Narrativa

La noche de Matías, un cuento de Rubén Darío Álvarez

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–¿Cómo se llama esa canción?

–Oleo de una mujer con sombrero.

–¿Suya?

–Ojalá. Es de Silvio Rodríguez.

–¿Quién es ese?

–Un trovador cubano

–¿Podría cantarla nuevamente?

–Más lueguito. Ahora voy a cenar.

Matías nunca se despoja de su sonrisa. La carga perennemente como un sombrero, como un anillo, como un paraguas retando cualquier clima. Sus encías oscuras llaman la atención, porque sirven de marco a una cerca de dientes perlados, a su vez encuadrados por colorados labios de boxeador. Todo él heredó las duras formas de un luchador del Congo o un golpeador de tambores en la espesa Guinea. El mar también vive en su sangre, pero su apacibilidad es la de un sabio montañero, algo así como un ermitaño bajo los soles inextinguibles de las murallas. Devora lentamente el plato aromático que le sirven sus compañeros del restaurante, mientras platica con ellos sobre cualquier cosa. Sin dejar de sonreír escucha a la mesera de piel blanca, quien a veces se deprime cuando Matías ejecuta alguna canción melancólica, una de esas que hacen parte del extenso repertorio que aprendió desde que, muy joven, cuando abandonó su isla, llevando por todo equipaje una guitarra y un morral ocupado con unos cuantos overoles, suéteres y un par de libros. Porque Matías gusta de los poemas, las novelas y los cuentos que han narrado las mejores plumas de la historia. De allí, los pasajes que narran algunas de sus canciones. De allí, las palabras que dedica a sus amigos, los vendedores de café tinto y cigarrillos alrededor de las plazas del Centro. Está convencido (y lo dice sin muchas explicaciones) de que todas las noches no son iguales. Siempre hay una conversación por comenzar y una compañera por besar. Siempre alguien es digno de recibir una sublime atención en la terraza de su apartamento o en la playa nocturna, mientras las cervezas y la luna traen noticias de la isla donde aguardan sus padres. Transcurre una hora y Matías abandona la mesa donde terminó de paladear un sabroso jugo de frutas combinadas. La sonrisa de una muchacha al otro lado de la barra le informa que fue ella quien lo preparó con el mismo amor que él estila para halar las cuerdas y adornar sus fraseos. El hombre que pidió repetir una canción lo mira desde la mesa más cercana. Pero Matías decide complacerlo en la segunda ejecución. Primero debe regocijar a Luciana, la mesera que se deprime con la melodía punzante de ciertos boleros que la remiten a una niñez de privaciones. Algo de eso le contó a Matías en una noche de tragos y compenetración de cuerpos. Ahora le canta a la mujer con sombrero que Silvio imaginó en sus amores clandestinos. El cliente no resiste las ganas de levantarse y abrazarlo.

Ya es hora de cerrar. Los meseros recogen las copas, los platos y las botellas vacías. Una hilera de círculos de agua ha quedado sobre la madera de la barra, lo mismo que un amontonamiento de ceniceros manchados. Matías empaca la guitarra y se la cuelga a la espalda, mientras se dirige al muelle donde lo esperan similares trovadores, hijos de la noche con quienes a veces recibe el amanecer que se iza entre los manglares y la casuchas del cerro. En toda la planicie rectangular del muelle hay músicos caminando de un lado a otro o sentados en las bancas que miran hacia la avenida. De algunos carros bajan compradores de serenatas, borrachos con ínfulas de cantantes o apóstoles de las fogatas playeras. Pero Matías no llega por ellos sino por la conversación de sus colegas cuerdistas o cantantes. Uno de ellos, Milton, dice saberse de memoria más de trescientos boleros. Cuando se toman los tragos fantasean con encerrarse en un estudio de grabación, equipados con la guitarra y una botella de whisky, para grabar una parte de esas canciones que aún se oyen en las cantinas que están a punto de cerrarse para siempre en las calles del Centro.

–¿Como cuántos son los boleros que sientes en el corazón?

–Como unos veinte. No sé, quizás más. Aunque también recuerdo unos pasillos.

–Bueno, no importa el número. Lo importante es que los cantes con el corazón, así como yo intento tocar la guitarra y hacer las voces.

–Me acuerdo de Confesión.

–¿El de Olimpo?

–Ese…

–Vamos a ver…

La brisa nauseabunda de la bahía hace que la voz de Milton, enmarcada en las cuerdas de Matías, atraiga a los turistas que salen de los taxis directo a las bancas del camellón. A veces se presentan los amigos que Matías tiene en la calle de Las Maravillas, donde vivió recién llegado a la ciudad y mientras ahorraba lo suficiente para comprar su propio apartamento. También arriban las meretrices del Centenario a pedir cigarrillos, sobre todo cuando la brisa se torna helada y los clientes brillan por su ausencia. Una de ellas se llama Alina. En sus ojos guarda la frescura de las montañas cafeteras lejanas del mar. De vez en cuando conversa con Matías e intercambian sus nostalgias y sus ganas de volver a ver a los padres cuando las posibilidades económicas lo permitan. Alina ama a un navegante que llega a la ciudad en los barcos de madera que atracan en el muelle, donde los músicos esperan la buenaventura nocturna. De día, ese sitio es un agitamiento caluroso que solo se calma cuando el sol se va escondiendo frente al mar del Boquetillo. De noche, solo hay unos kioscos lánguidos olorosos a frituras y jugos de frutas, cuyos principales clientes son los borrachos que en las madrugadas abandonan las cantinas y apuran una que otra vianda antes de volver a sus casas. Quienes pernoctan en los barcos también tienen en los kioscos la oportunidad de acercarse a las muchachas esquineras. Casi siempre que Alina aparece, Matías y Milton repasan el cancionero de Miltinho, para hacerle recordar al amante que nunca escribe, pero que la hace feliz por unos cuantos días cuando se aparece en el muelle.

–¿Cuál pieza te cantamos?

–En un rincón del alma

–Ya esa la hemos cantado mucho. ¿No te acuerdas de otra?

–Ummm…Amor de pobre

–Te la cambiamos por Pecadora

–Esa canción me duele…

–¿Sí? Disculpa.

–No importa, cántenla.

Surgen las primeras notas, las consiguientes frases… y Alina trata de retener las lágrimas del alma empinándose la botella de ron que Milton y Matías pusieron a los pies del escaño, donde se sentaron a conversar y a practicar los boleros que siempre están intentado plasmar en un disco. Alina presiente que la dulzura de la melodía es demasiado para el infortunio que la nocturnidad de la calle ofrece a las mujeres de su tipo. Son las cuatro de la madrugada cuando Matías y Milton terminan de cantarle a una virgen de media noche. A la botella de ron solo le quedan dos tragos en los que se reflejan las luces amarillentas del alumbrado público. Hace más de una hora Alina atendió el llamado de un posible cliente quien le silbó desde una camioneta. Los trovadores se despiden, y unos veinte minutos después Matías está tendido en su cama, frente una ventana desde la cual se pueden ver los cambios de colores del mar imitando el movimiento de las nubes al rededor de la luna. Es ese el cuadro que más gusta a los amigos de Matías cuando visitan su apartamento lleno de artesanías rurales, pinturas, discos, casettes y libros que hablan de sus buenos gustos y de sus maneras de alimentar el alma. El ambiente colorido del apartamento lo complementa la fragancia ardorosa de algún nuevo plato de esos que Matías se inventa y gusta cocinar para sus invitados, mientras conversa a voz en cuello. Al día siguiente, un sol espléndido y una brisa apacible se cuelan por las ventanas. Matías devora un desayuno sencillo mirando en el televisor las primeras noticias internacionales. Tal vez digan algo nuevo sobre su isla, algo que no le hayan comentado sus padres en recientes conversaciones telefónicas. Termina de lavar los utensilios de la cocina, se cuelga un morral a la espalda, agarra su bicicleta, baja el ascensor y se desliza por la avenida aspirando con profundo deleite al aire salino que el océano le regala a la ciudad. Conocidos y desconocidos lo ven atravesando el Centro sobre sus pedales y mirando desde sus gafas negras, mientras el afro abundante sigue jugando con el airecillo de más allá del cordón amurallado. A veces se detiene en una venta callejera de revistas y periódicos.

–Buenos días

–¿Cómo te va, Matías?

–Excelente

–¿Qué te despacho?

–¿Tienes la Semana de este mes?

–Se me agotó. Pero la consigues en la librería de la esquina.

Estaciona la bicicleta a un lado del puesto de revistas y se va caminando hacia la tienda de libros donde lo esperan los ojos de una pintora hermosa a quien tenía mucho tiempo de no ver. Ambos se sorprenden gratamente, intercambian abrazos y conversan al rededor de dos tazas de un té de cerezas.

–¿Cuándo vas por el restaurante, para dedicarte unas canciones?

–Esta noche, que no estaré tan ocupada.

–¿Cuáles canciones quieres que te prepare?

–Todas las que te sepas de Elis Regina.

–¡Qué bien! Precisamente, hace dos días, estaba practicando Agua de marzo y Madalena, que me gustan mucho.

–¡Esa mujer era una genio!

–Como tú…

La pintora lo ve alejarse en contra de la brisa que viene de la Playa de la Artillería, y prosigue imaginándolo por todo el malecón, salpicado por los estallidos de las olas contra los espolones, hasta que por fin regresa a su edificio a cocinarse alguna sopa, o ensalada, para el almuerzo que antecede la siesta reconfortante de antes de volver al restaurante.

Cinco horas después el sol enrojecido empieza a hundirse en el mar, cuando la pintora llega al restaurante, pregunta por Matías y alguien la invita a saborear sentada una cerveza fría mientras el trovador reaparece. Transcurre una hora y el administrador, atosigado por la afluencia de clientes, marca varias veces el número telefónico de Matías, pero nadie responde. Después de tres cervezas, la pintora (rostro hundido en un libro) cae en la cuenta del tiempo que ha pasado sin la presencia de Matías, paga la cuenta y se retira entre rabiosa y desconcertada, sabiendo en el fondo que el incumplimiento no es el estilo del amigo cuerdista. Pasan muchas horas y en el muelle se extrañan de la ausencia. Milton consume lentamente su botella de aguardiente, pero la que llega es Alina para decirle que no lo encontraron en su apartamento, que todas las cosas están intactas y en su puesto, menos la guitarra. Se cree a lo mejor regresó a su isla, pero lo extraño es que no se haya despedido ni siquiera de Luciana, de sus amigos de la calle de Las Maravillas, ni de los vendedores de tinto del Centenario o del Fernández de Madrid. Las noches siguen. Milton se acompaña con otras guitarras y Alina sigue juntando monedas para regresar a sus montañas aromatizadas de café. Aunque también piensa que podrían servirle para pagar en uno de los barcos del muelle, a ver si es posible que la ayuden a encontrar a su amante en alguna de las islas de las que tanto hablaba Matías en esas noches que siempre eran desiguales, según él.

Imagen: Pixabay

Escritor y periodista colombiano. Autor de dos antologías de crónicas: Noticias de un poco de gente que nadie conoce, (Ed. Pluma de Mompox, 2007) y Crónicas de la región más invisible (Universidad de Cartagena 2010). Es uno de los conductores del programa radial Música del Patio, que se emite por la emisora UDC Radio, de la Universidad de Cartagena.

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