijesen lo guapa y lo lista que era, para que al llegar a casa alguien estuviese esperándola con la luz encendida.

Elena no sabía mirar el techo. Yo soy partidario de no hacer nada, de tumbarse en el sofá y mirar el bendito techo. Es ahí cuando nacen las mejores ideas y se sabe lo que realmente se quiere hacer en la vida con mentalidad de futuro. A mí me agobia la gente atareada, les daría una ración extra de barbitúricos, no me gusta tener que esperar veinte años para tomar un café con alguien, no me creo que tengan la vida de un ministro, simplemente no están interesados en dedicar cinco minutos de su tiempo a conocerte un poco mejor. Por eso estoy contento por Elena en estos momentos de confinamiento, ella misma reconoce que está enfrentándose a sus demonios y paranoias internos, finalmente se ha dado cuenta de que no hacer nada es un modo de hacer. Elena y yo no tenemos nada que ver en ese sentido, pero precisamente por eso nos queremos tanto. A mí me agobia la gente, no me gusta, aseguro no necesitarla, pero Elena me conoce y sabe que soy muy exagerado. Si no te gustase la gente, tampoco te gustaría yo, me dijo en una ocasión. Ella, en cambio, es incapaz de vivir sin gente porque no sabe enfrentarse a sus yoes y necesita estar rodeada de muchas personas para que su mente no le juegue malas pasadas. O calvo o dos pelucas, supongo. Puede que yo conozca demasiado bien a mis yoes y necesite compartirlos con esa gente de la que Elena está saturada. Por eso nos amamos, porque nos equilibramos. Ella es una viva la vida y yo soy una abuela, ella me saca a tomar algo y yo le pongo una manta y le doy tres tilas para que se quede conmigo viendo una película. Sólo una, no 200.

Cuando era niño, en el colegio, nos enseñaban a no hacer nada. Nos animaban a que durante algunos minutos nos tumbásemos encima de la cama o en el sofá y nos perdiésemos mirando al techo. Te concentrabas tanto en un punto blanco sobre tu cabeza que llegaba un momento que parecía que estabas flotando e incluso costaba enfocar la mirada. Era en ese preciso instante cuando nacían las mejores ideas y la mente recargaba las pilas.

Elena, gracias al encierro, ha hecho propia una costumbre que hace años debería haber institucionalizado en su vida. Ha aprendido a despreocuparse y a desterrar de su vocabulario el tiempo verbal condicional. Mi amiga era esclava del “debería”. Debería tener un novio, debería tener un trabajo mejor, debería aprender inglés, debería mudarme de piso. Todos sus “debería” estaban basados en lo material, pero no en lo espiritual, algo que creaba un estado constante de nerviosismo y angustia porque la muchacha vivía el día a día como si estuviese en una competición que no terminaba nunca y que, para más inri, no acarreaba trofeo alguno.

A mí me cuenta su evolución por teléfono y me hace feliz. Gracias al confinamiento es más libre que nunca y ha aprendido a viajar sin moverse del sillón. Consigue evadirse a mundos lejanos en los que ambos somos los protagonistas. No hace falta que encadene varias series porque ella misma es una película con su comienzo, su desenlace y su final. Además, es una película bonita, muy bonita, solo falta que Elena se lo crea. Yo me lo creo, en tiempo presente, futuro, pasado y condicional. Por eso la quiero tanto.

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Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 25 años de carrera, referente de la cultura española contemporánea. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa. Ha publicado dos novelas y prepara la tercera. Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos. Elegido dramaturgo del año 2019 en República Dominicana y en 2020 en La Rioja a través del Instituto de Estudios Riojanos. Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Odisea cultural (Madrid), Canibaal (Valencia, España), Extrañas noches (Buenos Aires), Microscopías (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover), Primera página (México), Gibralfaro (Málaga), Windumanoth (Madrid), Amanece Metrópolis (Madrid) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. Ha vivido en Reino Unido, Italia, Bélgica y Francia. Hoy en día trabaja también para la revista Actuantes, la principal publicación española de teatro, lo que le permite combinar el periodismo con las artes escénicas. También es experto en periodismo cultural y documentales de sensibilización social, un artista polifacético.

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