Narrativa

El trigo de Numancia, un relato de Eduardo Viladés

Aunia estaba calentando la espiga de trigo humedecida que había recolectado en la parcela que se encontraba detrás del granero. Una vez hubiese hervido extraería el jugo para mezclarlo con harina y lograr la caelia más reputada de toda Numancia. Las gentes del lugar decían que era necesaria para luchar y, según algunos historiadores, explicaría la furia de los numantinos. Aunia sabía que nunca más volvería a preparar una caelia parecida. Era joven, apenas tenía 35 años, y llevaba 20 contemplando a la muerte como si se tratara de un asesino a sueldo que seguía indicaciones del capo mafioso, personificado en el poder de Roma, que iba haciéndose cada vez más y más poderosa. Un enorme cerco de nueve kilómetros, apoyado por torres, fosos y empalizadas rodeaba la ciudad, caldo de cultivo de enfermedades y hambruna. El marido de Aunia había muerto unos meses atrás víctima de una de las flechas de las tropas de Publio Cornelio Escipión. “Si se acercan al interior del poblado, acaba con los niños y contigo misma”, le había dicho su esposo, Alucio, antes de partir a la batalla. “Jamás un numantino será esclavo de un romano, nuestro honor y valor siempre estarán por encima de todo”, añadió.
El pensamiento de su marido lo compartían todos los habitantes de Numancia, quienes consideraban que el más allá les depararía más virtudes que las conseguidas en la vida terrenal. Corría el año 133 a. C., mediados de julio, el sol brillaba en lo alto. Aunia tomó un cuchillo, se acercó a la cuna de sus hijos, los observó con los ojos llenos de lágrimas y los degolló. Acto seguido, atravesó su corazón con el punzante metal. A lo lejos, las tropas romanas rompían la empalizada y terminaban con el sueño de Numancia.

De nuevo el mismo sueño y otra vez unas ganas espantosas de disfrutar de unos torrenillos nocturnos. Sé que comer panceta de cerdo frita de madrugada no es muy saludable, pero no puedo evitar la tentación. Hace meses que me desvelo en mitad de la noche, sudorosa y temblando, con los ojos de aquella mujer numantina clavados en mi retina. Sucede siempre a las dos y doce minutos de la madrugada. Me levanto, acudo a la cocina, bebo un vaso de agua y tomo un torrenillo de los que he preparado para mis clientes. Suelo combinarlo con pan de centeno de mi horno. Al contener menos gluten, su apariencia es más compacta, como mi cuerpo, firme como una roca y preparado para la guerra. De hecho, a menudo, antes de volver a la cama, me contemplo desnuda en el espejo de mi dormitorio. Para tener 55 años mantengo el pecho firme, las caderas lustrosas y no tengo ni una arruga. Me gusta observarme y hacerme muecas a mí misma como una femme fatale de una película de Barbara Stanwyck. A veces cojo un poco de mantequilla y la esparzo por mi silueta, el canalillo, las nalgas, el pubis…

Respiración entrecortada, deseo, lascivia, concupiscencia. Mi mano y mi cuerpo. Cierro los ojos y me exploro, disfruto mis humedales. Al abrirlos, desconcertada por la excitación y el silencio de la noche, veo reflejada en el espejo a una mujer vestida con ropa celtíbera que me escruta con unos centelleantes ojos verdes. Su cara aparece espolvoreada de harina, se ha solidificado alrededor de las cuencas de los ojos, violáceas, pero no infunde temor, al contrario, me da paz. Ambas nos contemplamos sin articular palabra, exánimes pero vivas.

Me llamo Aunia y soy la dueña de un establecimiento de comida tradicional soriana en Garray. Lo que más vendo es mantequilla. Salada, dulce o natural. Envasada, en tarrinas, latas o en rollos. Desde hace un tiempo elaboro pan en el horno que tengo en la trastienda. Me costó un ojo de la cara porque me lo trajeron de Alemania y tuve que pelearme con medio pueblo porque pensaban que las grandes superficies me ganarían la batalla. No tengo ni para café, cierto, pero mi pan es el más rico de toda la zona, con eso me quedo. También tengo mucha fama en la comarca por mis setas de cardo, senderillas, amanitas cesáreas y champiñones. Cuando hace buen tiempo suelo salir al monte a recoger níscalos y boletus, generalmente entre septiembre y noviembre. En coche, me traslado hasta Vinuesa, situada al pie de los Picos de Urbión y de la Sierra de Cebollera, a una altitud de 1.107 metros. Fue también un asentamiento celtíbero.

Muchas veces, cuando estoy recogiendo níscalos, noto que alguien me observa. No siento miedo, simplemente curiosidad. Es la mujer del sueño. Aparece ataviada con el traje típico de la vieja Numancia. Es un espectro. Me recuerda a las imágenes de fantasmas que vemos en las películas de terror, un ectoplasma del pasado que acude a mi encuentro. Me provoca sosiego, algo parecido a lo que me sucede cuando la veo en casa por la noche presa del deseo. Está rodeada de hojas secas y a su alrededor el paisaje adquiere connotaciones de bosque boreal siberiano. Los días en los que percibo su presencia coinciden con los que encuentro los mejores boletus. El tamaño de su sombrero puede llegar a ser espectacular, aunque los más apreciados son los de menor tamaño, que conservan blanca la parte de la esponja. Mi madre es una experta preparándolos y asegura que parte de la lozanía de las mujeres sorianas se debe a sus propiedades antioxidantes.

El local donde trabajo lo monté yo después de la muerte de mi marido, Alucio. Se llama Soria Mágica y es bastante conocido en toda la provincia. Para diversificar el negocio y sacar un dinero extra, realizo rutas teatralizadas por Numancia y los Picos de Urbión, concursos de cocina, jornadas de elaboración de pan con masa madre, senderismo para perezosos y clases de cata de vinos. Mi madre siempre dice que un estómago lleno es una sólida garantía para la vida. Mi madre, gran mujer. Lo mismo que asegura cuando calienta el aceite y fríe el ajo junto a la panceta y el chorizo. Lo mismo que afirma al echar en la sartén el pan desmigado al que ha añadido previamente el pimentón y el perejil para rehogarlo… Sus migas quitan el sentido. Así de lozana y hermosa estoy gracias a ellas, iba para actriz pero me quedé en panadera.

Hace unos años que he revolucionado Garray entero con mis jornadas de elaboración de pan. El pan nos ha acompañado desde los inicios de la civilización y, a pesar de ser uno de los protagonistas de nuestra dieta, ha sufrido varios golpes de imagen. Una de las señas de identidad que mis amigos destacan de mí es la libertad. Fluyo, estallo en explosiones de ira contenida y, a los cinco minutos, me desternillo del reflejo que veo en el espejo. Camino, respiro, digo lo primero que pasa por mi cabeza, siempre en pro de la defensa de la mujer soriana. ¿Qué importa que alguien esté más gordo o más delgado, que sea alto o bajo, que tenga una lorza de más? No soporto los métodos de adelgazamiento milagrosos que consideran que el pan es el principal responsable de que no podamos lucir una silueta delgada. Primero, me toca el coño la silueta, me parece algo tan extremadamente machista y cosificador de la mujer que me enerva. Segundo, es mentira porque yo causo estragos y me atiborro de pan de calidad. Estragos conmigo misma, que conste, a los hombres los dejé a un lado hace siglos, son como kleenex. Tercero, quizá quienes lean esto estén rasgándose las vestiduras y escandalizados. Estoy segura de que el rubor que les pueda estar subiendo por el cuello hacia la cabeza desaparecería con una buena hogaza de pan de leña. Hidratos de carbono, vitaminas, fibra y minerales, nos aporta energía y contribuye a equilibrar la dieta diaria cuando su consumo es el apropiado. Así es el trigo de Numancia. Así soy yo.

—Buenos días, deme dos yogures bifidus 0% materia grasa, tallarines integrales del interior del Lago Como, brócoli ecológico de la huerta que tiene Hans a las afueras de Hamburgo y 15 litros de agua mineral que me beberé en media hora antes de ir al gimnasio y hacer seis horas de elíptica.

—¡Muy bien guapa, qué dieta más sana! ¿Te pongo un poco de pan que acabo de sacar del horno?

—El pan engorda— asegura mi clienta a punto de darle una embolia por mi ofrecimiento.

—Lo que está gordo e hinchado es tu cerebro, pero de gilipolleces.

—Me parece una vergüenza que me trate así— asegura abanicándose y consultando en su móvil el número de la Guardia Civil para denunciarme por acoso verbal.

—Y a mí me da vergüenza el tipo que tienes. Mucho brócoli del interior de las laderas del Kilimanjaro y su puta madre pero eres más fea que un demonio. Parece que vienes de las Misiones, otro gallo te cantaría si comieses un poco de pan y te dejases llevar.

—Me voy. No te aguanto.

—¡Que la jodan! Mire por donde, ahora la trato de usted. Será la masa madre que me hace ser educada. ¡Petimetre, que es usted una petimetre vigoréxica!

Por episodios como éste me denunciaron y cerraron la tienda un mes. No tengo fama de calmada. No me vino mal porque salió en el periódico provincial y cuando reabrí venía gente ex profeso a que la insultase con mi gracia soriana mientras le vendía mi famoso pan de centeno. Lo único que quiero es que los falsos mitos sobre el pan y sobre nosotras desaparezcan. Si eso conlleva que me quede sin trabajo y me escupan por la calle por mi carácter, bienvenido sea. “Para que el pan no engorde, quítale la miga”. Otro sinsentido que escucho a menudo en la tienda, ya que los ingredientes que se utilizan para la elaboración de la corteza y de la miga son los mismos. La única diferencia es que durante el proceso de tostado la corteza se deshidrata al eliminarse el agua de su composición. De hecho, aunque resulte sorprendente, en igualdad de peso entre miga y corteza, es la corteza la que tiene más calorías, ya que la miga presenta un mayor índice de contenido en agua. Admito que este último párrafo me ha salido propio de Eduard Punset, de vez en cuando soy presa de la información de Wikipedia. Me pongo mala al escuchar la cantidad de falacias que circulan con respecto al pan, mentiras que han sido distribuidas en muchos casos por famosos de tres al cuarto que critican el pan porque prefieren el crack, multinacionales que promueven la supuesta vida sana a base de botes de vitaminas cuando después financian a grupos extremistas vendiendo armas, grandes superficies que destrozan al comercio local engañando a la ciudadanía con recetas milagrosas que hacen desaparecer las lorzas pero ponen en barbecho el cerebro.

Una vez a la semana, generalmente los domingos, organizo una jornada gastronómica en la que preparo un plato típico y lo acompaño con vinos de la Denominación de Origen Ribera del Duero. Son unos vinos con cuerpo y refinados con una cantidad de taninos superior a la media, de ahí que los sorianos tengamos ese aspecto tan saludable del que he hablado antes.

La dieta mediterránea de la que disfrutamos, que a menudo aderezo con unas buenas migas de pastor o una caldereta herencia de mi pasado montañero, hunde sus cimientos en nuestro carácter.

La carne, la cebolla, el ajo, los tomates de nuestra huerta, las verduras, los chorizos, salchichones, los jamones y nuestros lomos adobados pueden resucitar a un muerto, pero nada mejor para sentirse joven que la risa. Y de eso tenemos en abundancia. Para mí, ese es el secreto de Soria. Es una de las provincias más despobladas de España. Como Teruel, reclamamos que existimos a los cuatro vientos, la mayoría nos ignora (sabemos que el AVE jamás pasará por aquí), otros tienen que hacerse con un mapa o ajustar el GPS del móvil para localizarnos y los más jóvenes ni siquiera cuentan con la referencia ochentera de Gabinete Caligari. Pero nos da igual, nos reímos de nosotros mismos, nos tiramos en el sofá al lado de una buena lumbre y una buena hogaza de pan cubierta por aceite de oliva y ya puede derrumbarse el mundo. ¿Hay algo mejor que el sentido del humor, algo mejor que imaginarse un mundo hecho a tu medida, algo mejor que ser el narrador de tu propia vida, como hizo Machado? Es lo que sucede con esa mujer que se me aparece. Mi madre dice que las sorianas somos medio brujas y cree firmemente en la reencarnación. Asegura que la fuerza de Numancia se mantiene viva en el ambiente de nuestra tierra como un brumoso hechizo. Nunca he dado mucha importancia a sus comentarios, tiene ya una edad.

Alguien entra en el establecimiento. Sale una gran humareda azul del horno de pan del fondo y se oye un estruendo, como si se hubiera desatado una tormenta en el interior de la tienda. El humo azul envuelve toda la estancia, huele a bollos recién hechos, parece un número de magia, tengo la sensación de que aparecerá el mago Merlín cuando la humareda se asiente en el suelo.

… Es una mujer alta, con el pelo suelto, rodeada por un aura blanca que le otorga un aspecto de santidad, me pide unos torrenillos y una hogaza de pan de centeno, son las dos y doce minutos…

En voz alta:

        Fotografía: DAFilms
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Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 25 años de carrera, referente de la cultura española contemporánea. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, Eduardo Viladés cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa. Ha publicado dos novelas y prepara la tercera. Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos. Elegido dramaturgo del año 2019 en República Dominicana y en 2020 en La Rioja a través del Instituto de Estudios Riojanos. Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Odisea cultural (Madrid), Canibaal (Valencia, España), Extrañas noches (Buenos Aires), Microscopías (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover), Primera página (México), Gibralfaro (Málaga), Windumanoth (Madrid), Amanece Metrópolis (Madrid) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV. Ha vivido en Reino Unido, Italia, Bélgica y Francia. Hoy en día trabaja también para la revista Actuantes, la principal publicación española de teatro, lo que le permite combinar el periodismo con las artes escénicas. También es experto en periodismo cultural y documentales de sensibilización social, un artista polifacético.

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